presentó á su vista un indio, el cual: “yo soy, le dice, del Guayra,
enviado del capitan Rui Diaz Melgarejo para que ponga en vuestra
noticia que los indios se han amotinado, y que la ciudad de Guayra
se halla en próximo peligro de perecer, si con la mayor brevedad que
sea posible, no llega socorro de gente. Y porque no se ponga duda
en mis palabras, he aquí la carta del capitan Melgarejo.” Dijo, y
descuadernando el arco por la empuñadura, sacó la carta que contenia
en substancia cuanto el mensagero relató de palabra. Como el negocio
era egecutivo, dispuso el Gobernador que Alonso Riquelme pasára al
castigo de los rebeldes. Casi dos años estuvo Riquelme en campaña: pero
consiguió sugetar los amotinados en varios encuentros, y sosegado el
Guayra, coronado de marciales glorias, se restituyó triunfante á la
Asumpcion.
No mucho despues llegó á la Asumpcion Nuflo de Chaves para conducir su
muger, sus hijos é indios de encomienda que eran mas de dos mil. Para
conciliarse las voluntades tegió una fabulosa narracion de imaginarias
felicidades, y relató el encuentro de las riquísimas tierras, fecundas
en minerales de oro y plata que con tantas ansias habian buscado. A
sus voces se siguió la conmocion de la ciudad. El Gobernador Vergara,
el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el contador Felipe Cáceres, el factor
Pedro Dorantes, muchos principales conquistadores y gran parte de la
nobleza con sus mugeres hijos é indios de encomienda, resolvieron
seguir al conductor Nuflo de Chaves á la nueva provincia.
Efectivamente esta multitud, por la mayor parte gravosa y consumidora
de alimentos, emprendió jornada tan dilatada con esperanza de mejorar
fortuna, dividida en dos cuerpos, el uno por agua rio Paraguay arriba,
y otro por la costa, arreglados ambos por las disposiciones del
Gobernador Vergara. Ellas sin duda fueron prudentes en prevenir los
riesgos, providenciar bastimentos, atemperar las jornadas para tanta
multitud, y conducirla felizmente hasta los primeros términos de la
nueva provincia. Entrados en ella, Nuflo de Chaves; “á mi toca, dice,
el mando de la gente y la disposicion de la jornada: el territorio que
pisamos es de mi jurisdiccion, de mí han de salir las órdenes, y el
arreglamiento de la comitiva es propio de mi autoridad.”
Inquietóse el Gobernador, tumultuó la comitiva, y de aquí en adelante
la confusion, el desórden, la infelicidad y desgracia acompañaron esta
multitud de gente. Los unos se apartaban de los otros, y divididos en
compañias tomaban diferentes rumbos, y morian de hambre, ó á manos de
enemigos. Tres mil Itatines, que cautivaron para servirse de ellas,
perecieron de necesidades y malos tratamientos. Los pocos que salvaron
las vidas, fundaron una colonia á 30 leguas de Santa Cruz, á la cual,
en memoria de su amada patria, llamaron _el Itatin_. El gobernador
Vergara salió peor que todos, porque cayó en manos de Chaves, émulo
poderoso, irreconciliable y cruel; fué remitido preso á la Audiencia,
y se le opusieron ciento y veinte capítulos, parte falsos, parte
verdaderos, unos de mucha, otros de poca consecuencia. Apeló al
Consejo, y con su remision á España vacó el gobierno del Rio de la
Plata.
§. X.
GOBIERNO DE D. FELIPE DE CACERES.
1566-1572.
A la vacante salieron muchos pretendientes, y á todos fué preferido
Juan Ortiz de Zarate, sugeto hacendado y de crecidos méritos en las
revoluciones del Perú: confiriósele el título de Adelantado del Rio
de la Plata, con la condicion de pasar á España para impetrar la
confirmacion. Mientras pasaba al Consejo, substituyó en el gobierno
interino al contador Felipe de Cáceres, sugeto poco hábil para la
substitucion; ruidoso, intrépido, ambicioso y poco morigerado. Con
pretesto de reales intereses, habia inquietado la provincia, y prendido
al Adelantado Alvar Nuñez. Presto le veremos echar en prisiones á su
mismo prelado.
