á dilatar los términos de la provincia con nuevas colonias. Juan de
Garay era uno de los sugetos de mas fondo que tenia la gobernacion del
Rio de la Plata. Este caballero no se habia mezclado en los recientes
disturbios, su nombre era glorioso por las hazañas militares y su
persona respetable por la madurez, cordura y virtudes: digno en fin de
que se le fiasen ochenta y seis compañeros para fundar una ciudad hácia
la fortaleza de _Sancti Espiritus_, ó en otro lugar mas ventajoso.
Garay se dispuso para la empresa, y entrando al Paraná registró sus
amenas riberas y frecuentes tributarios que le comunican sus aguas:
entre los cuales el Quiloasa, su pechero por la márgen occidental,
llenó mas el ánimo de Garay para plantear, en un llano despejado y
apacible que ofrece, la ciudad á la cual llamó Santa Fé de la Vera
Cruz. En sus contornos habitaban muchos indios, entre los cuales es
memorable una nacion que acostumbraba desollar á los padres difuntos,
aderezando sus pieles para conservar la memoria de sus antepasadas.
Empadronáronse los indios, y se repartieron veinte y cinco mil, con
tanto desinteres del capitan que no admitió preferencia al último de
sus soldados.
Pero cuando Garay estaba en pacifica posesion del terreno, y los
indios se habian confederado sínceramente, y al parecer nadie le podia
inquietar ni disputar el derecho á Quiloasa y sus vecindades, á 19 de
Setiembre tocó su gente á arrebato: _indios_, gritan sobresaltados,
_indios vienen_. La conjuracion es universal, y ellos son tantos en
número que inundan la campaña cuanto alcanza á descubrir la vista.
Recogíose Garay con solos cuarenta á un bergantin, y ordenó al gaviero
que registrára lo que era, ó podia ser. “Señor, respondió el observador
desde la gavia, la conjuracion es cierta: los indios vienen armados, la
campaña está iluminada de fuegos, señal convocatoria de guerra.”
Garay con breves palabras, puesto que no sufria dilacion la vecindad de
los indios, encendió los suyos á la pelea, recordándoles sus proezas,
y la debilidad del enemigo que multiplica gentes para magnificar la
gloria de vencerlas. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando el
gaviero: “allí, dice, veo uno á caballo que persigue á los indios.”
Suspensos todos con la novedad, gritaron que mirára bien lo que decia.
El gaviero, mas pasmado que todos, empezó á gritar, que ya descubria
seis, fatigando los enemigos y picándoles la retaguardia. Todos querian
subir á la gavia para registrar personalmente el que imaginaban
milagro: pero á pocos lances salieron de perplexidades con la llegada
de los fugitivos que venian publicando ser españoles.
Recobróse Garay y su gente del pasmo que causaron los caballeros, y
luego despachó un embajador que agradeciera en su nombre á aquellos
caballeros la oportunidad del socorro en tiempo que tanto lo
necesitaban. Con el embajador vinieron los castellanos, los cuales
certificaron á Garay ser soldados de D. Gerónimo Luis de Cabrera
enviados suyos para señalar puerto en el Rio de la Plata como ya lo
habian ejecutado dos dias antes en el fuerte de Gaboto, agregando
á su jurisdiccion todas las islas del rio. A poco rato D. Gerónimo
Luis de Cabrera, ínclito fundador de Córdoba, se descubrió con lucido
acompañamiento de milicia tucumana.
Garay le hizo urbano, pero forzado recibimiento, temiendo que se
alzaria con el terreno. Efectivamente, eso queria Cabrera, y con
modales corteses le requirió para que no se opusiera á sus designios.
“Vasallos somos, le dice, de un Monarca, y á un mismo Señor obedecemos.
No es justo convertir contra nosotros las armas que cargamos para
vencer enemigos. Las islas del Paraná y el terreno en que estamos, mias
son, pues acabo de conquistarlas. La ciudad que está en sus cimientos
es de mi jurisdiccion, pues se halla en los límites de mi conquista: su
gobierno y mando de hoy en adelante quedan agregados á la provincia de
Tucuman. Y pues fué vuestro el trabajo de principiarla, sea también la
gloria de llevarla á debida egecucion, pero con el reconocimiento de
que la gobernais en “nombre del Rey y mio”.”
