Mas memorable es sin duda la planta que los Guaranís nombran

_Iburucuyá_, y los españoles por su fruto granadilla, y por lo

admirable de su flor, nombran flor de pasion, ó pasionera. Crece á

manera de yedra, trepando por los árboles, y traveseando por las ramas

se ensalza hermosamente sobre las copas.

El _Caaycobé_ es expresivo egemplar de la virtud mas propia de la

humana naturaleza, y por eso la mas delicada. El término _Caaycobé_

significa yerba que vive, y con expresion mas significativa se puede

llamar la vergonzosa. Es de agradable vista: se cubre de hoja menuda

que la viste de gala, pero con honesta decencia. Si alguno la toca con

osada curiosidad, luego se enluta, se sonroja, se encoje y se marchita.

No hay esperanza que nuestro caaycobé restaure el hermoso matiz de sus

colores, mientras humanas manos la toquen, pero en retirándose estas,

se extienden sus hojas, se visten de belleza y matizan de nuevo.

El _Caapebá_ son unas varillas delgadas, vestidas de hojas mas claras

y sutíles, que las del _Orozus_. Como estas varillas son tiernas, y

se cargan de muchas manzanillas, al principio verdes y amarillas,

cuando sazonan, necesitan arrimo para sustentarse: si lo hallan,

se enredan con él, abrazándose con sus ramas: si no lo encuentran,

vencida su delicadeza del peso que las oprime, se tienden por el

suelo, culebreando por varias partes. Nacen estas varillas de raices

profundas, ceñidas á trecho de naturales sortijas que la agracean, muy

parecidas á las de la serpiente.

Los polvos de esta raiz, y las hojas de las varrillas molidas, y

puestas sobre la parte que picó la culebra y vibora, ó tomando su

cocimiento por la boca, son antídoto contra su veneno.

_Yerba de vibora_ llaman á cierta planta que nace en Tarija, y en el

distrito del Paraguay; su virtud y calidades antidotales la hacen

acreedora al nombre con que es conocida; solo se levanta del suelo

una tercia. Las hojas que la visten y las flores que la hermosean son

parecidas al mercurial masculino. Nace por lo comun entre piedras y

cascajal, pero busca siempre lugares frescos. Es su virtud prodigiosa

contra las picaduras de viboras. Media onza de sus ramas majadas con

la semilla, cocidas en el vino, y puestas sobre la picadura, en menos

de hora alivia al paciente, y libran de todo peligro: ¡tanta es su

eficacia y su virtud operativa!

De igual aptitud contra las mordeduras de animales ponzoñosos es la

yerba que llaman en Tucuman _Colmillo de vibora_, á la cual otros

nombran _Soliman de la tierra_.

Del huron se ha aprendido ser específico magistral contra los animales

ponzoñosos. Cuando este animalito cria sus tiernos huroncillos á los

cuales con porfia persigue la vibora, y se vé precisado á defenderlos

de enemigo tan temible, entra á la pelea, y por mas diligencia que pone

en hurtar el cuerpo á la vibora, no siempre consigue lo que pretende,

y en lugar de vencer á su antagonista, queda herido y se siente tocado

de su veneno. Deja luego el lugar de la palestra, vá en busca de dicha

yerba, la masca y se revuelca en ella, y torna con presteza al lugar

del combate, seguro al parecer de la victoria contra su enemigo.

De tan buen maestro se ha aprendido y practicado con efecto saludable

el uso de esta yerba contra las mordeduras de las viboras y otras

sabandijas ponzoñosas: en solas veinte y cuatro horas se cierran las

llagas con sus hojas majadas y aplicadas sobre la picadura; y para

embarazar que el veneno cunda y se apodere, basta aplicar un humor

resinoso que destila. No solo en estas plantas nos previno el Autor

de la naturaleza remedios contra los venenos, sino en otras muchas

confeccionó su providencia antídotos eficaces para que á donde abunda

la malicia de tanto animal ponzoñoso, sobreabunde la gracia de su

liberalidad con los muchos preservativos que preparó su sabiduría.

§. III.

DE LOS RIOS Y LAGUNAS.

