Los Ibitiruceños, Tebicuareños y Mondaistas, puestos seis meses antes

en sugecion, llenaban pesadamente el yugo del servicio, irritados con

el mal tratamiento de los Asumpcionistas que abusaban de ellos con

crueldad y desprecio, tanto mas sensibles, cuanto era su paciencia

mas sufrida, y su mansedumbre mas callada. Para vengarse discurrieron

varios medios: uno les agradó sobre los demas, que fué meter en la

ciudad crecido número de soldados, con pretexto de satisfacer la

curiosidad, registrando la procesion de Semana Santa, el juéves en la

noche. A cuyo fin habian desfilado á la ciudad ocho mil guerreros, con

tanto disimulo, que los españoles no alcanzaron la traicion que se

urdia contra ellos.

Pero lo que los amotinados procuraron ocultar, descubrió la casualidad

por medio de una indiezuela que tenia ruin comercio con Juan de

Salazar, y á la cual un pariente suyo reveló la ruina que amenazaba á

la ciudad: advirtiéndole del peligro que corria, si prontamente no se

ponia en seguridad entre los suyos. La indiezuela, ó porque deseaba

continuar su mala vida, ó tocada de femenil compasion, inquirió con

cautela algunas particularidades sobre el tiempo, lugar y modo con que

se debia ejecutar el atentado.

A todo satisfizo el indio, y recibido con agradecimiento el aviso:

“esperáme, le dice, que voy á casa. Madre soy, y es necesario poner en

salvamento á un hijo que tengo, prenda de mis cariños. No te ausentes

de aquí, espérame que ya vuelvo.” El indio aguardó á su parienta,

y ella caminó presurosa á informar menudamente al capitan Salazar.

Cargada de su hijuelo volvió á su pariente, y Salazar pasó la série de

la narracion al Gobernador Irala.

Era Irala de juicio penetrativo, de pronto y sagaz acuerdo,

proporcionando los medios á los fines, tanto en los casos no previstos,

como en los que premeditaba. Al punto y sin dilacion ordenó tocar las

cajas de guerra, y que el pregonero voceára, como un trozo de Yapirús

venia marchando para tomar la ciudad: que los soldados desnudáran el

trage de penitencia, y echáran mano de las armas: llamó á consejo á

los caciques, con pretesto de consultar los medios para hospedar á los

Yapirús.

Los caciques, que no recelaron descubierta su traicion, vinieron al

llamado: asegurados con prisiones, y substanciada sumariamente su

causa, fueron ahorcados los principales, casi á la misma hora que

ellos tenian destinada para el exterminio de los españoles. Con el

castigo de los mas culpados se mudó enteramente la escena, y los menos

delincuentes admitieron el perdon que publicó Irala.

Desde este tiempo se gozó paz, y la poblacion tomó nuevo ser y

esplendor, á influjo de su Gobernador, que fomentó los edificios,

y repartió solares para alquerias, de cuyo beneficio pendia el

surtimiento de viveres, que hasta entonces se rescataban de los

confederados. Con este fomento se cultivaron las granjas, tantas en

número, que visitando el año de 1595 el teniente Juan Caballero Bazan

los pagos de Tapyperi, Capiata y Valsequillo, halló ciento cincuenta y

tres granjas: y visitando el año de 1602 Hernando Arias de Saavedra los

contornos de la ciudad, en distancia de seis para siete leguas hasta

Capiata y Salinas, encontró 272 alquerias, 187 viñas, y en estas un

millon setecientas y sesenta y ocho mil cepas. Así los antiguos, como

laboriosos, sabian utilizarse de la buena cualidad del terreno.

§. VI.

GOBIERNO DE D. ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA.

1540-1544.

Mientras Irala con prudente acierto promovia las cosas, fué provisto

Alvar Nuñez Cabeza de Vaca con título de Adelantado. Era nacido en

Xerez de la Frontera, avecindado en Sevilla, nieto de Pedro Vera, gran

conquistador de la Canaria. Estimulado con el ejemplo de sus mayores,

pasó á la Florida en la desgraciada jornada de Panfilo de Narvaez,

con título de Tesorero real. La expedicíon es célebre por infeliz, y

nuestro héroe recomendable sobre todos por sus virtudes.