Por ahora Cáceres solo pensaba en restituirse á la Asumpcion con
sesenta españoles, reliquias de la muchedumbre que salió en seguimiento
de Chaves, el cual quiso acompañar á Cáceres hasta los últimos términos
de su provincia. Pero sus delitos guiaban á este mal hombre al suplicio
merecido. El declinó á la nueva colonia del Itatin, donde el cacique le
dió un macanazo, y dejó muerto al perseguidor de su nacion. Entretanto
el general Cáceres proseguia las jornadas con el pequeño ejército que
convoyaba al ilustre prelado, algunos sacerdotes, y á las mugeres y
niños.
Pero como las naciones intermedias estaban alborotadas, cada paso
costaba una pelea, y cada pelea una victoria. Los Itatines, los
Payaguas y Guajarapos, en número de diez mil, se opusieron, y mientras
los españoles combatian esforzadamente fatigándose con la tarea de
pelear y matar enemigos, el Ilmo. Prelado con algunos sacerdotes y
religiosos imploraban el auxilio del Cielo. Vencidos los infieles, se
prosiguieron las marchas hasta la Asumpcion, donde entraron el año de
1569, al sexto año despues de salidos. Jornada verdaderamente inútil,
que no produjo mas fruto que la deposicion del gobernador Vergara, la
desgraciada muerte de Nuflo de Chaves y unas infernales centellas que
abrazaron la ciudad, como veremos adelante. Ahora referiremos otras que
encendió la codicia en Guayra.
Despues que Alonso Riquelme pacificó los indios del Guayra, y se
restituyó á la Asumpcion, el gobernador Francisco Ortiz de Vergara le
nombró teniente de Guayra, y con sagacidad y artificio conservó en paz
y tranquilidad la tierra, siendo libre á los españoles el registro del
país. En las varias salidas que hicieron, dieron con ciertas piedras
cristalinas, puntiadas de variedad de colores semejantes á rubines,
ametistas, jacintos, zafiros y demas preciosidades. Críanse dentro
de cocos de piedra, y cuando la naturaleza está para dar á luz el
prodigioso feto, rompe con fragoso estallido el pedernal, convidando
á los racionales á recoger aquel hermoso conjunto de aparentes
preciosidades. No es frecuente este aborto: pero la antiguedad de los
años, y el abandono de los indios en recogerlas, fué ocasion para que
los castellanos encontráran porcion considerable.
Con ellas resolvieron caminar á España, pretestando reales intereses,
y requiriendo una y otra vez á Riquelme por la licencia de irse.
Riquelme, mas circunspecto que ellos, y menos crédulo á estas riquezas
imaginárias, respondió que no descuidaria de los intereses reales, ni
olvidaria sus utilidades; pero que seria prudente determinacion esperar
la aprobacion de inteligentes lapidários, y no deferir tan ciegamente
á falaces apariencias. Desagradó tanto á los guayreños la respuesta,
que aprisionaron á Riquelme, y emprendieron la navegación. Riquelme
dió parte á la Asumpcion, y fué despachado Rui Diaz Melgarejo para
cerrar el paso á los fugitivos, y darles el condigno castigo. En efecto
Melgarejo los alcanzó, y con indulgencia de la pena que merecian los
delincuentes, ganó amigos para desterrar al teniente Riquelme y usurpar
para sí el gobierno de Guayra.
Los sucesos de Tucuman eran semejantes á los del Rio de la Plata:
traiciones, alzamientos y opresiones injustas. Jamas Tucuman admiró
eficacia mas operativa, ni justicia mas arreglada que la del general
Zurita, cuyas proezas gloriosas llegaron á Chile, y pasaron á Lima
á los oidos del Conde de Nieva. Este virey tenia ideado separar á
Tucuman del gobierno de Chile; lo que se proyectó desde el principio
sin mas efecto que proyectarse, y no ejecutarse hasta fines de 1560 ó
principios del siguiente, señalando por gobernador al general Zurita,
primero en la serie de los gobernadores.
