austral, casi en la derecera de San Gabriel, donde el terreno ofrece
sitio ameno, delicioso, y de agradable perspectiva. Soplaban en la
ocasion vientos frescos y apacibles cuya suavidad templó el bochorno
de los exploradores; y porque Sancho del Campo, el primero que saltó
en tierra, dijo: _Qué buenos aires son los de este suelo_, se tomó
ocasion para denominar el sitio: _Puerto de Buenos Aires_. Alegres con
la oportunidad, pasó el Adelantado con su gente á la márgen opuesta,
donde en altura de 34 grados y medio de latitud, y 321 de longitud,
principió para tantos mayorazgos y comendadores, para tantas matronas
y doncellas, una ciudad de chozuelas pajizas, puestas al amparo de la
Emperatriz de los cielos y de la tierra, bajo la invocacion de _Santa
Maria de Buenos Aires_.
Bien era necesario patrocinio tan poderoso para mantenerse en la
vecindad de los Querandís, nacion entonces numerosa, que ocupaba las
extendidas campañas que median entre Córdoba y Buenos Aires, y que
se dilataba al sur hácia el estrecho de Magallanes. No forman cuerpo
de comunidad, ni reconocen superior sino en tiempo de guerra, en
que eligen capitan, y obedecen á los cabos militares. Son de grande
estatura, y alcanzan poderosas y robustas fuerzas: son guerreros
afamados á su usanza, y diestros en despedir con certeza la flecha
al blanco, y en tirarla por elevacion, para que caiga sobre la fiera
que huye y sobre el enemigo que se les escapa. Son obstinados en los
gentílicos ritos, y raros son los que se convierten á la religion
cristiana.
Al principio usaron buenos términos con el español: ofrecian sin
esquivez los frutos del pais, y comerciaban amigablemente castellanos
y querandis, manteniéndose en hermanable trato y reciproco comercio.
Poco á poco retiraron los indios los víveres, y cometian algunos
insultos, robando y matando á los que salian á forrage. Como á estas
osadias no refrenó el castigo, los delincuentes volvieron á insultar á
los españoles, y repetidas veces bloquearon á su modo la ciudad. Los
castellanos con algunas salidas hicieron retirar al Querandí, pero tan
poco atemorizado, que luego intentó nuevos acometimientos.
Juntó un cuerpo de milicia de cuatro mil combatientes, y puso su
campamento cerca de un pantano á pocas leguas de la ciudad. Tuvo
noticia el Adelantado, y destacó una compañia de trescientos infantes,
y doce caballos para castigar al enemigo. Dirigian la faccion Perafan
de Rivera, Francisco Ruiz Galan, Bartolomé Bracamonte, Juan Manrique,
Sancho del Campo y Diego Lujan, con subordinacion á D. Diego Mendoza,
Almirante de la armada y hermano del Adelantado.
Salieron de la ciudad á son de cajas y clarines, y presentaron batalla
al enemigo. De una y otra parte se peleó valerosamente. Del campo
español faltó la flor y la nobleza:--D. Diego Mendoza, Juan Manrique,
Bartolomé Bracamonte y otros. Diego Lujan, que se arrojó intrépido á la
densa multitud de querandis, salió arrastrado del caballo á la orilla
de un rio, que denominó de su apellido, sirviendo en esta ocasion la
desgracia á la celebridad del nombre que conserva hasta el dia de hoy
el rio de Lujan.
Los Querandis, de los cuales murieron muchos, juntaron un cuerpo
compuesto de Chanas, Charruas y Timbues, que se confederaron con los
Querandis, para acabar con los nuevos pobladores. Acampados sobre
la ciudad, la rodearon por todas partes, molestando á los españoles
con repetidas irrupciones. Los de adentro con vigilancia y esfuerzo
frustraban el ímpetu de los sitiadores, repeliendo á vivo fuego la
debilidad de las armas arrojadizas. Los Querandis empeñados en la
agresion, densaron el aire de flechas, en cuya extremidad arrojaban
mechones de paja encendidos, los cuales cayendo sobre los techos de
paja, le comunicaban el incendio. Fué grande la confusion en los
españoles: pero en los enemigos fué grandísima la mortandad: ni podia
menos, ofreciéndose ciegos á las balas que hacian mortal estrago.