Este varon ilustre, pues, salió de San Lucar á 2 de Noviembre de 1540,

con cuatro navios y cuatrocientos soldados, y al siguiente año abordó

á la isla de Santa Catalina, de la cual en nombre del invictísimo

Emperador Carlos V. tomó posesion por España.

De este puerto Alvar Nuñez despachó la mayor parte de la gente por

agua á la Asumpcion, á donde llegó sin memorable suceso, al frente

de doscientos y cincuenta arcabuceros y ballesteros, veinte y seis

caballos, y algunos isleños de Santa Catalina; cortando el camino

por tierra, al principio por despoblados y soledades, y despues por

varias naciones. Diez y nueve dias tardó en llegar á las primeras

tolderias, que llaman de los Camperos, en los confines de Guayrá sobre

el nacimiento del Iguazú, pero como el terreno era montuoso, se ganaba

á fuerza de brazos, talando bosques que embarazaban el paso y obligaban

al desmonte.

Salieron despues á terreno despejado, pais de los Camperos, cuyos

reyezuelos Añiriry, Cipoyay y Tocanguazú se esmeraron en el

recebimiento del Adelantado, ofreciendo libremente bastimentos. Alvar

Nuñez agradeció el donativo, y firmadas con ellos las paces, tomó

posesion del terreno, y lo denominó provincia de Vera. Prosiguió su

camino hasta caer al Iguazú, rio caudaloso. Aunque los habitantes eran

por naturaleza feroces, poco hospitaleros y enemigos irreconciliables

de los extrangeros, á los españoles recibieron humanamente,

proveyéndoles de viveres en abundancia.

Los caballos hicieron ruidosa harmonia en su imaginacion, y porque

temian su braveza, procuraron amansar su ferocidad con miel, gallinas

y otros comestibles que les ofrecian, rogandoles á que no se irritasen

contra ellos, que les traerian comida copiosa. ¡Ingenua sencillez,

compatible con la primera vista! Sosegados los caballos, los indios,

las indias y los muchachos concurrian en grandes tropas á ver un animal

que hizo temible la novedad, y pasada esta, deleitable su natural

inquietud y alboroto.

Siguió el Adelantado su camino, unas veces desmontando, otras

esguazando rios, y aplicando el artificio de puentes. Dia hubo en que

se levantaron diez y ocho para atravesar los frecuentes tributarios

del caudaloso Iguazú. Entre tantos peregrinos objetos, suavizaban

las penalidades que ofrecia el terreno árboles de altura desmedida,

y corpulentos á correspondencia; pinos que se perdian de vista, tan

gruesos, que cuatro hombres con los brazos abiertos no alcanzaban

á ceñir la circunferencia; monos de varias especies, traveseando

juguetones de rama en rama, y saltando placenteros de árbol en árbol. A

veces se desprendian por la cola, y pendientes al aire se egercitaban

en desgranar piñones, derribándolos al suelo para comerlos despues

con descanso. Afan verdaderamente penoso, pero á veces sin fruto;

porque cuando bajaban festivos á gozar el fruto de su laboriosidad,

los puercos monteses, que se ponen en celada, salen de sus guaridas,

se arrojan sobre los piñones y con inalterable serenidad consumen las

provisiones de los monos; los cuales, como hambrientos, ganan los

pinos, y gritan inutilmente contra los consumidores de sus diarios

alimentos: pero ellos sordos á quejas tan justas, continuan su

egercicio, hasta que consumidos los piñones, se ponen en celada para

repetir segunda y tercera vez el asalto. Mas adelante se atravesó un

cañaveral de cañas gruesas como el brazo, y en partes como el muslo.

Los cañutos, unos depositaban gusanos largos, blancos y mantecosos,

buenos para hartar el hambre, otros atesoraban agua buena y cristalina

con que apagar la sed.

Poco despues encontraron con el salto del Iguazú, el cual tiene su

nacimiento á espaldas de la Cananea, desde adonde, hasta descargar

en el Paraná, corre mas de doscientas leguas: poderoso y rico con

las aguas que le tributan otros rios sobre sus márgenes oriental y

occidental. En medio de su carrera se atraviesa una alta serranía, de

cuya eminencia se precipita todo el impetu de su corriente. Sus aguas

parte siguen su curso natural, parte azotadas contra los peñascos,

se rarifican en sutíl espuma, que elevada sobre la cordillera, forma

argentada nube, en la cual reverberan los rayos solares con indecible

hermosura. Objeto á la verdad delicioso, que imitando la reflexion

del espejo, deja claros intermedios para admitir los rayos del sol y

transfundirlos por la parte inferior con encontradas refracciones, que

ofrecen la novedad mas peregrina á la vista.

