Estas y semejantes intenciones publicaron los antiguos, y renuevan

los novelistas del Gran Mojo, aquellos sobre la fé de un testimonio

primeramente escondido, y despues honrado con la luz pública, y

estos sobre el dicho de los antiguos. Pero leidos los que tocan

este punto, y enterado de la geografia del terreno, se vé que el

Paitití es un imperio fabuloso, que no tiene cabida en toda la

América, y que sus inventores no merecen elogio mas honrado que él

de soñadores. Restituido Hernando de Rivera al puerto de los Reyes,

donde el Adelantado y su comitiva le esperaban, se restituyeron

todos á la Asumpcion, la cual se convirtió en teatro funestísimo;

porque los oficiales reales sentidos contra el Adelantado trataron de

vengarse de un hombre que merecia estatua por su rectitud, justicia y

cristiandad. Incierto es que papel hizo Domingo Martinez de Irala en

esta tragicomedia. Unos le hacen cabeza, otros complice, mientras que

Rui Diaz de Guzman le libra de toda nota. Lo que no admite duda es,

que el contador Felipe Cáceres, y los oficiales reales Garcia Venegas,

Alonso Cabrera y Dorantes, con muchos caballeros y plebeyos, se fueron

por Abril de 1544 á la casa del Adelantado, y clamando: _Viva el Rey,

y muera el mal Gobierno_, le aprisionaron, y asegurado con grillos le

metieron en la cárcel de los malhechores, dando libertad á muchos á

quienes sus delitos tenian en su merecido lugar.

El baston del gobierno se entregó á Domingo de Irala, de quien escribe

Rui Diaz de Guzman que se hallaba actualmente tan enfermo que ya habia

recibido todos los sacramentos: motivo porque reusó el cargo, temiendo

en semejantes circunstancias embarazarse en negocio tan ruidoso. Pero

añade el autor, que estando ya oleado, fue sacado á la plaza para

empuñar el baston. Narracion que da fundamento para creer que Irala

fingió la enfermedad que no tuvo, y que Rui Diaz, como nieto, por

liquidar la inocencia del abuelo no reparó en la inverosimilitud de las

circunstancias con que vistió su elevacion al gobierno.

El Adelantado toleró diez meses el rigor de la prision, con paciencia

tan cristiana que no desplegó sus lábios para la queja. Los leales al

Rey (nombre entonces odioso) se ausentaron á los montes, donde vivieron

algunos meses con increibles penalidades. Algunos fueron ahorcados,

pagando su lealtad con pena capital de infames. Solo el delito gozaba

inmunidad, y á todos era lícito cuanto licenciaba la autoridad,

codicia y lujuria. A la milicia se indultó libertad para todo arrojo,

autorizando sus desafueros contra los indios, á los cuales enteramente

se desamparó, permitiéndoles juntar á las obligaciones de cristianos,

ritos de gentiles.

Pasados los diez meses acordó Irala despachar el Adelantado á la

corte. Con él se embarcó el veedor Cabrera y el tesorero Vanegas. Lope

Ugarte pasó con título de agente de Irala. El bergantin se hizo á la

vela, y entrado en alta mar combatieron los elementos cuatro dias al

frágil vaso sin esperanza de tranquilidad. Todos temian la muerte,

especialmente los reales oficiales á quienes atormentaba la mala

conciencia. Atribuyendo la tormenta á superior causa, y al castigo que

les preparaba la divina justicia, confesaron públicamente su delito,

y arrojados á los pies de Alvaro Nuñez le quitaron los grillos,

publicando los falsos testimonios que habían jurado contra él.

Determinaron restituirse luego á la Asumpcion para reponer en sus

honores al Adelantado, por cuya inocencia militaba el Cielo: y así lo

ejecutáran, si Pedro Estopiñan, primo del Adelantado, no les animára

á proseguir la navegacion. En efecto se continuó con prosperidad. Mas

los oficiales reales, libres ya del mar y de sus tormentas, tomada

otra determinacion, presentaron en el Real Consejo de Indias los autos

contra el Adelantado. Pero, mientras ellos procuraban oprimir al

inocente, Dios castigó severamente á los culpados. Garcia Vanegas murió

repentinamente y Alonso Cabrera enloqueció de pesadumbre.

