III

Creía el valiente veterano de la _Ferrolana_ que, aunque con

trabajillos, lograría irse haciendo á los nuevos resabios del gremio, y

vivir en paz, si no á gusto, los pocos años que le quedaban de vida; y

por conseguido lo daba ya, cuando cayó sobre sus anchas espaldas el peso

insoportable de un infortunio con que jamás había soñado. Este golpe de

muerte fué la abolición de las matrículas y la supresión de los

cabildos, decretadas por el Gobierno imperante.

Creyó volverse loco con la noticia, y tardó muchos días en tragarla por

cierta. Cuando no pudo negarla, no le cabía en su casa, y se largaba á

la ajena, ó al Muelle, á desahogar la ira con el primer camarada que

hallaba á sus alcances.

--No hay otro remedio que tragarlo, tío Tremontorio--le decían otros

pescadores un tanto desengañados; pues cuando pidieron, por extrañas

sugestiones, la abolición de las matrículas con el fin de verse libres

de las levas, nadie les dijo, ni ellos lo cavilaron, que al desprenderse

de una carga tan pesada, perdían, en consecuencia, el monopolio del mar

y del puerto, que era la recompensa de ella.

--¡Que no hay otro remedio!--exclamaba Tremontorio, haciendo crujir los

puños.--¡Eso lo veremos, tiña! ¿Quién lo ha mandao?

--El gubierno de arriba.

--¿Quiénes son esos gubiernos pa meterse en la hacienda de los

mareantes? ¿Qué saben ellos de cosas de la mar?

--El que manda, manda, tío Tremontorio.

--¡No en mi casa, tiña!

--Pues la ley es ley ahora y siempre.

--¡Por eso mesmo: á la ley me agarro, y viva la de nusotros!

--Pero una ley mata á otra, y la nueva es la que vale.

--En lo terrestre, pase; pero no en lo de la mar!

--Pero, hombre, y dempués de bien desaminao, ¿qué vale too ello? Y

aunque valiera, si nos quitan las levas....

--¡Las levas ... retiña! Siempre las tenéis delante de los ojos pa

espantarvos el sueño.... Dos me cogieron á mí, y vos digo que no me pesa

ahora que salí de ellas.... Más debiera espantarvos esto otro.... Si,

señor, tiña; y ciegos sois si no lo habéis visto bien claro. Con esa

orden de arriba, se dice «abro la puerta á la mar...»; y allá voy yo, y

allá vas tú..., y allá van _ellos_, ¡tiña!...; porque detrás de nusotros

podrá ir, con la ley en la mano, el raquero del Puntal, el chalupero de

las Presas y toos los tiñosos de la costa de la badía.... Y esto no lo

aguanto yo, retiña; que la mar se hizo pa los hombres que deben andar en

ella y han andao siempre, ¿Ónde se ha visto que la gente del _muergo_

sea quién pa dir conmigo á la pesca de altura?... Ves digo que no

tendréis vergüenza si vos dejáis igualar por esa grumetería.... ¡Pos

dígote al respetive de lo de los cabildos! ¿Qué semos ya los mareantes

sin ellos? ¿Aónde vas tú? ¿Aónde voy yo, que valgamos dos _luciatos_?

Quiere decirse, tiña, que, de hoy palante, tanto da ser callealtero como

de nusotros...; toos seremos unos.... ¡Pa ellos estaba, retiña!

--Too eso está muy bueno; pero considere que está escrito en ley allá

arriba, y que de na sirve lo que nusotros estipulemos acá abajo.

--Ya verás si sirve, tiña. Por de plonto, sepan esos gubiernos que

Tremontorio no güelve más á la mar con esa ley.

Y no volvió el testarudo veterano. Las redes le dieron para casa y pan,

y el canon de su lancha para compaño. Pero advirtió, andando el tiempo,

que, á pesar de la nueva ley, la mar no había sido profanada por los

_anfibios_ de la costa de la bahía; y como además se aburría mucho

estando siempre en tierra, y la mar le _jalaba_ como de cosa propia,

resolvióse á estudiar el punto más á fondo, por si podían conciliarse su

tesón y sus deseos. La nueva ley abolía, es cierto, la antigua

matrícula; pero exigía, en cambio, una inscripción que daba á los

inscritos privilegios parecidos á los que tuvieron los matriculados; y

en cuanto á los cabildos, también quedaba algo, á modo de gremio, para

sustituirlos.