Observado este portento siguió su curso el Adelantado hasta la

Asumpcion, donde llegó el año de 1542. Su primer cuidado fué la

religion cristiana. Convocó la clerecia y religiosos, y con gravedad

de palabras dignas de la materia, puso en su noticia como el Señor

Emperador Carlos V. descargaba su conciencia en la confianza que de

ellos hacia en materia de religion, exponiendo la obligacion que tenian

de satisfacer al César, á su conciencia y á Dios, que habia depositado

en el seno de su celo tantos millares de almas, que solo esperaban la

industria de celosos Ministros, para salir de las fauces del abismo, y

pasar por sus manos á la bienaventuranza. Convocó tambien los indios

amigos, y en presencia de los clerigos y religiosos, les hizo un

grave razonamiento sobre el negocio de su salvacion, encargándoles el

respeto que debian á los Ministros de Dios, como embajadores suyos para

enseñarles el camino del cielo.

Satisfechas estas obligaciones, entendió en los negocios del gobierno.

Señaló á Domingo Irala, para que siguiendo el camino de Juan de Oyolas

descubriera comunicacion con el Perú. “Andad le dice, seguid el rumbo

de Oyolas: tomad noticia de las naciones para descubrir paso al Perú.

La desgracia de aquel incauto capitan sirva de cautela á la vigilancia,

para que la empresa no se malogre por arriesgada confianza. La extrema

necesidad de la Provincia obliga á mejorar fortuna con la comunicacion

que se pretende: ella es posible, pues ya la descubrió Oyolas, y por su

desgracia, no llegó á nuestra noticia. Tentad pues todos los medios,

que la faciliten, y volved con respuesta, que ensanche las esperanzas,

y felicite nuestra fortuna.” Irala subió hasta la isla de Orejones,

sentó paces con algunas naciones, adquirió noticias del rumbo que debia

seguir para el Perú, y vuelto á la Asumpcion avivó las esperanzas de

todos.

El Adelantado entretanto pacificó los Agaces, y sugetó al rebelde

Tabaré, cacique feroz y guerrero, señor del Ipané. Tenia un cuerpo de

milicia de ocho mil guerreros que componian tropas auxiliares de otros

reyezuelos confederados. El sitio defendian tres palizadas de robustos

troncos que ceñian la circunferencia de la habitacion: á las entradas

de las calles reparaban corpulentos maderos, y dificultaban el asalto

con fosos y zanjones. Como el Adelantado era inclinado á la paz, brindó

con ella á Tabaré, por medio de embajadores; á los cuales cruelmente

quitó la vida, reservando uno para mensagero, al cual, “andad, le

dice, andad á vuestro capitan, y referidle lo egecutado; añadiendo,

que Tabaré no admite la paz, ni teme la guerra, y que espera hacer en

batalla con los castellanos lo que deja egecutado con los embajadores.”

Irritado el Adelantado con la respuesta, resolvió castigar al

rebelde Tabaré. Para el efecto nombró á Alonso Riquelme su sobrino

con trescientos españoles y mil guaranís auxiliares, con órden de

ofrecer primero la paz, y no admitida, declarar la guerra. Tres veces

convidó Riquelme con la paz á Tabaré, el cual dió nuevos indicios de

obstinacion, asaltando el cuartel de Riquelme con tanto corage que

causó algun daño la primera vez, y la segunda obligó á los españoles á

retirarse, dejando en manos del enemigo la plaza de armas. Avergonzado

el capitan español de los progresos de Tabaré, revolvió furioso sobre

los infieles, y con muerte de 600 tabareños recobró la plaza de armas.

Para facilitar el asalto de la poblacion se fabricaron dos castillos

de madera: constaban de tablazon, y eran portatiles con ruedas, sobre

las cuales descansaba la maquina, que tenia una elevacion superior á

las palizadas del enemigo, con algunos descansos en que eran conducidos

los guaranís flecheros y los arcabuceros españoles. Estaban repartidos

por la frente y costados algunos reparos que servian á la punteria, sin

peligro de ser ofendidos. Dividió Riquelme su gente en tres compañías.

