Aun no habia el Gobernador Vergara desamparado la campaña, cuando se

presentó á su vista un indio, el cual: “yo soy, le dice, del Guayra,

enviado del capitan Rui Diaz Melgarejo para que ponga en vuestra

noticia que los indios se han amotinado, y que la ciudad de Guayra

se halla en próximo peligro de perecer, si con la mayor brevedad que

sea posible, no llega socorro de gente. Y porque no se ponga duda

en mis palabras, he aquí la carta del capitan Melgarejo.” Dijo, y

descuadernando el arco por la empuñadura, sacó la carta que contenia

en substancia cuanto el mensagero relató de palabra. Como el negocio

era egecutivo, dispuso el Gobernador que Alonso Riquelme pasára al

castigo de los rebeldes. Casi dos años estuvo Riquelme en campaña: pero

consiguió sugetar los amotinados en varios encuentros, y sosegado el

Guayra, coronado de marciales glorias, se restituyó triunfante á la

Asumpcion.

No mucho despues llegó á la Asumpcion Nuflo de Chaves para conducir su

muger, sus hijos é indios de encomienda que eran mas de dos mil. Para

conciliarse las voluntades tegió una fabulosa narracion de imaginarias

felicidades, y relató el encuentro de las riquísimas tierras, fecundas

en minerales de oro y plata que con tantas ansias habian buscado. A

sus voces se siguió la conmocion de la ciudad. El Gobernador Vergara,

el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el contador Felipe Cáceres, el factor

Pedro Dorantes, muchos principales conquistadores y gran parte de la

nobleza con sus mugeres hijos é indios de encomienda, resolvieron

seguir al conductor Nuflo de Chaves á la nueva provincia.

Efectivamente esta multitud, por la mayor parte gravosa y consumidora

de alimentos, emprendió jornada tan dilatada con esperanza de mejorar

fortuna, dividida en dos cuerpos, el uno por agua rio Paraguay arriba,

y otro por la costa, arreglados ambos por las disposiciones del

Gobernador Vergara. Ellas sin duda fueron prudentes en prevenir los

riesgos, providenciar bastimentos, atemperar las jornadas para tanta

multitud, y conducirla felizmente hasta los primeros términos de la

nueva provincia. Entrados en ella, Nuflo de Chaves; “á mi toca, dice,

el mando de la gente y la disposicion de la jornada: el territorio que

pisamos es de mi jurisdiccion, de mí han de salir las órdenes, y el

arreglamiento de la comitiva es propio de mi autoridad.”

Inquietóse el Gobernador, tumultuó la comitiva, y de aquí en adelante

la confusion, el desórden, la infelicidad y desgracia acompañaron esta

multitud de gente. Los unos se apartaban de los otros, y divididos en

compañias tomaban diferentes rumbos, y morian de hambre, ó á manos de

enemigos. Tres mil Itatines, que cautivaron para servirse de ellas,

perecieron de necesidades y malos tratamientos. Los pocos que salvaron

las vidas, fundaron una colonia á 30 leguas de Santa Cruz, á la cual,

en memoria de su amada patria, llamaron _el Itatin_. El gobernador

Vergara salió peor que todos, porque cayó en manos de Chaves, émulo

poderoso, irreconciliable y cruel; fué remitido preso á la Audiencia,

y se le opusieron ciento y veinte capítulos, parte falsos, parte

verdaderos, unos de mucha, otros de poca consecuencia. Apeló al

Consejo, y con su remision á España vacó el gobierno del Rio de la

Plata.

§. X.

GOBIERNO DE D. FELIPE DE CACERES.

1566-1572.

A la vacante salieron muchos pretendientes, y á todos fué preferido

Juan Ortiz de Zarate, sugeto hacendado y de crecidos méritos en las

revoluciones del Perú: confiriósele el título de Adelantado del Rio

de la Plata, con la condicion de pasar á España para impetrar la

confirmacion. Mientras pasaba al Consejo, substituyó en el gobierno

interino al contador Felipe de Cáceres, sugeto poco hábil para la

substitucion; ruidoso, intrépido, ambicioso y poco morigerado. Con

pretesto de reales intereses, habia inquietado la provincia, y prendido

al Adelantado Alvar Nuñez. Presto le veremos echar en prisiones á su

mismo prelado.