Garay se hallaba en la sazon con poca gente, y no le era posible
contradecir al glorioso conquistador de Comechingones, liquidando á
fuerza de armas su derecho al asiento de Gaboto, á las islas del Paraná
y á la nueva ciudad de Santa Fé. El disimulo fué necesario y precisa
la condescendencia, admitiendo la tenencia con protestas de fidelidad
y de gobernarla en nombre del Rey y suyo. Satisfecho por ahora Cabrera
tomó la vuelta de Córdoba, que estaba en los principios y necesitaba
el fomento de su actividad para ponerla en estado de defensa contra
el enemigo. Bien conoció Cabrera la poca sinceridad de Garay en su
protesta: esto le movió á despachar á Nuflo de Aguilar para que Garay
le entregára el gobierno de Santa Fé.
Garay que se hallaba con fuerzas superiores á las de Aguilar, le
respondió que todo aquel territorio pertenecia á los conquistadores del
Rio de la Plata, en cuya pacífica posesion contaban mas de cuarenta
años. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando descubrió por el rio
Quiloasa tres canoas comandadas por Yamundú, cacique guaraní, enviado
por el Adelantado Juan Ortiz de Zarate con pliegos para Garay. En
ellos le hacia general del gobierno de la ciudad y su distrito, y le
comunicaba un traslado de cédulas, en que Su Magestad le hacia merced
de todas las ciudades levantadas por cualesquiera capitanes, doscientas
leguas al sud del Rio de la Plata, con términos tan expresos que no
admitian duda. Con esto se volvió Nuflo Aguilar, y los Cordobeses el
siguiente año diputaron procuradores para ventilar en la Audiencia de
Charcas su derecho á Santa Fé. Pero el sapientísimo senado declaró, que
cuando un superior tribunal manda, el inferior obedece.
Así lo esperó Garay, el cual luego se puso en camino para socorrer al
Adelantado Juan Ortiz de Zarate, que se hallaba en lances mortales.
El habia tendido al viento las velas desde el puerto de San Lucar,
año de 1572, con tres navios, una zabra y un patache. Los infortunios
del mar fueron grandes, y mayores los de tierra. Al siguiente año, de
arribada ganó la isla de Santa Catalina, tan falto de víveres, que de
hambre morian por dia, de cuatro para ocho. Como la calamidad y miseria
eran extremas, saltó en tierra el Adelantado con ochenta soldados para
rescatar víveres entre los Guaranís, dejando por teniente de la armada
á Pablo de Santiago, hombre por extremo justiciero, que egecutó en la
gente de la armada grandes excesos de crueldad.
Cuando el Adelantado volvió de rescatar viveres, halló la isla de
Santa Catalina llena de cadáveres, y que la armada se habia retirado.
Continuó su navegacion en busca de ella al puerto de San Gabriel,
cuyas vecindades estaban destinadas para última calamidad, y ruina
casi total de la armada. Yapican, cacique Charrua, señor de aquella
costa, entretuvo con arte á los españoles, mientras rescataba á
Abuyabá su sobrino, prisionero de guerra del poder de los castellanos,
suscribiendo facilmente á condiciones gravosas, que jamas cumplió por
satisfacer sus deseos de vengaza. Los primeros que experimentaron los
efectos de su indignacion fueron algunos soldados, que saliendo á
forrage, cercados de Charruas, murieron á sus manos: algunos quedaron
prisioneros, entre los cuales un Cristoval Altamirano, noble extremeño,
de quien en otra parte se hará mencion. Dos eludieron el peligro con la
lijereza de los pies, llevando la triste noticia al Adelantado.
Para castigar al bárbaro Charrua, se destacaron dos compañías de
soldados á cargo de un capitan. Encontrados con el enemigo tiñeron en
su sangre la campaña; pero fatigados de vencer, murieron á lado de sus
víctimas.