La una comandaba Ruiz Diaz Melgarejo, la otra el capitan Camargo, y el

centro con los castillejos el mismo Riquelme.

Arrimó este las máquinas, y por el lado que le correspondia arruinó

la estacada, y parte de su gente se arrojó dentro de la poblacion,

manteniendo con mas vigor que ventaja la pelea. Al capitan Camargo

oprimian los infieles con gran resistencia de los Ipanenses; pero

socorrido del alferez Juan Delgado, rompió la estacada. Melgarejo por

su parte corrió gran riesgo, pero con algun daño de los suyos venció la

estacada, y se juntó á Camargo, y los dos ya victoriosos se unieron á

Riquelme. Los tres juntos renovaron el combate, y retiraron el enemigo

á un sitio, que podemos llamar plaza de armas, donde se trabó una muy

reñida batalla, en que murieron cuatro mil tabareños: se hicieron tres

mil prisioneros, muchos fueron heridos, los demas huyeron. Tabaré

y otros caciques solicitaron la paz, y se les concedió con ligeras

condiciones, que admitieron gastosos y cumplieron con fidelidad.

Concluida esta empresa se volvieron las armas contra los Guaycurús,

nacion á ninguna inferior en barbarie, fronteriza de la Asumpcion,

hácia la márgen occidental del Paraguay. Es gente altiva, soberbia y

despreciadora de las demas naciones: guerrera por extremo, guardando

inviolablemente el estilo de invadir cada año los paises vecinos, no

con deseo de enriquecer sino por adquirir gloria militar, y por hacer

temible el nombre guaycurú. Como era antiguo uso suyo invadir cada año

alguna nacion, en el presente intentaron meter guerra en tierras de

guaranis amigos. Alvar Nuñez, por asegurar mas estos en su devocion,

se mostró enemigo de sus enemigos, declarándoles guerra: para la cual

señaló quinientos españoles, diez y ocho caballos, y crecido número de

guaranís; y por cabos á Domingo Irala y Juan de Salazar, ambos expertos

en las guerras contra indios.

Pasado el rio se siguió sobre la huella al guaycurú vagabundo, y

un dia se adelantó tanto Alvar Nuñez con su gente, que vieron al

enemigo cantar alegres endechas, provocando las naciones del orbe con

desprecio. Música mal sonante, que irritó á los españoles y les obligó

á presentar la batalla. “¿Quien sois vosotros (empiezan á gritar los

Guaycurús) que osais entrar en nuestras tierras sin nuestro permiso?”

Hallábase en el campo español Hector Acuña, cautivo algun tiempo entre

ellos y que entendia su dialecto. “Hector soy, responde, que vengo á

tomar satisfaccion de los agravios hechos á los Guaranís, nuestros

aliados.”--“En hora mala vengas tú, y los tuyos replicaron, que presto

experimentarás que no es lo mismo pelear con guaranís cobardes que con

valerosos guaycurús.”

A las últimas cláusulas tiraron los tizones del hogar, y empuñando

las armas, dieron principio á la refriega, con griteria tan horrible

que pusieron en fuga á los guaranis. Las voces acompañaron con

densa multitud de flechas, que causaron algun daño en la gente del

Adelantado; y aunque ellos lo recibieron mayor de la artilleria, no se

intimidaron los demas, que no perdieron pie de tierra, manteniendo con

su valor la pelea. Pero lo que no obró el estrago de la artilleria,

consiguió el ruido de los cascabeles que pendian de los pretales de los

caballos. La retirada del enemigo fué con órden, dejando muchos muertos

en la campaña, y cuatrocientos prisioneros en poder de españoles.

Concluida felizmente la campaña, se restituyó á la Asumpcion el

Adelantado, y trató á los prisioneros con grande humanidad, procurando

con amor y cariño domesticar aquellas fieras. Significóles que en la

presente guerra mas parte habian tenido los daños causados en los

guaranís que su propension á hostilizar los vecinos: que ninguna cosa

era mas conforme á su génio que la benignidad y clemencia, armas á que

daba el primer lugar, y finalmente, que deseaba la paz con los de esta

nacion, y comunicar con los principales caciques, á los cuales mandó

llamar con uno de los prisioneros.

