de los _piques_ ó _niguas_, especie de insectos con figura de pulgas,
pero menores que ellas, unos negros, otros blanquecinos, mas mordaces,
y de acrimonia mas eficaz. Como son tan pequeños hallan fácil entrada,
y con delicadeza se insinuan entre cútis y carne, donde en cuatro ó
cinco dias fabrican una overa, cubierta de una túnica blanca y delgada,
llena de pulgoncillos, con una abertura por donde sacan los pies y la
boca: los pies para aferrarse fuertemente á la carne, y la boca para
chupar incesantemente la sangre.
Cuando la overa llega á estado de reventar, en poco tiempo se extienden
por el cuerpo los pulgoncillos, y empiezan á insinuarse entre tez y
carne, formando bolsitas llenas de huevos, con la misma brevedad y
presteza que la primera nigua, con una procreacion tan numerosa que
cubre de insectos el cuerpo, y le encienden en una rabiosa comezon, que
últimamente priva de la vida. Los que lo han experimentado aseguran,
que uno solo que pique las extremidades de los dedos, hace inflamar las
glándulas de los íngles, y no tiene mas remedio que sacar la nigua.
Esta operacion, de que depende el alivio, se efectua descarnando con
una aguja la bolsita y pulgon, y sin reventarlo se saca con todas
las raices y ligamientos que la unian inseparablemente á la carne y
membranas.
Estas son las plagas, estos los animales, estas las aves, estos los
peces, estas las plantas, y árboles, con que el Soberano Hacedor pobló
las campañas, los bosques, los rios y lagunas de estas provincias:
habitacion antigua de muchas gentes bárbaras, aunque se ignore la época
de su establecimiento en estas partes. Algunos con febles congeturas
han procurado averiguar el orígen de las naciones americanas: pero
siendo este punto histórico uno de los arcanos mas ocultos, y
careciendo enteramente de sólidos argumentos para resolverlo, juzgamos
que, omitida esta disputa, mas dignamente podemos dar principio á la
narración de la primera entrada de los españoles al descubrimiento de
estas provincias.
HISTORIA DEL PARAGUAY.
LIBRO SEGUNDO.
§. I.
DESCUBRIMIENTO DEL RIO DE LA PLATA.
1515-1529.
Casi al mismo tiempo que el intrépido Hernán Cortes daba principio á
su conquista en la América septentrional, dilatando los límites de la
antigua España con los reinos y provincias de la nueva, Juan Diaz Solis
descubrió otros muy dilatados, y extendió en la América meridional
los dominios de la monarquía española. Era Solis natural de Lebrija,
célebre por sus conocimientos cosmográficos, que le merecieron el
título de piloto mayor del reyno en tiempo de D. Fernando el Católico.
Como práctico y afortunado le ocupó en algunas expediciones, en una y
otra parte de la América, donde descubrió nuevos mares y tierras, de
las que tomó posesion por la corona de Castilla.
Dominaba su corazon vano apetito de gloria, y ambicioso deseo de ser
preferido á los coetáneos, y como esta pasion facilmente declina en
culpable, le hizo delincuente, intentando derribar los beneméritos,
del grado de estimacion que pretendia para sí. Pero le sucedió lo
que á muchos, á quienes el anelo de subir hace sentar el pié sobre
falso: porque Juan Diaz se hizo sospechoso, y cayó algun tiempo en
desgracia del Monarca, hasta que la memoria de los méritos pasados, y
la necesidad que de él se tenia, le conciliaron segunda vez la real
confianza, y le merecieron algunos empleos honoríficos. Entre otros se
le fió el descubrimiento de algun estrecho para facilitar el paso á la
Especería, que entonces ocupaba las primeras atenciones.
Con este destino zarpó del puerto de Lepe por Octubre de 1515,
y costeado el Brasil, entró el siguiente año en el magestuoso
_Paranaguazú_: nombre que usaban los naturales para denominar al que
despues se llamó Rio de la Plata, y por ahora, del nombre del su primer
descubridor, _Rio de Solis_. Los Charruas, que entonces se dilataban
por la costa septentrional del Paraná hácia el Uruguay, y tirando al
oriente hasta las cabezadas del rio Negro, movidos de curiosidad,
salian de sus chozuelas las manos cargadas con frutos de la tierra, que
abandonaron sobre la playa, retirándose á la ceja de un monte inmediato.