No hubo en adelante quien resistiera á Zarate, que siguió su camino
con gran tranquilidad. Uno de sus soldados por nombre Carballo, se
internó solo á los montes, y se encontró con Yandubayú, cacique
guaraní y valeroso, que galanteaba á Liropeya, india sobre hermosa,
discreta. Carballo no quizo malograr el encuentro, sin adquirir gloria
de esforzado, y tiró un bote de lanza á Yandubayú, el cual divertió
el golpe, y cogiendo el brazo de Carballo, intentó quitarsela. La
contienda fué reñida y ruidosa, y tanto que Liropeya oyó el combate, y
salió de su chozuela para dispartir los combatientes. Carballo revolvió
curiosamente los ojos á la india, y prendado de ella, por ser único
pretendiente, mató á Yandubayú en presencia de su querida.
Era este lance muy sensible para un corazon amante. La india se
desmayó: pero recobrada, con tristes lágrimas rogó á Carballo no dejára
sin enterrar el cadáver. Como Carballo ya la amaba, le manifestó
condescendencia, lisonjeándola con agradables oficios para ganarle
la voluntad. Pero desceñida la espada para abrir el hoyo, la tomó
Liropeya, y recostándose sobre la punta: “¡Abre, le dice, para los dos
sepultura, y cubre á Lyropeya con la tierra que oculta á Yandubayú!”
Dijo, y echandose con todo el peso de su cuerpo sobre la espada, finó
victima de su amor desciado.
Pasó Garay en demanda del Adelantado á la isla de Martin Garcia, y
porque el sitio no se tuvo á propósito para el establecimiento de
ciudad, se acordó fundar sobre San Salvador, y que Melgarejo y Garay
lleváran por delante las mugeres y niños. Los dos capitanes subieron
Rio de la Plata arriba, y despartidos de una tormenta, Melgarejo
libró con felicidad, y Garay casi pereció náufrago con toda su gente.
Al fin ganó tierra, y entró en mayor peligro: porque Yapican con su
ejército, repartido en siete escuadrones, se descubrió que caminaba
hácia los náufragos españoles. A los cuales Garay: “Amigos, dice, aquí
no resta otra cosa que morir ó vencer: peleemos con valor y la victoria
esperemos de Dios.” Y llamando en su ayuda al glorioso Santiago, cerró
con el enemigo, y rompió el primer escuadron que contaría setecientos
Charruas. La caballería (doce eran los caballos) rompió los demas
escuadrones, con mucho destrozo de infieles.
El valeroso Antonio Leiva, y el bravo Menialvo se estrecharon con
Abuyabá y Tabobá, jóvenes intrépidos y de grandes fuerzas. Abuyabá
después de recibir un fuerte golpe, se aferró á la lanza de Leiva con
tanta porfia y tenacidad que temió perderla su dueño. Acudió al socorro
Menialvo, y metiéndole hasta el corazon la espada, lo derribó muerto á
sus pies. Leiva trabó el naso á Tabobá que venia á arrojarse sobre él,
y le traspasó el vientre, cayendo hierto cadáver en el suelo. Quizo
Yapican vengar la muerte de sus dos mas esforzados capitanes; pero le
previno Menialvo con un golpe de lanza que le privó de la vida.
Añahualpo, indio agigantado y de fuerza á correspondencia, se estrelló
con Juan Vizcaino, y este de un golpe postró aquel gigante en el
suelo. Sobrevino á la venganza Yandianoca, indio de fama y estimado
por sus hazañas; pero Vizcaino le preocupó con la lanza. Todos obraron
prodígios de valentía.
Al siguiente dia se juntó Garay á Melgarejo sobre el rio de San
Salvador, y mientras Garay levantaba barracas de fagína y tierra
contra las invasiones del enemigo, partió Melgarejo á transportar
al Adelantado con su gente. Venido Zarate, principió una ciudad que
intituló San Salvador, sobre la embocadura del rio de este nombre: la
cual se despobló por las invasiones de los Charruas, en 1576. Era el
Adelantado sugeto caprichoso, enemigo de admitir consejo, y de poca
disposicion en tomar á tiempo las providencias necesarias para mantener
una ciudad que vivia á merced de amigos inconstantes: con lo cual á
todos se hizo aborrecible, y solo halló sequito en algunos confidentes
que se prometian mejora de fortuna con el oficio de adulones.
