atravesó por Chuquisaca para Tucuman. Trataron de ganarle la voluntad,
y ganada, le inspiraron tales especies contra Cabrera que resolvió
anonadarle. Entró Abreu en Chuquisaca, ejemplar de rectitud y
prudencia, y salió monstruo de tiranía y crueldades. Nadie diría que
este caballero era el que Felipe II proveyó al gobierno de Tucuman.
Entró en la provincia con aparatos de guerra, publicando que estaba
alzada por el mal gobierno de Cabrera, y que al bien público convenía
quitar de delante aquel traidor al rey y perturbador de la provincia.
Es increíble la presteza con que aceleró Abreu las marchas para
sorprender inopinadamente á Cabrera en Córdoba. Se hizo dueño de los
caminos, y adelantó corredores para cortar el paso á los mensageros.
Avanzó él mismo tanto en las jornadas y con tanto secreto, que entonces
supo Cabrera la venida de Abreu cuando le vió en Córdoba, y se halló en
prisiones. Al tercer dia lo despachó preso á Santiago, y substanciado
maliciosamente la causa, fué muerto por traidor, mejor diré, por
traidores al rey. Unos dicen que le mandó dar garrote en un poste de
su cama, otros que le hizo degollar: pues de cualquiera manera que
haya sucedido, su muerte fué sentida en la provincia, especialmente en
Córdoba que siempre le miró como padre y fundador, y se honra con la
nobleza de su prosapia que se conserva en sus descendientes.
No se sabe con que fundamento D. Fernando Pizarro y Orellana, en
su tomo de Varones Ilustres del Nuevo Mundo, descubrió causa que
justificára la muerte de D. Gerónimo Cabrera. Pero á este autor hace
atropellar con la verdad el empeño de purgar á Gonzalo Pizarro de la
nota de traidor: defendiendo la inocencia de este con la traicion que
acumula á aquel, cuya fidelidad testifican antiguos instrumentos y
escritores. El libro de la fundacion de Córdoba del año de 1574 habla
honorificamente de su fundador, en un informe que hace al Sr. Felipe II
sobre los méritos, fidelidad y servicios de D. Gerónimo Luis de Cabrera.
El P. Juan Pastor, diligentísimo en averiguar antiguedades,
informándose verbalmente de testigos fidedignos, descubrió mucha
malignidad en Abreu, y constante fidelidad en Cabrera. Y lo que es mas,
el Sr. Felipe II, registradas las originales cartas de loa oidores, que
presentó D.ª Luisa Mariel de los Rios, su nobilísima consorte, declaró
la inocencia de D. Gerónimo, castigando con merecida pena á los Oidores.
No se estrelló solamente Abreu con su antecesor Cabrera, se malquistó
tambien con los principales, tratándoles con desaire y modales poco
dignos de sus méritos y servicios. A muchos puso á cuestion de
tormento, con tanto rigor y tiranía, que antes querian morir que
experimentar su impía crueldad. Dió en acompañarse con díscolos,
sugetos de ningunas obligaciones, hombres sin Dios ni conciencia, que
solo son á propósito para conmover los humores de la república. En
manos de estos puso el gobierno de la provincia; y como ellos eran
perdidos, le perdieron á él y á Tucuman, que se vió en angustias de
muerte.
Córdoba, monumento honorífico de su antecesor, cuya memoria es gloriosa
en la provincia, se vió próxima á fatal disolucion. Y aunque en manos
del médico estaba sanarla, reanimando los espirítus de los primeros
pobladores, que con varios pretextos extraia para otras partes, solo
atendia á debilitar mas su vigor con nuevas extracciones. Pero la
defendió con fortuna y valor el ínclito Tristan de Tejeda. Mas fatales
consecuencias experimentó la ciudad de Nieva que principiaba el capitan
Pedro Zarate, al cual ordenó Abreu que saliera con gente á catear las
minas de Linlin en el valle de Calchaquí, prometiéndole entrar á partir
las ganancias. Escusóse Zarate con razones aparentes, pero insistiendo
el Gobernador en llamarle para Santiago, obedeció, dejando pocos
presidiarios para reparo de la nueva poblacion: sobre la cual dieron
los bárbaros, y á todos mataron, menos tres ó cuatro que eludieron el
peligro con la fuga.
Dícese que Abreu llevaba pesadamente la fundacion de esta ciudad,
porque estando en el paso del Perú, facilitaba el tránsito á los
informes que se podían remitir contra él al Virey y la Audiencia.
