II

Cambié de observatorio, por razones que no le importan un rábano al

lector, y durante tres años nada supe de estos personajes. Un día me

llevaron mis recuerdos y mis inclinaciones á visitar la calle en que los

había conocido. Busqué con afán la casa que habitaron; pero no di con

ella. En su lugar se alzaba otra flamante, con balcones de hierro y

vidrieras con cortinillas. Ni rastros quedaban allí de la gente que yo

iba buscando. Pregunté por ella á un antiguo convecino, y me dió estas

noticias solas:

Al año de marcharse el Tuerto, que aún andaba en la Armada, murió de

viejo su padre, el tío Bolina; y la viuda de éste, seis meses después,

de soledad ... y también de vieja. Entonces recogió la sardinera sus

hijos, y desapareció con ellos de la casa y de la calle. Cuando ya

Tremontorio juzgaba excesiva la soledad de su buhardillón, pues la

vecindad de Bolina era una necesidad para su alma, aunque él creía otra

cosa, antojósele al propietario derribar la casa y construir otra capaz

de más lucidos inquilinos; con lo cual, el célibe pescador trasladó sus

penates á una bodega de la calle del Arrabal, donde vivía desde entoces,

dedicando, como de costumbre, á hacer redes primorosas, todo el tiempo

que le dejaba libre la lancha en que tenía una _soldada_.

Andando los meses, volví á verle en el Muelle, unas veces con el cesto

de los aparejos al brazo y el _sueste_ en la cabeza, de vuelta de la

mar; y otras arrimado á las jambas de una puerta, silencioso y

encorvado, como esas cariátides de la Arquitectura que sostienen bóvedas

con las espaldas. Y no le vi más en mucho tiempo.

Ocurrió por entonces en España uno de esos acontecimientos que hacen

raya en la historia de los pueblos; marejadas de fondo, como diría

Tremontorio, cuyas ondas, bajo un cielo sereno, sin saberse en dónde

nacen, son más impetuosas á medida que caminan; y llegan á la costa, y

baten sus peñascos, y no hay entre ellos cueva, ni boquete, ni

escondrijo donde la furia no meta su desgreñada cabeza con pavoroso

estruendo, ni puerto tan seguro que no reciba sus espumas y sienta

estremecerse el limpio cristal de sus aguas. Así se hizo sentir la

fuerza de aquel acontecimiento excepcional, hasta en los hogares más

apartados del calor de la política y de las pasiones de partido.

En otra parte he hablado yo del desdeñoso estoicismo de los mareantes de

Santander enfrente de la maravillosa transformación que venía

verificándose en esta ciudad, así en lo moral como en lo material. El

empuje de este vértigo reformista derribaba sus apiñadas viviendas y

secaba los fondeaderos tradicionales de sus lanchas; pues se echaban al

hombro los pobres harapos de su ajuar, buscaban otro agujero en que

meterse con ellos y un nuevo sitio en que fondear sus embarcaciones, sin

volver la vista atrás, ni dárseles una higa por todo el ruido y aparato

de la nueva civilización que los iba acorralando poco á poco. Para ellos

no había en el mundo cosa seria y bien ordenada sino la mar, y la mar la

había hecho Dios con el exclusivo objeto de que pescaran en ella los

matriculados. Esta mar, es decir, cuanto de ella abarca la vista de un

marinero desde la punta de Cabo Mayor; sus celajes, sus pescados, sus

brisas y sus tormentas; las _costeras_ del besugo, del bonito, de la

sardina; los asuntos del Cabildo; el escaso valer del _otro_ (jamás hubo

avenencia entre el de _Arriba y_ el de _Abajo_), y lo poco más que

pudiera relacionarse con estos particulares, eran el mundo de estas

honradas gentes. Todo lo restante no valía á sus ojos una _sula_. Fuera

del gremio, no conocían á nadie en el pueblo; y de las diversas clases y

categorías de éste, sólo citaban alguna que otra vez, pero como quien

habla de cosas del otro mundo, á _los comerciantes del Muelle_. Así

vivían apegados, desde tiempo inmemorial, á lo exclusivamente _suyo_: y

en usos, traje, acento, y hasta lengua, fueron siempre en Santander lo

que el peñasco en la mar: bello para el artista; un estorbo para los

múltiples fines de las humanas ambiciones.

En tal estado de virginidad recibió esta gente las primeras noticias del

acontecimiento de que íbamos hablando. No hay para qué decir que no hizo

maldito el caso de él. Pero cuando, abiertas las válvulas á todos los

pareceres y á todas las ideas, fué llegada la hora de echarse cada cual,

á campo-travieso, en busca de terreno para alzar una cátedra en él, ¿qué

_doctor_, por corto que fuera de alcances, no había de descubrir, á la

primera mirada, el mejor de los terrenos para aquellos fines en la pura,

tradicional, primitiva sencillez de la clase marinera? Así fué que,

lloviendo sobre ella apóstoles de la flamante doctrina, comenzó á

reblandecerse al son de tantos himnos y jaculatorias, y acabó por

quedar encantada sin saber de qué, como el hombre de las selvas al oir

las melodías de una flauta. Desde entonces se lanzó, con la pasión de

los niños en libertad, á balbucir palabras, que no entendía, del nuevo

vocabulario político; á las _manifestaciones_ públicas; al _club_ y á

las urnas electorales, siendo muy de advertir que en este entusiasmo

iban siempre delante las hembras, las cuales hubieran llegado á emular

las glorias de las _calceteras_ de Robespierre, si las circunstancias lo

hubieran exigido. Jamás se ha visto una transformación más radical ni en

menos tiempo.

