Con estos temores y sobresaltos se hallaban cuando Gonzalo Abreu

atravesó por Chuquisaca para Tucuman. Trataron de ganarle la voluntad,

y ganada, le inspiraron tales especies contra Cabrera que resolvió

anonadarle. Entró Abreu en Chuquisaca, ejemplar de rectitud y

prudencia, y salió monstruo de tiranía y crueldades. Nadie diría que

este caballero era el que Felipe II proveyó al gobierno de Tucuman.

Entró en la provincia con aparatos de guerra, publicando que estaba

alzada por el mal gobierno de Cabrera, y que al bien público convenía

quitar de delante aquel traidor al rey y perturbador de la provincia.

Es increíble la presteza con que aceleró Abreu las marchas para

sorprender inopinadamente á Cabrera en Córdoba. Se hizo dueño de los

caminos, y adelantó corredores para cortar el paso á los mensageros.

Avanzó él mismo tanto en las jornadas y con tanto secreto, que entonces

supo Cabrera la venida de Abreu cuando le vió en Córdoba, y se halló en

prisiones. Al tercer dia lo despachó preso á Santiago, y substanciado

maliciosamente la causa, fué muerto por traidor, mejor diré, por

traidores al rey. Unos dicen que le mandó dar garrote en un poste de

su cama, otros que le hizo degollar: pues de cualquiera manera que

haya sucedido, su muerte fué sentida en la provincia, especialmente en

Córdoba que siempre le miró como padre y fundador, y se honra con la

nobleza de su prosapia que se conserva en sus descendientes.

No se sabe con que fundamento D. Fernando Pizarro y Orellana, en

su tomo de Varones Ilustres del Nuevo Mundo, descubrió causa que

justificára la muerte de D. Gerónimo Cabrera. Pero á este autor hace

atropellar con la verdad el empeño de purgar á Gonzalo Pizarro de la

nota de traidor: defendiendo la inocencia de este con la traicion que

acumula á aquel, cuya fidelidad testifican antiguos instrumentos y

escritores. El libro de la fundacion de Córdoba del año de 1574 habla

honorificamente de su fundador, en un informe que hace al Sr. Felipe II

sobre los méritos, fidelidad y servicios de D. Gerónimo Luis de Cabrera.

El P. Juan Pastor, diligentísimo en averiguar antiguedades,

informándose verbalmente de testigos fidedignos, descubrió mucha

malignidad en Abreu, y constante fidelidad en Cabrera. Y lo que es mas,

el Sr. Felipe II, registradas las originales cartas de loa oidores, que

presentó D.ª Luisa Mariel de los Rios, su nobilísima consorte, declaró

la inocencia de D. Gerónimo, castigando con merecida pena á los Oidores.

No se estrelló solamente Abreu con su antecesor Cabrera, se malquistó

tambien con los principales, tratándoles con desaire y modales poco

dignos de sus méritos y servicios. A muchos puso á cuestion de

tormento, con tanto rigor y tiranía, que antes querian morir que

experimentar su impía crueldad. Dió en acompañarse con díscolos,

sugetos de ningunas obligaciones, hombres sin Dios ni conciencia, que

solo son á propósito para conmover los humores de la república. En

manos de estos puso el gobierno de la provincia; y como ellos eran

perdidos, le perdieron á él y á Tucuman, que se vió en angustias de

muerte.

Córdoba, monumento honorífico de su antecesor, cuya memoria es gloriosa

en la provincia, se vió próxima á fatal disolucion. Y aunque en manos

del médico estaba sanarla, reanimando los espirítus de los primeros

pobladores, que con varios pretextos extraia para otras partes, solo

atendia á debilitar mas su vigor con nuevas extracciones. Pero la

defendió con fortuna y valor el ínclito Tristan de Tejeda. Mas fatales

consecuencias experimentó la ciudad de Nieva que principiaba el capitan

Pedro Zarate, al cual ordenó Abreu que saliera con gente á catear las

minas de Linlin en el valle de Calchaquí, prometiéndole entrar á partir

las ganancias. Escusóse Zarate con razones aparentes, pero insistiendo

el Gobernador en llamarle para Santiago, obedeció, dejando pocos

presidiarios para reparo de la nueva poblacion: sobre la cual dieron

los bárbaros, y á todos mataron, menos tres ó cuatro que eludieron el

peligro con la fuga.