Efectivamente, por sus confidentes preocupó los caminos y embarazó
el comercio epistolar. Al paso que temia el juzgado de tribunales
superiores, publicaba privilegio de excepcion, que le sustraia de la
autoridad del Virey y de la Audiencia, por ser electo Gobernador por el
Rey. Esto mismo pregonaba su Maestre de Campo, Sebastian Perez, hombre
de ínfima suerte, arrogante y presumido, el cual repetia con aire: que
en causas del Gobernador solo el Rey entendia, y no los tribunales
inferiores. Un dia dijo: “si algun oidor llega por acá, y V. S. me dá
dos dedos de papel, saldré al camino, y lo arrimaré á un palo; y esté
cierto V. S. que gobernará la provincia á pesar de la Audiencia; por
ser Gobernador nombrado por el Rey.”
Estas eran las cantinelas que repetian con desenvoltura sus aliados,
los cuales impunemente se arrojaban á toda iniquidad, cobijados
de sombra tan maligna. Los eclesiásticos y algunos religiosos se
ausentaron de la provincia. Muchos nobles y celosos pobladores se
refugíaron al Perú, ó salieron á sus alquerias, temiendo la íra
vengadora del furioso Gobernador. El mando y gobierno recayó en los
fautores de Abreu, haciendo escala para el ascenso, del arrojo y
temeridad. Las ciudades se hallaban sin guarnicion: los indios se
alzaban por momentos; todo conspiraba á la ruina de la provincia, y mas
que todos, el mismo Gobernador, con el descubrimiento que intentó de la
Trapalanda.
Trapalanda es provincia al parecer imaginaria, situada hácia el
estrecho de Magallanes, ó por lo menos en la region magallánica, en
cuyos términos ponen algunos la _ciudad_ ó _ciudades de Césares_, por
otro nombre Patagones. Desde el principio esta fábula tomó cuerpo,
á pesar de hombres juiciosos, y se divulgaron particularidades
que caracterizaban plausiblemente la nacion. Hacíanlos cristianos
de profesion, con iglesias y baptisterios, imitadores de nuestras
ceremonias y costumbres.
Hácia los últimos años del siglo pasado se confirmó con la narracion
de uno que decia haber estado en la ciudad de los Césares, hablado
y comunicado con ellos. Hacia galana descripcion de la ciudad, y la
pintaba hermosa como Sevilla, opulenta en plata, oro, pedrerias y
otras preciosidades estimables. Los habitadores en color y modales
imitaban á los europeos, de quienes procedian. El autor tuvo la fortuna
de hablarles, pero con tanta desgracia suya, que solo entendió estas
cláusulas: _Nos Dios tener_, _Papa querer_, _Rey saber_: Palabras
fueron estas que llenaron estas provincias; que se oyeron en los reales
estrados, en el reinado del Sr. Carlos II, y que dieron motivo para
algunas cédulas.
Los eruditos en historias discurren que serian descendientes de los
españoles, que naufragaron en el Estrecho, de la Armada de D. Gutierrez
Caravajal, obispo de Placencia. Una pieza, que ó por su antiguedad
ó por rara conservan los herederos de D. Gerónimo Luis de Cabrera,
confirma este sentir. Ella es un testimonio de Pedro Oviedo y Antonio
Cobo, marineros del navio náufrago de dicha Armada, moradores algun
tiempo de la ciudad de los Césares, pero fugitivos de ella por no sé
qué delito. Parece que la curiosidad no puede desear comprobacion mas
auténtica de sus discursos. Hay quien oyó las campanas: hay quien
comunicó y vió á los Césares: hay finalmente quien asistió á la
fundacion de la ciudad y habitó muchos años en ella.
No obstante esto, hay mucho que dudar y examinar. El rumor, primero
en las historias índicas, que corrió entre los soldados de Aguirre,
desmereció la aprobacion de su capitan, el cual tuvo el mayor incentivo
de gloria que hombre cualquiera: pues cuando los mas capitanes se
podian gloriar de conquistadores de indios, él podia gloriarse de
conquistador de Césares. Este motivo, á la verdad poderoso, no le
estimuló á la conquista, desengañado con la incompatibilidad de
circunstancias que se discurrian para hacer creible la historia. Estos
Césares desde el principio se publicaron por náufragos de la armada de
D. Gutierrez de Caravajal, y en poco mas de veinte años que corrieron
desde el naufragio hasta la entrada de Aguirre á los Comechingones, les
crecieron tanto los pies, que desde entonces se llamaron _Patagones_.