Por ahora Cáceres solo pensaba en restituirse á la Asumpcion con

sesenta españoles, reliquias de la muchedumbre que salió en seguimiento

de Chaves, el cual quiso acompañar á Cáceres hasta los últimos términos

de su provincia. Pero sus delitos guiaban á este mal hombre al suplicio

merecido. El declinó á la nueva colonia del Itatin, donde el cacique le

dió un macanazo, y dejó muerto al perseguidor de su nacion. Entretanto

el general Cáceres proseguia las jornadas con el pequeño ejército que

convoyaba al ilustre prelado, algunos sacerdotes, y á las mugeres y

niños.

Pero como las naciones intermedias estaban alborotadas, cada paso

costaba una pelea, y cada pelea una victoria. Los Itatines, los

Payaguas y Guajarapos, en número de diez mil, se opusieron, y mientras

los españoles combatian esforzadamente fatigándose con la tarea de

pelear y matar enemigos, el Ilmo. Prelado con algunos sacerdotes y

religiosos imploraban el auxilio del Cielo. Vencidos los infieles, se

prosiguieron las marchas hasta la Asumpcion, donde entraron el año de

1569, al sexto año despues de salidos. Jornada verdaderamente inútil,

que no produjo mas fruto que la deposicion del gobernador Vergara, la

desgraciada muerte de Nuflo de Chaves y unas infernales centellas que

abrazaron la ciudad, como veremos adelante. Ahora referiremos otras que

encendió la codicia en Guayra.

Despues que Alonso Riquelme pacificó los indios del Guayra, y se

restituyó á la Asumpcion, el gobernador Francisco Ortiz de Vergara le

nombró teniente de Guayra, y con sagacidad y artificio conservó en paz

y tranquilidad la tierra, siendo libre á los españoles el registro del

país. En las varias salidas que hicieron, dieron con ciertas piedras

cristalinas, puntiadas de variedad de colores semejantes á rubines,

ametistas, jacintos, zafiros y demas preciosidades. Críanse dentro

de cocos de piedra, y cuando la naturaleza está para dar á luz el

prodigioso feto, rompe con fragoso estallido el pedernal, convidando

á los racionales á recoger aquel hermoso conjunto de aparentes

preciosidades. No es frecuente este aborto: pero la antiguedad de los

años, y el abandono de los indios en recogerlas, fué ocasion para que

los castellanos encontráran porcion considerable.

Con ellas resolvieron caminar á España, pretestando reales intereses,

y requiriendo una y otra vez á Riquelme por la licencia de irse.

Riquelme, mas circunspecto que ellos, y menos crédulo á estas riquezas

imaginárias, respondió que no descuidaria de los intereses reales, ni

olvidaria sus utilidades; pero que seria prudente determinacion esperar

la aprobacion de inteligentes lapidários, y no deferir tan ciegamente

á falaces apariencias. Desagradó tanto á los guayreños la respuesta,

que aprisionaron á Riquelme, y emprendieron la navegación. Riquelme

dió parte á la Asumpcion, y fué despachado Rui Diaz Melgarejo para

cerrar el paso á los fugitivos, y darles el condigno castigo. En efecto

Melgarejo los alcanzó, y con indulgencia de la pena que merecian los

delincuentes, ganó amigos para desterrar al teniente Riquelme y usurpar

para sí el gobierno de Guayra.

Los sucesos de Tucuman eran semejantes á los del Rio de la Plata:

traiciones, alzamientos y opresiones injustas. Jamas Tucuman admiró

eficacia mas operativa, ni justicia mas arreglada que la del general

Zurita, cuyas proezas gloriosas llegaron á Chile, y pasaron á Lima

á los oidos del Conde de Nieva. Este virey tenia ideado separar á

Tucuman del gobierno de Chile; lo que se proyectó desde el principio

sin mas efecto que proyectarse, y no ejecutarse hasta fines de 1560 ó

principios del siguiente, señalando por gobernador al general Zurita,

primero en la serie de los gobernadores.