Estas y otras muchas plantas, raices y árboles son propias de estos

paises, y no halla el entendimiento humano dificultad en concebir

semejantes producciones, en un terreno tan dilatado, sujeto á diversos

climas, de temperamentos encontrados, fecundado con tanta copia y

abundancia de aguas como las que riegan estas provincias. Tucuman

desde la Cruz Alta hasta Santiago es mas escasa de aguas, y sus rios

apenas exceden la esfera de arroyuelos; pero lo mas meridional de esta

provincia, Paraguay y Rio de la Plata, son mas fecundas en aguas y son

bañadas de continuos y caudalosos rios.

Paraná es uno de los mayores y mas célebres del Mundo Nuevo. Su orígen

incógnito, y á muchas leguas de Corrientes que verosimilmente no ha

registrado aun la humana curiosidad, ha dado ocasion para confundir su

nacimiento con el del magnífico Rio de las Amazonas. Opinion muy válida

hasta nuestros dias, y autorizada por los indios brasileños: pero

despues del descubrimiento del Padre Samuel Friz, misionero jesuita,

sin escrúpulo podemos persuadirnos que el lago Lauricocha, entre

Guanuco y Lima, agota el tesoro de sus aguas en el Marañon, y no le

sobran raudales para otro rio.

Lo mas verosimil es, segun las noticias que comunican los portugueses,

y al parecer mas conforme á razones de buenas conjeturas, que tiene su

nacimiento en una alta y dilatada cordillera, que se extiende desde

oriente á poniente en medio del Brasil, y se termina por occidente en

el rio de la Madera. Es esta cordillera rico depósito de aguas, y madre

fecunda de muchos rios que toman diversos rumbos: los que siguen la

carrera hácia el norte enriquecen el Marañon, parte de los que tiran al

sud caen al Paraguay, y parte dan nacimiento á nuestro Paraná. Sobre

esta relacion, que estriba en la fé portuguesa, se puede establecer

el orígen de este gran rio entre los 12° y 13° grados de altura, casi

paralelo con el Paraguay.

Pero sea este, ú otro el origen de nuestro Paraná, lo cierto es que

acaudala tanto tesoro de aguas, y corre tanto espacio de terreno, unas

veces siguiendo via recta, otras serpenteando; ya con mansa corriente,

ya precipitándose de breña en breña, y de risco en risco, formando á

trechos islas, unas grandes y otras pequeñas, pobladas de bosques y

fieras, y hermoseadas de alegres primaveras, que todos estos accidentes

bastan para hacerle celeberrimo. Se le nota cierta ambicion de hacerse

poderoso, pues en el grande espacio por donde dirige su curso, vá

recogiendo por una y otra ribera casi todas las vertientes, y no

contento con las que le tributan los paises vecinos, recibe muchos y

grandes rios de la costa del Brasil, y otros que le buscan de lo mas

interior.

Glorioso con tanto golpe de aguas, ensancha la madre á proporcion que

lo engruesan sus pecheros, hasta su derramamiento en el mar por una

boca de cuarenta para sesenta leguas, entre el Cabo de Santa Maria,

y el de San Antonio. En tiempo de crecientes se derrama sobre sus

riberas y explaya inmensamente, inundando las campañas y fertilizando

el terreno. Algunos se persuaden que las crecientes del Paraná se

originan de las nieves que se derritan en las cordilleras peruanas y

brasílicas. Adoptariamos esta hipótesis, si la creciente de Junio y

Julio, que llaman en Santa Fé _de los pegerreyes_, cuando las heladas

son aun bastante fuertes, pudiera atribuirse á nieves derretidas. Con

mas probabilidad se halla suficiente causa en las aguas pluviales hácia

sus cabezadas: porque se tiene observado, con noticias comunicadas de

nuestros misioneros de Chiquitos, que cuando por allá llueve mucho,

crece á su tiempo el Paraná: no porque los rios de Chiquitos desaguen

en él, sino porque llueve tambien en aquellos climas, cuyas aguas

corren hácia el Rio de la Plata.

En medio de su carrera ofrece á la vista un prodigio, que el tiempo y

los años lo han hecho degenerar en vulgaridad poco respetable. Salto lo

llamaron los primeros conquistadores, y hasta el dia de hoy conserva

este nombre, por un salto que baja de una alta serrania despeñándose de

una altura de cerca de veinte y cuatro estados. Los antiguos tuvieron

oportunidad de registrar despacio y muchas veces este portento, y sobre

la ocular inspeccion refirieron, no la mudanza que pudieron obrar los

tiempos venideros en una corriente tan precipitada, sino lo que ellos

vieron y observaron.

