IX

Éste y otros percances análogos y un tabardillo que le produjo al fin

tanta y tanta insolación como tomaba, buscando por el campo la sombra

de la poesía, le obligaron á desistir de sus excursiones ordinarias,

conformándose después con la sombra del nogal solariego para los pocos

ratos que consagraba á la lectura desde el último desencanto. Y como no

tenía una sola persona á quien hacer confidente de sus impresiones, pues

don Silvestre, nacido entre los prodigios de aquella naturaleza, de nada

se pasmaba, como que nada hallaba que le chocase, y fuera de la

naturaleza rústica y virgen, no conocía á fondo más que sus recientes

desengaños, le pareció muy fastidiosa la contemplación de los fenómenos

naturales durante las primeras horas de la noche, desde la solana del

mayorazgo; halló también insoportable la noche misma hasta la hora en

que se acostaba; y como el sueño era acaso el mayor placer que

experimentaba ya en el campo, incomodábale de veras el tener que

despertarse á las cinco de la mañana entre la gritería del ama de

llaves, los silbidos de los criados y el cencerreo del ganado, después

de haber dormido mal toda la noche, desvelado á cada instante por los

ladridos del mastín, cuya vigilancia llegaba á ser impertinente, á

fuerza de ser escrupulosa.

Agréguese á esto que la prodigalidad del _señor de_ don Silvestre, como

llamaban en el pueblo al de la corte, había corrido de cocina en cocina

por todo el vecindario, y que, por lo mismo, no hubo en él una sola

persona que no se creyese con derecho á pedirle dinero, pretextando

necesidades, unas veces ciertas y justificadas, otras fingidas é

indignas de la largueza y caridad del forastero; de suerte, que ni

siquiera le quedó el placer que experimentaba aliviando la desgracia,

pues temía equivocarla con las consecuencias de la haraganería, y

contribuir al fomento de más de un vicio, procurando socorrer la

verdadera miseria.

Una de las impresiones más agradables que recibió en la aldea, fué al ir

por primera vez á oir la misa de la parroquia. Bajo la tejavana, ó

_portal_, que se extendía á todo lo largo de dos fachadas de la iglesia,

como en todas las de las aldeas de la Montaña, estaban reunidos y en

espera del toque de campanilla que les avisara la salida del sacerdote

al altar, todos los viejos, jóvenes y niños del lugar que no tenían un

impedimento justificado que los eximiera de aquella obligación de

conciencia. Todos con el mejor vestido, y formando corrillos en los que

se departía á gritos, como es costumbre entre la gente de campo, no

porque el furor sustente los debates, sino por hábito adquirido viviendo

casi siempre fuera de techado; todos, repito, se entregaban á aquel

primer momento de ocio, después de una semana de rudas fatigas, con las

más expresivas señales de satisfacción, buscándola especialmente en

comunicarse unos á otros las observaciones, planes y labores que cada

cual había hecho desde el domingo anterior. Cuando el de Madrid, al lado

de don Silvestre, se acercó al portal de la iglesia, el rumor que veinte

pasos antes llegara bien claro á sus oídos, cesó de repente;

levantáronse los hombres que estaban sentados, suspendieron los

muchachos sus juegos y carreras, y descubriéndose todos respetuosamente,

abrieron calle al madrileño y á su amigo hasta donde el primero juzgó

oportuno detenerse. Esta muestra de deferencia y de respeto afectó al

huésped del mayorazgo, acostumbrado al frío y egoísta contacto del

pueblo de las grandes ciudades; y en prueba de su reconocimiento, trató

de mostrarse afable y cariñoso, más aún de lo que era de ordinario, con

el dueño del rostro más cercano, entre los varios que le contemplaban

inmóviles desde su llegada.