Al tiempo que la dívina justicia castigaba los calumniadores de Alvar

Nuñez, la humana en revista de autos justificó sus procederes, y honró

los últimos años de su vida con el ejercicio de Oidor en la audiencia

de Sevilla. Fué el Adelantado uno de los hombres mas juiciosos de su

siglo: recto, prudente, entero y de sano corazon. Celoso de propagar

la fé entre los infieles, y rigido observador de costumbres arregladas

entre los cristianos: con los pobres piadoso, con los infieles benigno,

y fuerte con los desreglados. A los ministros del Altísimo obediente,

al Rey fiel, y á Dios temeroso. Prendas que no bastaron á hacerle

respetable á la fortuna perseguidora de hombres grandes. La Florida lo

cautivó con inhumanidad, la Asumpcion lo aprisionó con infamia; pero en

una y otra parte fué egemplar de moderacion, mas respetable entre los

indios de la Florida, que entre los españoles de la Asumpcion.

§. VII.

SEGUNDO GOBIERNO DE D. DOMINGO MARTINEZ DE IRALA.

1545-1556.

Mientras se decidía la causa del Adelantado, en el Paraguay la

disolucion y el desgarro de costumbres eran grandes. Los indios se

aprovecharon de la oportunidad, y en número de quince mil sentaron su

campamento en la vecindad de la Asumpcion. Irála les salió al encuentro

con trescientos españoles y mil indios auxiliares, y tomándole en medio

los enemigos que peleaban desesperadamente, rompió con la caballería á

los infieles con tanto estrago y terror, que muertos dos mil amotinados

los demas se arrojaron ciegamente á la huida, y se refugiaron á una

poblacion reparada con estacas.

Siguióles Irala, y rota la estacada entró espada en mano haciendo

terrible mortandad en los sitiados, de los cuales la mayor parte se

refugió á Carobia, pueblo de mayor fortificacion y último asilo de su

mala fortuna. Porque sitiándolo Irala, vencidas algunas dificultades

que impedian el asalto, entró con su gente en Carobia, y mató muchos

indios: los vivos se huyeron á Hieruquizaba, hasta donde los siguió

el victorioso Gobernador, y con muerte de muchos, sugetó los demas,

quienes se ofrecieron tributarios. Con esto pacificó Irala la tierra, y

lleno de marciales glorias se restituyó á la Asumpcion, y se concilió

las voluntades de los conquistadores, repartiéndoles encomiendas de

indios.

Convocó la milicia, y manifesto su determinacion de descubrir paso al

Perú. “Pero que adviertan, les dice, que no les obliga á seguirle, y

que solo pretendia entrar por su gusto en el empeño: que los trabajos

eran grandes, y pedian gente animosa y esforzada: que no seria conforme

á decoro empezar el descubrimiento y caer de animo en las dificultades

antes de fenecerlo. Con este razonamiento encendió á los suyos, y se

ofrecieron casi todos á la expedicion.” Escogió trescientos y cincuenta

españoles, y mas de tres mil guaranís, y se embarcaron en doscientas

canoas y siete bergantines, á fines de 1547.

Irala no tuvo suceso memorable hasta Xarayes, donde fué humanamente

recibido del supremo Manés. Informóse del camino para el descubrimiento

que intentaba, y supo de los prácticos, que el camino por tierra,

tirando al poniente era mas seguro. Tomó guías de la misma nacion, y

llegó á los Sibirís, gente quieta y pacífica, que recibió amigablemente

á los españoles, y surtió de bastimentos. Los Peiseños, Maigueños,

y Carcocies hicieron resistencia: pero debaratados á los primeros

encuentros, dejaron libre el paso hasta el Guapay, rio tributario del

Mamoré: y avanzando en las jornadas, llegaron á unos indios situados á

la fálda de las cordilleras Peruanas, los cuales recibieron con agrado

á Irala, y saludaron en castellano á los españoles.

¿Quiénes sois vosotros?, le preguntó el Gobernador, y ¿qué nacion

es la vuestra?--“Indios somos del Perú, respondieron, cuyo señor es

un Viracocha sustituto del capitan Peranzurez, glorioso fundador de

Chuquisaca.” Aquí Irala inquirió curiosamente sobre el estado presente

del Perú, y revoluciones de Gonzalo Pizarro. A todo satisfacieron los

indios, y el Gobernador Irala procuró ganar la voluntad del Presidente

Gasca, enviando embajadores hasta Lima, ciudad de los Reyes. Dos eran

los principales puntos de su comision: el primero, suplicarle que

señalara Gobernador del rio de la Plata en nombre de Su Magestad:

el segundo, ofrecer su pequeño ejército para acabar de sosegar los

tumultos del Perú.