Dícese que Abreu llevaba pesadamente la fundacion de esta ciudad,

porque estando en el paso del Perú, facilitaba el tránsito á los

informes que se podían remitir contra él al Virey y la Audiencia.

Efectivamente, por sus confidentes preocupó los caminos y embarazó

el comercio epistolar. Al paso que temia el juzgado de tribunales

superiores, publicaba privilegio de excepcion, que le sustraia de la

autoridad del Virey y de la Audiencia, por ser electo Gobernador por el

Rey. Esto mismo pregonaba su Maestre de Campo, Sebastian Perez, hombre

de ínfima suerte, arrogante y presumido, el cual repetia con aire: que

en causas del Gobernador solo el Rey entendia, y no los tribunales

inferiores. Un dia dijo: “si algun oidor llega por acá, y V. S. me dá

dos dedos de papel, saldré al camino, y lo arrimaré á un palo; y esté

cierto V. S. que gobernará la provincia á pesar de la Audiencia; por

ser Gobernador nombrado por el Rey.”

Estas eran las cantinelas que repetian con desenvoltura sus aliados,

los cuales impunemente se arrojaban á toda iniquidad, cobijados

de sombra tan maligna. Los eclesiásticos y algunos religiosos se

ausentaron de la provincia. Muchos nobles y celosos pobladores se

refugíaron al Perú, ó salieron á sus alquerias, temiendo la íra

vengadora del furioso Gobernador. El mando y gobierno recayó en los

fautores de Abreu, haciendo escala para el ascenso, del arrojo y

temeridad. Las ciudades se hallaban sin guarnicion: los indios se

alzaban por momentos; todo conspiraba á la ruina de la provincia, y mas

que todos, el mismo Gobernador, con el descubrimiento que intentó de la

Trapalanda.

Trapalanda es provincia al parecer imaginaria, situada hácia el

estrecho de Magallanes, ó por lo menos en la region magallánica, en

cuyos términos ponen algunos la _ciudad_ ó _ciudades de Césares_, por

otro nombre Patagones. Desde el principio esta fábula tomó cuerpo,

á pesar de hombres juiciosos, y se divulgaron particularidades

que caracterizaban plausiblemente la nacion. Hacíanlos cristianos

de profesion, con iglesias y baptisterios, imitadores de nuestras

ceremonias y costumbres.

Hácia los últimos años del siglo pasado se confirmó con la narracion

de uno que decia haber estado en la ciudad de los Césares, hablado

y comunicado con ellos. Hacia galana descripcion de la ciudad, y la

pintaba hermosa como Sevilla, opulenta en plata, oro, pedrerias y

otras preciosidades estimables. Los habitadores en color y modales

imitaban á los europeos, de quienes procedian. El autor tuvo la fortuna

de hablarles, pero con tanta desgracia suya, que solo entendió estas

cláusulas: _Nos Dios tener_, _Papa querer_, _Rey saber_: Palabras

fueron estas que llenaron estas provincias; que se oyeron en los reales

estrados, en el reinado del Sr. Carlos II, y que dieron motivo para

algunas cédulas.

Los eruditos en historias discurren que serian descendientes de los

españoles, que naufragaron en el Estrecho, de la Armada de D. Gutierrez

Caravajal, obispo de Placencia. Una pieza, que ó por su antiguedad

ó por rara conservan los herederos de D. Gerónimo Luis de Cabrera,

confirma este sentir. Ella es un testimonio de Pedro Oviedo y Antonio

Cobo, marineros del navio náufrago de dicha Armada, moradores algun

tiempo de la ciudad de los Césares, pero fugitivos de ella por no sé

qué delito. Parece que la curiosidad no puede desear comprobacion mas

auténtica de sus discursos. Hay quien oyó las campanas: hay quien

comunicó y vió á los Césares: hay finalmente quien asistió á la

fundacion de la ciudad y habitó muchos años en ella.

No obstante esto, hay mucho que dudar y examinar. El rumor, primero

en las historias índicas, que corrió entre los soldados de Aguirre,

desmereció la aprobacion de su capitan, el cual tuvo el mayor incentivo

de gloria que hombre cualquiera: pues cuando los mas capitanes se

podian gloriar de conquistadores de indios, él podia gloriarse de

conquistador de Césares. Este motivo, á la verdad poderoso, no le

estimuló á la conquista, desengañado con la incompatibilidad de

circunstancias que se discurrian para hacer creible la historia. Estos

Césares desde el principio se publicaron por náufragos de la armada de

D. Gutierrez de Caravajal, y en poco mas de veinte años que corrieron

desde el naufragio hasta la entrada de Aguirre á los Comechingones, les

crecieron tanto los pies, que desde entonces se llamaron _Patagones_.