Á las primeras palabras dirigidas afectuosamente al aldeano, los que

detrás de él formaban silenciosos, adelantaron un paso, y á la cuarta

pregunta del de la corte, un círculo compacto de curiosos le envolvía,

disputándose todos la ocasión de oir la voz del señor forastero, y de

seguir de cerca con la vista el movimiento de sus brazos y la dirección

de su mirada. Esto duró hasta que se oyó el repiqueteo de la campanilla;

porque entonces, los chicuelos rompieron la humana valla que á duras

penas habían atravesado para ver al caballero más de cerca, los viejos

apagaron sus pipas, los jóvenes restregaron el fuego de sus cigarros

contra el poste más inmediato y se guardaron las puntas en el bolsillo

del chaleco, los que tenían la chaqueta tirada sobre los hombros, se la

vistieron, y todos corrieron al templo atropelladamente para llegar á él

antes que el párroco pisara las gradas del altar.

--¡Qué feliz he sido hoy en medio de esos honrados aldeanos!--decía á

don Silvestre su amigo durante la comida.--¡Cuánta poesía en aquel

cuadro que me rodeaba! Porque su expresión no era la que dan la bajeza

ni la ignorancia, sino la mansedumbre del justo, ó el rubor de la

inocencia.

Don Silvestre hubiera hecho algunas enmiendas al panegírico de su amigo;

pero tan habituado le tenía éste á semejante lenguaje, que ya no se

cansaba en contestarle siempre que con él le hablaba.

X

Las escenas del portal de la iglesia se repetían cada día festivo, no

solamente en este sitio, sino en el _corro_, á donde iba el madrileño á

ver bailar y jugar á los bolos. Pero llegó á notar este fanático

personaje que el círculo de curiosos que siempre le envolvía era cada

vez más estrecho; que entre los espectadores, antes mudos como estatuas,

había muchos que se permitían sus _apartes_ intencionados y con

presunciones de graciosos; que los que este título llevaban entre los

convecinos, á trueque de conquistarse sus carcajadas, faltaban

_aliquando_ al de Madrid, siempre digno y prudente, con una grosera

impertinencia; que los chicuelos, que antes le contemplaban con la boca

abierta y las manos en los bolsillos del pantalón, se le acercaban hasta

tocarle con un dedo la cadena del reló, mientras á la descuidada

tentaban con la otra mano el paño de su levita, cuya finura les

admiraba; y, por último, que las mozas del lugar, á quienes dirigía

delicadas galanterías y que al principio no se atrevían á mirarle á la

cara, le volvían ya cada fresca que le dejaba helado. De modo que,

después de la metamorfosis de Galatea en novillo _uncidero_, dándose á

reflexionar durante la convalecencia del tabardillo sobre el carácter de

la gente del campo donde habitaba, á despecho de sus ilusiones se

concedió á sí mismo que pedir prudencia, saber, dulzura y poesía á unos

seres cuya sociedad constante son las bestias, cuya educación son las

rudas tareas del campo, y cuyas aspiraciones están limitadas á salir del

año sin morirse de hambre, es una exigencia que toca en lo ridículo.

¡Harto harán, los pobres, sabiendo saludar en turbio castellano!

Demasiado es en ellos esa suspicacia extremosa que forma su carácter,

primer testimonio de que no carecen de criterio. ¡Ojalá supieran

educarle, y entonces no emplearían aquélla en dudar de todo el mundo, ni

se acarrearían esas guerras intestinas que los lleva á cada instante á

disputar sus derechos ante los tribunales de justicia, consumiendo en

empresas tales el fruto de sus faenas, mientras sus hijos se arrastran

desnudos, pidiéndoles un pedazo de pan que no siempre reciben!

Merece consignarse otro de los incidentes que más contribuyeron al

desencanto de nuestro personaje.