El Presidente Gasca, que tenia madurez juiciosa, y penetraba altamente

el fondo de los corazones, recibió con aparente agrado los embajadores,

pero recelando que si aquella gente envejecida en tumultos entraba

al Perú, alborotaria mas los humores de aquel enfermizo cuerpo, le

respondió agradeciendo la oferta, y alabando su fidelidad: méritos

que no olvidaria para representarlos á la Cesarea Magestad, de que

podia esperar prémio condigno á sus servicios. Palabras á la verdad

de político, que contenian mucho artificio y cumplimiento, y ninguna

solidez, disimulando con ellas el ánimo adverso al gobierno de Irala, y

nombrando por la via reservada para gobernador del Rio de la Plata al

fidelísimo D. Diego Centeno, que á la sazon se hallaba en el distrito

de Chuquisaca.

Tuvo noticia Irala, y valiéndose de un confidente suyo, que despachó

al camino, robó los pliegos al portador, y le mató á puñaladas.

Tales monstruos engendraba en aquellos tiempos el Paraguay, y por

medios tan injustos se abrian camino para empuñar el baston. Mientras

volvian los embajadores, retrocedió á los Cercosis, temiendo que la

soldadesca le desampararia, retirándose al Perú. Dos meses se detuvo

entre los Cercosis, esperando los embajadores, cuya tardanza ocasionó

algunos disturbios. La comitiva de Irala suspiraba por volverse á la

Asumpcion, y persistiendo el Gobernador en aguardar sus enviados,

fué depuesto, y el baston entregado á Gonzalo de Mendoza, al cual

prometieron obediencia en su vuelta á la Asumpcion. A pocas jornadas se

arrepintieron de la eleccion, pues llegados á Xarayes le depusieron del

empleo, y reeligieron á Irala, pidiéndole perdon de la desobediencia, y

prometiendo sujecion y rendimiento.

Los Xarayes se portaron tan finos con los españoles, que despues de

año y medio restituyeron cuanto sobre la marcha les encomendó Irala,

el cual aceleró su vuelta á la Asumpcion, inquieta en tiempo de su

ausencia. Porque Francisco de Mendoza su teniente echó voz que el

gobernador era muerto, coloreando la novedad con la falta de noticias

en año y medio, añadiendo que en fuerza de la cédula del Emperador

Carlos V, se podia proceder á nueva eleccion. Sobornó los votos de los

conquistadores, y juntos en cabildo, les propuso, que muerto Irala

podian elegir nuevo gobernador por pluralidad de votos, mientras la

Cesarea Magestad señalaba otro para el gobierno: protestando que él

estaba ageno de poder mantener el baston del cual hacia dejacion ante

todos, besándole primero con reverencia para que de sus manos lo

pasáran á las del mas digno.

Así habló Francisco de Mendoza, disimulando la ambicion que le

dominaba, como lo mostró luego que fué electo Diego Abreu, caballero

principal de Sevilla; pues que, juntando algunos parciales suyos,

intentó restablecerse en el gobierno, y prender á Abreu; el cual le

previno á él, y aprisionado le sentenció á muerte. Poco antes de morir

confesó Mendoza, que por altísimos juicios de Dios pagaba con aquel

género de suplicio un delito cometido en aquel dia, matando su muger,

y un capellan compadre suyo por ligeras sospechas de que maculaban su

honor con ilícita correspondencia. Muerto Francisco de Mendoza, quedó

Abreu con el gobierno hasta que llegó de su jornada Domingo Martinez de

Irala, cuya presencia serenó los civiles tumultos.

Tucuman por este tiempo era el objeto á que anhelaban los Argentinos y

Peruanos, aquellos por abrir paso al Perú, y estos al Rio de la Plata.

Estimulaba á los Peruanos una vaga noticia que corrió de que el Rio

de la Plata tenia su nacimiento en la laguna de Bombon, formando sus

principales brazos del Apurimac y Jauja; noticia en que la credulidad

anduvo con mas ligereza que exámen, y creida, estimuló los Peruanos

al descubrimiento del Rio de la Plata por la via de Tucuman. Contaba

muchos pretendientes la conquista, entre los cuales en calidad y

méritos sobresalian Diego Rojas, Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia,

sugetos hábiles para nuevos descubrimientos.