No duró mucho tiempo en el gobierno, porque la ciudad de Londres,
monumento primogénito de su generalato, negada la obediencia á ciertas
órdenes suyas, pretendiendo substraerse de su jurisdiccion, se querelló
á Francisco de Villagra, gobernador de Chile, ofreciéndole obediencia,
si le auxiliaba contra Zurita. Villagra, que deseaba retener en su
dominio á Tucuman, nombró á Gregorio Castañeda capitan de un lucido
trozo de milicia chilena para deponer á Zurita que actualmente entendia
en fundar la ciudad de Nieva en el valle de Jujuí, conocido entonces
con el nombre de Xibixibe. Allí lo buscó Castañeda, y al extender las
manos para exibir los títulos de su independencia, otorgados por el Sr.
Virey, el doloso engañador alargó las suyas, y apellidando la voz del
Rey, con el auxilio de su gente, aprisionó al gran Zurita, Gobernador
de la Nueva Inglaterra, vencedor glorioso de tantos indios, y fundador
ínclito de tantas ciudades, por las cuales poco despues fué paseado
en prisiones. ¡Así la instabilidad de fortuna injustamente abate los
beneméritos, y levanta indignamente á los culpados!
No fuera pequeña gloria de Castañeda conservar los adelantamientos
de Zurita: pero no supo promover la conquista, ni conservar lo
conquistado. Antes del año se despoblaron las ciudades de Córdoba,
Londres y Cañete, y poco despues la de Nieva. La ciudad de Córdoba
experimentó mas vivamente el furor del Calchaquí. Sustentó con gloria
tres asedios. En el primero, Castañeda rompió felizmente por medio del
enemigo, y metió socorro de gente en la ciudad: el segundo levantaron
los sitiados en una salida que hicieron contra los sitiadores; suceso
en que tuvieron parte las matronas cordobesas, trayendo prisionera á la
hija del cacique Juan Calchaquí; en el tercero, los infieles rompieron
los conductos del agua y redugeron los ciudadanos á extrema miseria.
Los Cordobeses arbitraron diferentes medios que inutilizó la proximidad
y vigilancia del sitiador, y resolvieron desamparar la ciudad,
abriendose camino por un lado que mediaba entre las dos alas de los
sitiadores. Lográran sin duda su intento al abrigo de la noche, si el
importuno gemido de las criaturas no despertára los Calchaquís para
dar sobre los fugitivos. Todos murieron á sus manos, menos seis con el
Maestre de Campo Hernando Mexia Mirabal, que salieron á la ciudad de
Nieva mensageros de la triste desgracia sucedida en Córdoba, al cuarto
año de su fundacion. Poco despues, de órden de Castañeda se despobló
Lóndres y Cañete, cuyas reliquias por muchos años fueron monumentos de
la desgracia.
Algunos notan á Castañeda de omiso, creyendo que con la gente que
mandaba pudo no solo mantener en pié las ciudades, sino tambien
humillar el orgullo del soberbio enemigo. Lo que no se puede dudar es,
que sostuvo algunas campañas con felicidad, deshaciendo los ejércitos
del Calchaquí, y reprimiendo su furor. En una ocasion le disputó la
estrechura de un paso con muerte de muchos, empeñando con militar
estratagema al Calchaquí en sostener la batalla en campaña rasa, donde
lo destrozó y obligó á retirarse. Corrió el valle con sus compañias
ligeras, deshaciendo juntas, ocupando al enemigo en sus prevenciones,
y cortándole los pasos. Se apoderó de Silipica, Yocabil, Acapianta y
Deteyem, donde sucedió una cosa particular digna de narracion.
Los Deteyenses, siguiendo la costumbre de su nacion, escondieron las
mugeres y párvulos, grémio embarazoso en la guerra. Fenecida la toma de
Deteyem, avisaron los corredores que se descubrian señales de enemigo,
que enderezaba la marcha hácia el acampamento español. Pusiéronse
todos en arma, y cuando la tropa estuvo en competente distancia, se
descubrió una multitud de muchachos, que desfilados del lado de las
madres, armados de arco y flecha, caminaban á defender sus padres, que
suponian todavia en la refriega. Fueron recibidos con amor, y se premió
su inocente atrevimiento con algunos donecillos que les sirvieron de
agasajo para la vuelta.
No obstante estos buenos sucesos, y otros que podia prometerse de
su milicia veterana, resolvió Castañeda desamparar la provincia,
y retirarse á Chile, lleno de confusion y envuelto en tristes
presentimientos. El gobierno de Tucuman, á quien él llamó _Nuevo
Extremo_, ceñido á sola la ciudad de Santiago del Estero, dejó al
capitan Manuel de Peralta, á quien sucedió en breve Juan Gregorio
Bazan, y á este, el año de 1564, Francisco Aguirre, nombrado por D.