De San Salvador pasó el Adelantado á la Asumpcion, donde malquistado
con los conquistadores, se apoderó en tanto grado de él la tristeza,
considerándose odiado de todos, que derramándose el humor melancólico
por todo el cuerpo, murió á los pocos meses en el año de 1575. El
Adelantazgo del Rio de la Plata transfirió en una hija que tenia en
Chuquisaca, llamada D.ª Juana Ortiz de Zarate, dejándole por tutor
á Juan de Garay. Con el gobierno interino quedó Diego Mendieta,
sobrino suyo; jóven bullicioso, de procederes indecorosos y costumbres
perdidas: tan desenvuelto en lascivias, como impio en tiranias. No son
para relatarse los estravios de este hombre: llámelo quien quisiere
un Neron por lo cruel, y un Heliogábalo por lo deshonesto:--aborto de
los que rara vez produce la naturaleza para escándalo de los mortales.
En poco tiempo llenó siglos de maldad, y preso por los Santafecinos,
y despachado á la corte, arribó al Mbiaza, donde muerto por los
naturales, fué enterrado en sus vientres.
§. XII.
GOBIERNO DE D. JUAN DE GARAY.
1576-1584.
Mientras que Mendieta era remitido á la corte, llegó Juan de Garay
de Chuquisaca, á donde habia caminado por dependencias de D.ª Juana
Ortiz de Zarate, á la cual casó con el licenciado Juan Torres de Vera
y Aragon, Oidor de aquella real Audiencia, en quien recayó el gobierno
de la provincia, y título de Adelantado. El primer egercicio de su
empleo fué nombrar á Garay teniente del Rio de la Plata, y despacharle
con brevedad para continuar la conquista, y levantar poblaciones para
enfrenar los infieles. Fué Garay recibido al gobierno con universal
aplauso, especialmente cuando le admiraron tan solícito de los
progresos de la provincia, que luego señaló á Melgarejo para levantar
una poblacion en Guayra, en un sitio que tenia fama de opulento.
Melgarejo la planteó á dos leguas al oriente del Paraná, y la llamó
Villa Rica del Espíritu Santo: y porque la pobreza del sitio se
correspondia al esplendor del nombre, la trasladó poco despues sobre
el Huybay, cerca de la embocadura del Curumbatay. El P. Maciel de
Lorenzana asegura que tenia en sus vecindades trescientos mil indios,
de los cuales, añade, que por los años de 1622 no se conservaba
la sexta parte. Pero número tan excesivo hizo poca resistencia y
fácilmente ofreció vasallage y tributo al capitan Melgarejo. Mientras
él daba ser á la villa, Garay concluyó felizmente una accion gloriosa
en las vecindades de la Asumpcion.
Obera, cacique ofuscado con el lustre de su nombre que significa
_resplandor_, se preconizaba entre los suyos deidad, y profanaba los
sagrados misterios, atribuyéndose el oficio de Redentor de la nacion
guaraní, cuya salvacion y libertad habia de obrar, llamando en su ayuda
á los rayos del cielo, confundiendo los elementos y provocando todas
las criaturas para el exterminio del español. Añadia que se habia dado
por coadyutor en el empleo á Guizaro, hijo suyo, con potestad suprema
sobre rayos, pestes, inundaciones y plagas; y especialmente sobre un
cometa que se descubrió esos dias, y lo tenia reservado para su tiempo.
Se hacia tributar adoraciones y quemar inciensos, sirviéndose en los
profanos ministerios de sacerdotisas, con las cuales tenia comercio
escandaloso, solazándose en bailes y cantares, persuadiendo á todos que
la puerta para merecer su gracia era la desenvoltura.
Obera dijo tales cosas, y prometió á los suyos con tanta certeza la
victoria, que los indios vecinos á la Asumpcion, los del rio Paraguay
arriba y los del Paraná se conjuraron contra el español. Súpolo Juan
de Garay, y despachando aviso á Guayra y Villa Rica para prevenir sus
pueblos á la defensa, salió con ciento y treinta valerosos soldados á
cortar el socorro que del Paraguay arriba podia venirle al enemigo,
sentando sus reales sobre el nacimiento del Ipané. A breve rato se
descubrieron Pitum y Corazí, llenos de orgullo y arrogancia, enviados
de su cacique, para dar muestra del valor guaraní, peleando cuerpo á
cuerpo con dos del egército español. Venian desnudos, trayendo dardos
en las manos: arma que se compone de un palo largo, cuyo remate es en
punta que suple bastantemente la falta de mojarras. Es arma arrojadiza,
y algunas naciones acostumbran cobrarla con un cordel que atan hácia
la empuñadura, y la manejan á diestra y siniestra sobre el juego del
brazo, despidiéndola con tanto impulso, que á veces traspasa de parte á
parte el ginete, y le cose contra el arzon de la silla.