A proporcion fué grande su fortuna. Césares eran en el nombre, y
Césares los describian en magnificencia, soberanía y riquezas:
levantados de la mayor desgracia á la mayor opulencia y felicidad
que pudo idear la fantasía mas alegre. La significacion que se daba
al nombre Trapalanda no ha llegado á mi noticia: pero es creible que
se conformaria con la de Césares y Patagones. Esta esplicacion de
nombres, habida por señas de los Comechingones, fué de tan poca solidez
para Aguirre, que no se sintió movido á emprender la conquista: su
milicia lo llevó pesadamente, ó fingió que lo llevaba por antiguos
sentimientos con él, y para vengarse de su capitan, le aprisionaron
ignominiosamente, coloreando la accion con el motivo de haber malogrado
una conquista que felicitaría la provincia.
A este fin se ponderaban mucho, y explicaban galanamente los nombres,
de Césares, Patagones y Trapalandistas, y como trascendian la causa de
Aguirre, pasaron con el reo á la audiencia de Chuquisaca. No extrañó
el integerrimo tribunal ver en prisiones al general tucumano, sino lo
peregrino de la causa y la rara novedad de tantos nombres. No obstante
el real senado descubrió poco fondo en las ponderaciones de los
autores, y calificó prudente la resolucion de Aguirre.
Entretanto la voz del vulgo tomó alas, y de unos años en otros se
dilató la fama con novedad de sucesos. Decíase que se habian oido
campanas, y conjeturaron que eran de los Césares, que los Césares
tenian iglesias, que las iglesias tenian torres, que las torres tenian
campanas, y que las campanas se tenian para recoger el pueblo á los
sagrados misterios. Raro complexo de predicciones para unos profetas,
que hallándose en las vecindades de los Césares, no pudieron atinar con
su morada.
Mas afortunado fué el que en el reynado de Carlos II estuvo en
Trapalanda: habló y comunicó con los Césares, y para hacer creible la
narracion, historió prolijamente las circunstancias de su arribo. A los
diez y seis años de su edad navegaba hácia el Estrecho de Magallanes
en una armada holandesa, la cual ancoró en un rio para llenar de agua
las vasijas. Nuestro jóven con algunos compañeros se internó tierra
adentro á coger palmitos, y tuvo la desgracia de ser sorprendido por
cuatro mil indios que discurrian por allí. En la desgracia de su
cautiverio consistió la felicidad de pasar á los Césares, á los cuales
fué presentado, y ellos agasajaron al huesped, reconociendo en él un
vivo retrato de sus ascendientes. Bien es creible que los Césares le
retuvieran consigo. Mas no sucedió así, porque le dejaron ir con guias
de la ciudad á la ribera, donde todavia ancoraba la armada.
La relacion está circunstanciada de particularidades reparables.
Los pocos años del historiador: la casualidad de internarse á
recoger palmitos en el terreno que pocos años hace se ha reconocido
infructifero: el acaso de ser cautivado y ser presentado á los Césares,
cuyo principal desvelo, segun algunas relaciones, es no permitir acceso
de extrangeros á la isla, ni comunicar con nacion alguna: el haber sido
llevado desde los cincuenta y un grados, hasta los cuarenta y dos, en
que situan la ciudad de los Césares, y vuelto á encontrar á la armada
demorada tanto tiempo en corrientes tan impetuosas. Circunstancias á
primera faz increibles, dignas de la crítica moderna. Ni tiene mas
fuerza la relacion de Oviedo y Cobo, marineros: injiérense en ellas
falsedades contra la fé de las historias; y es verosimil que la
fingió algun ocioso, y para hacer creible la novela, se la atribuyó á
los dos marineros fugitivos de la ciudad de los Césares, publicando
que la habia hallado entre los papeles del licenciado Altamirano ya
difunto. Mas es digno de repararse que los sobre dichos Oviedo y Cobo
vivieron algunos años en la Concepcion de Chile en casa del licenciado
Altamirano, como consta de dicha relacion: mientras vivieron, se guardó
silencio tan profundo que no se divulgó la menor noticia en el reyno
de Chile, ni al licenciado Altamirano se le cayó palabra de cosa tan
memorable. Esperóse á que murieran los tres para hacer hablar, á los
unos por relaciones archivadas, y manifestar el otro el tesoro de
noticias que ocultaba entre sus papeles.
