Faltábale tiempo al de Madrid, en cuanto se levantó á la mañana
siguiente, para correr por la _solana_, tumbarse bajo un nogal y caminar
errante por las mieses; para gozar, en fin, con la loca expansión de un
colegial en vacaciones. Y tan abstraído estaba, que al volver á casa, al
crepúsculo de la tarde, no se acordaba de que no había comido al
mediodía, ni echó de ver que llevaba desgarrados los pantalones y
sangrando una rodilla, caricias debidas á las espinas de los setos por
los cuales tuvo que saltar.
En ocupaciones análogas pasó los primeros días, cada vez más alegre, más
satisfecho y más juguetón. La bazofia y los condumios del ama de
gobierno le parecían los manjares más deliciosos; el duro taburete en
que se sentaba, mucho más blando que un sillón ministerial; y el
aspecto rústico que tenían todos los objetos que encontraba y de que
servía en casa de su amigo, eran el complemento de sus mejores
ilusiones. Pero cuando gozaba extremadamente era por las noches, después
que, oído el toque de ánimas y rezadas las oraciones de costumbre por el
mayorazgo, á quien contestaban unísonos todos los de la casa, se
sentaban en el ancho balcón del mediodía. El canto incesante de las
ranas, el aroma de la campiña, el susurro elocuente y misterioso de la
naturaleza, los relámpagos fantásticos é incesantes que en el horizonte
presagiaban, según el ama de llaves, fuertes calores para el siguiente
día; de tiempo en tiempo el canto monótono del labrador que iba á dar
agua á una pareja, cuyas sonoras campanillas le hacían el
acompañamiento; el vuelo rápido del murciélago que cruza indeciso á cada
instante por delante del balcón; los regaños del ama en la cocina, que
entre el charrasqueo de la sartén se destacaban, con poco placer de los
criados á quienes iban dirigidos, y tantos otros ecos y fenómenos que en
las noches de verano se perciben en el campo, abstraían de tal modo al
forastero, que no hubiera cambiado entonces el balcón de don Silvestre
por el trono más elevado del mundo.
Y cuando por las mañanas, al romper el día, le robaban el sueño el
cencerreo del ganado que salía al pasto, los silbidos de los criados,
las seguidillas de las mozas que iban á la mies, el toque al alba, los
ladridos del perro, el cacareo de las gallinas y los relinchos del
caballo, lejos de incomodarse, bendecía en sus adentros el instante en
que se le ocurrió trocar el agitado torbellino de pasiones de la corte
por el obscuro rincón de la vivienda de los Seturas.
Con la contemplación de éstos y otros cuadros á cual más sencillo, su
lectura favorita adquiría para él cada vez mayor encanto; y hasta las
tiernas églogas de Garcilaso le parecían la expresión más fiel de la
verdad, y todos los recuerdos de todos los patriarcas descritos hasta
entonces le asaltaban las mientes, y veía los trasuntos de todos los
cuadros pastoriles del siglo de oro, y hasta sentía el calorcillo de sus
venerandos y rústicos hogares; y tal era el dominio que sobre él
ejercían estas ideas, que, fingiéndose extraviado, sorprendía á un
vecino comiendo; entraba en la choza de otro cuando, sentado éste al
frente del grupo de su familia, rezaba el rosario antes de acostarse;
pedía aquí candela, más allá un guía, y por dondequiera aliviaba la
miseria, complaciéndose en dejar oculta una moneda de plata, ya en el
regazo de un niño que jugueteaba arrastrándose á la puerta de su casa,
ya sobre el poyo de la cocina. Y todo esto lo hacía el buen señor,
excepto lo de las limosnas, en verdad sea dicho, sin darse de ello la
menor cuenta. No reflexionaba ni estudiaba aquello que veía, porque los
cuadros y las impresiones se sucedían con la rapidez del pensamiento.