Verdad es, que el deseo de hacer plausible la narracion, sobrepuso á

la realidad algunos accidentes que la hacian mas admirable, pero menos

verídica, diciendo que saltaba la eminencia de doscientos estados, y no

faltó autor que los alargó á mil picas, añadiendo que avanzaba tanto

terreno saltando, que dejaba cavidad para navegar á la sombra de las

aguas precipitadas. Pero estas añadiduras no perjudican á la substancia.

Aquella espaciosa madre de dos leguas que tiene el Paraná en las

llanuras del Guayra, con los muchos rios que le engruesan antes de

recibir el Acaray por el poniente, y por la costa de levante al

Pequirí, empieza á ceñirse en un cauce profundo, y tan angosto que la

una ribera no dista de la otra un tiro de fusil. Así recogidas sus

aguas, y reducidas á estrechura, avistan la eminencia de la cordillera,

cuyo declive se extiende el largo espacio de doce leguas. Once son las

canales, ó embocaduras por donde entran sus aguas en el precipicio,

despeñándose por entre riscos, y subdividiéndose en muchos cauces.

Azotados los raudales de este gran rio, se encrespan y se levantan

antes de tomar nuevo curso, formando en el aire una contienda de

aguas encontradas, que se disputan el paso en extraño elemento para

prevenirse las unas á las otras en ocupar espacio y seguir su carrera.

A las veces se sepultan en subterráneos conductos, y corriendo largo

trecho escondidas, revientan con formidables detonaciones, vomitando el

agua muchas varas en alto, y dejándola caer con espantoso ruido.

De la colision de tantas aguas, las unas contra las otras y todas

contra los peñascos, se levanta una ligera niebla que recibe y

trasfunde los rayos solares con admirables refracciones.

Despues que el Paraná acabó de precipitarse de la cordillera prosigue

aun traveseando con remolinos, y nuevas erutaciones del agua, que hacen

inevitable el naufragio. Así lo han experimentado algunos incautos y

atrevidos que osaron surcar sus aguas, y lo mismo sucederá á los que

con tiempo no abandonen el rio para tomar el camino de la orilla. Tan

prodigioso aborto de la naturaleza inmutaron los años, y es creible que

lo que nuevamente han descubierto los reales exploradores, que no se

han dignado comunicarnos sus recientes observaciones, lo trastornen los

tiempos venideros.

Otro prodigio, no de aguas, sino de piedra, ofrecia el Paraná antes

de llegar á los remolinos, en un peñol alto, corpulento y grueso que

dominaba el rio, y se divisaba á larga distancia. Los españoles al

principio lo tuvieron por plata fina; y los indios aseguraban que

un gigante, asombro y espanto del pais, montaba la eminencia para

divertirse en la pesca. Esto del gigante fué sin duda ilusion, y

ciertamente fábula, que á un gigante de piedra substituyó otro de

carne. La plata de los españoles, en tiempo que los indios Paranás

estaban en guerra, y no les permitian acercarse á sus tierras, tuvo

algun fundamento en quien hablaba de lejos: porque el peñol, bañado

de las aguas en tiempo de crecientes, y bruñido con el ludir de las

arenas, hacia reflectar los rayos solares, formando visos plateados

que engañaban la vista, y llevaban la aprension á persuadirse que es

oro y plata todo lo que reluce. Este es el orígen, este el principio

de aquella calumnia tantas veces reproducida en el Consejo de

Indias contra los Jesuitas, de un _peñol de plata_ que benefician

escondidamente con detrimento de los quintos reales.