No duró mucho tiempo en el gobierno, porque la ciudad de Londres,

monumento primogénito de su generalato, negada la obediencia á ciertas

órdenes suyas, pretendiendo substraerse de su jurisdiccion, se querelló

á Francisco de Villagra, gobernador de Chile, ofreciéndole obediencia,

si le auxiliaba contra Zurita. Villagra, que deseaba retener en su

dominio á Tucuman, nombró á Gregorio Castañeda capitan de un lucido

trozo de milicia chilena para deponer á Zurita que actualmente entendia

en fundar la ciudad de Nieva en el valle de Jujuí, conocido entonces

con el nombre de Xibixibe. Allí lo buscó Castañeda, y al extender las

manos para exibir los títulos de su independencia, otorgados por el Sr.

Virey, el doloso engañador alargó las suyas, y apellidando la voz del

Rey, con el auxilio de su gente, aprisionó al gran Zurita, Gobernador

de la Nueva Inglaterra, vencedor glorioso de tantos indios, y fundador

ínclito de tantas ciudades, por las cuales poco despues fué paseado

en prisiones. ¡Así la instabilidad de fortuna injustamente abate los

beneméritos, y levanta indignamente á los culpados!

No fuera pequeña gloria de Castañeda conservar los adelantamientos

de Zurita: pero no supo promover la conquista, ni conservar lo

conquistado. Antes del año se despoblaron las ciudades de Córdoba,

Londres y Cañete, y poco despues la de Nieva. La ciudad de Córdoba

experimentó mas vivamente el furor del Calchaquí. Sustentó con gloria

tres asedios. En el primero, Castañeda rompió felizmente por medio del

enemigo, y metió socorro de gente en la ciudad: el segundo levantaron

los sitiados en una salida que hicieron contra los sitiadores; suceso

en que tuvieron parte las matronas cordobesas, trayendo prisionera á la

hija del cacique Juan Calchaquí; en el tercero, los infieles rompieron

los conductos del agua y redugeron los ciudadanos á extrema miseria.

Los Cordobeses arbitraron diferentes medios que inutilizó la proximidad

y vigilancia del sitiador, y resolvieron desamparar la ciudad,

abriendose camino por un lado que mediaba entre las dos alas de los

sitiadores. Lográran sin duda su intento al abrigo de la noche, si el

importuno gemido de las criaturas no despertára los Calchaquís para

dar sobre los fugitivos. Todos murieron á sus manos, menos seis con el

Maestre de Campo Hernando Mexia Mirabal, que salieron á la ciudad de

Nieva mensageros de la triste desgracia sucedida en Córdoba, al cuarto

año de su fundacion. Poco despues, de órden de Castañeda se despobló

Lóndres y Cañete, cuyas reliquias por muchos años fueron monumentos de

la desgracia.

Algunos notan á Castañeda de omiso, creyendo que con la gente que

mandaba pudo no solo mantener en pié las ciudades, sino tambien

humillar el orgullo del soberbio enemigo. Lo que no se puede dudar es,

que sostuvo algunas campañas con felicidad, deshaciendo los ejércitos

del Calchaquí, y reprimiendo su furor. En una ocasion le disputó la

estrechura de un paso con muerte de muchos, empeñando con militar

estratagema al Calchaquí en sostener la batalla en campaña rasa, donde

lo destrozó y obligó á retirarse. Corrió el valle con sus compañias

ligeras, deshaciendo juntas, ocupando al enemigo en sus prevenciones,

y cortándole los pasos. Se apoderó de Silipica, Yocabil, Acapianta y

Deteyem, donde sucedió una cosa particular digna de narracion.

Los Deteyenses, siguiendo la costumbre de su nacion, escondieron las

mugeres y párvulos, grémio embarazoso en la guerra. Fenecida la toma de

Deteyem, avisaron los corredores que se descubrian señales de enemigo,

que enderezaba la marcha hácia el acampamento español. Pusiéronse

todos en arma, y cuando la tropa estuvo en competente distancia, se

descubrió una multitud de muchachos, que desfilados del lado de las

madres, armados de arco y flecha, caminaban á defender sus padres, que

suponian todavia en la refriega. Fueron recibidos con amor, y se premió

su inocente atrevimiento con algunos donecillos que les sirvieron de

agasajo para la vuelta.

No obstante estos buenos sucesos, y otros que podia prometerse de

su milicia veterana, resolvió Castañeda desamparar la provincia,

y retirarse á Chile, lleno de confusion y envuelto en tristes

presentimientos. El gobierno de Tucuman, á quien él llamó _Nuevo

Extremo_, ceñido á sola la ciudad de Santiago del Estero, dejó al

capitan Manuel de Peralta, á quien sucedió en breve Juan Gregorio

Bazan, y á este, el año de 1564, Francisco Aguirre, nombrado por D.