Tenia á la sazon la regencia del Perú Vaca de Castro, poco antes

victorioso contra Diego Almagro el Mozo en la célebre batalla de los

Chupas. De la paz que empezó á gozar el imperio peruano, é inaccion de

la milicia tumultuante, receló mayores males que de la guerra. Motivo

que le obligó á divertir los ánimos en nuevas conquistas, señalando

gefes á diversas provincias en que tenia puesta la mira, y la fama de

riquezas brindaba para la empresa.

Para Tucuman nombró á Diego Rojas natural de Burgos, noble y honrado

caballero, capitan experto y afortunado, constante en los trabajos y

sufrido en las adversidades. Militó en la conquista de Nicaragua con

valor y crédito; acompañó con increible magnanimidad á Pedro Anzurez en

su célebre entrada á las montañas, y con título de capitan se halló en

la batalla de Salinas al lado de Francisco Pizarro contra los Almagros;

y de órden de Vaca de Castro se apoderó de Jauja y fortificó á Guamanga

por los realistas. Grande en todo, Rojas era acreedor de grande prémio,

y este le asignó Vaca de Castro en la conquista de Tucuman. Para lo

cual alistó trescientos soldados, flor del valor peruano, ejercitados

en la milicia y acostumbrados á grandes trabajos.

El coronista general de las Indias, Antonio de Herrera, dice, que Vaca

de Castro nombró á Felipe Gutierrez Capitan General de la conquista,

á Diego Rojas Justicia Mayor, y Maestre de Campo á Nicolas Heredia.

No hay duda que Felipe Gutierrez era merecedor de esta y otras

distinciones mas gloriosas. Nacido en la villa de Madrid, se hizo

digno con varios servicios de la conquista de Veragua. La empresa no

correspondió á las esperanzas, ó por falta de fortuna ó por sobrada

desgracia. Pasado al Perú militó á favor de D. Francisco Pizarro con

título de Capitan General en la batalla de Salinas, y tuvo el honor de

tomar en ancas de su mula al Adelantado Diego de Almagro, prisionero de

Alonso de Alvarado en la decisiva batalla de los Chupas. Pero tantos

méritos no igualaban á los de Rojas, ni se juzgaron bastantes para

preferirle en el cargo de Capitan General.

Lo cierto es, que ambos eran merecedores de este destino, ambos

hábiles para la conquista, y á los dos equivoca Herrera con el título

de compañeros, y los honra con el de capitanes; sin distinguir quien

dirigia las operaciones, y si de dos voluntades distintas procedia

una sola determinacion. Rui Diaz de Guzman hace á Gutierrez cabo

subalterno, y la capitanía adjudica á Diego Rojas, esto mismo confirman

algunos instrumentos antiguos, firmados de los primeros conquistadores,

archivados en Santiago del Estero, que no hacen mencion de Felipe

Gutierrez, y solo se acuerdan de Rojas: el cual, junta ya la milicia,

dejó la mayor parte á Felipe Gutierrez, y él con solos sesenta hombres

se adelantó á Tucumanaho en el valle de Calchaquí, y de allí á Capayan,

jurisdiccion de Catamarca.

Era señor de Capayan un cacique arrogante y presumido, vano

despreciador del egército de Rojas, contra el cual salió con un cuerpo

de 1500 guerreros armados de arcos, flechas y un atado de paja en las

manos, y ordenó á los suyos tejer sobre el haz de la tierra un cordon

con los manojos de paja que llevaban prevenidos para la operacion.

El lo dijo, y ellos lo ejecutaron con prontitud, y vuelto el altivo

cacique á Rojas y á los suyos: “ningun español, dice, ninguno pase los

términos amojonados: los efectos de mi indignacion y de mi justo enojo

experimentará el que de allá pase á esta parte de la señal que divide y

separa ambos egercitos, y la una de la otra nacion.”

Entonces Rojas en breves términos explicó la comision que tenia del

Monarca español de pasar adelante, sentando paces con todas las

naciones, y dándoles á conocer el verdadero Hacedor de todas las cosas.

