Dueño de algunos cuartejos, hubiera podido satisfacer el antojo de
libros que tuvo años atrás; pero, sobre habérsele dormido la afición á
ellos, le era imposible dedicarse á la lectura. Entre los naipes, los
bolos y el pleito que corría ya de su cuenta, no le quedaba tiempo libre
en todo el año más que para almorzar la cazuela de leche; tomar las once
con medio de blanco; comer despacio el ollón de berzas, patatas y
tocino, en compañía de su ama de llaves; echar la siesta, en verano bajo
un nogal y en invierno en la pajera; cenar al anochecer otro ollón como
el del mediodía; dormir diez horas, y, por último, pasar una escoba ó un
puñado de yerbas sobre el lomo de su ganado antes que lo llevaran por la
mañana al pasto, y segar el retoño para el caballo que estaba á su
cargo.
Bien debe saber el lector de por acá, que de ninguno de estos pormenores
puede prescindir un mayorazgo del corte de nuestro Seturas, si no se
cruza en su vida algún incidente extraordinario, como se cruzó en la de
don Silvestre años después de su advenimiento al mayorazgo.
Llevóle el procurador una _Gaceta_, al cual periódico estaba suscrito
en unión de otros compañeros de la curia, aconsejándole que desde aquel
día la leyese siempre, cuidando él de proporcionársela, pues le convenía
estar al tanto de los decretos del Gobierno por si se hallaba con alguno
á que se pudiese agarrar para su pleito; no porque dudase de la
inteligencia y celo de su abogado, sino porque éste había citado, más de
una vez, disposiciones derogadas medio siglo hacía, y pasado en silencio
otras más recientes que favorecían la causa del mayorazgo.
Éste se conformó el primer día con leer el título del periódico y el pie
de imprenta y contar los renglones de una columna, para calcular los que
tendría todo el papel, y los reales que sumarían, suponiendo que á él le
dieran un ochavo por cada línea.
Días después leyó un decreto; otro día leyó tres, y así sucesivamente,
hasta que acabó por leerse todo el periódico y por despertar su antigua
afición á lo negro, contribuyendo no poco á ello los comentarios
políticos que dió en hacerle el cirujano, que recibía otro periódico,
sobre los decretos que el primero le citaba casi de memoria. El
romancista, que estimaba á don Silvestre porque sabía latín, le propuso
el cambio de sus periódicos, y desde luego fué aceptado.
No tardó en sucederle á Seturas con los artículos de fondo algo
parecido á lo que á don Quijote le sucedió con los libros de
caballerías: fascináronle sus írases y acabaron por extraviarle el poco
criterio que tenía, amarrándole completamente á la opinión del diario.
Su Dulcinea era la patria; sus encantadores los enemigos políticos del
periódico. Faltábale á su carácter la esencia romancesca que había en el
de Quijano el Bueno: de otro modo, le hubiera costado muy poco hacer de
su peludo cuartago un Rocinante, y, olvidado de su pleito, salir en
busca de aventuras hasta romperse el alma con los verdugos de la
perseguida patria.
Seturas, á pesar de su afición, que era tal que le obligaba con
frecuencia á negarse á hacer la partida á los jugadores de naipes y de
bolos, no había formado una opinión política sobre un cuerpo más ó menos
sólido de doctrinas: en su afición era ciego y testarudo, y estaba tan
encarrilado en la senda del periódico, que hubiera creído insultar la
razón dudando una sola vez de sus declamaciones. Don Silvestre no veía
en el diario de Madrid un papel más ó menos grande, con la impresión de
unas letras de plomo colocadas mecánicamente, y detrás de todo ello la
pluma y la cabeza de un hombre de talla común y de vulgares ambiciones,
que apreciando á su modo la dirección de la cosa pública, prestase vida
é interés á aquel objeto; el mayorazgo veía en él una idea fuera de todo
contacto con lo humano, el destello de una inteligencia sobrenatural,
ajena completamente á las escisiones de la vida civil; el periódico del
cirujano era para él el catecismo, el Evangelio, un catálogo de verdades
inconclusas, indiscutibles. Por eso al hablar de política con sus
amigos, resolvía todas las cuestiones citando las palabras del diario, y
con el apoyo de éste, reñía con cuantos le contradijesen.
En fin, que se sintió, por primera vez en su vida, hasta con deseos de
ver la tierra en donde tanta maravilla se realizaba, y de contemplar de
cerca á los seres que las producían. Y no era sólo la política lo que le
hizo pensar en la corte. Las animadas descripciones de sus fiestas
públicas; la tan cacareada especie de que en Madrid hace cada quisque lo
que le acomoda sin que nadie se fije en él, y la plana de anuncios del
periódico, según la cual se garantizaba la salud al más enclenque, y se
vendían ropa, comestibles y bebidas dando al comprador dinero encima,
hiciéronle pensar en la monotonía de las fiestas de su lugar; que en él
no se podía tirar un pellizco á una muchacha sin que se contase el lance
en todas las cocinas; que el día en que se le antojaba trincarse tres
cuartillos, en lugar de la media azumbre que acostumbraba, el tabernero
lo charlaba á todo el mundo; que habiendo en una ocasión añadido cuatro
dedos de paño á las haldillas de su chaquetón, llevó una silba de todos
sus convecinos en el portal de la iglesia, cuando iba á misa, en una
palabra, que él, mayorazgo, libre y con salud, ni gastaba levita, ni
bebía lo que necesitaba, ni podía echar un requiebro en paz, si no se
ponía en guerra con el vecindario. Estas consideraciones, hechas á solas
y exageradas por la pasión inoculada por el periódico, le arrancaron una
noche estas palabras:--«Venderé una finca, ó la hipotecaré para sacar
dinero; pero yo no me he de morir sin saber lo que es _aquello_.»