Solis, que no conocia el génio pérfido de la nacion, confiado en
las demostraciones, al parecer amigables, salió en tierra con pocos
compañeros desarmados. Entonces los Charruas dejaron repentinamente
los montes, mataron á Solis con su gente, y se los comieron á vista
de los que estaban en la caravela, testigos del hecho y no vengadores
del atentado. Recelosos de igual desgracia, retrocedieron en busca de
la capitana que estaba sobre las áncoras en la isla de San Gabriel, y
tomado acuerdo, volvieron á España, donde con la primer noticia del Rio
de la Plata, comunicaron la infausta suerte de su primer descubridor.
Casi diez años pasaron, en los cuales el rio de Solis no mereció un
recuerdo en la memoria de Carlos V. Pero, como en el rey de Portugal
se trasluciese inclinacion de extender por esta parte sus dominios,
dispuso prontamente una armada á cargo de Diego de Garcia, vecino
de Moguer, acompañado de Rodrigo Area, piloto célebre de su tiempo:
imponiéndoles la obligacion de repetir segundo viage, y de buscar
con diligencia á Juan de Cartajena, y á cierto clerigo francés, que
abandonó por sediciosos Magallanes, arrojándolos hácia la bahia de San
Julian. La armada salió del Cabo de Finisterre á 15 de Agosto de 1526,
pero las aventuras de la navegacion la demoraron tanto, que Sebastian
Gaboto previno á Garcia embocando primero por el gran rio de Solis.
Era Gaboto veneciano de nacion, cosmógrafo inteligente, y práctico
en la marina; sugeto verdaderamente hábil, de sagaz entendimiento
y penetrativo discurso: despues de Colon inferior á ninguno en
hidrografia y astronomia. Descubrió la tierra de Bacallaos, y de ella
tomó posesion por Enrique VII, rey de la Gran Bretaña; del cual se
prometió un prémio digno de sus afortunados servicios. Pero como la
recompensa fuese inferior á la esperanza, se ausentó Gaboto de Londres
para probar fortuna en servicio del rey de España.
Efectivamente, con el nuevo Soberano fué nueva su fortuna, y se le dió
título y empleo de piloto mayor del Reino, con renta competente al
oficio que profesaba. Entre otras expediciones se le ordenó el año de
1525, que pasara á las Malucas, y tentára el descubrimiento de Tharsis,
Ophir y Catayo. La armada que se le previno constaba de cuatro navios:
el equipage pasaba de seiscientas personas, fuera de mucha nobleza de
hidalguia, y sujetos de crecidos méritos, atraidos con esperanza de
enriquecerse en las tierras á que navegaban.
La armada levó anclas á principios del 1526, y tuvo algunos accidentes
que demoraron la navegacion mas de lo que se persuadió Gaboto. Con la
tardanza escasearon los viveres, y traslucidos algunos indicios de
alzamiento, se recostó Gaboto al Puerto de Patos, en altura de poco mas
de 31 grados de latitud austral, hasta donde los Guaranís, señores de
las riveras marítimas por aquella parte, prolongaban sus términos.
Gaboto, imposibilitado á proseguir, ó con esperanza de progresos mas
felices, abandonó el viage de Malucas, siguiendo por ahora el curso
de su fortuna, que le encaminó á la espaciosa boca del rio de Solis,
en cuyos confines bojaba la armada, y subió hasta una isleta no muy
distante de tierra firme, hácia la ribera septentrional en la derecera
de Barragan, que caia en la márgen opuesta. A la isleta llamó San
Gabriel, y ancoró en su fondo las naves. Pero siendo el puerto poco
reparado, avanzó con dos bateles hasta el encuentro del Paraná y
Uruguay, y siguiendo la madre de este, descubrió á su oriente un rio,
que desde entonces hasta hoy se llama de San Salvador, buen surgidero
para poner en salvamiento la armada.