Desaguan en este grande rio por la banda de oriente y poniente, al pié

de quinientos rios, unos de limitado caudal, otros de tanta mole que

casi le disputan la primacia. Estos descargan inmediatamente sobre sus

márgenes, y aquellos engruesan sus tributarios; entendiendo sus brazos

por un lado y otro tan inmensamente, que al oriente por el Uruguay,

el Iguazú, el Parana-pané y el Añembí, se dilata hasta los confines

del mar brasílico: hácia el poniente por el Pilcomayo, el Bermejo, el

Salado y el Carcarañal, recoge todas las vertientes que bajan de la

cordillera chilena, desde los confines de Córdoba y su jurisdiccion

hasta el corregimiento de los Chichas, y Charcas; y al norte por el

rio Paraguay y sus pecheros se explaya sin límites, ó por lo menos sin

límites bastantemente averiguados. Describir menudamente, y uno á uno

todos los rios que le tributan, fuera molesta y prolija narracion,

cuya noticia con mas patente claridad registrará el curioso lector

en los mapas existentes. Estos, sin duda, son una abreviada y clara

pintura, que pone delante de los ojos el nacimiento de los rios, ó de

las escabrosas pero fecundas serranias, ó de lagos, que por ocultos y

subterraneos canales conducen las venas para la fertilidad de tantas

tierras y el abastecimiento de tantas provincias. Ellos mismos nos

ponen á la vista el rumbo que toman desde su orígen, el que siguen en

su progreso, las campañas que riegan, los encuentros que tienen, las

eminencias que montan, las caidas con que se precipitan, las llanuras

en que se derraman y las naciones que abastecen.

Lo que no ponen delante de los ojos los mapas, son aquellas ocultas

propiedades que, con fundamento ó sin él, atribuyen los naturalistas

á sus aguas, y á las que estancan las lagunas. El Paraná y el Uruguay

tienen virtud de petrificar. No es averiguado si esta propiedad

transmutativa, sin distincion de especies, se extiende universalmente

á todo leño: pero la experiencia muestra que su actividad se interna

en los árboles mas sólidos. El célebre gobernador del rio de la

Plata, Hernando Arias de Saavedra, tuvo en su casa mucho tiempo un

árbol petrificado. A las orillas de uno y otro rio se encuentran

frecuentemente trozos semi-petrificados, convertida en piedra la parte

que baña el agua, y la superior, que no la toca, conservando la misma

substancia leñosa.

Llenos estan los libros que tratan de minerales, de semejantes

petrificaciones. Yo por la afinidad de materias, y por confirmar la

verdad de unas petrificaciones con otras, solo añadiré que sobre el

Carcarañal se encuentran algunos huesos petrificados. Hácia el año de

1740 tuve en mis manos una muela grande como el puño, semipetrificada:

parte era solidísima piedra, tersa y resplandeciente como bruñido

marmol, con algunas vetas que la agraciaban; parte era materia de

hueso, interpuestas algunas particulas de piedra que empezaban á

extenderse por las cavidades que antes ocupó la materia huesosa.

Otro género de petrificaciones he visto, obra curiosa, y peregrina

invencion de la naturaleza. A espaldas del cerro de _Ocompis_, (“Cerro

bravo” llaman los que habitan sus cercanias, por ciertos bramidos que,

dicen, dá cuando quiere mudarse el tiempo) hay una cueva que llaman

de Adaro. Es de boca muy estrecha, cavada en piedra viva. La entrada

en partes es angosta, y el que entra es necesario que se arrastre.

En partes tiene profundos senos, á los cuales se baja descolgándose

por sogas. A uno y otro lado se registran variás piezas, mas ó menos

capaces, segun permiten los brutescos petrificados. El cerro es muy

elevado, todo de piedra calcárea, y en tiempo de lluvias el agua que

recibe destila poco á poco, y la convierte en piedra.

Cuando yo entré al registro de la cueva era á principios de Septiembre

de 1757; tiempo en que se cumplian seis meses que las lluvias habian

cesado; pero la destilacion, proseguia goteando en diversas partes.

El agua se petrificaba cayendo, y se espesaba en el mismo conducto

por donde se transminaba, quedando pendiente de los cilindros que

penden de las bovedas. Una cosa experimenté, que al calor de la vela

se liquidaban las extremidades de los brutescos recien petrificados y

que conservaban alguna humedad: pero los que se habian endurecido, y

estaban sólidos, con el calor de la fragua se reducian á polvos sin

liquidarse.

