VIII

Faltábale tiempo al de Madrid, en cuanto se levantó á la mañana

siguiente, para correr por la _solana_, tumbarse bajo un nogal y caminar

errante por las mieses; para gozar, en fin, con la loca expansión de un

colegial en vacaciones. Y tan abstraído estaba, que al volver á casa, al

crepúsculo de la tarde, no se acordaba de que no había comido al

mediodía, ni echó de ver que llevaba desgarrados los pantalones y

sangrando una rodilla, caricias debidas á las espinas de los setos por

los cuales tuvo que saltar.

En ocupaciones análogas pasó los primeros días, cada vez más alegre, más

satisfecho y más juguetón. La bazofia y los condumios del ama de

gobierno le parecían los manjares más deliciosos; el duro taburete en

que se sentaba, mucho más blando que un sillón ministerial; y el

aspecto rústico que tenían todos los objetos que encontraba y de que

servía en casa de su amigo, eran el complemento de sus mejores

ilusiones. Pero cuando gozaba extremadamente era por las noches, después

que, oído el toque de ánimas y rezadas las oraciones de costumbre por el

mayorazgo, á quien contestaban unísonos todos los de la casa, se

sentaban en el ancho balcón del mediodía. El canto incesante de las

ranas, el aroma de la campiña, el susurro elocuente y misterioso de la

naturaleza, los relámpagos fantásticos é incesantes que en el horizonte

presagiaban, según el ama de llaves, fuertes calores para el siguiente

día; de tiempo en tiempo el canto monótono del labrador que iba á dar

agua á una pareja, cuyas sonoras campanillas le hacían el

acompañamiento; el vuelo rápido del murciélago que cruza indeciso á cada

instante por delante del balcón; los regaños del ama en la cocina, que

entre el charrasqueo de la sartén se destacaban, con poco placer de los

criados á quienes iban dirigidos, y tantos otros ecos y fenómenos que en

las noches de verano se perciben en el campo, abstraían de tal modo al

forastero, que no hubiera cambiado entonces el balcón de don Silvestre

por el trono más elevado del mundo.

Y cuando por las mañanas, al romper el día, le robaban el sueño el

cencerreo del ganado que salía al pasto, los silbidos de los criados,

las seguidillas de las mozas que iban á la mies, el toque al alba, los

ladridos del perro, el cacareo de las gallinas y los relinchos del

caballo, lejos de incomodarse, bendecía en sus adentros el instante en

que se le ocurrió trocar el agitado torbellino de pasiones de la corte

por el obscuro rincón de la vivienda de los Seturas.

Con la contemplación de éstos y otros cuadros á cual más sencillo, su

lectura favorita adquiría para él cada vez mayor encanto; y hasta las

tiernas églogas de Garcilaso le parecían la expresión más fiel de la

verdad, y todos los recuerdos de todos los patriarcas descritos hasta

entonces le asaltaban las mientes, y veía los trasuntos de todos los

cuadros pastoriles del siglo de oro, y hasta sentía el calorcillo de sus

venerandos y rústicos hogares; y tal era el dominio que sobre él

ejercían estas ideas, que, fingiéndose extraviado, sorprendía á un

vecino comiendo; entraba en la choza de otro cuando, sentado éste al

frente del grupo de su familia, rezaba el rosario antes de acostarse;

pedía aquí candela, más allá un guía, y por dondequiera aliviaba la

miseria, complaciéndose en dejar oculta una moneda de plata, ya en el

regazo de un niño que jugueteaba arrastrándose á la puerta de su casa,

ya sobre el poyo de la cocina. Y todo esto lo hacía el buen señor,

excepto lo de las limosnas, en verdad sea dicho, sin darse de ello la

menor cuenta. No reflexionaba ni estudiaba aquello que veía, porque los

cuadros y las impresiones se sucedían con la rapidez del pensamiento.

Pero á los quince días de estancia en la casa de don Silvestre, comenzó

á notar que no descansaba bastante en la, aunque mullida, incómoda cama

que le habían puesto; que la bazofia le agriaba el estómago, y que, por

falta de cielo raso en la alcoba, le escocían los ojos con el polvo que

caía del desván, cada vez que (y esto sucedía todas las noches), cada

vez que las ratas armaban sus jaleos acostumbrados entre las panojas

sobrantes de la anterior cosecha--Con este motivo la rancia morada de

los Seturas abrió por primera vez sus puertas á la civilización, que

entró en la mejor alcoba de la casa en forma de colchón de muelles, cama

de hierro, techo de yeso y papeles de colores, traído todo de la ciudad

y colocado á expensas del huésped de Madrid, y con no poca delectación

del mayorazgo, del ama y de todos los vecinos del lugar, que acudieron,

por turno rigoroso, durante una semana, á contemplar las maravillas de

la alcoba del madrileño, cuando éste se largaba á hacer sus excursiones

de costumbre.