Viendo los indios que no podian prevalecer contra el español, alzaron
el sítio; y como antes habian retirado los viveres, se sintió en
la ciudad el hambre, enemigo mal acondicionado, que no se ablanda
con halagos, ni auyenta con amenazas. Cuéntanse excesos, en que la
cristiandad tropieza, y se atraviesa el horror natural. Como estas
desgracias llovian unas sobre otras, entristecian grandemente el
corazon de todos, y principalmente del Adelantado, el cual profundó
tanto sobre las miserias presentes y otras que se temian, que le faltó
aliento para golpes tan pesados, y determinó dejar el gobierno á Juan
de Oyolas.
La idea puso en ejecucion, y se embarcó para Castilla, mas lleno de
melancolia, que no vino alegre á la conquista del _Rey blanco_. En el
mar le recargó mas el humor melancolico, que le traia á la fantasía la
muerte de su hermano, de tanta hidalguia, y la estrema miseria en que
quedaban abandonados los vecinos del puerto, con impresion tan viva que
no podia apartar de sí el objeto mismo de que huia. Sobre eso el hambre
apretó en la nao, y se vió reducido á tanta necesidad, que le precisó á
comer carne infestada, que le ocasionó la muerte. Así acabó el año de
1537 el primer Adelantado del Rio de la Plata, tan desgraciado en los
últimos periodos de su vida como feliz en los primeros.
§. IV.
GOBIERNO DE D. JUAN DE OYOLAS.
1537-1539.
Al siguiente año, segun se puede congeturar, murió Juan Oyolas su
substituto. Era Oyolas caballero principal, buen cristiano, buen
soldado, y buen capitan. Vino al Rio de la Plata con título de Alguacil
Mayor, y superintendencia en los negocios del Adelantado. Enviado de
este levantó el año de 1535 el fuerte de _Corpus Christi_ sobre el
Paraná, y prosiguió el descubrimiento de Gaboto, pacificando unas
naciones con agrado, y castigando los Mepenes y Agaces que hicieron
resistencia. Lambaré, é Yanduazubí, señores del terreno, en cuyos
cantones se levantó despues la Asumpcion, se opusieron valerosamente,
confiados en ciertas estacadas que dificultaban la entrada en sus
poblaciones.
Juan de Oyolas no solo guerrero, sino humano, é inclinado á
conmiseracion, les ofreció la paz, y ventajosos partidos en la amistad
del español, y vasallage del Católico Monarca. Pero ellos no dieron
otra respuesta que una descarga inutil de flechas. Entonces Oyolas
ordenó á los suyos que usáran las bocas de fuego para obligar á estos
infieles á dar la paz, que no admitieron de grado. A los primeros
tiros, se retiraron al fuerte de Lambaré, donde cercados instaron por
las capitulaciones, las cuales otorgó Oyolas con tanta satisfaccion de
los suplicantes, que estos admiraron la valentía de los españoles en
vencerlos, y la clemencia de Oyolas en perdonarles.
Quedaron Lambaré é Yanduazubí con los suyos, tan prendados del
capitan de los españoles, que en adelante ministraban abundantemente
los viveres, y ofrecian su milicia para las facciones militares;
reparándose en los semblantes una alegria placentera, que manifestaba
lisonjearse con la compañia de sus aliados. Ofreciose castigar á los
Agaces, y se juntaron hasta ocho mil, protestando los Guaranís, que
venian á defender sus confederados. Llevaban siempre la delantera con
paso tan acelerado que el pequeño ejército español, no podia avanzar
tanto en las marchas, sucediendo frecuentémente, que se tocaba á hacer
alto, porque la gente de Oyolas se fatigaba en el alcance. Descubierto
el enemigo, Lambaré é Yanduazubí se arrojaron tan resueltamente sobre
los Agaces, que á casi todos mataron, sordos á los gritos de Oyolas,
que voceaba inutilmente, inspirándoles clemencia con los enemigos.
Desembarazada la comarca, Juan de Oyolas dió principio á la
construccion del fuerte, y lo consagró á la triunfante Asumpcion de
Nuestra Señora: ó porque se empezó á 15 de Agosto de 1536, ó por
particular inclinacion de Oyolas á misterio tan sacrosanto. A esta ruda
fortaleza podemos llamar ciudad incoada de la Asumpcion, cuyo principio
atribuyen algunos al capitan Juan de Salazar, y su perfeccion al
Gobernador Domingo de Irala. Está situada, segun el Padre José Quiroga,
en 25 grados y ocho minutos de latitud, y 319 grados y 41 minutos de
longitud, sobre la márgen oriental del Paraguay.