Lope Garcia de Castro, virey del Perú; el cual le entregó una real
cédula de 1563, en que el Señor Felipe II separaba la provincia de
Tucuman del reino de Chile, y la sometia al tribunal de Charcas.
Para promover la conquista, despachó á Chile al teniente Gaspar de
Medina, sugeto recomendable por su valor, fidelidad y servicios en
Chile y Tucuman, para conducir de aquel reino soldados con esperanza de
pingues encomiendas. En efecto Gaspar de Medina juntó alguna milicia
chilena, y con ella, su consorte y sus dos hijos, se restituyó á la
provincia. Con este socorro el gobernador Aguirre metió en Calchaquí
la guerra, destrozó al enemigo y puso yugo de servidumbre al rebelde,
con una ciudad que levantó Diego Villarroel el año de 1565, casi en
derecera del elevadísimo cerro de Anconquija, en llanura deliciosa y
amena. La ciudad se llamó San Miguel, la cual subsistió muchos años en
este sitio, hasta que se hizo necesaria su traslacion, parte porque
muchos nacian lesos en el órgano de la voz, que por acá decimos _opas_;
parte porque se criaban en la garganta ciertos tumores, que se llaman
cotos, que agravaban sobradamente y dificultaban la respiracion.
Fundada la ciudad de San Miguel, corrió el Gobernador la provincia,
castigando rebeldes, y obligándoles á la paz é yugo del servicio.
Publicó la jornada de los Comechingones, y paseó las armas victoriosas
hasta su pais. Aquí adquirió noticias de tierras opulentas sitas al
sud-oeste, que se empezaron á llamar Trapalanda, Césares y Patagones.
Tan envejecida es la fábula, cuento antiguo del vulgo, que se renueva
diariamente con fingidas novelas. En otra parte se acrisolará la
materia: porque al presente provocan la atencion los malos efectos
que produjo la narracion de los Comechingones sobre la Trapalanda. El
vulgo militar se inclinó á la conquista de los Césares; Aguirre por no
desamparar la provincia en tiempo que se podian alterar los humores,
resolvió dejar para otra ocasion la jornada de Patagones.
Aunque la determinacion del Gobernador fuese cuerda y prudente,
indispuso los ánimos de los soldados, fáciles á tumultos y novedades.
Diego Heredia, Juan Berzocana, Holguin y Fuentes, sugetos de mas
resolucion que juicio, prendieron al Gobernador y á sus hijos con
ignominia, deponiendo de sus empleos á los alcaldes, y repartiendo de
su mano el baston de gobierno y las varas de justicia. Con esto el
mando cayó en los principales fautores del motin, los cuales obraban
con despotismo y permitian toda licencia á sus allegados. Al Gobernador
Aguirre, oprimido de prisiones y cargado de autos, despacharon á la
Audiencia de Chuquisaca. A su teniente, Gaspar de Medina, depusieron
del empleo, y confiscaron sus bienes: viéndose en pocos dias á su
familia opulenta en tanta necesidad, que se mantenia de limosnas.
Para colorear el alzamiento con capa de celo, resolvieron los
amotinados fundar una ciudad en el país de Esteco, así denominado por
un cacique, señor del terreno, al tiempo de la conquista. Era el sitio
cómodo, el terreno pingue y de meollo: el cielo benigno y de aspecto
agradable: las aguas copiosas y saludables: la vecindad poblada de
indios para el beneficio de la tierra, y máquinas para obrages de lana
y algodon, que enriquecieron en un tiempo la ciudad. Creo le fundaria
el año de 1567. Al principio contó solo cuarenta habitadores: pero su
buen terreno, benigno temperamento y bellas calidades, llamaron mucha
gente de otras partes, y la hicieron rica y populosa. Su ostentacion
y lujo, segun dicen, subieron á tal punto, que los caballos cargaban
herraduras de plata.