Lope Garcia de Castro, virey del Perú; el cual le entregó una real

cédula de 1563, en que el Señor Felipe II separaba la provincia de

Tucuman del reino de Chile, y la sometia al tribunal de Charcas.

Para promover la conquista, despachó á Chile al teniente Gaspar de

Medina, sugeto recomendable por su valor, fidelidad y servicios en

Chile y Tucuman, para conducir de aquel reino soldados con esperanza de

pingues encomiendas. En efecto Gaspar de Medina juntó alguna milicia

chilena, y con ella, su consorte y sus dos hijos, se restituyó á la

provincia. Con este socorro el gobernador Aguirre metió en Calchaquí

la guerra, destrozó al enemigo y puso yugo de servidumbre al rebelde,

con una ciudad que levantó Diego Villarroel el año de 1565, casi en

derecera del elevadísimo cerro de Anconquija, en llanura deliciosa y

amena. La ciudad se llamó San Miguel, la cual subsistió muchos años en

este sitio, hasta que se hizo necesaria su traslacion, parte porque

muchos nacian lesos en el órgano de la voz, que por acá decimos _opas_;

parte porque se criaban en la garganta ciertos tumores, que se llaman

cotos, que agravaban sobradamente y dificultaban la respiracion.

Fundada la ciudad de San Miguel, corrió el Gobernador la provincia,

castigando rebeldes, y obligándoles á la paz é yugo del servicio.

Publicó la jornada de los Comechingones, y paseó las armas victoriosas

hasta su pais. Aquí adquirió noticias de tierras opulentas sitas al

sud-oeste, que se empezaron á llamar Trapalanda, Césares y Patagones.

Tan envejecida es la fábula, cuento antiguo del vulgo, que se renueva

diariamente con fingidas novelas. En otra parte se acrisolará la

materia: porque al presente provocan la atencion los malos efectos

que produjo la narracion de los Comechingones sobre la Trapalanda. El

vulgo militar se inclinó á la conquista de los Césares; Aguirre por no

desamparar la provincia en tiempo que se podian alterar los humores,

resolvió dejar para otra ocasion la jornada de Patagones.

Aunque la determinacion del Gobernador fuese cuerda y prudente,

indispuso los ánimos de los soldados, fáciles á tumultos y novedades.

Diego Heredia, Juan Berzocana, Holguin y Fuentes, sugetos de mas

resolucion que juicio, prendieron al Gobernador y á sus hijos con

ignominia, deponiendo de sus empleos á los alcaldes, y repartiendo de

su mano el baston de gobierno y las varas de justicia. Con esto el

mando cayó en los principales fautores del motin, los cuales obraban

con despotismo y permitian toda licencia á sus allegados. Al Gobernador

Aguirre, oprimido de prisiones y cargado de autos, despacharon á la

Audiencia de Chuquisaca. A su teniente, Gaspar de Medina, depusieron

del empleo, y confiscaron sus bienes: viéndose en pocos dias á su

familia opulenta en tanta necesidad, que se mantenia de limosnas.

Para colorear el alzamiento con capa de celo, resolvieron los

amotinados fundar una ciudad en el país de Esteco, así denominado por

un cacique, señor del terreno, al tiempo de la conquista. Era el sitio

cómodo, el terreno pingue y de meollo: el cielo benigno y de aspecto

agradable: las aguas copiosas y saludables: la vecindad poblada de

indios para el beneficio de la tierra, y máquinas para obrages de lana

y algodon, que enriquecieron en un tiempo la ciudad. Creo le fundaria

el año de 1567. Al principio contó solo cuarenta habitadores: pero su

buen terreno, benigno temperamento y bellas calidades, llamaron mucha

gente de otras partes, y la hicieron rica y populosa. Su ostentacion

y lujo, segun dicen, subieron á tal punto, que los caballos cargaban

herraduras de plata.