A proporcion fué grande su fortuna. Césares eran en el nombre, y

Césares los describian en magnificencia, soberanía y riquezas:

levantados de la mayor desgracia á la mayor opulencia y felicidad

que pudo idear la fantasía mas alegre. La significacion que se daba

al nombre Trapalanda no ha llegado á mi noticia: pero es creible que

se conformaria con la de Césares y Patagones. Esta esplicacion de

nombres, habida por señas de los Comechingones, fué de tan poca solidez

para Aguirre, que no se sintió movido á emprender la conquista: su

milicia lo llevó pesadamente, ó fingió que lo llevaba por antiguos

sentimientos con él, y para vengarse de su capitan, le aprisionaron

ignominiosamente, coloreando la accion con el motivo de haber malogrado

una conquista que felicitaría la provincia.

A este fin se ponderaban mucho, y explicaban galanamente los nombres,

de Césares, Patagones y Trapalandistas, y como trascendian la causa de

Aguirre, pasaron con el reo á la audiencia de Chuquisaca. No extrañó

el integerrimo tribunal ver en prisiones al general tucumano, sino lo

peregrino de la causa y la rara novedad de tantos nombres. No obstante

el real senado descubrió poco fondo en las ponderaciones de los

autores, y calificó prudente la resolucion de Aguirre.

Entretanto la voz del vulgo tomó alas, y de unos años en otros se

dilató la fama con novedad de sucesos. Decíase que se habian oido

campanas, y conjeturaron que eran de los Césares, que los Césares

tenian iglesias, que las iglesias tenian torres, que las torres tenian

campanas, y que las campanas se tenian para recoger el pueblo á los

sagrados misterios. Raro complexo de predicciones para unos profetas,

que hallándose en las vecindades de los Césares, no pudieron atinar con

su morada.

Mas afortunado fué el que en el reynado de Carlos II estuvo en

Trapalanda: habló y comunicó con los Césares, y para hacer creible la

narracion, historió prolijamente las circunstancias de su arribo. A los

diez y seis años de su edad navegaba hácia el Estrecho de Magallanes

en una armada holandesa, la cual ancoró en un rio para llenar de agua

las vasijas. Nuestro jóven con algunos compañeros se internó tierra

adentro á coger palmitos, y tuvo la desgracia de ser sorprendido por

cuatro mil indios que discurrian por allí. En la desgracia de su

cautiverio consistió la felicidad de pasar á los Césares, á los cuales

fué presentado, y ellos agasajaron al huesped, reconociendo en él un

vivo retrato de sus ascendientes. Bien es creible que los Césares le

retuvieran consigo. Mas no sucedió así, porque le dejaron ir con guias

de la ciudad á la ribera, donde todavia ancoraba la armada.

La relacion está circunstanciada de particularidades reparables.

Los pocos años del historiador: la casualidad de internarse á

recoger palmitos en el terreno que pocos años hace se ha reconocido

infructifero: el acaso de ser cautivado y ser presentado á los Césares,

cuyo principal desvelo, segun algunas relaciones, es no permitir acceso

de extrangeros á la isla, ni comunicar con nacion alguna: el haber sido

llevado desde los cincuenta y un grados, hasta los cuarenta y dos, en

que situan la ciudad de los Césares, y vuelto á encontrar á la armada

demorada tanto tiempo en corrientes tan impetuosas. Circunstancias á

primera faz increibles, dignas de la crítica moderna. Ni tiene mas

fuerza la relacion de Oviedo y Cobo, marineros: injiérense en ellas

falsedades contra la fé de las historias; y es verosimil que la

fingió algun ocioso, y para hacer creible la novela, se la atribuyó á

los dos marineros fugitivos de la ciudad de los Césares, publicando

que la habia hallado entre los papeles del licenciado Altamirano ya

difunto. Mas es digno de repararse que los sobre dichos Oviedo y Cobo

vivieron algunos años en la Concepcion de Chile en casa del licenciado

Altamirano, como consta de dicha relacion: mientras vivieron, se guardó

silencio tan profundo que no se divulgó la menor noticia en el reyno

de Chile, ni al licenciado Altamirano se le cayó palabra de cosa tan

memorable. Esperóse á que murieran los tres para hacer hablar, á los

unos por relaciones archivadas, y manifestar el otro el tesoro de

noticias que ocultaba entre sus papeles.