Construido el fuerte, continuó Oyolas su descubrimiento rio arriba, y
saltó en un puerto que denominó Candelaria, en la rivera occidental
del Paraguay, al abrigo de la sierra Cuneyeguá. Aquí comunicó con los
Payaguás, señores del rio, nacion fementida y disimulada, que oculta la
mayor alevosía que urde con el superior beneficio que alcanza. De estos
indios tomó lengua Oyolas del rumbo que debia seguir para el Perú, fin
de su jornada.
A 12 de Febrero de 1537, continuó el viage, dejando en guardia de
los bergantines á Domingo Martinez de Irala, con obligacion de
esperarle seis meses: término tan perentorio para la espera, que ni
antes de cumplirlo, podia retirarse, ni cumplido tendria obligacion
de aguardarle. Juan de Oyolas no proporcionó el tiempo con jornada
tan dilatada, y se demoró mas de seis meses; en los cuales fielmente
le esperó Irala, y absuelto de la obligacion, bajó al fuerte de
la Asumpcion á rescatar víveres, y rescatados se restituyó á la
Candelaria, para esperar á Oyolas, ó conseguir noticia de su paradero.
Hizo esquisitas diligencias con los Payaguás, preguntando y ofreciendo
prémios á los que le participáran noticias de su gefe.
Pero los infieles mas estudiaban en ocultar sus intenciones, que en
manifestar el lamentable fin del capitan español. Porque cien Payaguás
sin arcos ni flechas, en trage de comerciantes, se descubrieron á lo
lejos, con deseo de sentar paces con los castellanos, manifestando con
señas que les detenian los españoles ceñidos con sus armas. Entonces
Irala ordenó á los suyos que las depusieran, velando sobre ellas para
cualquier lance que pudiera ofrecer el disimulo de los comerciantes.
Los cuales se acercaron al acampamento, y fingiendo que sacaban á la
plaza las mercaderias, los unos se arrojaron sobre las armas de los
españoles, y los otros se estrecharon con ellos.
Dieron principio al combate con horrible griteria, hiriendo con
voces el oido y el ánimo con espanto. El capitan Irala, primero en
desprenderse de sus agresores, empuñando espada y rodela, dió lugar
al alferez Vergara, y á Juan de Vera, para desenvolverse de sus
competidores. Los tres socorrieron los demas, que peleaban animosos
cuerpo á cuerpo, embarazados con la multitud. Pero llevándolos ya de
vencida, y recobradas las armas, salieron de celada otros Payaguás,
parte por tierra, parte por agua en sus ligerísimas canoas, con ánimo
de tomar los bergantines. Por tierra y agua fué grande la confusion,
reñido el combate, y se peleó desesperadamente; pero al fin se declaró
la victoria por los españoles. Entre los heridos, uno fué Irala, tan
enagenado con el ardimiento de la pelea, que no reconoció su daño hasta
que concluyó felizmente la fuga del enemigo.
Desengañado Irala de conseguir entre los Pajaguás noticias, se alargó
rio arriba con toda su gente. Un dia, poco antes de amanecer, se
percibieron voces lúgubres, solicitando en lenguage castellano la
audiencia del capitan español. Fué traido el que articulaba estas
voces, y puesto en presencia de Irala, habló de este modo. “Yo, Señor
capitan, soy indio, de nacion Chanés, gente que habita unas altas
cordilleras, á las cuales aportó el capitan Juan de Oyolas, quien me
recibió por criado, pero me trató como hijo. Corridos felizmente los
términos de los Samacosis y Sivicosis, naciones que le franquearon
cuanto tenian, y situadas en las faldas de las cordilleras peruanas,
dió la vuelta cargado de ricos metales, que le franquearon los
indígenas, prendados de su benevolencia. Todos le recibian humanamente,
y ofrecian para servirle sus hijos: de los cuales yo soy uno, que no
quisiera haberle conocido, por no sentir el corazon traspasado con su
pérdida.”