Pero, volviendo á los amotinados, ellos apuraban con vejaciones y malos

tratamientos á los leales, y estos tibiamente esperaban el remedio

á la opresion en que gemian inconsolables. No obstante, el auxilio

estaba mas próximo de lo que ellos esperaban: porque Gaspar de Medina,

depuesto ignominiosamente del oficio de teniente, desde Conso, lugar

de su destierro, disponia con nocturnas salidas los ánimos de los

Miguelistas, para sorprender á los rebeldes, aclamando la voz del Rey.

En Santiago tenia la cooperacion de otros gefes realistas, y cuando el

negocio estuvo en buen estado, con algunos fautores, hombres de valor y

resolucion, protegido de las sombras nocturnas, aprisionó las cabezas

del motin, y dándoles breve plazo para componer las cosas de su alma,

les mandó cortar la cabeza. Con el castigo de estos se humillaron los

demas, y los beneméritos fueron repuestos en sus empleos honoríficos.

El gobierno interino, de órden de la Audiencia, cayó en manos de

Diego Pacheco, caballero noble, cuerdo y desinteresado. Era natural

de Talavera de la Reyna, y en memoria de su amada pátria, á Esteco

llamó Nuestra Señora de Talavera, poniéndola al amparo y proteccion

de la Soberana Emperatriz de los Cielos. Antes del año tuvo sucesor

en Francisco Aguirre, suelto ya de las prisiones, y libre de los

cargos que le acumularon sus émulos. Pero el génio arrebatado y

poco morigerado de Aguirre escandalizó con reprensibles excesos la

provincia, de la cual envuelto en casos de inquisicion, le veremos

salir, remitido á Lima por D. Pedro Arana.

A fines de 1569, ó principios del siguiente, murió á manos de

Humaguacas y Puquiles el conquistador Juan Gregorio Bazan. Habia pasado

á Lima para conducir su familia, y estando de vuelta, sobre el rio de

Siancas halló que los enemigos tenian cerrado el paso. A poco rato

Humahuacas y Puquiles cayeron sobre él y su comitiva, con tanto impetu

que apenas le dieron lugar para dar escape á su familia por veredas

ocultas, bajo la direccion de Francisco Congo, esclavo que no tenia

práctica en los caminos. Los infieles mataron á Bazan, Pedraza y otros:

algunos, penetrados de heridas, escaparon y llevaron á Santiago el

anuncio de tan lastimosa tragedia. Los bárbaros Humaguacas, y Puquiles

se alzaron con el botin, adornando su desnudez con ricas preseas en que

Bazan traía empleado su caudal.

Entretanto la familia del Bazan, falta de práctico conductor, vagaba

en los montes, seguida y perseguida por un trozo de indios, con tanta

tenacidad que cuatro dias contínuos caminó con inmediacion en su

alcance; y mientras ellos lo pasaban con tanto susto, en Santiago

corrian nuevas de la desgracia, llorando los muertos á manos de los

infieles.

Salió el capitan Bartolomé Valero con una compañía de soldados, y

hallada la familia errante la condujo á Santiago, donde se mitigó el

pesar con el hallazgo de las señoras é hijos, ramas gloriosas en que

hasta hoy se conserva su noble descendencia.

El Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y el teniente Felipe Cáceres,

vinieron del Perú con recíprocos sentimientos, que casi consumieron

la provincia, dividida en dos facciones de eclesiásticos y seculares,

siguiendo con oposicion encontrada los seculares al Obispo, y los

eclesiásticos al Teniente. Entre estos se señaló un Daroca, autor de

enredos, que abrió camino á exorbitantes insolencias contra el Obispo,

publicando novelas agenas de su proceder é indignas del episcopal

carácter, especialmente un crímen, por el cual decia haber incurrido

en suspension é inhabilidad para las funciones episcopales. Todo halló

aprobacion en el Teniente Cáceres, el cual empezó á explicar su enojo,

prendiendo á Alonso de Segovia, Provisor del Obispado, que cargado de

grillos, aseguró en un calabozo. Mandó publicar á son de cajas que al

Obispo, como alborotador de la ciudad, estrañaba del reino, privado de

las temporalidades, ordenando que ninguno, pena de traidor al Rey, le

diera alimentos. Mandato perentorio, cuya observancia celó con tanta

rigidez, que por que Pedro Esquivel manifestó algun sentimiento, y

socorrió al Obispo, le mandó segar la cabeza en público cadalso.