Convencidos los fundamentos opuestos, añadimos recientes noticias.

El bolson de tierra que forman el Cabo de las Vírgenes y Valdivia,

Cabo Blanco y reyno de Chile, está muy trasegado de los Puelches,

Peguenches, Pampas y Tehuelchos: con los cuales no han omitido

diligencia los misioneros jesuitas de los Pampas para introducir la

fé á los Césares. Pero sus diligencias no han producido otro efecto

que persuadirse, se hallan falsedades entronizadas sin oposicion en

el sólio de la verdad. El Padre Matias Estrovel, operario infatigable

en la viña del Señor, y misionero de los Pampas, en carta de 20 de

Noviembre de 1742 dice: _de la nacion de los Césares no he podido

averiguar cosa alguna_. Lo mismo insinuan otros misioneros, y así me

persuado, que Césares tan circunstanciados son entes imaginarios, que

hizo existentes el vulgo con ficciones y novelas.

Como la noticia de los Césares tuvo orígen entre la milicia tucumana

que se inclinó desde el principio á la conquista, concurrió gustosa

al llamamiento del gobernador Abreu que la convocó para la jornada de

Trapalanda. Hallábase ya el ejercito en el acampamento de Monogasta,

cuando le llegó noticia que los indios de los llanos y sierras de

Calchaquí, levantados por Gualan, tenian cercada la ciudad de San

Miguel, y fatigaban con asaltos á los sitiados. Entonces Abreu abrió

los ojos para conocer el peligro de la provincia, y desistiendo de la

jornada envió socorro para levantar el cerco.

Cuando llegó este, el capitan Gaspar de Medina habia librado la ciudad.

Porque rota por el enemigo la palizada que reparaba la poblacion, y

pegado fuego de noche á las casas pajizas, despertó Medina, y con nueve

que se le juntaron mató muchos enemigos con su caudillo Gualan, y á los

demas puso en fuga.

En otras ciudades se experimentaban peligros semejantes por el mal

gobierno de Abreu, porque cuando está débil la cabeza se debilitan y

arruinan los demas miembros.

Por este tiempo se erigió el obispado del Tucuman. Algunos lo adelantan

sin fundamento al año de 1570. Verdad es que fueron provistos para

Tucuman el Ilmo. D. Fr. Gerónimo Villacarrillo y D. Fr. Gerónimo

Albornoz, ambos comisarios generales de la religion seráfica; pero

prevenidos de la muerte, fallecieron antes de erigir el obispado.

El Ilmo. Fray Francisco de Victoria, lustre singular del órden de

Predicadores, hijo de la provincia de Lima, varon piadosísimo, y de

singular devocion como le llama San Pio Quinto, procurador en Corte

por las provincias de Indias por eleccion de Gregorio XIII, erigió el

obispado de Tucuman. No consta el año de la ereccion; pero ciertamente

no fué anterior al año de 1578, y me persuado que fué en 1579, pues la

cédula de merced se expedió á 28 de Diciembre de 1578.

Luego que el capitan Juan de Garay destrozó el egército de Obera,

sobre el Ipané, con muerte de Guizaro, se restituyó triunfante á la

Asumpcion, cargado de prisioneros, único despojo de la victoria. Era

ya el año de 1579, y en el siguiente de 80 señaló á Rui Diaz Melgarejo

con sesenta soldados para levantar una colonia en el territorio de los

Nuarás, gente pacífica que usaban dialecto diferente del guaraní, con

alguna diversidad de rios y costumbres. Habitaban amenas y deliciosas

campiñas, las cuales desde entonces hasta el dia de hoy se llaman

_Campos de Xerez_, pobladas de hermosos pastales, para mantener crias

de ganados.

En este sitio puso los fundamentos de la ciudad de Santiago de Xerez

el capitan Melgarejo, sobre una loma despejada que domina al Mbotetey,

rio medianamente caudaloso, tributario del Paraguay, sobre la márgen

oriental, en altura de poco mas de diez y nueve grados. No subsistió

mucho tiempo por las invasiones de los Guatos, Guapís, Guanchas y

Guetús, naciones que habitaban los confines que median entre la

cordillera y la costa oriental del Paraguay, tirando al norte. Pero

no muchos años despues la restableció Rui Diaz de Guzman, autor de la

_Argentina_.