Convencidos los fundamentos opuestos, añadimos recientes noticias.
El bolson de tierra que forman el Cabo de las Vírgenes y Valdivia,
Cabo Blanco y reyno de Chile, está muy trasegado de los Puelches,
Peguenches, Pampas y Tehuelchos: con los cuales no han omitido
diligencia los misioneros jesuitas de los Pampas para introducir la
fé á los Césares. Pero sus diligencias no han producido otro efecto
que persuadirse, se hallan falsedades entronizadas sin oposicion en
el sólio de la verdad. El Padre Matias Estrovel, operario infatigable
en la viña del Señor, y misionero de los Pampas, en carta de 20 de
Noviembre de 1742 dice: _de la nacion de los Césares no he podido
averiguar cosa alguna_. Lo mismo insinuan otros misioneros, y así me
persuado, que Césares tan circunstanciados son entes imaginarios, que
hizo existentes el vulgo con ficciones y novelas.
Como la noticia de los Césares tuvo orígen entre la milicia tucumana
que se inclinó desde el principio á la conquista, concurrió gustosa
al llamamiento del gobernador Abreu que la convocó para la jornada de
Trapalanda. Hallábase ya el ejercito en el acampamento de Monogasta,
cuando le llegó noticia que los indios de los llanos y sierras de
Calchaquí, levantados por Gualan, tenian cercada la ciudad de San
Miguel, y fatigaban con asaltos á los sitiados. Entonces Abreu abrió
los ojos para conocer el peligro de la provincia, y desistiendo de la
jornada envió socorro para levantar el cerco.
Cuando llegó este, el capitan Gaspar de Medina habia librado la ciudad.
Porque rota por el enemigo la palizada que reparaba la poblacion, y
pegado fuego de noche á las casas pajizas, despertó Medina, y con nueve
que se le juntaron mató muchos enemigos con su caudillo Gualan, y á los
demas puso en fuga.
En otras ciudades se experimentaban peligros semejantes por el mal
gobierno de Abreu, porque cuando está débil la cabeza se debilitan y
arruinan los demas miembros.
Por este tiempo se erigió el obispado del Tucuman. Algunos lo adelantan
sin fundamento al año de 1570. Verdad es que fueron provistos para
Tucuman el Ilmo. D. Fr. Gerónimo Villacarrillo y D. Fr. Gerónimo
Albornoz, ambos comisarios generales de la religion seráfica; pero
prevenidos de la muerte, fallecieron antes de erigir el obispado.
El Ilmo. Fray Francisco de Victoria, lustre singular del órden de
Predicadores, hijo de la provincia de Lima, varon piadosísimo, y de
singular devocion como le llama San Pio Quinto, procurador en Corte
por las provincias de Indias por eleccion de Gregorio XIII, erigió el
obispado de Tucuman. No consta el año de la ereccion; pero ciertamente
no fué anterior al año de 1578, y me persuado que fué en 1579, pues la
cédula de merced se expedió á 28 de Diciembre de 1578.
Luego que el capitan Juan de Garay destrozó el egército de Obera,
sobre el Ipané, con muerte de Guizaro, se restituyó triunfante á la
Asumpcion, cargado de prisioneros, único despojo de la victoria. Era
ya el año de 1579, y en el siguiente de 80 señaló á Rui Diaz Melgarejo
con sesenta soldados para levantar una colonia en el territorio de los
Nuarás, gente pacífica que usaban dialecto diferente del guaraní, con
alguna diversidad de rios y costumbres. Habitaban amenas y deliciosas
campiñas, las cuales desde entonces hasta el dia de hoy se llaman
_Campos de Xerez_, pobladas de hermosos pastales, para mantener crias
de ganados.
En este sitio puso los fundamentos de la ciudad de Santiago de Xerez
el capitan Melgarejo, sobre una loma despejada que domina al Mbotetey,
rio medianamente caudaloso, tributario del Paraguay, sobre la márgen
oriental, en altura de poco mas de diez y nueve grados. No subsistió
mucho tiempo por las invasiones de los Guatos, Guapís, Guanchas y
Guetús, naciones que habitaban los confines que median entre la
cordillera y la costa oriental del Paraguay, tirando al norte. Pero
no muchos años despues la restableció Rui Diaz de Guzman, autor de la
_Argentina_.