Era el Prelado de espirítu manso, apacible y sufrido en los agravios,

llevando los ultrages con egemplar tolerancia. Su vida era pura,

inocente y digna del carácter que tenia impreso en el alma: pero la

malicia en los émulos interpretaba siniestramente sus operaciones mas

santas. Un dia entre otros el celoso prelado rogaba en la catedral á

Dios por su grey alborotada. Súpolo Cáceres, y luego mandó que ninguno

fuera á la iglesia, porque el Obispo se habia retirado á ella con

dañada intencion, y ordenó á su aguacil Ayala que sacára violentamente

á cuantos no obedeciesen de grado. Ayala por lisonjear al Teniente no

reparó en violar los respetables claustros de la sacrosanta inmunidad.

El Prelado viendo profanado el templo santo del Señor, cedió al tiempo,

y recogido en su palacio de órden de Cáceres, tapiadas las puertas y

ventanas, fué asegurado con guardas de toda satisfaccion y confianza.

Tratado así el Obispo, hizo Cáceres una jornada, rio abajo, pretextando

queria llegar á la boca del Paraná, para ver si se descubrian indicios

de gente de España y socorrer, si la necesidad lo pidiese, al

Adelantado Juan Ortiz de Zarate, en cuyo nombre gobernaba la provincia.

El pretexto era honesto, pero algunos creyeron que intentó alzarse con

el gobierno, cerrando á Zarate el paso por medio de los indios. Yo

no quiero sondar intenciones; pero advierto que los indios quedaron

tan alborotados, que casi acabaron con la armada de Zarate. Con la

ausencia de Cáceres las cosas mudaron de semblante. Las mugeres, sexo

compasivo y devoto, apiadadas de las vejaciones que santamente toleraba

el Obispo, inspiraron á sus consortes afectos de conmiseracion con

su prelado, y aliento para prender al Teniente por contumaz á los

preceptos de la iglesia, transgresor de la inmunidad eclesiástica, y

alborotador de la república.

Antes que volviera Cáceres, el Obispo habia salido de su encerramiento,

y se habia refugiado en el convento de Nuestra Señora de la Merced, de

donde le vino á él la libertad y la prision del Teniente, por medio de

Fray Francisco Ocampo, religioso del mismo órden; el cual convocó una

noche ciento y cincuenta españoles, en casa del Provisor Segovia, donde

concertó con ellos la prision de Cáceres.

Al siguiente dia vino Cáceres á la Catedral, y apenas postrado de

rodillas, entraron los ciento y cincuenta españoles, siguiendo á Fray

Francisco de Ocampo que llevaba la delantera, gritando: _¡Viva la Fé de

Cristo!_ y respondiendo todos, _¡Viva, viva!_, acometieron al Teniente,

lo prendieron en la iglesia, y le pusieron dos pares de grillos y

una gruesa cadena, permitiendo á todo género de gentes befarse de su

persona.

Con el gobierno se alzó Martin Suarez de Toledo, que tuvo parte en

los referidos alborotos, y la tiene en las disposiciones presentes.

A Cáceres detuvo un año en rigurosas prisiones, y bien asegurado,

determinó enviarlo á España. En su compañía pasó el Obispo, ó como

actor contra los sacrílegos atentados del Teniente, ó para purgarse de

las imposturas que profanas lenguas le acriminaron. Rui Diaz Melgarejo

se juzgó á proposito para conducir seguramente hasta el Brasil á

Cáceres: él habia maculado sus manos con la muerte de un Sacerdote,

pero era á proposito para asegurar al Teniente. Llegaron con felicidad,

primero al puerto de Patos, y despues á la villa de San Vicente; donde

Cáceres, con auxilio de los Portugueses, rompió las prisiones, escaló

la cárcel, y se ocultó en lugares poco sospechosos. Pero Melgarejo todo

lo registró, y no desistió hasta encontrarle, y encontrado le remitió

al Consejo.

No pudo acompañarle el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el cual lleno de

dias y de merecimientos enfermó de muerte en la villa de San Vicente,

de donde con asistencia del Taumaturgo Brasileño, el P. José de

Anchieta, pasó al divino tribunal.

§. XI.

GOBIERNO D. JUAN ORTIZ DE ZARATE.

1573-1576.

Historia del Paraguay, Río de La Plata y Tucumán · 第 13 / 21 段