I
Nos despedimos de él diez y seis años ha, y ya era viejo entonces. Iba
Muelle arriba, descollando su gigantesca arboladura sobre un enjambre de
pescadoras y granujas que le rodeaban. Gemían unas, suspiraban otras, y
se secaban los ojos muy á menudo con la orilla del delantal, ó con el
dorso de la mano, mientras hormigueaban entre ellas los muchachos con el
escozor de la curiosidad. Hablaba él con todos sin mirar á nadie,
forjando los secos razonamientos á empellones, como si derribara las
palabras de sus hombros y les diera el acento con los puños. Quien sólo
le viera y no le escuchara, tomárale por fiero capataz de un rebaño de
esclavos, y no por el paño de lágrimas de aquella turba de afligidos.
En tanto, cerca del promontorio de San Marín balanceábase un buque del
Estado, arrojando de sus entrañas de hierro, entre sordos mugidos,
espesa columna de humo que el fresco Nordeste impelía hacia la ciudad,
como si fuera el adiós fervoroso con que se despedían de ella, y de
cuanto en ella dejaban, quizá para siempre, agrupados junto á la borda,
los valientes pescadores santanderinos, arrancados de sus hogares por la
última _leva_.
Yo la describí entonces con sus menores detalles, y los nombres de sus
héroes llegaron más allá de las fronteras de su tierra patria, no por
virtud del artista que trazó el cuadro, sino por la importancia del
sujeto de él. Pero de todos aquellos nombres, ninguno sonó tan recio
como el de _Tremontorio_, el arisco y hercúleo marinero del Cabildo de
Abajo, curtido por todos los climas y batido por todos los mares del
mundo. Esta preeminencia, y alguna razón de arte, que se expondrá en
sitio conveniente de este cuadro, me obligan á trazarle para que sepa el
curioso lector qué fué de aquel castizo personaje desde que, en la
apuntada solemne ocasión, se separó de él el último de los granujas que
le habían rodeado, y solo y triste y refunfuñando, comenzó á subir
lentamente los carcomidos é inseguros peldaños de la escalera de su
casa.
Al llegar al fementido buhardillón en que le conocimos, trancó la puerta
por dentro, sentóse con dificultad sobre un casi invisible taburete de
pino, cargó la pipa, encendióla, chupó; y cuando espesas nubes de humo
le envolvían la cabeza, la dejó caer entre sus nervudas, angulosas y
curtidas manos, después de afirmar los codos sobre las rodillas. Así
permaneció largo rato, oyendo los alaridos que de vez en cuando lanzaba
la mujer del Tuerto en el buhardillón contiguo. Luego notó que le
llamaban, y gruñó al conocer la voz; pero, aunque de muy mala gana,
alzóse del banquillo y salió al balcón. En el de la otra buhardilla le
esperaba la mujer del Tuerto, con los párpados hechos ascuas, las greñas
sobre los ojos, la cara embadurnada con la pringue de las manos disuelta
en lágrimas, en mangas de camisa, desceñido el refajo y medio
descubierto el enjuto seno.
Al ver á Tremontorio, comenzó á gemir y á echar por la boca preguntas y
exclamaciones á torrentes, mientras revolvía el bardal de su cabellera
con las puntas de los trémulos y crispados dedos de sus manos.
--¿Se fué el venturao de Dios?... ¡Mariduco de mis entrañas!...
¿Lloraba, tío Miguel?... ¿Sa alcordó anguna vez de mí?... ¡Dígamelo, tío
Tremontorio, que se me está partiendo el alma de pura congoja!... ¿Irá
muy lejos?... ¿Volverá?... ¿Tardará mucho?... ¡Ay de mí, probe!...
¡Sola me dejó y sin arrimo!... ¡Hasta el de las inocentes criaturas me
falta!... ¡Las que parí, tío Miguel; las que crié á mis pechos! ¡Me las
han arrancao de casa!... ¡Bien sé yo quién!... ¡Bien sé yo por qué!...
¡Pero al otro mundo no ha de ir á pagarlo la muy sinvergüenza, cuentera
y borrachona!...
Y en esto miraba al balcón de su suegra, echando todo el desaliñado
busto fuera de la balaustrada. Tremontorio no hacía más que contemplarla
por debajo de sus cejas grises, pero, ¡qué _celajes_ de su mirada! No la
dulcificó el viejo marinero cuando la sardinera volvió á encararse con
él; antes bien, cargó de nubes el ya tempestuoso cariz de su entrecejo,
y por toda respuesta á tantas preguntas y declamaciones, largó á su
vecina, á quemarropa, con la voz de un cañonazo, esta sola palabra:
--¡Bribona!
En seguida viró en redondo, con la calma y la solemnidad de un navío de
tres puentes; se encerró en su guarida, tendióse sobre el jergón, y así
le cogió la noche.
También había vuelto del Muelle el tío Bolina, y encerrado estaba en
casa con su mujer y sus nietezuelos, desnudos, sucios y medio
atolondrados desde la despedida de su padre, el atribulado Tuerto.
Al ver la sardinera que por aquel día no había modo de reñir con nadie
desde el balcón, encerróse también en su caverna; sacó de un escondrijo
una botella de aguardiente, bebióse cerca de la mitad; y cuando los
vapores de aquel veneno comenzaron á adormecerla, acercóse balbuciente y
con paso mal seguro á la sucia y fementida cama, y en ella se desplomó,
revolcándose allí como cerdo en su pocilga.