VII

Aquellos de mis lectores que hayan visitado el país del _cuco_ después

de haber vivido algún tiempo en la clásica Castilla, y especialmente los

que á esta última circunstancia reunan la de ser hijos de este poético

suelo, me ahorrarían, de fijo, la pintura del efecto que en nuestros dos

personajes causó el aspecto de la Montaña apenas hubieron perdido de

vista la última llanura tórrida, monótona, infinita, de ese famoso

granero de España. Me la ahorrarían, digo, porque ellos habrán sentido

lo mismo que don Silvestre y su amigo al acercarse á este bello rincón

del mundo por aquel camino. Pero como no todos los lectores se hallan en

igual caso, diré, sólo para los que no conozcan esta comarca, que al

acercarse á ella después de atravesar las planicies de Castilla ó de la

Mancha, enfrente de tanta belleza se siente ... no tener cerca de uno á

todos los moradores de las grandes capitales del mundo civilizado,

orgullosos con sus prodigios de arte, para decirles:--«Mirad esa

naturaleza, y pasmaos, porque junto á ella, todo es pequeño y raquítico.

Ved aquí reunido y palpable cuanto de bello y fantástico ha cantado la

poesía.»

Y, á propósito: no hay trovador novel ni poeta melenudo que se haya

creído dispensado de echar su parrafito á las orillas del _manso_

Guadalquivir, ó del _aurífero_ Darro, ó á las aguas del histórico

Guadalete, sembrando aquí y allá bosques y florestas, frondosidad y

fragancia, césped y lirios, que así existen donde los colocan los vates,

como yo soy arzobispo; en cambio, cuando alguno de aquellos ingenios ha

pisado el suelo de la Montaña, en lugar de cantar lo que ella le

mostraba, en lugar de darle lo que se le quita para engalanar ajenas

hermosuras, se ha ocupado en escribir á «la civilización» si los

moradores de aquende comen borona, andan descalzos y gastan los calzones

más ó menos remendados, como si se tratara de un aduar de Marruecos ó de

la isla de Annobón. Pero dejaría la poesía de serlo, si los poetas

cantaran la verdad una sola vez en su vida.... Y vuelvo á mi cuento.

Dando resoplidos de pura satisfacción don Silvestre, y recitando su

amigo los más tiernos idilios que recordaba á la vista de los

fantásticos paisajes que descubría á cada paso, llegaron ambos al

solariego albergue de los Seturas, donde los dejaremos descansar un

largo rato: al de Madrid, entre sus bucólicas ilusiones y bajo el

incógnito más rigoroso, y al otro, bajo la impresión de sus recientes

desengaños, y, por lo mismo, más satisfecho que nunca al verse dentro de

las recias y ahumadas paredes de su casa.

Escenas Montañesas · 第 38 / 79 题