El mismo año se reedificó la ciudad de Santa María, puerto de Buenos

Aires, tantas veces empezada y oprimida en su nacimiento. Juan de

Garay, no fiando á otro la fundacion, bajó personalmente por el rio

Paraguay al de la Plata, y en una barranca que domina aquel gran rio,

dió principio á la reedificacion, llamándola _Ciudad de la Santísima

Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires_. Esta, que en su

primera infancia cuenta solos sesenta pobladores, con el tiempo será

cabeza de provincia, una de las mayores ciudades de América, y uno

de los puertos mas frecuentados y apetecidos de las naciones, por la

utilidad del comercio.

Por ahora los Querandís, habitadores del país, se alteraron con

la vecindad del español, y convocadas sus milicias y las de los

aliados, secretamente se avecinaban á las ciudad para sorprender

á los porteños. Entre los indios se hallaba Cristobal Altamirano,

aquel noble extremeño, de que digimos que quedó prisionero de los

Charruas, y al presente lo era de los Querandís, del cual se valió

Dios para descubrir los intentos del enemigo. Porque compadecido de

los españoles, escribió con carbon un billete, y asegurado dentro de

un calabazo, fió el depósito á la corriente del riachuelo que corre al

sur de la ciudad. El lo encomendó á las aguas; Dios lo guió, y recibido

de Garay se enteró del contenido y previno para esperar al enemigo. El

cual estaba tan inmediato, que al siguiente dia arrimó sus tropas y

presentó la batalla. Peleóse de entrambas partes con obstinacion: los

infieles arrojaban mechones de paja atados á las flechas, y pusieron

en confusion á los españoles, que tenían que atender á las flechas

que herian y á los mechones que abrasaban. Entretanto las tiendas y

pabellones de algodon y cañamazo ardian á su vista, y no se podia

remediar el daño. El aprieto fué á la verdad grande, y venciéra el

enemigo, si el valiente Juan Fernandez Enciso no entrára espada en mano

entre los infieles, y con ella cortára la cabeza al comandante Querandí.

Muerto el general, que es alma del ejército, los enemigos huyeron

precipitadamente, y se les siguió el alcance muchas leguas, con

tanto destrozo y mortandad de infieles, que vuelto á Garay un

soldado:--“Señor General, le dijo, si la matanza es tan grande ¿quien

quedará para nuestro servicio?--Ea, dejadme, respondió Garay, que esta

es la primera batalla, y si en ella los humillamos, tendremos quien con

rendimiento acuda á nuestro servicio.” Fué el fin de esta victoria y

destrozo del enemigo en el sitio que desde entonces hasta hoy se llama

el _Pago de la Matanza_. Ahuyentados los indios, y obligados á pedir la

paz, se aplicó el General Garay á edificar la ciudad, fomentando con su

presencia y direccion las obras.

Por este tiempo, aunque no se sabe con certidumbre el año, se rebeló

contra su fundador la ciudad de Santa Fé. Eran cabezas del motin

Lázaro Venialbo, Pedro Gallego, Diego Ruiz, Romero, Leiva, Villalta

y Mosquera, grandes fabricadores de enredos. Como penetraron la

dificultad de prevalecer contra Garay, procuraron ganar para sí á su

mayor enemigo, Gonzalo Abreu, Gobernador de Tucuman, sugeto bullicioso

con demasia, que tenia sentimientos antiguos contra Garay; y le

ofrecieron la ciudad, si con gente fomentaba sus intentos: y aunque no

consta la intencion de Abreu, se carteaba con los rebeldes, y se dice

que escondia su correspondencia.

Los amotinados agitaron el negocio, y lo pusieron en sazon de lograr

sus disposiciones. A hora señalada de la noche prendieron al teniente

alcalde Olivera, y al capitan Alonso de Vera, llamado, por su mal

gesto, _cara de perro_. El gobierno de las armas dieron á Lázaro

Venialbo, y el cargo de teniente á Cristoval de Arevalo, el cual

seguia con violencia el partido de los amotinados, y logró brevemente

oportunidad de encontrarse con el nuevo Gobernanador de armas, y

de restituir el baston al legitimo poseedor. El tentó el vado, y

asegurados algunos confidentes, hombres de resolucion, aprisionó las

cabezas del motin, y repuso en sus puestos al teniente y al alcalde.

Sosegado el tumulto, las cosas corrieron pacificamente por su antiguo

camino.