Departiendo una mañana en el portal de la iglesia con el alcalde del

pueblo, brindóse de muy buena gana á traer de su cuenta, un reló de

torre para la iglesia del pueblo, como un regalo que dedicaba á los

honrados vecinos entre quienes tan buenos ratos había pasado. El

alcalde, al oir la palabra _regalo_, abrió unos ojos de á tercia, y

dióse á reir de pura satisfacción; pero cuando se puso á reflexionar

sobre el motivo de tanto desprendimiento, tornóse serio, y dijo al

personaje, con la mejor cara que pudo, que al día siguiente le daría la

contestación. Éste, que atribuía á modestia ó á cortedad semejante

respuesta, no volvió á pensar más en ella, y en cuanto se separó del

alcalde, no dudando que su proposición sería bien acogida, se puso á

discurrir sobre el modo de que el reló llegase al pueblo lo más pronto

posible. Entre tanto el alcalde, apenas pronunció el cura el «_Ite missa

est_», se acercó al campanero y le dijo con ansiedad:--Toca á concejo.

Como el edificio en que las sesiones se celebraban, ó sea la casa

consistorial, estaba á dos pasos de la iglesia, á medida que ésta se

desocupaba iba llenándose la otra, deseosos los vecinos de saber de que

se trataba, pues ni había carreteras que componer, ni arbitrios que

rematar, ni repartos que hacer sobre el territorial, ni sorteo de mozos

para el ejército, ni siquiera ajustes de _puertos_ y pastores.

--Señores--dijo el alcalde, tan pronto como el alguacil pasó lista á los

asistentes y vió que, legalmente, se podía celebrar sesión;--se trata

de que el señor forastero quiere regalar un reló de campana para la

torre de la iglesia del pueblo.

--Pues Dios se lo pague--contestaron á coro la mayor parte de los

concurrentes.

--Á mí me parece _que no habrá compromiso_ en que le cojamos por la

palabra--añadió el alcalde, dejando entrever ya el fondo receloso que,

como opinaba muy bien el personaje, forma el carácter de los aldeanos

montañeses.

No necesitaba tanto el vecindario para calcular los inconvenientes que,

en su concepto, podría traer al pueblo la aceptación del regalo; así es

que al oir la palabra «compromiso» en boca del alcalde, cada vecino se

volvió hacia su colateral, con una expresión en la cara que, aun cuando

de pronto parecía de estupidez, leyéndola bien se podía traducir en

estas palabras:--«¿Que te parece de esto?; ¿nos cogerá de primos?»

Pero tan franco, tan claro era el ofrecimiento, que ni aun con la mala

fe de que ellos eran capaces encontraron en el primer cuarto de hora una

sola objeción que hacer al generoso forastero. No obstante, lejos de

decir explícitamente «aceptamos», todos, y el primero el alcalde,

dirigieron sus miradas inquietas á un rincón de la sala donde estaba

sentado un viejo con calzón corto remendado, montera bajo la cual

asomaban, entrecanos y nada limpios, dos mechones de pelos, uno sobre

cada sien y de un palmo de largos, según la antigua moda, chaqueta al

hombro y un garrote chamuscado con el que hacía garabatos sobre el polvo

del suelo fingiéndose distraído.

El tío Merlín, que así llamaban al viejo de las sucias greñas, era la

notabilidad del pueblo, donde se le había dado el nombre que llevaba por

la reputación de _listo_ que le acompañaba desde sus contemporáneos,

que, al emigrar de este mundo, se le recomendaron á la generación

heredera como un dije inestimable, como una providencia. El tío Merlín

reunía á la condición de listo la fama de _celebre_, nombre que entre

los aldeanos equivale á decidor, oportuno, chistoso; circunstancia que,

por sí sola, dice bastante para que todos los lectores comprendan el

dominio que el tío Merlín ejercería sobre sus convecinos. Porque en

aquel lugar, lo mismo que en el mundo de la cultura, un hombre á quien

los demás escuchan con la sonrisa en los labios y dan el apellido de

_gracioso_, tiene amplias facultades, no solamente para provocar la risa

sin ofender á nadie, sino para ser importuno, molesto y hasta grosero

donde y cuando le acomode, sin que á nadie se le ocurra darse por

ofendido. ¿Y cuál no será la influencia de un hombre de éstos entre los

que le rodean, cuando sobre su carácter de gracioso lleva la fama de

_sabio_, como el tío Merlín? Por eso á este personaje se le encontraba

presidiendo todos los acontecimientos del lugar. Bodas, bautizos,

entierros, juntas, tertulias..., en cualquier acto de éstos y otros

muchos, lo primero que la pública curiosidad buscaba anhelante era la

presencia del tío Merlín; porque aquí para provocar la risa, allá para

dar un consuelo y en el otro lado para ilustrar el juicio de los demás,

su presencia era tan indispensable, que sin ella no se encontraba

alegría, ni lágrimas, ni consuelo, ni parecer.