Así lo egecutó Gaboto: parte de la carga con alguna milicia dejó
en San Gabriel, y parte con la armada pasó á San Salvador, sobre
cuya embocadura levantó un fuerte contra los Charruas é Yaros, que
observaban al descuido los movimientos del español. Guarnecido con
milicia el fuerte, saltó en un bergantin y caravela al magestuoso
Paraná, y surgió en el Carcarañal, pechero suyo por la márgen
occidental: donde levantó segunda fortaleza, que denominó _Sancti
Espiritu_, y que el vulgo llama de Gaboto, por algunas reliquias que el
tiempo conserva para su memoria.
Habitaban las vecindades del Carcarañal los Timbus, gente humana,
cariñosa, hospitalaria; buena para amiga, y pesima para enemiga. Con
ellos hizo alianza Gaboto, y avanzó hasta la laguna de Santa Ana.
Entabló comercio con los Apupenes, rescatando bastimentos por bugerias,
que hacia estimables la novedad. Del _Apupen_ retrocedió á la junta del
Paraguay y Paraná, y tomando la madre de aquel, surgió cerca del sitio,
donde se fundó despues la Asumpcion, capital de la provincia.
Señoreaban el rio los Agaces, los cuales salieron en trescientas canoas
á presentar batalla á Gaboto, que acometieron orgullosos; pero vencidos
facilmente, se retiraron fugitivos á sus ordinarias guaridas. De las
vecindades concurrieron los Carios, á solicitar la paz del valeroso
triunfador de los Agaces, y cambiar los frutos de su territorio.
Adornaban su desnudez natural piezas de plata pendientes del cuello, y
hermosos plumages la cintura, provocando la codicia española, á quien
lisonjeaba el resplandor de aquellas alhajas.
Los indios por obsequiar á los huespedes, ofrecieron las piezas por
cuentas de vidrio y otros generos baladís, sucediendo á veces que
recibidas las bugerias, se retiraban huyendo, porque el español no se
arrepintiera de lo que daba en precio de lo que recibia.
No era esta plata propia del terreno: pero como ni los indios podian
explicarse, ni los españoles averiguar su orígen, se fué la aprension
á lo que era natural, juzgando que en la vecindad habia criaderos de
metal tan estimable, del cual rescataron porcion bastante para hacer
un donativo al emperador Carlos V. Antonio Herrera dice que esta es
la primera plata que de Indias pasó á España: lo cual no es creible,
describiendo en su Decada II, al año de 1519, el donativo que Hernán
Cortes envió, compuesto del agregado de piezas de oro, plata y perlas,
que Motezuma presentó al conquistador de la Nueva España.
Persuadido pues Gaboto de que el pais era fecundo en minerales,
denominó al Paraguay _Rio de la Plata_: nombrado brillante, que
equivocó en los autores la inadvertencia, y adulteró la falta de
noticias. No negaré que el tiempo que trastorna la substancia y
denominacion de las cosas, del Paraguay trasladó al Paraná-guazú el
nombre del Rio de la Plata, con el cual es conocido despues de recibir
el Uruguay hasta descargar en el Océano con mole inmensa de aguas.
No se sabe si Gaboto adquirió noticia de como y cuando esta plata
que rescató de los Guaranís, y que denominó al Paraguay, vino á sus
manos. Pero si lo supo, y ocultó la noticia, los tiempos venideros lo
manifestaron.
Alejo Garcia, de nacimiento portugues, penetró por la via del Brasil
al territorio de los Guaranís, acompañado con número crecido de Tupís,
pretendiendo adelantar por aquella via las conquistas lusitanas hasta
el Perú. En su compañia tomó dos mil Guaranís, guerreros escogidos,
y certeros en la direccion de las flechas. Llegaron á los confines
paruanos, verosimilmente en las inmediaciones de los Chichas, á los
cuales el capitan portugues venció con el auxilio de los Tupís y
Guaranís, y los despojó de tejidos curiosos, vajilla, vasos y coronas
de plata, en que sobre la materia era estimable la labor de invencion
peruana. Parte del despojo fué botin de los Guaranís, y parte de Alejo
Garcia y sus compañeros: pera aun esta parte pasó á los Guaranís, que
los mataron alevosamente despues que volvieron sobre sus pasos.
Esta es la plata que Gaboto rescató de los Guaranís, deteniéndose con
lenta ociosidad mientras unos iban cargados de abalorios, y venian
otros con planchas para cambiarlas. En el rescate se le pasó el año de
1526 y parte del siguiente, poco vigilante en promover la conquista.