Tres años se detuvo Garay en el Puerto, metiendo calor á los

arquitectos en los edificios, y atemorizando con su valor y fama á

los infieles. Al cuarto año dejó el gobierno de la ciudad á Rodrigo

Ortiz de Zarate, y salió camino de la Asumpcion para visitar la

provincia. Acompañaban su general algunos vecinos de la Asumpcion,

con sus consortes que se restituian á sus casas. Una noche saltó en

tierra con su comitiva y recostados á dormir los españoles, el cacique

Manuá, traidor disimulado, se acercó con ciento y cincuenta jóvenes

y dió muerte á Garay y á cuantos le acompañaban. Perdió la provincia

en Garay una gran cabeza para el gobierno: los pobres lamentaron la

muerte de su padre, en cuyo beneficio expendia gruesas cantidades: los

soldados la de un excelente capitan, tan desinteresado en aprovecharse

de los despojos cuanto liberal en repartir lo que tenia, hasta vender

los vestidos de su muger para socorrer necesitados. Fué hombre de gran

corazon, sufridor de increibles trabajos, de excelente disposicion en

las batallas de infieles, proporcionando con tanto acierto los medios á

los fines, que todas las batallas concluyó con felicidad y admiracion.

Muerto Garay, que en todos infundia espirítus marciales, los insolentes

con la muerte del general hicieron leva de gentes, confederándose

Guaranís, Quiloasas, Mbeguás y Querandis, para asolar las ciudades de

Santa Fé y Buenos Aires. Juntáronse en tierras del cacique Manuá, para

conferir los puntos mas principales de la guerra, celebrando primero á

su usanza con banquetes y borracheras la muerte de Garay. Hallábanse en

el congreso los principales de las naciones: dos puntos confirieron;

el primero sobre la eleccion de capitan general; y la suerte de comun

acuerdo cayó sobre Guayuzaló, cacique guaraní, que habia militado con

crédito en las guerras contra naciones enemigas; el segundo, cual de

las dos ciudades, Santa Fé, ó Buenos Aires, habia de ser acometída la

primera; y resolvieron con discrepancia de votos que Buenos Aires,

dejando aplazado el dia para concurrir en las fronteras del puerto.

Sabido por los españoles lo que intentaban los infieles, pusieron

la ciudad en estado de defensa. El enemigo arrimó su campamento, y

al dia determinado presentaron la batalla. El Teniente Zarate mandó

disparar la arcabuceria que causó gran estrago, y mayor desórden en

los infieles, que empezaron á huir confusamente: pero recogidos por

su general y puestos en filas, resistieron algun tiempo, hasta que

cargando sobre ellos los españoles, con grande impetu y vivo fuego,

destrozaron sus tropas con muerte del General Guayuzaló, quedando el

enemigo tan escarmentado que en mucho tiempo no osó bloquear la ciudad

ni infestar la vecindad.

Fué universal la alegria en la provincia y se celebró la victoria con

accion de gracias. Para que el júbilo fuera mas completo llegó este año

el Ilmo. Fray Alonso Guerra, hijo esclarecido de la sagrada familia de

Predicadores. Algo mas de diez años habian corrido desde la muerte del

Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y aunque poco despues fué provisto Fray

Juan del Campo franciscano, el Cielo cortó para sí esta bella flor de

observancia antes que pasára á tomar posesion del obispado. En su lugar

fué substituido Fray Juan Alonso Guerra, pobre y despreciado á los ojos

del mundo, pero rico de virtudes y digno de lucir sobre el candelera de

la Iglesia de Dios. En 27 de Setiembre de 1577 fué electo para el Rio

de la Plata; pero su extrema pobreza entre la opulencia peruana retardó

su consagracion algunos años. Entretanto llegó el tiempo del tercer

Concilio Limense, y como era sugeto en virtud y letras completo, se

hizo necesaria su asistencia en él.

Consagrado despues, y venido á su episcopal silla, halló la diocesis

falta de aquel vigor que comunica el espirítu de religion. Como buen

pastor aplicó toda la diligencia á restablecerla en el santo fervor que

profesa la ley cristiana. Pocas veces á celo tan solícito se siguieron

efectos mas perniciosos. Segunda vez intentó el Paraguay una accion

escandalosa, y como habia abierto una mala puerta á todo sacrílego

atrevimiento con la prision del primer Prelado, ahora se entró por ella

con la prision del segundo.

Historia del Paraguay, Río de La Plata y Tucumán · 第 15 / 21 段