“Concluida la jornada, llegó al puerto de la Candelaria, y no hallando
las naves, se paró por extremo triste. Las naciones de este gran
rio acudieron con víveres; á todas excedió en obsequios la de los
Payaguás, los cuales ofrecieron sus chozuelas para hospedaje, con tanto
disimulo, que los españoles las admitieron agradecidos, y sin recelo se
recostaron á descansar. Cuanto era mayor el descuido de estos, tanto
fué mayor la vigilancia de los Payaguás para sacrificar á su furor los
dormidos castellanos. El capitan Oyolas se ocultó entre matorrales,
pero descubierto, murió blanco de sus flechas. Yo tuve la dicha de
escaparme, ó porque su furor se extendió solamente á los españoles, ó
porque mi miseria halló compasion en corazones de fieras.” Así habló
el indio Chanés á Irala, el cual entristecido con tan funesta noticia,
se restituyó á la Asumpcion, que contaba algunas habitadores venidos
el año antecedente de 1539, con el capitan Juan de Salazar y Francisco
Ruiz Galan.
Muerto Oyolas, feneció tambien el fuerte de _Corpus Christi_, monumento
de su valor. Pero asaltados los Caracarás, indios de paz, por Francisco
Ruiz Galan, quedaron tan sentidos que resolvieron vengarse. Para lo
cual se confederaron con los Timbues, y juntando un cuerpo considerable
de milicia, eligieron Capitan General de las tropas. No ha quedado
nombre del gefe, pero sus artificios y engaños le pueden hacer
memorable en los anales griegos. La substancia es, que ido á Corpus
Christi habló en este tenor al capitan Antonio de Mendoza, teniente del
fuerte.
“El aprieto grande en que se halla mi nacion, noble y valeroso Capitan,
y la firme alianza en que Españoles y Caracarás vivimos, me pone á
tus pies, para consultar el remedio que se debe aplicar á los males
que nos amenazan. Habeis de saber que una nacion cruel y bárbara ha
despachado sus embajadores con precision de intimaros guerra, y de no,
amenaza meterla por nuestras tierras. El enemigo es formidable por
naturaleza, y temible por el número excesivo de combatientes. Nosotros,
si no vienen en socorro vuestras armas, nos hallamos débiles para la
resistencia, y solo con ellas prometemos vencer al comun enemigo que
pretende romper nuestra alianza.” Con este artificio coloreó el capitan
caracará su designio, y movió al teniente español á señalar cincuenta
castellanos, á cargo del alferez Alonso Suarez de Figueroa, el cual
pasó á incorporarse con los Caracarás en sus tolderias.
Poco antes de llegar se ofrecia un estrecho sendero que cortaba la
espesura del bosque con rastros impresos de viandantes. Aquí fué donde
los Caracarás que estaban en celada, acometieron al español, el cual
resistió con valor, causando gran daño al enemigo: pero fatigados
con la continua defensa, perecieron todos, menos un mozuelo llamado
Calderon, que eludió el peligro con la fuga para mensagero de la
desgracia. Los victoriosos Caracarás, en número de dos mil, como dice
Centenera, ó de diez mil, segun Ulrico Fabro, corrieron impetuosamente
para asaltar á Corpus Christi. Quince dias duró el cerco, renovando
en cada uno el asalto de los infieles, cuyo ímpetu fué valerosamente
rechazado de solos cincuenta españoles: á los cuales al décimo-quinto
dia socorrieron Diego Abreu y Simón Jaques Ramoa, capitanes de dos
bergantines que venian casualmente del puerto á Corpus Christi.
Jugose oportunamente la artilleria de los bergantines, y se dió
lugar á que la soldadesca saltára en tierra para incorporarse á los
sitiados. El combate fué muy reñido, porque la obstinacion peleaba en
los bárbaros, y la multitud permitia que los fatigados alternáran con
tropas de repuesto. Los españoles apuraban el aliento, peleando; y
no pudiendo atender con tanto golpe de enemigos, un varon celestial,
vestido de blanco y espada brillante en mano, se dejó ver sobre la
frágil muralla infundiendo terror en los bárbaros, y poniéndolos en
fuga pavorosa. Favor singular que los españoles atribuyeron al glorioso
San Blas, en cuyo dia se consiguió tan señalada victoria. Desde
entonces la gobernacion del Paraguay tributa obsequiosos cultos al
Santo, reconocida á los grandes favores con que su Patron manifiesta
propicio el poder de su abogacia.