El mismo año se reedificó la ciudad de Santa María, puerto de Buenos
Aires, tantas veces empezada y oprimida en su nacimiento. Juan de
Garay, no fiando á otro la fundacion, bajó personalmente por el rio
Paraguay al de la Plata, y en una barranca que domina aquel gran rio,
dió principio á la reedificacion, llamándola _Ciudad de la Santísima
Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires_. Esta, que en su
primera infancia cuenta solos sesenta pobladores, con el tiempo será
cabeza de provincia, una de las mayores ciudades de América, y uno
de los puertos mas frecuentados y apetecidos de las naciones, por la
utilidad del comercio.
Por ahora los Querandís, habitadores del país, se alteraron con
la vecindad del español, y convocadas sus milicias y las de los
aliados, secretamente se avecinaban á las ciudad para sorprender
á los porteños. Entre los indios se hallaba Cristobal Altamirano,
aquel noble extremeño, de que digimos que quedó prisionero de los
Charruas, y al presente lo era de los Querandís, del cual se valió
Dios para descubrir los intentos del enemigo. Porque compadecido de
los españoles, escribió con carbon un billete, y asegurado dentro de
un calabazo, fió el depósito á la corriente del riachuelo que corre al
sur de la ciudad. El lo encomendó á las aguas; Dios lo guió, y recibido
de Garay se enteró del contenido y previno para esperar al enemigo. El
cual estaba tan inmediato, que al siguiente dia arrimó sus tropas y
presentó la batalla. Peleóse de entrambas partes con obstinacion: los
infieles arrojaban mechones de paja atados á las flechas, y pusieron
en confusion á los españoles, que tenían que atender á las flechas
que herian y á los mechones que abrasaban. Entretanto las tiendas y
pabellones de algodon y cañamazo ardian á su vista, y no se podia
remediar el daño. El aprieto fué á la verdad grande, y venciéra el
enemigo, si el valiente Juan Fernandez Enciso no entrára espada en mano
entre los infieles, y con ella cortára la cabeza al comandante Querandí.
Muerto el general, que es alma del ejército, los enemigos huyeron
precipitadamente, y se les siguió el alcance muchas leguas, con
tanto destrozo y mortandad de infieles, que vuelto á Garay un
soldado:--“Señor General, le dijo, si la matanza es tan grande ¿quien
quedará para nuestro servicio?--Ea, dejadme, respondió Garay, que esta
es la primera batalla, y si en ella los humillamos, tendremos quien con
rendimiento acuda á nuestro servicio.” Fué el fin de esta victoria y
destrozo del enemigo en el sitio que desde entonces hasta hoy se llama
el _Pago de la Matanza_. Ahuyentados los indios, y obligados á pedir la
paz, se aplicó el General Garay á edificar la ciudad, fomentando con su
presencia y direccion las obras.
Por este tiempo, aunque no se sabe con certidumbre el año, se rebeló
contra su fundador la ciudad de Santa Fé. Eran cabezas del motin
Lázaro Venialbo, Pedro Gallego, Diego Ruiz, Romero, Leiva, Villalta
y Mosquera, grandes fabricadores de enredos. Como penetraron la
dificultad de prevalecer contra Garay, procuraron ganar para sí á su
mayor enemigo, Gonzalo Abreu, Gobernador de Tucuman, sugeto bullicioso
con demasia, que tenia sentimientos antiguos contra Garay; y le
ofrecieron la ciudad, si con gente fomentaba sus intentos: y aunque no
consta la intencion de Abreu, se carteaba con los rebeldes, y se dice
que escondia su correspondencia.
Los amotinados agitaron el negocio, y lo pusieron en sazon de lograr
sus disposiciones. A hora señalada de la noche prendieron al teniente
alcalde Olivera, y al capitan Alonso de Vera, llamado, por su mal
gesto, _cara de perro_. El gobierno de las armas dieron á Lázaro
Venialbo, y el cargo de teniente á Cristoval de Arevalo, el cual
seguia con violencia el partido de los amotinados, y logró brevemente
oportunidad de encontrarse con el nuevo Gobernanador de armas, y
de restituir el baston al legitimo poseedor. El tentó el vado, y
asegurados algunos confidentes, hombres de resolucion, aprisionó las
cabezas del motin, y repuso en sus puestos al teniente y al alcalde.
Sosegado el tumulto, las cosas corrieron pacificamente por su antiguo
camino.