Comision á que no podia faltar, ni desistir de su empeño por ninguna

dificultad. Que él y su gente venian de paz, y no se les podia negar

el paso á las naciones que quisiesen participar el bien que se les

ofrecia. Que si intentaba embarazarle el egercicio de su comision,

sabria con las armas abrirse camino, castigando severamente el atentado

de recibir con guerra declarada á quien entraba solicitando la paz.

Que el pequeño número de sus soldados no era para despreciarlo: pues

valia cada uno por muchos, y estaban acostumbrados á vencer con menos,

multitud mas numerosa que la de los Capayanes.

Mientras duró el razonamiento de Rojas, los indios rodearon los

españoles, y empezaron á disparar flechas. Pero á las primeras bocas

de fuego que se dispararon, huyeron precipitadamente, y poco despues

por medio de embajadores solicitaron la paz y ofrecieron homenage.

Entre los Capayanes se detuvo Rojas algun tiempo, mientras venia

Felipe Gutierrez, á quien despachó diez de sus soldados con órden de

acelerar la marcha á Capayan, donde se conseguian sin escacez los

bastimentos. No faltó uno, como muchas veces sucede, que intentó

malquistar á Gutierrez con Rojas, fingiendo dolo en los procederes de

este. Pero Gutierrez que era muy cristiano, “no permita Dios, dijo, que

de caballero tan honrado me persuada intenciones tan reservadas como

de él se publican, solo con el fin de malquistarnos y de embarazar la

conquista.”

Juntó Gutierrez á Rojas, se avanzó por los Diaguitas al país de

Macaxax, territorio de los Juries, que eran muchos en número: gente

valerosa y esforzada, los cuales se opusieron á los españoles, pero

con tan poca constancia, que á los primeros fusilazos desampararon la

campaña.

Irritados con la mala fortuna del primer encuentro, convocaron tropas

auxiliares y con las flechas teñidas en veneno presentaron segunda vez

la batalla, con tanto empeño, que tres dias sostuvieron el combate,

hasta que rotos y desórdenados, se huyeron, dejando muchos cadáveres

en el campo. Un buen lance lograron sus armas, que por él solo pueden

llamarse victoriosas; porque herido Diego Rojas con una flecha, la

herida al principio no dió cuidado porque obró remisamente: poco á

poco se declaró mortal, y últimamente con suma violencia arrebató

con temprana muerte y universal sentimiento al primer conquistador y

capitan general de Tucuman.

Es verosimil que los españoles se persuadiesen que entre los indios

estaba en uso algun específico contra el veneno de las flechas, y para

descubrirlo hirieron levemente á un indio prisionero, y de intento se

le dejó libremente buscar el antídoto. El indio cogió dos yerbas, cuyos

nombres y calidades no han llegado á nuestra noticia: la una liquidó en

zumo, y lo tomó por la boca, la otra aplicó majada á la parte lesa, y

con esta diligencia amortiguó el veneno, y no le permitió obrar con la

violencia y mortales agonias que violentaron la vida de Diego Rojas.

A peticion de este gefe tomó el baston Francisco de Mendoza primer

intruso al gobierno de la provincia. Era Mendoza suspicaz y caviloso,

y temió que Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia, provistos en segundo

y tercer lugar para el gobierno por el Presidente Vaca de Castro,

podrian algun dia quitarle el baston, que no tenia mas firmeza que la

intercesion, y súplicas de un medianero ya difunto. Como hombre y como

apasionado descubrió culpa en la legitimidad del derecho de los dos,

y resolvió castigarla mandandolos prender por medio de sus parciales.

Ninguno de los dos habia intentado novedades, ni dado muestra de

displicencia en el gobierno de Mendoza: pero la mala conciencia

aborrece la luz, hace temible las sombras y abre paso á sus intentos

con culpables atentados.

Felipe Gutierrez se soltó de las prisiones, y con seis amigos se

huyó al Cuzco, donde incorporado á los realistas contra Gonzalo

Pizarro, cayó en manos del tirano Pedro Puelles, y coronó los últimos

dias víctima de fidelidad en Guamanga. Nicolas Heredia compró su

libertad con la renuncia de su derecho á la capitanía, jurando que no

reconoceria otro gefe que á Francisco de Mendoza. Asegurado este en

el gobierno, emprendió nuevos descubrimientos, y despachó á diversos

rumbos algunas compañías, á las cuales no acaeció cosa memorable, y

aunque adquirieron noticias vagas de oro y plata, se despreciaron

por su incertidumbre. Con esto se convirtieron los ánimos al Rio de

la Plata, y tomado el camino de la sierra la cortaron por el valle

de Calamochita hasta caer al Rio Tercero, que mas adelante se llama

Carcarañal.