Entretanto llegó Diego Garcia, á quien tocaba el gobierno: reconvino
á Gaboto con modales urbanos, exhibiendo los despachos en que se le
confiria la capitanía del rio de Solís por nombramiento del Emperador.
Gaboto que esperaba enriquecer con nuevos rescates, y pensaba descubrir
ricas minas de plata, resolvió atropellar la justicia de Diego Garcia,
alzándose con el gobierno.
Efectivamente prevaleció el veneciano; y Garcia, que no tenia esperanza
de vencer á Gaboto, se sometió á su mando con tanto rendimiento que en
adelante ni su nombre suena, ni se oye en las historias. Como Gaboto
estaba mal asegurado de su intrusion, determinó obtener con mejor
título la capitanía del Rio de la Plata, despachando á la corte dos
agentes, Hernando Calderon, y Roque Barlogue, con encargo de promover
sus pretensiones. Dióle prolija relacion, que contenia las aventuras
del viage: los motivos que precisaron á desistir de la jornáda de
Malucas: los descubrimientos hechos, y las naciones que dieron la paz,
sin omitir menudencia conducente al fin pretendido. Llevaban tambien un
donativo de plata para el Emperador, y algunos indios que pasaban á dar
la obediencia en nombre de sus naciones.
Los agentes de Gaboto fueron admitidos ron soberana dignacion,
conferenciando largamente con ellos el César, é inquiríendo varias
curiosidades concernientes á diferentes materias. Concurrieron al
agrado del recebimiento los Guaranís, embajadores caracterízados con
fisonomía peregrina, y modales índicas que llamaban la atencion del
Monarca; informándose largamente sobre sus génios, ritos y costumbres.
Mas que todo admiró su grande entendimiento el artificio de los
tejidos, y delicadeza de labor, maniobra de artificio superior á lo que
prometia la torpeza de sus manos.
Todo lo cual inclinó el Emperador á favorecer á Gaboto, y enviarle
socorro de gente para la prosecucion de la conquista. Pero como la
monarquia se hallaba embarazada con la alianza de Inglaterra y Francia,
y el año de 29 gravísimos negocios sacaron de España para Italia al
César, este proyecto no llegó por entonces á ejecucion.
§. II.
DESDE LA SALIDA DE GABOTO HASTA LA LLEGADA DE D. PEDRO DE MENDOZA.
1530-1536.
Desde que Gaboto se restituyó del país de los caribes al fuerte de
Sancti Spiritus sobre el Carcarañal, no consta progreso alguno de la
conquista, ni alianza con otras naciones. Los Timbues se mantenían
en amigable correspondencia, que les inspiraba su buen génio, y el
cariñoso trato de los españoles. No así los Charruas, los cuales
velaban sobre los descuidos de la guarnicion para lograr un lance
favorable á sus armas.
Efectivamente, lograron una madrugada, y sorprendieron rapidamente á
los castellanos: parte murieron á sus manos, parte se refugiaron á
las naos que se hallaban surtas en el rio, sobre la márgen oriental
del Uruguay. Hallábase Gaboto próximo á largar al viento las velas
para España: y aunque sintió la desgracia, no se detuvo en castigar
á los bárbaros, ni en reedificar el fuerte, primer monumento de su
conquista. Mayores negocios ocupaban el ánimo, y solicitaban su
asistencia personal en la corte. Tres años corrian ya, y en ellos no
habia tenido noticia de sus agentes, ni del estado en que se hallaban
su pretensiones. Tenia fundamentos para sospechar mal recibimiento por
las diligencias de sus émulos interesados de Malucas, y los informes
que podia sospechar de Diego García, á quien en propiedad pertenecia la
conquista.
Esto le movió á navegar á Castilla para liquidar personalmente sus
operaciones. En efecto llevó adelante el patrocinio de su causa, y
justificó de modo sus procederes, que obtuvo la capitanía del rio de la
Plata. Pero se le confirió en títulos, y con pretexto de piloto mayor
del reino se le detuvo en Sevilla, embarazando la vuelta al rio de la
Plata, de un sugeto que fué desgraciado en Inglaterra, infiel á España,
y primer intruso en estas provincias.
