Aquellos de mis lectores que hayan visitado el país del _cuco_ después
de haber vivido algún tiempo en la clásica Castilla, y especialmente los
que á esta última circunstancia reunan la de ser hijos de este poético
suelo, me ahorrarían, de fijo, la pintura del efecto que en nuestros dos
personajes causó el aspecto de la Montaña apenas hubieron perdido de
vista la última llanura tórrida, monótona, infinita, de ese famoso
granero de España. Me la ahorrarían, digo, porque ellos habrán sentido
lo mismo que don Silvestre y su amigo al acercarse á este bello rincón
del mundo por aquel camino. Pero como no todos los lectores se hallan en
igual caso, diré, sólo para los que no conozcan esta comarca, que al
acercarse á ella después de atravesar las planicies de Castilla ó de la
Mancha, enfrente de tanta belleza se siente ... no tener cerca de uno á
todos los moradores de las grandes capitales del mundo civilizado,
orgullosos con sus prodigios de arte, para decirles:--«Mirad esa
naturaleza, y pasmaos, porque junto á ella, todo es pequeño y raquítico.
Ved aquí reunido y palpable cuanto de bello y fantástico ha cantado la
poesía.»
Y, á propósito: no hay trovador novel ni poeta melenudo que se haya
creído dispensado de echar su parrafito á las orillas del _manso_
Guadalquivir, ó del _aurífero_ Darro, ó á las aguas del histórico
Guadalete, sembrando aquí y allá bosques y florestas, frondosidad y
fragancia, césped y lirios, que así existen donde los colocan los vates,
como yo soy arzobispo; en cambio, cuando alguno de aquellos ingenios ha
pisado el suelo de la Montaña, en lugar de cantar lo que ella le
mostraba, en lugar de darle lo que se le quita para engalanar ajenas
hermosuras, se ha ocupado en escribir á «la civilización» si los
moradores de aquende comen borona, andan descalzos y gastan los calzones
más ó menos remendados, como si se tratara de un aduar de Marruecos ó de
la isla de Annobón. Pero dejaría la poesía de serlo, si los poetas
cantaran la verdad una sola vez en su vida.... Y vuelvo á mi cuento.
Dando resoplidos de pura satisfacción don Silvestre, y recitando su
amigo los más tiernos idilios que recordaba á la vista de los
fantásticos paisajes que descubría á cada paso, llegaron ambos al
solariego albergue de los Seturas, donde los dejaremos descansar un
largo rato: al de Madrid, entre sus bucólicas ilusiones y bajo el
incógnito más rigoroso, y al otro, bajo la impresión de sus recientes
desengaños, y, por lo mismo, más satisfecho que nunca al verse dentro de
las recias y ahumadas paredes de su casa.