Aquello era la corte; pero _lo otro_, de que se olvidó un momento, se le
opuso en seguida á su proyecto. Y lo otro era ... el pleito. Los Seturas
no se pertenecían á sí mismos. Siete generaciones de ellos habían
vegetado en un solo punto, fijos, inmóviles como locas, pendientes
siempre de sus entrevistas con los procuradores. Todos los días, por
espacio de siete generaciones, un individuo de otras tantas de
procurador, llegó á la casa solariega, y nunca se puso el sol quedando
aplazada una conferencia por haber dormido fuera del hogar un Seturas;
ninguno de ellos se hubiera atrevido á hacerlo sin presagiarse una
sentencia fatal. Don Silvestre, al fin, era Seturas, y no quería
desmentir su apellido.
Por eso, al dicho de sus convecinos de que era el más listo de la
familia, debemos añadir que fué el más desgraciado. Sus antecesores
estaban, como él, atados al pleito; pero con fe, con gusto, sin el menor
deseo de ver el mundo. Él, por el contrario, tras de haber recibido la
herencia muy cercenada, adquirió la necesidad de irse á gastar gran
parte de ella fuera de su pueblo; necesidad que tomó en él un imperio
terrible después de un suceso que vamos á conocer, aunque diga el lector
que divago mucho.
Leyó un día en la _Gaceta_, y al pie de un documento de alta
procedencia, un nombre que le sonó á muy conocido. Paróse un poco á
reflexionar, y dándose un puñetazo en la frente, exclamó para sí:--«Así
se llamaba uno que estudió conmigo latín; aquel madrileñito que estaba
de temporada en la villa, adonde había ido su padre á tomar aires....
Pero no es posible.... Aquel chiquillo tan enclenque y enfermizo que me
_sacaba los significados_, no puede haber subido tan alto.... No,
señor.... Y ahora que me acuerdo, no me envió los tirantes de goma que
me ofreció para cuando llegara á Madrid, por haber cargado yo con la
culpa de esconder las disciplinas del dómine, ni me pagó nunca dos
reales y medio que le presté.... ¡Si fuera él!...»
Y empezando por dudarlo mucho, acabó por enjaretar este documento,
precioso por su espontaneidad:
«Señor don Fulano de Tal. (_Aquí todos los títulos que leyó en la_
Gaceta.)
»Madrid.
»Muy señor mío: Aunque no tengo el honor de conocerle, me tomo la
libertad de dirigirle la presente para que, á vuelta de correo, me
diga si _eres tú_ ó no _es usted_ el mismo Fulano de Tal que
estudió conmigo latín en la villa, y que, por más señas, me quedó
debiendo dos reales y medio y unos tirantes de goma. No es que yo
te los pida, caso de que seas el de marras: te los recuerdo para
que caigas mejor en lo que te quiero decir.
»Si no fuese usted el que yo deseo, dispense la curiosidad y mande
con franqueza á su seguro servidor
»_Silvestre Seturas_.
»P.D.--El pleito, sin novedad.»
Á los quince días de echada esta carta en la estafeta del lugar, recibió
el solariego esta otra en rico papel con cantos dorados:
«Mi querido Silvestre: _Ego sum_, amigo mío, yo soy el que buscas,
el que estudió contigo en la villa, el que te debe dos reales y
medio y unos tirantes de goma. No puedo explicarte todo el placer
que he sentido al hallar, en medio de mi enojosa correspondencia
oficial, tu inestimable carta, que me ha despertado uno de los
recuerdos más gratos de mi vida, ni podrás sospechar siquiera todo
lo oportunamente que la he recibido.
»La suerte me ha sido favorable, ya que favor llama el mundo á que
le coloquen á uno donde todos le vean y le puedan zarandear á su
capricho; y no extrañes que no te lo haya participado, porque entre
las atenciones de mi destino, me olvido hasta de mí propio.
»Reconociéndote la deuda que me citas, es ahora, como siempre, tu
amigo que te quiere
»_Fulano de Tal_.
»P.D.--Celebro la buena marcha del pleito, aunque ignoro de qué se
trata.»
Dos impresiones causó en don Silvestre la lectura de esta carta: con la
primera, que fué de placer, hizo una pirueta; con la segunda se llamó
«bárbaro».
Hizo la pirueta, porque hallaba un amigo de campanillas que sirviéndole
en el pleito, le proporcionaba motivo para ir á Madrid.
Y se llamó bárbaro, porque recordó que, cediendo á la costumbre
tradicional en la familia, que nunca tuvo más correspondencia que la del
pleito, había añadido á su amigo una posdata cuyo significado ignoraba
éste.
Pero siendo la primera impresión la que más le dominó, echóse á la calle
con ella, llegó al corro de bolos, pagó media á los jugadores ... y
metió al alcalde en un zapato como quien dice, en cuanto oyó, vió y
palpó el reyezuelo que el solariego se carteaba con señorones. Al día
siguiente le propuso el concejo una honrosa transacción; pero ¡bueno
estaba don Silvestre para capitular, cuando tenía la sartén por el
mango!