Desde aquel día el mayorazgo no vivió más que para sus ilusiones, y,
agobiado por ellas, tornóse caviloso, taciturno y solitario; huyó de los
partidos de naipes y de bolos; y si alguna vez, cediendo á las
instancias de los amigos, tomaba cartas, era para dejarse acusar las
cuarenta por el último zarramplín del lugar. Don Silvestre, en fin,
llegó á encontrar insoportable el rincón de sus mayores.
En esta época de su vida es cuando se le presento al lector.
He creído necesarios los detalles apuntados para que éste hallase
verosímil el aburrimiento que le aquejaba, y disculpables sus ulteriores
decisiones. Porque un hombre que, como don Silvestre Seturas, tiene:
cinco pies y medio de talla,
tres ídem de espalda,
tanto estómago como despensa,
tanta salud como estómago
y tres mil reales de renta;
que no conoce el asco, ni el ruido, ni el miedo, ni los guantes, ni el
charol, no debe aburrirse nunca en el campo, ó no hay en él seres
felices; afirmación que negarán los poetas melenudos, de báculo y
zampoña, y los novelistas sobrios, ascéticos y filósofos. Negaránla, es
claro, porque precisamente en el campo es donde estos señores se han
empeñado en colocarnos la felicidad terrena, ya bajo el aspecto de
encanecido anciano, que perora con más elocuencia que Demóstenes y más
profundidad que Sócrates, so la añosa encina, ó cabe la parlera fuente;
ya bajo el de apuesto galán que cultiva el fértil valle, y aunque suda
al sol y come ráspanos y borona, es por la noche bastante sublime para
echar un discurso á su novia, que le espera con un ramo de flores, y que
no es menos gallarda, menos elocuente ni menos poética que su adorado;
ya, en fin, bajo la forma de blancos manteles, doradas frutas, triscador
cabrito, fiel y respetuoso can, etc. etc...; y todo ello sin más
inspiración que la Naturaleza, ni más mentores que los bardales, el
susurro de las celliscas y las pláticas del cura. Pero estos señores
poetas y novelistas sin duda han estudiado la campiña en el mapa, ó en
el Museo de pinturas.
Y no entro con ellos en pelea para decirles cuatro cosas que se me
vienen á las mientes, porque tal vez lo vaya haciendo insensiblemente,
y, sobre todo, porque me llaman al orden los asuntos del mayorazgo, los
tacos de sus dos mozos de labranza, y los aspavientos de su ama, á causa
de que, con sus recientes ilusiones, el solariego descuida el caballo,
no siega nunca el retoño, deja todo el peso de la labranza á los criados
y no habla más que de Madrid y de su amigote.
Entretanto, volvió á escribir á éste, dándole cuenta de sus proyectos de
viaje y explicándole al pormenor el estado y motivo de su pleito.
Al contestarle le aconsejó el de la corte que, tanto por el bien de su
pleito como para satisfacer sus deseos de conocer á Madrid, se pusiese
en camino cuanto antes; añadiéndole que él tenía gran interés en verle
para arreglar cierto proyecto que había concebido.
Don Silvestre no vaciló más: envió el alguacil á casa de algunos colonos
que le debían dinero, hízoles aflojarlo más que de prisa; y como no era
mucho, consiguió que el cura le adelantase el resto. Al día siguiente,
tempranito, trancó la bodega, después de encerrar en ella la ejecutoria
y algunas escrituras; colgó la llave, por el anillo, de un tirante de su
pantalón, puesta ya su mejor ropa, guardó en un pañuelo un par de
camisas de estopilla, y pendiente este lío de un garrote de acebo
chamuscado que se echó al hombro, partió hacia el camino real á esperar
la primera diligencia que pasara con dirección á Madrid.