Pero á los quince días de estancia en la casa de don Silvestre, comenzó
á notar que no descansaba bastante en la, aunque mullida, incómoda cama
que le habían puesto; que la bazofia le agriaba el estómago, y que, por
falta de cielo raso en la alcoba, le escocían los ojos con el polvo que
caía del desván, cada vez que (y esto sucedía todas las noches), cada
vez que las ratas armaban sus jaleos acostumbrados entre las panojas
sobrantes de la anterior cosecha--Con este motivo la rancia morada de
los Seturas abrió por primera vez sus puertas á la civilización, que
entró en la mejor alcoba de la casa en forma de colchón de muelles, cama
de hierro, techo de yeso y papeles de colores, traído todo de la ciudad
y colocado á expensas del huésped de Madrid, y con no poca delectación
del mayorazgo, del ama y de todos los vecinos del lugar, que acudieron,
por turno rigoroso, durante una semana, á contemplar las maravillas de
la alcoba del madrileño, cuando éste se largaba á hacer sus excursiones
de costumbre.
Estas eran siempre por el campo, donde cada día buscaba un paisaje
distinto y al antojo de su poética fantasía. Y, preciso es confesarlo:
las praderas y valles del lugar de don Silvestre, como toda la Montaña,
superaban en perspectiva á todos los cuadros que se imaginaba el señor
de la corte: en esta parte era feliz el amigo de don Silvestre. Pero no
lo era tanto cuando se acercaba á gustar prácticamente las delicias que,
desde el fondo de los alfombrados gabinetes de las populosas ciudades,
descubren los poetas entre el follaje de los bosques y sobre el blando
césped de las campiñas.
Es decir, que si el madrileño, siempre con sus libros debajo del brazo y
en busca de paisajes, encantado por el aspecto de un artístico murallón
cubierto de verde y tupida hiedra, se recostaba contra él, sentado sobre
césped de un palmo de espesor, no bien se ponía á leer á cualquiera de
los poetas, desde Gonzalo de Berceo hasta el último bucólico de nuestros
gacetilleros y romancistas, y exclamaba, por ejemplo con el primero:
«Nunca trobé en sieglo lugar tan dileitoso»,
ó con alguno de los modernos otra frase equivalente en menos rancio
castellano, cuando llegaba el impertinente tábano, que le hacía girar
como las aspas de un molino para defenderse de sus iras, ó cantaba á su
lado la chicharra, ó se punzaba las asentaderas con alguna zarza
traidora, ó caía una lagartija sobre la más sentimental y pastoril de
las estrofas de su libro. Con cualquiera de estos contratiempos concluía
el apasionado madrileño por sacudirse la ropa y marcharse punzado,
aturdido y tiznado en busca de otro lugar no menos bonito, aunque más
cómodo.
--¡Oh magnificencia!--exclamaba una vez contemplando un nuevo
sitio;--¡esto excede á la más sublime creación del más sublime de todos
los poetas; á la región del más tierno pastor de cuantos ha creado la
poesía!
«Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas
torciendo el paso por su verde seno....»
todo esto, y mucho más, veo yo, oigo y toco. ¡Y por qué el sensible
_Nemoroso_ no ha de ser posible en estos valles? ¿Qué distancia hay de
ellos á las imaginaciones de Garcilaso? ¡Oh divina poesía!: te veo y te
palpo.... Pues señor, aquí, tras este tupido zarzal, cabe el arroyuelo
que murmura á mis pies, sobre la florida y olorosa pradera, á la sombra
de estos seculares castaños, voy á entregarme á mis gratos ocios. ¡Y
dirán las almas de prosa que la poesía es una quimera!
Y al contemplar aquella lozana vegetación, tan caprichosamente
distribuída como no pudiera imaginárselo el más diestro jardinero,
exclamó, hasta con fe en las palabras del poeta:
«Oh driades de amor hermoso nido,
dulces y graciosísimas doncellas,
que á la tarde salís de lo escondido,
con los cabellos rubios, que las bellas
espaldas dejan de oro cobijadas....»
esperando, tal vez, que abriéndose las zarzas dejaran libre paso á la
misma Galatea. Así es que al oir agitarse la enramada inmediata, no se
sobrecogió lo más mínimo, en espera, como estaba, de algún prodigio.
Pero cuando en lugar de los cabellos de la Ninfa, vió, atropellando las
enmarañadas árgomas, madreselva, espinas, zarzas, juncias y ortigas, las
afiladas astas de un novillo de cuatro años, descendiendo de la sublime
región adonde se había elevado con sus pensamientos, á la clásica morada
de los revolcones y de los ojales en la piel, despojóse hasta de sus
libros para mayor desembarazo, y no paró de correr hasta la portalada de
los Seturas.