Los españoles que sobrevinieron, desampararon el fuerte, y se
embarcaron para Buenos Aires en los bergantines de Abreu y Ramoa. Pero
estos y los porteños solo se juntaron para hacer un número crecido de
miserabilísimos, próximos por el hambre á perecer. Se refieren de este
tiempo casos semejantes á los que se cuentan de Roma en el cerco de
Mario, y de Jerusalem en tiempo de Tito y Vespasiano. En tanta miseria
y calamidad recibieron algun socorro con la venida de Alonso Cabrera,
veedor del Rio de la Plata que trajo provisiones de boca y guerra para
un año, y doscientos soldados con algunos nobles caballeros. Traia
entre otras una real cédula en que á Juan de Oyolas se le confirmaba el
título de Gobernador del Rio de la Plata, y en caso de fallecimiento
Su Magestad concedia facultad de proceder á eleccion de Gobernador por
pluridad de votos.
No se arreglaron al cesareo mandato el veedor Cabrera y el teniente
Francisco Ruiz Galan, los cuales partieron entre sí el mando de la
provincia. Una cosa buena hicieron en su brevísimo gobierno, que fué
pasar con casi toda la gente á la Asumpcion, donde los alimentos se
conseguian sin escasez, y se lograban lúcidos intervalos entre la
tranquilidad de la paz y los rebatos de la guerra. Publicóse en la
Asumpcion la cédula del Emperador, y por pluralidad de votos fué electo
Gobernador Domingo Martinez de Irala, noble vascongado, valeroso,
ejecutivo, resuelto y determinado con fortuna. Era ambicioso y vano con
estremo, y tenia un fondo de reserva que alcanzaban pocos.
§. V.
GOBIERNO DE D. DOMINGO MARTINEZ DE IRALA.
1540-1542.
Elevado al mando, entendió en el desempeño del oficio. El fuerte mal
murado erigió en ciudad: repartió solares, y señaló oficiales para
las maniobras, con superintendentes que acalorasen las fabricas. Dió
el primer lugar al templo, principal desvelo de los españoles, y
se consagró á la triunfante Asumpcion de Nuestra Señora. Para todo
ayudaron los Guaranís amigos, tan escrupulosos en la observancia de
las capitulaciones, que excedian los términos de la obligacion, y tan
obsequiosos en el agasajo de los españoles, que ofrecian sus hijas para
el servicio, y con ellas pasaron la vida en concubinatos escandalosos
muchos años.
Tucuman, provincia de la América Meridional situada en la zona
templada, menos por la extremidad que toca con la torrida, corre norte
á sud trescientas leguas, y doscientas de oriente á poniente. Parte
términos con el Rio de la Plata y Paraguay, y por el oriente se dilata
al poniente hasta las Cordilleras chilena y peruana: al sud deslinda
con Buenos Aires en la Cruz Alta, llegando á confinar por este lado
con la tierra de Patagones por las interminables campañas que le
corresponden, y al norte se interna hasta las vecindades del Perú por
el corregimiento de Chichas, y varias provincias de infieles que nunca
subyugó el valor español.
Sobre el nombre Tucuman discurren variamente los etimologistas. Unos le
hacen diccion compuesta de _tuctu_ que significa todo, y de la negacion
_mana_: esto es “nada de todo”: añadiendo que con estas palabras
respondieron al Inca su exploradores enviados á registrar, si estas
tierras eran fecundas en minerales. Otros afirman, que preguntando los
soldados de Pizarro si en estos paises se hallaba plata? respondian los
indios no hay, _manan_: si oro? _manan_, tampoco. Entonces irritados
los españoles dijeron: _tucuimana, tucuimana_: “á todo respondeis
que no hay.” No se duda que semejantes casualidades bastan para la
imposicion de nombres: pero en nuestro caso se descubre orígen mas
evidente, expresado en antiguos protocolos.
Al tiempo de las conquistas reinaba _Tucumanahaho_, cacique principal
y Señor de Calchaquí. _Tucumanahaho_ es diccion compuesta de _Tucuman_
nombre del cacique, y de _ahaho_ que en lengua _Kakana_, usual en
Calchaquí, significa pueblo: juntando las dos voces en una diccion,
significan “pueblo del cacique Tucuman”. Esta inteligencia es conforme
á la propiedad del idioma _kakano_, que incluye el nombre de los
caciques reinantes en el de las poblaciones que señorean; como se vé en
_Colalahaho_, _Taymallahaho_ y otros; imitando en esto á los griegos,
que decian, _Constantinopolis_, _Adrianopolis_ &a.: propiedad que
trascendia á otros idiomas de Tucuman, como se registra en la lengua
_Tonocoté,_ en la cual _gasta_, significa “pueblo” en las dicciones
_Nonogasta_, _Sañogasta_, _Chiquiligasta_: y en la lengua _Sanabirona_,
en la cual _zacat_ tiene la misma significacion en _Chinzacat_,
_Nonzacat_, _Anizacat_, _Sanumbuzacat_, pueblos de estos caciques.