Sobre la costa de este, tirando al oriente, siguieron las marchas hasta

la ribera occidental del Paraná, último término de sus pretensiones:

donde á poco rato descubrieron por el magestuoso Paraná crecido número

de canoas, que vogaban hácia la ribera en demanda de los nuevos

huespedes: á los cuales el cacique que comandaba las canoas, en

lengua castellana preguntó:--“¿Qué gente eran? ¿quienes eran? ¿y qué

buscaban?”--“Amigos somos, respondieron los españoles, que venimos de

paz, con deseo de adquirir noticias de los castellanos que estan por

acá.” Preguntó el cacique:--“¿Quien era y como se llamaba el capitan de

aquella gente?” Y oido que se llamaba Francisco de Mendoza, respondió

alegre:--“Huelgome en el alma, Señor Capitan, que seamos de un mismo

nombre y apellido, porque los mismos tengo yo tomados de un noble

caballero que reside en el Paraguay, que fué mi padrino de bautismo:

mire pues, Señor, lo que se ofrece, que le sirviré gustoso, y proveeré

con abundancia.”

Alegres los españoles con el encuentro de los indios, se detuvieron

algunos dias sobre la embocadura del Carcarañal, esperando á Nicolas

Heredia con los caballos que seguian lentamente los pasos de Mendoza.

Algunos interpretaron siniestramente la tardanza, persuadidos que

maliciosamente se demoraba en las marchas. Entretanto Mendoza costeó el

Paraná, y enderezando al norte, llegó á una barranca, en cuya eminencia

descubrió una cruz de superior elevacion. Adoróla con profundo

acatamiento, y despues de él, los españoles. Al besar el pedestal se

observó un letrero, que decia: _Cartas al pié_. Cavaron, y se halló

en una botija una carta de Irala, que manifestaba el presente estado

de la provincia, previniendo á los pasageros de qué naciones debian

cautelarse, y en cuales podian tener confianza.

Con estas noticias determinó Mendoza, sin esperar á Heredia, proseguir

por tierra su camino hasta la Asumpcion. Pero atajado á las trece

jornadas, de inundaciones y pantanos, retrocedió en busca de Heredia,

de quien tuvo noticia que se hallaba en el pais de los Comechingones.

Llámanse Comechingones los indios que habitan la serranía de Córdoba,

tomando la denominacion, en lengua Sanabirona, de cuevas subterraneas

que habitaban; fábricas algunas mas de la naturaleza que de humana

industria, y no pocas tan proveidas, que en lo interior estan

socorridas de aguas, que destilan de las paredes, como se ven hoy dia

en la Achala. En este sitio se demoró con su gente tomando descanso,

mientras los caballos, imposibilitados á proseguir por falta de

herrage, se recobraban. Francisco de Mendoza lo llevó á mal, y depuso á

Heredia del cargo, substituyendo en su lugar á Rui Sanchez de Hinojosa;

y lo sintió tan vivamente Heredia, que apadrinado de algunos amigos,

mató á puñaladas á Hinojosa y á Mendoza, mandando publicar que los

difuntos usurpaban la real jurisdiccion y eran transgresores de las

órdenes de Vaca de Castro.

Removidos los émulos, se alzó con el gobierno, y confirió título de

Maestre de Campo á D. Diego Alvarez, jóven intrépido, arrebatado,

bullicioso y turbulento. El mismo Heredia, antes de apacible génio,

y condicion suave, asumpto al empleo de capitan, se hizo caprichoso

é insufrible á los suyos. Hubo de ambas facciones palabras de mucho

sentimiento, y al nuevo capitan se le digeron indecorosas verdades

sobre la imprudencia de su gobierno y caprichosa tenacidad con que

insistia, contra el dictamen comun, en continuar el descubrimiento,

cuando suspiraban todos por la vuelta, apercibidos de que esta

provincia era mas fértil de trabajos, que rica en minerales de oro

y plata. Sobre lo cual le hablaron con tal resolucion, que temiendo

mayores alborotos tomó la vuelta del Perú.

Historia del Paraguay, Río de La Plata y Tucumán · 第 11 / 21 段