Veinte y cinco vinieron, que puestos en presencia de Alvar Nuñez, y

sentados sobre un pié, (bárbara ceremónia que prescribe su ritual,

cuando celebran tratados de paz) tejieron largos anales de sus proezas

y victorias, dando principio por las guerras que habian emprendido,

y finalizando con las victorias conseguidas sobre los Guaranís,

Yapinís, Agaces, Naperús, Guataes y otras naciones, de las cuales

habia triunfado su valor con tanta prosperidad, que imaginaban ser

invencibles: confesándose rendidos por guerreros mas esforzados, á los

cuales era justo someterse, reconociendo superioridad en quien tuvo

valor para vencerlos. Así hablaron los ya humillados Guaycurús.

El Adelantado les propuso en pocas palabras la santidad de la religion

cristiana, y necesidad de profesarla para salvarse. Ofrecióles la

paz y sus armas contra los perturbadores de su nacion, con sola una

condicion, de no hostilizar sus aliados y de ser amigos de sus amigos.

Admitieron gustosos la paz, pero no la religion, cuya estrechez no

hermanea con una libertad que no conoce Dios, ni admite ley. El

egemplo de los Guaycurús imitaron otras naciones menos orgullosas,

solicitando la paz por medio de embajadores. Pacificada la tierra,

dispuso el Adelantado las cosas para la jornada del Perú, que era toda

la esperanza de los conquistadores, animados con la noticia del oro y

plata que publicó Irala despues que bajó del puerto de los Reyes.

Dispuesto lo necesario, por Setiembre de 1543, se dió principio á

la jornada con cuatrocientos españoles, y mil y doscientos indios,

vistosamente arreados en diez bergantines, y ciento y veinte canoas.

Llegados al puerto de la Candelaria, que se halla en veinte y un

grados menos un tércio de latitud austral, descubrieron seis Payaguás,

deseosos de comunicar con el capitan de la armada: los cuales traidos

á la presencia del Adelantado empezaron un largo razonamiento, cuya

substancia es, que en poder de sus caciques, cuyos enviados eran, se

hallaban mas de 66 cargas, rescatadas á fuerza de armas de los que

fueron cómplices en la muerte de Juan de Oyolas: que dichas cargas eran

conducidas á ombros de indios Chanes, y que si no tenian á mal esperar

hasta el dia siguiente, gozarian la grande riqueza que su cacique

arrebató de mano de los alevosos para restituirsela á su legítimo dueño.

Alvar Nuñez creió á los Payaguás, y esperó con inquieta solicitud uno,

dos y tres dias á los Chanes. Como estos no vinieron, conoció que era

artificio y disimulo de los Payaguás, los cuales con pretesto de las

fingidas cargas, urdian alguna traicion semejante á las pasadas. Por lo

cual mandó llevar anclas, y proseguir la navegacion. Pero como no todas

las canoas podian alcanzar los bergantines, y algunas quedaban atras,

el fementido Payaguá logró la ocasion de hacer daño en les guaranís, y

causó cuanto pudo con lijero castigo de su atrevimiento.

En el camino sentó el Adelantado paces con los Guatos, y Guajarapos

que habitaban cerca de la isla de los Orejones, los Guatos á la

izquierda, y los Guajarapos á la derecha sobre el mismo rio. Está

situada la isla en medio del rio que se divide en dos brazos, casi en

altura de diez y ocho grados hasta el décimo nono. Era habitada de los

Orejones, así dichos porque se agujereaban las orejas y rasgaban tanto

la parte inferior, que pendia con disformidad sobre los hombros. Su

génio era tratable, humano y cariñoso, ejercitando con los estraños

la hospitalidad. El alimento solicitaban del beneficio de la tierra

que cultivaban con prolijidad, y se puede creer que miraban tambien al

divertimiento y recreo. Los antiguos describieron la isla como vergel

y paraiso: los modernos no descubren cualidades tan ventajosas, pero

el tiempo y falta de cultivo es capaz de convertir un ameno paraiso un

erial infecundo.