Sin embargo, no hubo medio de meter el diente á Tremontorio. Estaba

fondeado á dos anclas en su puerto natural, y no había fuerzas humanas

que le sacaran de allí.

--¡Á pedricar al limbo, tiña, que está lleno de inocentes!--decía á los

catequistas que se atrevían á hablarle ... desde lejos.--¡Pero á mí!...

Yo ya sé que si quiero comer tengo que jalar del remo y jugarme la vida

en la mar seis veces á la semana.... ¡Allí sus quisiera yo ver, tiña!

Si se le replicaba que precisamente para mejorar las condiciones del

oficio era para lo que se le quería atraer al partido, añadía hecho un

veneno:

--Pamemas, tiña; que si tan bueno fuera lo que tenéis á la mano, no vos

acordarais de ofrecérmelo á mí; sus lo guardarais para vusotros,

retiña.... ¡Si soy _mule_ viejo!... ¡no vus canséis en calarme la

sereña!

Y no mordía la _ujana_, el muy ladino.

En éstas y otras, presentósele un día el Tuerto con las manos en los

bolsillos y la cara hecha un vinagre.

--¿De onde vienes, tiña?--le preguntó el viejo mareante, abrazando con

cariño, pero muy admirado, al aparecido.

--Del departamento--respondió el Tuerto.

--¡Del departamento! ¿Pues no mandaste carta de allá, hace ocho días,

para mí á Patuca, que sabe leer y escrebir?

--Cierto.

--Pus ná me decías entonces de venir tan aína. ¿Cómo es eso, tiña?

--Porque al otro día de escribirle á usté se prenunció la gente de la

freata.

--¡Tiña! ¿Y tú también?

--No, señor...; pero me vi revuelto en la tremolina, sin saber cómo.

--¿Y á cuántos prenunciaos colgaron de las gavias?

--Á denguno.

--¡Retiña! ¿Cuándo se vió eso?... ¿Y serás capaz de venirte sin

licencia?

--No, señor; traigo un pase.

--Pos ¿quién te le dió, cuando debieron haberte leído la sentencia de

muerte?

--Un cabo de cañón y un terrestre de mucha soflama que mandaban allí.

--¿Y el señor comendante y los oficiales?

--Harto tuvieron que hacer con tomar puerto en la cámara, después de

tumbar á media docena de prenunciaos.

--Pero, retiña, ¿cómo no te ahorcaron al saltar á tierra?

--Porque se tuvo por bueno el pase que me dieron á bordo, firmado por el

terrestre.

--¿Y eres tú capaz de tomar cosa anguna de un terreste que se mete á

mandar en una freata de guerra?

--¡Pero si no había otro remedio, puño!; y además, yo era ya cumplido, y

de un día á otro tenían que despacharme.

--¡Con su cuenta y razón, tiña; no de ese modo!... ¡Un terrestre! ¡Á la

_Ferrolana_ pudo haberse atracado él á repartir licencias cuando dábamos

la vuelta al mundo! ¡Bien saben ellos ónde se meten!... ¡Harto será,

tiña, que no te güelvan á llamar; porque la ley es ley, y el que la hace

la paga, si no es hoy, mañana!

--Pues, puño, con golverme por onde vine.... Así como así, pa ver lo que

yo acabo de ver, morirse es mejor, cuanti más golver al servicio.

--¿Qué vistes, hombre?

--¡Lo último, puño; lo último que me quedaba que ver! Y créalo, tío

Tremontorio: más me apesaumbra esto, que el venir con el pase del

terrestre.

--Pero ¿qué vistes?

--¡Pásmese, hombre! Ahora mesmo, al pasar por el Muelle, he visto á la

mi mujer vestida de comedianta, con un gorro á modo de pimiento, una

casulluca con estrellas, y un pendón lleno de letreros, y más de un

centenar de babiecas detrás de ella echando vivas yo no sé á qué.

--Eso es de todos los días, hijo; y no te pasmara si hubieras visto lo

que yo voy viendo. Pero no tiene ella la culpa, tiña; que si no la

pagaran por eso, no lo hiciera.

--¡Tarascona!...; la he de romper los pocos huesos que la dejé sanos....

Pero, ¿y los hijos, tío Tremontorio? ¿Qué será de ellos con esa madre?

Quiero ir ahora mismo á su casa para recogerlos.

--¿Á su casa, tiña? ¿Ónde está ella? ¿Sabe naide si tiene casa la tu

mujer?

--¿Pus ónde duerme, puño?

--Onde le coge la _cafetera_, hijo; con el ite de que no la suelta dende

que anda con esa arbolaura por las calles.

--¿Y los hijos?

--Los hijos, si no hay quien por caridá los recoja á las puertas del

Muelle por la noche, allí se la pasan á la timperie.... Bien sé yo,

tiña, quién los quita el hambre y los da abrigo muchas veces; pero uno

no puede estar en todas partes, ni ellos acuden á uno siempre que

debieran.... Porque, retiña, la verdá es que se han hecho ya á la

bribia; y por el carís que traen, van á hacer buena á su madre.

El Tuerto no quiso oir más, y salió de la bodega de Tremontorio, echando

llamas por los torcidos ojos y maldiciones por la boca.

Escenas Montañesas · 第 68 / 79 题