Observé que el agua colaba por entre solidísimos peñascos que petrificó

la destilacion de otros años, sin duda por algunos poros imperceptibles

á la vista, pero penetrables á la delicadeza de las aguas, y sutileza

de los polvos que arrastran consigo. El color de la piedra es casi el

mismo que el de la piedra calcárea, poco mas obscuro con algunas vetas

cristalinas. Esta es la virtud de las aguas que destilan en la cueva

de Adaro, y la misma es la del Paraná y del Uruguay, que convierten

los árboles y leños en piedra mas estimable por ser verdadera, que la

fingida propiedad que sin fundamento se atribuye á la laguna de las

Perlas.

Está dicha laguna entre el Bermejo y el Salado, al norte de la antigua

ciudad de la Concepcion destruida por los infieles. En tiempos

pasados era habitada de los Hohomas, parcialidad de dos mil indios,

valientes guerreros, aliados algun tiempo de los españoles, y despues

confederados con sus enemigos. Marcos Salcedo, español nacido en

Santa Fé, y cautivado algunos años entre los Abipones, testifica que

en grande cantidad pescan ostrones, y como gente que no aprecia las

perlas, las arrojan sobre la playa.

En memoria de los antiguos no se halla mencion de tanta riqueza que

ruede arrojada por los suelos, y es verosimil que los pobladores

de la Concepcion hubieran levantado el grito de las perlas, y se

hubieran empeñado en mantener una ciudad que les franqueaba riqueza

incomparable, y que solo costaba alargar las manos para cogerla.

Noticias de menor riqueza han bastado en las Indias, y en estas

provincias, para contrastar mayor resistencia que las que podian

hacer los Hohomas, señores de la laguna, con las naciones aliadas. Y

así el desamparo de la poblacion, y el descuido en reedificarla, son

argumentos de que se fingieron perlas donde no las hubo; ó si algunas

hubo, de tan poca estimacion que no merecieron aprecio.

A la laguna de las Perlas, sita al poniente del Paraná, juntemos

la de _Yupacaray_ que cae al oriente del Paraguay y le tributa el

raudal de sus aguas en altura poco menos de veinte y cinco grados. Su

mismo nombre, que significa laguna exorcizada, promete alguna cosa

extraordinaria. Los naturales refieren por tradicion de sus mayores,

que antiguamente salia de madre, derramando muchas leguas sus aguas,

y que en la obscuridad y tinieblas de la noche arrebataba hácia el

centro á cuantos alcanzaban sus inundaciones. Añaden que un Obispo,

cuyo nombre no ha pasado á nuestros tiempos, compadecido de los que

habitaban sus vecindades, exorcizó á la laguna, y á la virtud del

conjuro refrenó el impetu de sus resacas.

Con los exorcismos cesaron las inundaciones, pero no los tristes

gemidos y frecuentes clamores de hombres, mugeres y niños que gritan

lastimosamente desde el centro de las aguas. Los unos dicen que tienen

su orígen en los que arrebataron las inundaciones á lo profundo de la

laguna: los otros, de unos nefandos abortos, que sepultó en ella el

rigor de la divina justicia por sus abominaciones, y que con aquellos

gritos y voces lastimeras claman á los mortales para que los socorran,

y se compadezcan de ellos. Añaden otra particularidad, corona de tantas

invenciones. Cuando el tiempo quiere mudarse, aparecen en la laguna

señales sensibles: las aguas se encrespan, truena, relampaguea, y

una tormenta inferior que precede, simboliza la superior de truenos,

relámpagos, rayos y lluvia que amenaza.

Estas fábulas solo prueban que el humano ingenio, amigo de novedades

asombrosas, extiende á los rios, á los montes y serranias su estéril

actividad y fecunda invencion. Rara es la ciudad de estas provincias,

que no posea algun rio, laguna ó cerro, que predice las futuras

mudanzas de tiempo. Enojarse llaman los naturales: se ha enojado

el _Ocompis, la Achalá Famatina_, ó el _Tafi_, cuando se levantan

nubes, cuando resuenan los truenos, cuando al resplandor de los

relámpagos que alumbran se siguen los rayos que cruzan. Yo no sé que

idea supersticiosa forman en su imaginacion sobre este punto. Lo que

aseguro es, que repetidas veces con todas sus mientes me han querido

persuadir que no me llegue á tal cerro, monte, ó laguna, porque es,

dicen, muy bravo, y sabe enojarse:--persuasion tan arraigada, que ni la

razon los convence, ni la experiencia los desengaña. Y así no solo el

_Yupacaray_ es fabuloso, sino que tenemos muchos Yupacarays fingidos,

pseudo-profetas de lo futuro.