Estas eran siempre por el campo, donde cada día buscaba un paisaje

distinto y al antojo de su poética fantasía. Y, preciso es confesarlo:

las praderas y valles del lugar de don Silvestre, como toda la Montaña,

superaban en perspectiva á todos los cuadros que se imaginaba el señor

de la corte: en esta parte era feliz el amigo de don Silvestre. Pero no

lo era tanto cuando se acercaba á gustar prácticamente las delicias que,

desde el fondo de los alfombrados gabinetes de las populosas ciudades,

descubren los poetas entre el follaje de los bosques y sobre el blando

césped de las campiñas.

Es decir, que si el madrileño, siempre con sus libros debajo del brazo y

en busca de paisajes, encantado por el aspecto de un artístico murallón

cubierto de verde y tupida hiedra, se recostaba contra él, sentado sobre

césped de un palmo de espesor, no bien se ponía á leer á cualquiera de

los poetas, desde Gonzalo de Berceo hasta el último bucólico de nuestros

gacetilleros y romancistas, y exclamaba, por ejemplo con el primero:

«Nunca trobé en sieglo lugar tan dileitoso»,

ó con alguno de los modernos otra frase equivalente en menos rancio

castellano, cuando llegaba el impertinente tábano, que le hacía girar

como las aspas de un molino para defenderse de sus iras, ó cantaba á su

lado la chicharra, ó se punzaba las asentaderas con alguna zarza

traidora, ó caía una lagartija sobre la más sentimental y pastoril de

las estrofas de su libro. Con cualquiera de estos contratiempos concluía

el apasionado madrileño por sacudirse la ropa y marcharse punzado,

aturdido y tiznado en busca de otro lugar no menos bonito, aunque más

cómodo.

--¡Oh magnificencia!--exclamaba una vez contemplando un nuevo

sitio;--¡esto excede á la más sublime creación del más sublime de todos

los poetas; á la región del más tierno pastor de cuantos ha creado la

poesía!

«Corrientes aguas, puras, cristalinas,

árboles que os estáis mirando en ellas,

verde prado de fresca sombra lleno,

aves que aquí sembráis vuestras querellas,

hiedra que por los árboles caminas

torciendo el paso por su verde seno....»

todo esto, y mucho más, veo yo, oigo y toco. ¡Y por qué el sensible

_Nemoroso_ no ha de ser posible en estos valles? ¿Qué distancia hay de

ellos á las imaginaciones de Garcilaso? ¡Oh divina poesía!: te veo y te

palpo.... Pues señor, aquí, tras este tupido zarzal, cabe el arroyuelo

que murmura á mis pies, sobre la florida y olorosa pradera, á la sombra

de estos seculares castaños, voy á entregarme á mis gratos ocios. ¡Y

dirán las almas de prosa que la poesía es una quimera!

Y al contemplar aquella lozana vegetación, tan caprichosamente

distribuída como no pudiera imaginárselo el más diestro jardinero,

exclamó, hasta con fe en las palabras del poeta:

«Oh driades de amor hermoso nido,

dulces y graciosísimas doncellas,

que á la tarde salís de lo escondido,

con los cabellos rubios, que las bellas

espaldas dejan de oro cobijadas....»

esperando, tal vez, que abriéndose las zarzas dejaran libre paso á la

misma Galatea. Así es que al oir agitarse la enramada inmediata, no se

sobrecogió lo más mínimo, en espera, como estaba, de algún prodigio.

Pero cuando en lugar de los cabellos de la Ninfa, vió, atropellando las

enmarañadas árgomas, madreselva, espinas, zarzas, juncias y ortigas, las

afiladas astas de un novillo de cuatro años, descendiendo de la sublime

región adonde se había elevado con sus pensamientos, á la clásica morada

de los revolcones y de los ojales en la piel, despojóse hasta de sus

libros para mayor desembarazo, y no paró de correr hasta la portalada de

los Seturas.

Escenas Montañesas · 第 39 / 79 题