A los dos años de vuelto Gaboto, fué destruido el fuerte de Sancti
Spiritus. Era alcaide Nuño de Lara, noble hidalgo dotado de prendas
singulares: era cariñoso, afable, circunspecto, prudente, respetable,
mandando con el dulce imperio de las obras que facilitan y vencen
las dificultades. Mantenia los presidiarios en arreglada disciplina,
inspirando en sus corazones humanidad y clemencia con los indios: á
estos conservaba en mutua correspondencia, rescatando de ellos los
alimentos, sin lesion de la equidad y justicia. Todo prometia bonanza,
y aseguraba hermandad incontrastable por muchos años. Así sucediera si
la furia de una pasion no lo convirtiera todo en cenizas.
Marangoré, cacique principal de los Timbues, se aficionó locamente de
Lucia Miranda, señora de distincion, hermosa, honesta, y por extremo
recatada. Los castos desdenes de Lucia encendian peligrosas llamas en
Marangoré, y soplaban el incendio de la pasion en un corazon salvage.
Renunciando á la esperanza de vencer su resistencia, arrimó 4,000
Timbues hácia Sancti Spiritus, en ocasion que Sebastian Hurtado,
marido de Lucia, se hallaba ausente del fuerte con algunos compañeros,
rescatando víveres para subsidio de la guarnicion.
De esta carestia tomó pié Marangoré para el logro de sus intentos.
El ejército emboscó en competente distancia para que se acercára al
abrigo de la noche, y él con algunos briosos jóvenes, cargados de
vituallas, se adelantó á Sancti Spiritus ofreciendo las provisiones que
llevaban sus vasallos para socorro de la necesidad que se padecian.
Los presidiarios recibieron el donativo con agradecimiento, y porque
la noche estaba próxima y la habitacion de los Timbues retirada, Nuño
Lara ofreció alojamiento á Marangoré, y á los suyos, cargadores del
engañoso presente. Juntos cenaron esa noche, y juntos se recostaron,
los españoles á dormir, y los Timbues á velar. Apoderado de los
castellanos el sueño, el tirano abrió las puertas al ejército, que ya
se habia arrimado, y entrando al fuerte, todos se arrojaron sobre los
españoles: los mas fueron prevenidos antes de tomar las armas: pocos
las empuñaron, y tuvieron glorioso fin con muerte de sus enemigos.
Nuño Lara, en quien la nobleza y valor hermosamente se enlazaban,
discurria por entre la densa multitud de Timbues, obrando prodigios
de valentia, hiriendo y matando enemigos, hasta derribar á sus pies á
Marangoré, caudillo pérfido de sus pérfidos agresores. Luis Perez de
Vargas, sargento mayor del presidio, y el alferez Oviedo, cubiertos
de gloriosas heridas, y rociados de sangre enemiga, haciendo mortal
destrozo, cayeron vencedores, sobre los mismos que dejaban vencidos.
Casi todos los españoles fueron víctimas de este bárbaro furor: los
pocos que salvaron la vida, quedaron prisioneros de los aleves Timbues.
Entre ellos la infeliz Lucia Miranda, que quedó en libre cautiverio de
Siripo, hermano de Marangoré, sucesor suyo en el cacicazgo, y heredero
de sus amores. Este permitió el despojo del fuerte á la victoriosa
milicia, reservando para sí á Lucia, objeto de sus pretensiones,
siempre malogradas por la constancia de la casta matrona.
Al siguiente dia de la desgracia sucedida en el fuerte, estuvo de
vuelta Sebastian Hurtado, marido de Lucia. Reconoció los cadáveres
para pagar con honrada sepultura los últimos oficios de gratitud á su
amada consorte, y no hallando el de Lucia, llevado del amor que es
presagioso, se huyó á los Timbues, para acompañar cautivo á su cautiva
esposa. Pero Siripo, que pretendia poseerla solo, entró en pensamientos
de matar á Sebastian Hurtado.