Habitaban en sus márgenes muchos indios, gente pacífica, mas propensa á

beneficiar la tierra que ejercitada en las armas. Vestian el trage de

la inocencia, adornando su natural desnudez con piedrezuelas de color

azul y verde, con que empedraban narices y orejas. Tenian idolos de

horrible aspecto.

Aquí se adquirió noticia de la nacion Xaraye ó Sarabe, que habitaba rio

Paraguay arriba, en distancia de sesenta leguas de los Orejones sobre

las márgenes del rio. Dividiase en dos ramos Parabazanes y Maneses,

sugetos al supremo señor que se llamaba Manes. Si creemos antiguas

relaciones tenian muchos pueblos, algunos de seis mil vecinos. Mas se

aplicaban al beneficio de la tierra que al manejo de las armas: sin las

cuales se hacian respetar, ya por el número crecido de individuos, ya

tambien por el concierto de su república.

Empezóse el descubrimiento por tierras, pero como era mucha la espesura

de los bosques, el mismo guia perdió el tino y desmayaron los ánimos.

Con esto el Adelantado se bajó al puerto de los Reyes, en la isla

de los Orejones, donde halló que los paisanos, inducidos por los

Guajarapos, intentaban sorprender á los españoles: pero descubierto el

artificio de su tramas, fueron aprisionados los caciques principales,

y por la humanidad del Adelantado reducidos todos á paz. Como en la

expedicion se demoraron mas tiempo del que se imaginó, escasearon los

víveres, y para conseguir algunos de las naciones, señaló el Adelantado

al capitan Gonzalo de Mendoza, con órden de comprarlos por justo precio

sin ofensa de sus dueños.

El capitan Gonzalo se puso en camino con veinte y cinco españoles

y sesenta indios, y llegado á los Jaramicosis, que le hicieron

resistencia, usó con ellos las armas, y los puso en huida. Discurriose

por la poblacion, y llegando á la plaza se descubrió una fuerte

palizada de robustos troncos, que permitian por algunos claros el

registro de una serpiente, de figura y magnitud extraordinaria. Era

monstruo largo veinte y cinco pies, corpulento á correspondencia. El

color atezado, menos hácia la cola, donde alternaban varios colores,

vivísimos en su especie. Era cuadrada la cabeza, ancha y rasgada

la boca, de la cual sobresalian cuatro gandes colmillos. Los ojos

pequeños, pero de viveza centellante. Manteníase de humana carne,

especialmente de los cautivos que aprisionaban los Jaramicosis en las

continuas guerras con otras naciones. Hízose blanco de las balas y

flechas, y azotándose contra el suelo, y dando silvos espantosos, acabó

desangrado sus dias el monstruo de la tierra.

Con esto dió vuelta el capitan Mendoza, y poco despues llegó Hernando

de Rivera, enviado del Adelantado, con un bergantin, y cincuenta

españoles para seguir el rumbo de poniente, y penetrar lo interior

del pais. Veinte y un dia caminó por agua y tierra, avanzando en las

jornadas, segun permitia la espesura de los bosques: sucediendo á

veces que apenas se caminaba una legua, que primero se desmontaba con

imponderable teson. Llegó á los Travasicosis, entre los cuales se hacia

concepto de lo precioso, colgando por vanidad piezas de oro y plata

de las orejas y labio inferior. Tomóse lengua de ellos, y se supo que

distaban tres jornadas los Paizunaes, que comerciaban con los españoles

del Perú, y que en su pueblo se hallaban algunos de ellos.

Alguno de los compañeros de Hernando de Rivera es el inventor

del famoso Paitití, por otro nombre imperio del Gran Mojo. Es el

Paitití, un riquisimo imperio situado mas allá de los Xarayes, en la

derecera del Dorado, orígen, como algunos falsamente creen, del rio

Paraguay. Está dicho imperio aislado en medio de una gran laguna, cuya

circunferencia ciñen montañas de inestimable riqueza. Los edificios son

todos de piedra blanca, con division de calles, plazas y adoratorios.

Del centro de la laguna se levanta el palacio del Emperador Mojo,

superior á los demas en grandeza, hermosura y riqueza. Las puertas del

palacio defienden leones aherrojados en cadenas de oro; los aparadores

y bajillas tambien de oro sirven á la grandeza y ostentacion del

monarca.

Historia del Paraguay, Río de La Plata y Tucumán · 第 10 / 21 段