Y es de notar que el tío Merlín jamás era explícito en sus dictámenes, y

que sus admiradores, al repetir á otros las ocurrencias del célebre

viejo, apenas hallaban por donde cogerlas; y es claro: el tío Merlín,

como casi todos los decidores del mundo, tenía todo su chiste en aquello

que callaba, y lo que callaba era lo más importante. Así es que la

reticencia era su fuerte, y con un interrogante, unos puntos suspensivos

y un gesto de «¡qué pillo soy!» resolvía todas las cuestiones, arrancaba

á su placer las carcajadas al auditorio y enredaba á sus convecinos cada

día en un berenjenal de pleitos y rencillas, extraviándoles más y más la

justicia con lo vago de sus maliciosos pareceres. Pero su fama era

bastante más vieja que todos sus convecinos entre quienes el buen

criterio no pudo nunca aclimatarse, y el tío Merlín era siempre listo y

_celebre_..., y por eso en el concejo se buscaba su opinión al tratarse

de aceptaré ó no la oferta del rumboso madrileño.

--¿Qué dice de esto el tío Merlín?--preguntó el alcalde después que,

como todo el concejo, le hubo mirado por algún tiempo en silencio,

estudiando hasta el rumbo más vago de su garrote.

El interrogado, sin dejar de hacer garabatos, miró de reojo á todos los

circunstantes; fijóse en el alcalde, que inclinado sobre la mesa

enseñaba unos dientes tan grandes como habas cochineras, ansiando la

respuesta del viejo, y después de arreglar la chaqueta sobre los

hombros, contestó muy pausadamente:

--¿Conque ... qué digo yo de esto, eh?... Pues digo que.... ¡Jummma!...

Esta carraspera arrancó al concejo una carcajada que duró medio cuarto

de hora.

--Vamos al decir, tío Merlín, _de_ que usté cree....

--Que la cosa no trae malicia, señor alcalde ... ¡jui! que las pillo yo

al vuelo....

--Pero, señor, fegúrese usté que el hombre me llama y me ice «doy el

reló pa la torre sin el menor aquel de gastos pa el respetive: yo pago

too el jaleo, y pueen ustedes desde hoy avisar á los carpinteros y

albañiles que han de juriacar la paré, porque la cosa estará aquí en toa

la semana que viene.»

--¡Hola!... ¿Conque hubo too eso? ¿Conque le ice á usté ese señor que

busque carpinteros y que juriaque la paré de la torre..., y entoavía no

atisba usté la estruchá?

--Hombre--repuso el alcalde con cierta humildad que le imponía la

sagacidad del viejo,--no diré yo que no viera algo de ella, y por eso

mandé tocar á concejo.... Pero ello, ¿qué es lo que usté teme?

El tío Merlín bajó la cabeza, sonrióse, volvió á hacer rayitas en el

suelo, y por toda contestación largó otro ¡jummmaaá! que produjo el

mismo efecto que el anterior. Al cabo de un rato añadió:

--Señores, en el juriaco que se quiere abrir en la torre, ¿no ven

ustedes ná?

Los circunstantes se encogieron de hombros.

--Lo dicho--continuó el viejo,--no ven ustedes un buey á cuatro

pasos.... Pues yo veo que por ese juriaco se nos mete en casa el

forastero; que el reló es una trampa que se nos quiere armar para

dejarnos á toos en cueros vivos en el día de mañana.