Pero, volviendo á los amotinados, ellos apuraban con vejaciones y malos
tratamientos á los leales, y estos tibiamente esperaban el remedio
á la opresion en que gemian inconsolables. No obstante, el auxilio
estaba mas próximo de lo que ellos esperaban: porque Gaspar de Medina,
depuesto ignominiosamente del oficio de teniente, desde Conso, lugar
de su destierro, disponia con nocturnas salidas los ánimos de los
Miguelistas, para sorprender á los rebeldes, aclamando la voz del Rey.
En Santiago tenia la cooperacion de otros gefes realistas, y cuando el
negocio estuvo en buen estado, con algunos fautores, hombres de valor y
resolucion, protegido de las sombras nocturnas, aprisionó las cabezas
del motin, y dándoles breve plazo para componer las cosas de su alma,
les mandó cortar la cabeza. Con el castigo de estos se humillaron los
demas, y los beneméritos fueron repuestos en sus empleos honoríficos.
El gobierno interino, de órden de la Audiencia, cayó en manos de
Diego Pacheco, caballero noble, cuerdo y desinteresado. Era natural
de Talavera de la Reyna, y en memoria de su amada pátria, á Esteco
llamó Nuestra Señora de Talavera, poniéndola al amparo y proteccion
de la Soberana Emperatriz de los Cielos. Antes del año tuvo sucesor
en Francisco Aguirre, suelto ya de las prisiones, y libre de los
cargos que le acumularon sus émulos. Pero el génio arrebatado y
poco morigerado de Aguirre escandalizó con reprensibles excesos la
provincia, de la cual envuelto en casos de inquisicion, le veremos
salir, remitido á Lima por D. Pedro Arana.
A fines de 1569, ó principios del siguiente, murió á manos de
Humaguacas y Puquiles el conquistador Juan Gregorio Bazan. Habia pasado
á Lima para conducir su familia, y estando de vuelta, sobre el rio de
Siancas halló que los enemigos tenian cerrado el paso. A poco rato
Humahuacas y Puquiles cayeron sobre él y su comitiva, con tanto impetu
que apenas le dieron lugar para dar escape á su familia por veredas
ocultas, bajo la direccion de Francisco Congo, esclavo que no tenia
práctica en los caminos. Los infieles mataron á Bazan, Pedraza y otros:
algunos, penetrados de heridas, escaparon y llevaron á Santiago el
anuncio de tan lastimosa tragedia. Los bárbaros Humaguacas, y Puquiles
se alzaron con el botin, adornando su desnudez con ricas preseas en que
Bazan traía empleado su caudal.
Entretanto la familia del Bazan, falta de práctico conductor, vagaba
en los montes, seguida y perseguida por un trozo de indios, con tanta
tenacidad que cuatro dias contínuos caminó con inmediacion en su
alcance; y mientras ellos lo pasaban con tanto susto, en Santiago
corrian nuevas de la desgracia, llorando los muertos á manos de los
infieles.
Salió el capitan Bartolomé Valero con una compañía de soldados, y
hallada la familia errante la condujo á Santiago, donde se mitigó el
pesar con el hallazgo de las señoras é hijos, ramas gloriosas en que
hasta hoy se conserva su noble descendencia.
El Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y el teniente Felipe Cáceres,
vinieron del Perú con recíprocos sentimientos, que casi consumieron
la provincia, dividida en dos facciones de eclesiásticos y seculares,
siguiendo con oposicion encontrada los seculares al Obispo, y los
eclesiásticos al Teniente. Entre estos se señaló un Daroca, autor de
enredos, que abrió camino á exorbitantes insolencias contra el Obispo,
publicando novelas agenas de su proceder é indignas del episcopal
carácter, especialmente un crímen, por el cual decia haber incurrido
en suspension é inhabilidad para las funciones episcopales. Todo halló
aprobacion en el Teniente Cáceres, el cual empezó á explicar su enojo,
prendiendo á Alonso de Segovia, Provisor del Obispado, que cargado de
grillos, aseguró en un calabozo. Mandó publicar á son de cajas que al
Obispo, como alborotador de la ciudad, estrañaba del reino, privado de
las temporalidades, ordenando que ninguno, pena de traidor al Rey, le
diera alimentos. Mandato perentorio, cuya observancia celó con tanta
rigidez, que por que Pedro Esquivel manifestó algun sentimiento, y
socorrió al Obispo, le mandó segar la cabeza en público cadalso.