La noticia de Tucuman, bajo de este ó de otro nombre, corria en el Perú
con generalidad, y entre los conquistadores del Paraguay estaba muy
valida la fama. No se sabia con distincion la cualidad del terreno,
pero la codicia descubria ricos minerales que avivaban el deseo de
emprender su conquista. Los Argentinos, desde el tiempo de Sebastian
Gaboto, enviaron cuatro exploradores cuyo capitan era César, para
registrar lo interior del pais, y recibidos pacíficamente de los
indios, penetraron hasta los confines del Perú.
Por el extremo opuesto, pasando á la conquista de Chile, tocó en
los términos rayanos de Tucuman D. Diego de Almagro el Viejo, héroe
entre las mayores felicidades desgraciado, el cual se ofreció en el
Cuzco, por via de composicion con D. Francisco Pizarro, á emprender la
conquista de Chile, reino opulento con fama de riquísimo en minerales.
Para lo cual juntó quinientos y cincuenta soldados, y llevó en su
compañía al Inca Paullu, hermano de Manco Inca, y al sumo Sacerdote
Vallacumú, personas distinguidas por su dignidad, que podian ser útiles
para facilitar esta empresa. Caminaban en su obsequio quince mil indios
peruanos, parte soldados y parte destinados al transporte de armas,
municiones y bastimentos, bien instruidos del Inca en la comision de su
empleo.
Con tan lucido acompañamiento se puso en camino el Mariscal Almagro, y
desde el partido de Topiza, perteneciente á los Chichas, se desfilaron
cinco españoles al pais de Jujuy, cuyos moradores dieron muerte á tres,
escapándose los otros dos á Topiza, donde dieron noticia del infortunio
de sus compañeros. Irritado Almagro con la osadia de los bárbaros,
destacó á los capitanes Salcedo y Chaves, con buen número de soldados
é yanaconas para el castigo de los agresores. Los Jujuieños, que
sospecharon la venida de los españoles, se apercibieron para esperarle,
y pelearon tan valerosamente que mataron muchos yanaconas, y apoderados
del bagage, obligaron á Salcedo y Chaves á retirarse.
De Topiza avanzó el Mariscal al valle de Chicoana, jurisdiccion de
Calchaquí, cuyos moradores le picaron la retaguardia; al principio
con miedo por la ligereza de los caballos, y despues con resolucion
denodada, jurando por el alto Sol que habian de morir, ó acabar con los
extrangeros. Quiso Almagro detener el impetu de los agresores, cuando
por la muerte de su caballo se halló en manifiesto peligro. Empeñado en
el castigo, destacó algunas compañías de caballos ligeros: pero ganando
los calchaquís la eminencia de la sierra, impenetrable á los caballos,
burlaron las diligencias del valeroso caudillo.
Por este tiempo, de lo mas interior de la provincia hácia Capayan,
perteneciente al valle de Catamarca, los indios convocados, y recelando
caer en manos de los españoles, que ya se acercaban á Tucuman con
sus conquistas, se internaron al corazon de Chaco, envueltos en un
furioso huracan. Esta narracion recibieron los primeros conquistadores,
de algun indío, y de ellos en pluma de antiguos escritores llegó á
nuestros tiempos.
Entretanto el Gobernador Irála se desvelaba en asegurar la provincia,
ya removiendo, ya sugetando los indios. Castigó los Yapirús, cómplices
con los Payaguás en la muerte de Oyolas. Subyugó los pueblos de
Ibitiruzú, Tebicuarí, Monday y otros del rio Paraguay. Ordenó que
los habitadores de Buenos Aires, siempre expuestos á invasiones
de Querandís, despoblado de puerto, subieran á la Asumpcion. Pasó
reseña de la gente de guerra, y halló seiscientos soldados: número
considerable en aquellos tiempos para emprender alguna faccion
decorosa. No tardó en ofrecerse un lance en que la sagacidad de Irala,
y el valor de la milicia campearon con gloria.