Presentados Pitum y Corazí delante del ejército español, Juan Fernandez
Enciso y Espeluca, valerosos soldados con espada y rodela, salieron al
encuentro. Pitum acometió con denuedo á Enciso, jugando con destreza
el dardo: rompió por diversas partes la rodela de Enciso, á quien
fatigaba con su ligereza, llamando á todas partes el cuidado de
repararse. Enciso le cogió el dardo y le hizo pedazos, cuando Pitum
trataba prevenir á su antagonista en la misma accion de romperle el
dardo. Enciso le tiró á la cabeza un golpe, y errándole, con venturoso
acierto le segó un brazo. Corazí entretanto de un bote de dardo derribó
á Espeluca: pero estrivando este sobre las rodillas, le cortó de un
tajo la megilla. El bárbaro resistió con valor, hasta que viendo huir á
Pitum, le acompañó en la fuga, y llegados á los suyos, publicaron que
los españoles eran invencibles.
Al siguiente dia se encaminó Garay al Yaguarí, y sugetó cuatro pueblos,
pasando á sangre y fuego cuanto halló en ellos. Entretanto Guizaro, que
era el general de Obera, se atrincheró sobre el Ipané, esperando que el
Cielo arrojaria rayos contra los españoles.
Trabóse entre los dos campos una muy reñida batalla, que decidió
brevemente Juan Fernandez Enciso, el cual acertó con tanta fortuna el
arcabuz á Guizaro, que metiéndole por la frente la bala, lo derribó en
el suelo, postrando con su muerte las esperanzas del enemigo.
Yaguatatí salió á vengar la muerte de Guizaro, y entró por el campo
español hiriendo algunos: pero fatigado de Martin Valderrama y Juan
Osuna, se metió el dardo por el pecho, homicida de sí mismo. Siguióse
el alcance se destruyeron algunas compañías, é hicieron algunos
prisioneros, y entre ellos el sumo sacerdote de Obera, que ocupaba sus
infames manos en llevar el santo madero de la cruz, insignia de nuestra
redencion con que Obera prometió libertar la nacion guaraní. No se
pudo coger á Obera, pero se consiguió hacer memorable el año de 1578 y
principios de 79 con una victoria, que ensalzó las armas españolas y
desengañó á los Guaranis.
Los excesos de Aguirre gobernador del Tucuman eran exorbitantes, y
pedian remedio egecutivo. No conserva el tiempo las particularidades de
sus extravios: pero en términos universales tiene memoria de atentados
escandalosos que debian atajarse prontamente. Esa comision fió el virey
de Lima á D. Pedro Arana, caballero autorizado por su cristiandad y
prudencia. El inquirió sobre los delitos de Aguirre, y hallando que no
eran voces sin fundamento, aprisionó al delincuente, y preso lo llevó
á Lima, ciudad de los Reyes. Casi tres años corrieron en liquidar su
causa: tiempo verdaderamente prolongado para correr plaza de culpado,
pero breve para ser absuelto de los graves delitos que se le imputaban.
Con el gobierno interino quedó Nicolas Carrizo, antiguo conquistador, y
aunque no adelantó los términos de la provincia con nuevas conquistas,
conservó en tranquilidad los ánimos bulliciosos de los conquistadores.
Por Julio de 1572, entró en la provincia con título de gobernador
D. Gerónimo Luis de Cabrera, caballero sevillano, el cual juntaba
un agregado singular de calidades tan sobresalientes que acaso la
América no se podria gloriar de otro que le igualára. Nobleza que le
emparentaba con las principales casas de España, valor, fidelidad,
discrecion y prudencia, sobre un fondo sólido de costumbres arregladas
y cristianas. Habia conquistado á Pisco, Ica y la Nasca, fundado con
su caudal la ciudad de Santiago de Valverde en el valle de Ica; y
egercitado noblemente el oficio de Corregidor y Justicia mayor en la
provincia de Charcas, y villa imperial de Potosí.