Era el Prelado de espirítu manso, apacible y sufrido en los agravios,
llevando los ultrages con egemplar tolerancia. Su vida era pura,
inocente y digna del carácter que tenia impreso en el alma: pero la
malicia en los émulos interpretaba siniestramente sus operaciones mas
santas. Un dia entre otros el celoso prelado rogaba en la catedral á
Dios por su grey alborotada. Súpolo Cáceres, y luego mandó que ninguno
fuera á la iglesia, porque el Obispo se habia retirado á ella con
dañada intencion, y ordenó á su aguacil Ayala que sacára violentamente
á cuantos no obedeciesen de grado. Ayala por lisonjear al Teniente no
reparó en violar los respetables claustros de la sacrosanta inmunidad.
El Prelado viendo profanado el templo santo del Señor, cedió al tiempo,
y recogido en su palacio de órden de Cáceres, tapiadas las puertas y
ventanas, fué asegurado con guardas de toda satisfaccion y confianza.
Tratado así el Obispo, hizo Cáceres una jornada, rio abajo, pretextando
queria llegar á la boca del Paraná, para ver si se descubrian indicios
de gente de España y socorrer, si la necesidad lo pidiese, al
Adelantado Juan Ortiz de Zarate, en cuyo nombre gobernaba la provincia.
El pretexto era honesto, pero algunos creyeron que intentó alzarse con
el gobierno, cerrando á Zarate el paso por medio de los indios. Yo
no quiero sondar intenciones; pero advierto que los indios quedaron
tan alborotados, que casi acabaron con la armada de Zarate. Con la
ausencia de Cáceres las cosas mudaron de semblante. Las mugeres, sexo
compasivo y devoto, apiadadas de las vejaciones que santamente toleraba
el Obispo, inspiraron á sus consortes afectos de conmiseracion con
su prelado, y aliento para prender al Teniente por contumaz á los
preceptos de la iglesia, transgresor de la inmunidad eclesiástica, y
alborotador de la república.
Antes que volviera Cáceres, el Obispo habia salido de su encerramiento,
y se habia refugiado en el convento de Nuestra Señora de la Merced, de
donde le vino á él la libertad y la prision del Teniente, por medio de
Fray Francisco Ocampo, religioso del mismo órden; el cual convocó una
noche ciento y cincuenta españoles, en casa del Provisor Segovia, donde
concertó con ellos la prision de Cáceres.
Al siguiente dia vino Cáceres á la Catedral, y apenas postrado de
rodillas, entraron los ciento y cincuenta españoles, siguiendo á Fray
Francisco de Ocampo que llevaba la delantera, gritando: _¡Viva la Fé de
Cristo!_ y respondiendo todos, _¡Viva, viva!_, acometieron al Teniente,
lo prendieron en la iglesia, y le pusieron dos pares de grillos y
una gruesa cadena, permitiendo á todo género de gentes befarse de su
persona.
Con el gobierno se alzó Martin Suarez de Toledo, que tuvo parte en
los referidos alborotos, y la tiene en las disposiciones presentes.
A Cáceres detuvo un año en rigurosas prisiones, y bien asegurado,
determinó enviarlo á España. En su compañía pasó el Obispo, ó como
actor contra los sacrílegos atentados del Teniente, ó para purgarse de
las imposturas que profanas lenguas le acriminaron. Rui Diaz Melgarejo
se juzgó á proposito para conducir seguramente hasta el Brasil á
Cáceres: él habia maculado sus manos con la muerte de un Sacerdote,
pero era á proposito para asegurar al Teniente. Llegaron con felicidad,
primero al puerto de Patos, y despues á la villa de San Vicente; donde
Cáceres, con auxilio de los Portugueses, rompió las prisiones, escaló
la cárcel, y se ocultó en lugares poco sospechosos. Pero Melgarejo todo
lo registró, y no desistió hasta encontrarle, y encontrado le remitió
al Consejo.
No pudo acompañarle el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el cual lleno de
dias y de merecimientos enfermó de muerte en la villa de San Vicente,
de donde con asistencia del Taumaturgo Brasileño, el P. José de
Anchieta, pasó al divino tribunal.
§. XI.
GOBIERNO D. JUAN ORTIZ DE ZARATE.
1573-1576.