Mas memorable que el Yupacaray es la laguna _Mamioré_, sita al poniente

del rio Paraguay, en diez y ocho grados algo mas abajo de la canal

de Chiane que se abre al oriente, y los cerros del mismo nombre que

la cercan por el poniente. Tiene quince leguas de circunferencia, y

descarga en el Paraguay con boca espaciosa. Los modernos exploradores

no la registraron, y así no podemos con recientes averiguaciones

confirmar nuestro sentir. Pero por carta de este siglo del Padre Juan

Bautista Jandra, misionero de Chiquitos que estuvo en ella, consta, que

tiene flujo y reflujo. Su nacimiento no es de rio, aunque en tiempo de

lluvias recibe las vertientes de los cerros de Chiane, y las aguas que

se desbordan de los anegadizos de Xarayes: pero ni estas vertientes, ni

aunque su orígen fuera de rio, pudiera causar la regularidad del flujo

y reflujo.

Un desengaño completo sobre la laguna de Xarayes se ha conseguido con

la expedicion que se hizo el año de 1753, rio Paraguay arriba. Algunos

le daban cien leguas, de norte á sur, y diez de oriente á poniente;

otros mas liberales en alargar que en dar con medida, la extendian

cien leguas á todos vientos. Pero en la realidad, ese espacioso giron

de tierra que media entre la sierra de Chiane, Morro Escarpado y rio

de Cuyabá, casi desde los diez y seis hasta los diez y ocho grados, no

es otra cosa, que un terreno bajo que se inunda en tiempo de aguas,

con las vertientes de la sierra de Cuyabá, y con el derramamiento del

Paraguay en tiempo de crecientes.

Sin duda que los que delinearon en los mapas laguna de tanta extension,

registraron el terreno en tiempo de crecientes, pues de sus relaciones

consta que atravesaron en barcos todo el espacio que en los modernos

mapas se denomina con el título de anegadizos. Proposicion que hace

creible lo que se refiere en un diario de los reales exploradores;

que las señales de la inundacion en tiempo de aguas, suben mas de dos

varas, y así todos dijeron verdad. Es laguna muy dilatada en tiempo

que las vertientes se derraman sobre el país de los Xarayes; y son

anegadizos con lagunones de tres, cuatro y seis leguas, cuando, cesando

las avenidas, el Paraguay contiene las aguas en los términos de sus

riberas.

§. IV.

DE LOS PECES.

De los rios y lagunas que tanto utilizan á los vivientes, pasemos á los

peces que en ellas viven, se alimentan y multiplican con prodigiosa

fecundidad. Desde el mayor al menor todos encuentran morada para

albergarse, y cebo que los alimente á diligencias de aquella soberana

providencia, que sustenta á todos los vivientes, haciendo que los unos

sirvan de auxilio á los otros, para conservacion y servicio del hombre.

Esto es mas claro en estas provincias. La ingénita desidia de los

naturales, tan sugetos á la ociosidad, y tan poco aplicados á la útil

labor de los campos, por naturaleza fecundísimos, necesita una dispensa

inagotable en los rios y lagunas, cuyas riberas habitan y elijen por el

interes de la pesca.

El mayor de todos es sin duda la ballena, que talvez desde los mares

del sud se entra por la espaciosa boca del Rio de la Plata: y algunos

hasta Santa Fé. En mayor abundancia se cojen lobos marinos, animal

anfibio, que parte habita la tierra, y parte se abisma en las aguas.

En la costa del mar hácia el Estrecho, y en la isla que llaman de

los Lobos, se encuentran muchos en manadas de ciento, doscientos y

trescientos. Hay unos rojos y blanquesinos, que en la opinion vulgar

de estas partes, son tenidos por hembras: otros obscuros pardos, que

se reputan por machos. Division que no me atrevo á asegurar, porque

talvez la que se hace entre los sexos, puede ser que solo demarque las

especies.

Historia del Paraguay, Río de La Plata y Tucumán · 第 5 / 21 段