No le llenó el ojo nada de esto á Tremontorio, pero, al cabo, era algo

que ponía centinelas á la puerta de la mar; y como además le ponderaron

mucho las _ventajas_ sus compañeros de fatigas, y él tenía grandes

deseos de conformarse, conformóse, aunque á regañadientes, y volvió á su

lancha.

Para entonces, los diez años corridos desde que le conocimos en la _La

leva_, ya sesentón habían hecho honda mella en su persona. Estaba más

encorvado, más flaco, algo trémulo, y con la greña, las patillas y las

cejas enteramente blancas, muy ásperas y muy largas. Pero su vestido,

como su carácter, era el de siempre: el mismo gorro catalán, la misma

camisa de bayeta verde sobre la de estopa interior, los mismos calzones

pardos de ancha campana y amarrados á la cintura con una correa, y los

mismos zapatos, sin tacones y sin lustre, sobre el pie desnudo.

Consigno este dato, porque á la sazón no era ya este traje el

característico del oficio. En los años pasados desde el consabido

acontecimiento, la gente marinera había ido confundiéndose en todo con

la terrestre, así en ideas como en hábitos y costumbres. Lo cual no

dejaba de exasperar á Tremontorio, y dábale á menudo ocasión de fulminar

sus embreados apóstrofes sobre los _pinturines_ pescadores que caían por

su banda.

En una de estas ocasiones le vi yo en el Muelle. Estaba hecho una

tempestad, en medio de un grupo heterogéneo y abigarrado, aunque se

componía exclusivamente de marineros. La verdad es que, siendo

Tremontorio el único que se hallaba en carácter allí, y, como si

dijéramos, en su propia casa, parecía el intruso y el pegadizo entre

tantos degenerados.

--Ya se ve, tiña--decía cuando yo pasaba, y por eso me detuve á

escuchar:--dende que vais al voto y á esos pedriques con el señorío

pudiente, y andáis tan empavesaos, ¿que vus ha de paicer este patache

carbonero? Pus, tiña, de mi madera sois, con toa esa fantesía; y el más

ó el menos de trapo, no le hace al casco tener los fondos mejores.... Ni

barrunto que de ayer acá vos haya caído denguna herencia de repente, pa

echarvos tanta guinda.... Onde se ve la gente es en la mar, ¡retiña!; ¡y

que se diga muy recio si en más de tres duros y medio[17] que ya cuento,

le he pedido á anguno remolque allí!

Replicóle uno que «el andar bien portao no quitaba fuerza ni valor á la

presona».

--¡Taday, niquitrefe!--díjole Tremontorio con el mayor desprecio.--Si

sois valientes entoavía y jaláis del remo como yo, es porque lo habéis

mamao, y allá vos queda.... Eso es del cabildo de abajo, sépastelo

bien.... ¡Retiña, qué gracia!... Pero que vos dé otro tanto la vida que

traéis.... ¡Surbia vos dará!

--Y lo que usté no guipa, porque ya está fuera de

combate--respondiéronle en son de zumba.

--¡Pintura, digo yo á eso!--replicó el veterano con mucho

retintín;--aunque bien desaminao el ite de ese particular, ¿qué tenéis

ya que recibir de naide? ¿Qué vus falta? Vusotros, el relós de plata;

vusotros, la bota fina; vusotros, el camisolín de plegues; vusotros, la

cachucha de _rasolís_.... Pus ya, retiña, por poco más, echarvos el

bastón y la casaca, y dirvos al Suizo con los señores del Muelle, á

tomar chocolate con esponjao y leer los boletines de arriba.... Las

rentas no han de faltarvos pa sostener el señorío, porque ya tenéis una

ración de hambre y otra de necesidá.... ¡Retiña con la piojera de tres

gavias!

Dijo, miró con ira á los zumbones que le rodeaban, y rompió el cerco,

bamboleándose al andar, como buque de mucho porte que toma la barra

seguro de llegar al puerto.

Escenas Montañesas · 第 69 / 79 题