Una exclamación de sorpresa fué la contestación del concejo.

--Eso no puede ser, tío Merlín--objetó luego el alcalde;--la cosa no

trae tanta malicia. ¿Y á qué se agarra usté pa creer...?

--¿Que á qué me agarro?... Esa es cuenta mía. Nos vió aldeanos, le gustó

el pueblo, y dijo: «á pescar lo que se pueda....» Porque, señores, pinto

el caso de que uno cualquiera de ustedes va al lugar de ese señor, y

tiene tanto dinero como él: por mucho que el lugar le guste, ¿se le

ocurrirá regalar un reló para la torre de la iglesia?

--Es claro que no--contestaron algunos.

--Pues cátalo ahí--exclamó triunfante el tío Merlín.--¿Á qué santo ese

hombre nos ha de regalar un reló, sin más acá ni más allá?

El concejo se quedó tamañito bajo tan contundente argumento.

--De manera--dijo el alcalde,--que nos convendrá decir á ese señor que

se guarde el regalo para engatusar á otros tontos....

--No, señor: «á la zorra candilazo», que dijo el otro--replicó el tío

Merlín.--Aquí va á ir de pillo á pillo. Puede usté decirle que traiga el

reló, pero firmando un papel.

--¡Á ver, á ver! ...--murmuraron sus convecinos, llenos de curiosidad.

--Escriba usté, secretario--dijo á éste el alcalde;--que la cosa tiene

que ver. Dite usté, tío Merlín.

Éste, después de rascarse mucho la cabeza, colocó sobre el garrote sus

dos manos, sobre ellas la puntiaguda barbilla, y con los ojos radiantes

de malicia y de satisfacción, empezó á dictar al secretario lo que,

entre un aluvión de carcajadas y después de cien enmiendas y al cabo de

media hora, decía al pie de la letra:

«Digo yo, don Fulano de Tal, que por mí y por todas las generaciones y

herederos que pueden venir detrás de mí y por todos mis cuatro costados;

he recibido del Ayuntamiento de ... el valor del reló de la torre de su

iglesia, traído por mi conducto y á mis expensas.

»_Item_.--Que me comprometí á ponerle por mi cuenta en el juriaco que

ocupa.

»_Item_.--Que señalo una cantidad de _dos mil reales_ al año para gastos

que el infrascrito reló preduzca, ó arroje de sí mesmo, ó séase para su

manutención y conservación.

»_Item_.--Que si algún día la torre se viene abajo en mis días ó en los

de todas las generaciones y herederos que puedan venir detrás de mí y

por todos los cuatro costados, yo y ellas nos comprometemos á hacer otra

torre nueva ú otra iglesia, si el ayuntamiento lo tuviere por

conveniente.

»_Item_.--Yo y las dichas generaciones y herederos nos comprometemos á

pagar todos los pleitos que por causa del reló resulten en el lugar, ó

en las inmediaciones, y á no hacer reclamación alguna al concejo de ...

por conceuto del reló ni otro alguno.

»Así lo quise; y, para que conste, lo firmo en ... á tantos de Julio,

etc.»

--Ahora--añadió el tío Merlín,--que firme ese señor; después que vea por

ónde nos mete mano.

Y retozándole la risa en los labios, salió del concejo entre la algazara

y los aplausos de sus convecinos.

Aquel mismo día se presentó el alcalde con este documento al forastero,

diciéndole, al entregársele, con tono y expresión de triunfo:

--Aquí está mi contestación.

El amigo de don Silvestre no pudo menos de reirse al leer tan peregrinas

condiciones, á pesar de la sorpresa que le produjeron, después, se

indignó al considerar tan miserable suspicacia, y, por último, rompiendo

en pedazos el papel y volviendo las espaldas al alcalde por toda

contestación, acabó por compadecerse de aquellas pobres gentes que, por

huir de un mal que nadie les hacía, desechaban el bien que les iba

buscando.

Escenas Montañesas · 第 40 / 79 题