En su compañia vinieron algunos caballeros de distincion, D. Lorenzo
Suarez de Figueroa de la casa de Feria, gobernador despues de Santa
Cruz de la Sierra; Tristan de Tejeda, célebre por la entrada al
Marañon en compañia de Juan Salinas, y mucho mas por la entrada al
descubrimiento del Dorado, Barbacoas v Amazonas: Gerónimo Bustamante,
que habia ocupado puestos honoríficos en el Perú, de quien son
ramos los Arballos de esta provincia, con otros nobles caballeros
distinguidos por sus méritos y servicios en utilidad de la monarquia.
El nuevo Gobernador se aplicó con desvelo al establecimiento de las
ciudades que necesitaban reparo; y puso la mira en el territorio de los
Comechingones, cuna destinada de generacion en generacion, hasta el dia
de hoy, para sus legítimos descendientes. Antes de cumplido el año,
puso en egecucion su idea, sacando de Talavera, San Miguel y Santiago
cien soldados, y con ellos sin memorable suceso llegó á un sitio que se
llamaba Quisquizacat, al sur del río Zuquia, conocido al presente con
el nombre de Pucará, al oriente de la sierra, y en él planteó la nueva
poblacion, en seis de Julio de 1573, y la llamó Córdoba la Llana, y á
la provincia denominó la Nueva Andalucía.
La ciudad está en bajo, goza temperamento saludable y hermoso cielo.
Destemplan su benignidad los sures y nortes que la combaten, alterando
tanto la atmósfera, que de una hora para otra se observan las dos
estaciones de invierno y verano. Cércanla por la banda del poniente
altas serranias, que enlazan por el sud y norte con las cordilleras
chilena y peruana.
Despues de levantado un fuerte para presidiar la nueva ciudad, pasó al
descubrimiento del Rio de la Plata, y tuvo el encuentro con Garay que
referimos en parte: pretendiendo inútilmente adjudicar á su distrito el
asiento de Gaboto y Corinda, que al presente se dice Coronda, con las
islas del Paraná y tierras adyacentes. Tomó la vuelta por el camino de
la sierra, habitacion de los Comechingones: los sugetó, y estableció
poblaciones en Talamochita, hoy Calamochita, Charavá, Izacate y
Quilloamirá. Segun algunos, en la sierra y valles intermedios llegó el
padron á sesenta mil: de los cuales algunas parcialidades se destinaron
para las obras públicas de edificios, acequias y beneficios de huertas,
que antiguamente hermoseaban la llanura del valle, jardin entonces
delicioso, y en nuestros tiempos tristísimo erial.
Fomentando la ciudad de Córdoba, se hallaba Cabrera con pensamientos de
reedificar la de Nieva en el valle de Xibixibe, cuando le vino sucesor
en Gonzalo Abreu Figueroa, caballero sevillano electo gobernador el año
de 1570. No sabemos la causa de su demora, pero sí que llegó prevenido
contra su glorioso antecesor, y desde luego trató de prenderle.
Variamente se discurre sobre el orígen de los disgustos de Abreu con
Cabrera: intervienen en este punto las confusiones históricas que
ordinariamente exageran las cuestiones odiosas. Los fautores de Abreu
echan la culpa á Cabrera: los protectores de este liquidan con mejores
fundamentos sus procederes. Mas á mí ver el orígen de las prevenciones
de Abreu está claro, y es como se sigue.
Dos reales Oidores de la Audiencia de Chuquisaca, ministros que
debieran ser de fidelidad á su monarca, maquinaban deservicios á
la corona. Era la egecucion de sus ideas dificil, y necesitaba el
poderoso brazo de Cabrera para allanar las dificultades, y la sombra
de su autoridad para cobijarse. Tentaron con mensageros y cartas su
fidelidad, y como Cabrera era fidelísimo al Rey, les afeó sus intentos
con tal entereza y constancia, que no solo quedaron persuadidos que
jamas consentiría con ellos, sino recelosos que descubriria sus
pensamientos, y no pudiendo hacerle cómplice en la egecucion, le
temieron por sabedor de sus consejos.