Entonces Lucia, árbitra de la voluntad de Siripo, le inclinó á tierna
condescendencia hácia Hurtado, en quien no se descubria otro delito
que la inocencia inculpable de sus amores. “Si tu gusto es, si es de
tu agrado, respondió Siripo, viva en buena hora Sebastian, por que
tú no fallescas con su muerte: viva en buena hora, pero elija esposa
entre las Timbues, sin otra reserva, que la que prescriba el antojo
de su eleccion. En lo demas no será mirado de mí ni de mis vasallos
como advenedizo ni como prisionero de guerra, Los primeros empleos
que dispensa mi autoridad, segun el valor de los méritos suyos, serán
desde ahora su galardon. Una sola condicion os prescribo, y es, que no
trateis ambos como consortes, so pena de incurrir los castigos de mi
justo enojo.”
Agradecieron á Siripo las expresiones de su benevolencia, y prometieron
no traspasar los límites de su ordenanza. No obstante, los inocentes
consortes se descuidaron, y observados del celoso amante, irritaron
su cólera, que los llevó al sacrificio. Tentó primero la castidad
victoriosa de Lucia, la cual inexorable á los ruegos del bárbaro,
permaneció constante en su determinacion, queriendo antes experimentar
las furias de un amante, que macular el tálamo con detestable
condescendencia.
En efecto Siripo de amante se transformó en tirano, y las promesas
convirtió en amenazas, preparando á la inocente victima una hoguera.
Sebastian Hurtado, amarrado á un árbol, y hecho el blanco de las
flechas y furor bárbaro, imitó el ejemplo de su esposa en fervorosos
actos de religion, y la siguió á la gloria.
Los demas españoles que con Sebastian Hurtado habian venido de rescatar
víveres, pagada la deuda de sepultura á sus desgraciados comilitones,
humedeciendo con lágrimas sus cadáveres, desampararon el fuerte, y
embarcados siguieron el curso de su fortuna, ya desgraciada, y de costa
en costa, á vista siempre de tierra, llegaron á las cercanias de San
Vicente, colonia lusitana en el Brasil. Allí levantaron unas chozuelas,
y aliados con los portugueses se mantuvieron poco mas de año en buena
correspondencia. Los portugueses fueron los primeros en romperla,
declarando guerra á los castellanos, los cuales previnieron una celada
y los vencieron, quedando dueños del campo y señores de la poblacion.
No obstante, por evitar disensiones, se recostaron á la isla de Santa
Catalina, donde restablecieron la colonia.
§. III.
GOBIERNO DE D. PEDRO DE MENDOZA.
1534-1537.
Casi en la misma sazon que los Argentinos, reliquias de la armada de
Gaboto, pasaron de San Vicente á Santa Catalina, disponia el Emperador
proseguir el descubrimiento del Rio de la Plata. Y porque la monarquia
española se hallaba exhausta con los excesivos gastos de la guerra,
y falta de medios para equipar nuevas armadas, se puso la mira en
D. Pedro de Mendoza, gentil hombre de cámara, mayorazgo de Guadix,
caballero principal, el cual habia militado en Italia y enriquecido en
el saco de Roma. Como á poderoso y valido, confirió el Emparador el
título de Adelantado del Rio de la Plata, con decorosas condiciones, y
privilegios honoríficos.
La armada que se dispuso con esplendor y lucimiento, sobresalia casi
sobre cuantas surcaron los mares para la conquista de Indias. Dos
mil y quinientos españoles, y sobre ciento y cincuenta alemanes la
componian, segun algunos autores. Venia gente de distincion: treinta
y dos mayorazgos, algunos comendadores de San Juan y Santiago, un
hermano de leche del Emperador, llamado Carlos Dubrin, y Luis Perez de
Cepeda, hermano de la esclarecida virgen, y seráfica madre Santa Teresa
de Jesus. Todos venian á la conquista del _Rey blanco_ ó _plateado_,
que ideó la fantasia de Gaboto ó sus agentes, para adquirir nombre de
grandes con la novedad del hallazgo.
A la conquista pues del _Rey blanco_ se hizo en San Lucar á la
vela, á principios de Septiembre de 1531, dejando á España llena de
envidiosos y de esperanzas. Tuvo algunas aventuras en la mar, y con
ellas al siguiente año embocó en el Rio de la Plata, y subió á la isla
de San Gabriel, cuya incomodidad para establecimiento de poblacion,
y desabrigo para reparo de la armada, precisó á buscar sitio mas
ventajoso. Para lo cual despachó el Adelantado personas de confianza
que eligieran en la opuesta rivera solar cómodo para levantar la
poblacion.