Tres años se detuvo Garay en el Puerto, metiendo calor á los
arquitectos en los edificios, y atemorizando con su valor y fama á
los infieles. Al cuarto año dejó el gobierno de la ciudad á Rodrigo
Ortiz de Zarate, y salió camino de la Asumpcion para visitar la
provincia. Acompañaban su general algunos vecinos de la Asumpcion,
con sus consortes que se restituian á sus casas. Una noche saltó en
tierra con su comitiva y recostados á dormir los españoles, el cacique
Manuá, traidor disimulado, se acercó con ciento y cincuenta jóvenes
y dió muerte á Garay y á cuantos le acompañaban. Perdió la provincia
en Garay una gran cabeza para el gobierno: los pobres lamentaron la
muerte de su padre, en cuyo beneficio expendia gruesas cantidades: los
soldados la de un excelente capitan, tan desinteresado en aprovecharse
de los despojos cuanto liberal en repartir lo que tenia, hasta vender
los vestidos de su muger para socorrer necesitados. Fué hombre de gran
corazon, sufridor de increibles trabajos, de excelente disposicion en
las batallas de infieles, proporcionando con tanto acierto los medios á
los fines, que todas las batallas concluyó con felicidad y admiracion.
Muerto Garay, que en todos infundia espirítus marciales, los insolentes
con la muerte del general hicieron leva de gentes, confederándose
Guaranís, Quiloasas, Mbeguás y Querandis, para asolar las ciudades de
Santa Fé y Buenos Aires. Juntáronse en tierras del cacique Manuá, para
conferir los puntos mas principales de la guerra, celebrando primero á
su usanza con banquetes y borracheras la muerte de Garay. Hallábanse en
el congreso los principales de las naciones: dos puntos confirieron;
el primero sobre la eleccion de capitan general; y la suerte de comun
acuerdo cayó sobre Guayuzaló, cacique guaraní, que habia militado con
crédito en las guerras contra naciones enemigas; el segundo, cual de
las dos ciudades, Santa Fé, ó Buenos Aires, habia de ser acometída la
primera; y resolvieron con discrepancia de votos que Buenos Aires,
dejando aplazado el dia para concurrir en las fronteras del puerto.
Sabido por los españoles lo que intentaban los infieles, pusieron
la ciudad en estado de defensa. El enemigo arrimó su campamento, y
al dia determinado presentaron la batalla. El Teniente Zarate mandó
disparar la arcabuceria que causó gran estrago, y mayor desórden en
los infieles, que empezaron á huir confusamente: pero recogidos por
su general y puestos en filas, resistieron algun tiempo, hasta que
cargando sobre ellos los españoles, con grande impetu y vivo fuego,
destrozaron sus tropas con muerte del General Guayuzaló, quedando el
enemigo tan escarmentado que en mucho tiempo no osó bloquear la ciudad
ni infestar la vecindad.
Fué universal la alegria en la provincia y se celebró la victoria con
accion de gracias. Para que el júbilo fuera mas completo llegó este año
el Ilmo. Fray Alonso Guerra, hijo esclarecido de la sagrada familia de
Predicadores. Algo mas de diez años habian corrido desde la muerte del
Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y aunque poco despues fué provisto Fray
Juan del Campo franciscano, el Cielo cortó para sí esta bella flor de
observancia antes que pasára á tomar posesion del obispado. En su lugar
fué substituido Fray Juan Alonso Guerra, pobre y despreciado á los ojos
del mundo, pero rico de virtudes y digno de lucir sobre el candelera de
la Iglesia de Dios. En 27 de Setiembre de 1577 fué electo para el Rio
de la Plata; pero su extrema pobreza entre la opulencia peruana retardó
su consagracion algunos años. Entretanto llegó el tiempo del tercer
Concilio Limense, y como era sugeto en virtud y letras completo, se
hizo necesaria su asistencia en él.
Consagrado despues, y venido á su episcopal silla, halló la diocesis
falta de aquel vigor que comunica el espirítu de religion. Como buen
pastor aplicó toda la diligencia á restablecerla en el santo fervor que
profesa la ley cristiana. Pocas veces á celo tan solícito se siguieron
efectos mas perniciosos. Segunda vez intentó el Paraguay una accion
escandalosa, y como habia abierto una mala puerta á todo sacrílego
atrevimiento con la prision del primer Prelado, ahora se entró por ella
con la prision del segundo.