Con el breve monólogo de don Silvestre al encontrar el nombre de su
amigo en la _Gaceta_, tienen los lectores lo suficiente para saber quién
era y de dónde venía el personaje de Madrid; me dispenso, en obsequio á
la brevedad, aunque hollando la costumbre, el relato de su historia
desde que le perdió de vista el solariego hasta que le volvió á
encontrar. Supóngase, y esto baste, que muerto su padre, en cuanto llegó
á Madrid, y solo en el mundo, se dedicó á gacetillero, á repartidor de
prospectos..., á padre de la patria, á cualquiera cosa; pues por todos
estos escalones y otros mil idénticos, hemos visto subir á otros muchos
hasta la altura en que habitaba oficialmente el amigote de don
Silvestre.
Tampoco detallaré los efectos que en el mayorazgo causaron la bata persa
de su amigo y las tapicerías de la habitación en que le recibió.
Conocido el tipo, es muy fácil la deducción de estas menudencias.
He aquí el discurso que le dirigió el de la bata, pasadas las primeras
formalidades del saludo y del abrazo:
«Amigo mío: estás en tu casa, elige la habitación que más te agrade y
establécete en ella con toda libertad. Yo almuerzo solo, á la una y como
á las ocho de la noche. Tendría mucho gusto en que me acompañaras á la
mesa; pero si estas horas no te acomodan, puedes escoger otras para ti.
Un carruaje estará siempre á tus órdenes, y mis criados lo son tuyos á
la vez. La índole de mis ocupaciones no me permite acompañarte á ver las
curiosidades de la corte; pero este caballero, que es mi secretario
particular (y señaló á un elegante joven que escribía á su lado, y que
saludó cortésmente), tendrá mucho gusto en sustituirme, y estoy seguro
de que ganarás en el cambio. Ni la casa, ni el carruaje, ni toda la
obstentación que te ofrezco, te asombren ni te acobarden; soy el mismo
Fulano de la villa..., el que te debe dos reales y medio y unos tirantes
de goma. Corre, pues, investiga y goza á tus anchas, que luego que te
canses hablaremos de tu pleito y de mis planes, y entonces te rogaré que
me dispenses lo que pueda haber de egoísmo en lo que ahora estás
contemplando como un fenómeno de cariñoso agasajo, poco común en la
historia de los hombres de mi talla.»
Don Silvestre era llanote y sencillo; oyó estas palabras con los oídos
del corazón, y todas las proposiciones del personaje fueron aceptadas,
menos la de sentarse á la mesa á distintas horas que él, pues de esta
suerte hubiera creído ofender la generosidad y delicadeza de su amigo.
Quedó pues, instalado en la casa el mayorazgo, revolviéndose en ella con
el mismo desembarazo que si en ella hubiese nacido. Los extremos se
tocan. La falta de aprensión de don Silvestre le prestaba la
desenvoltura que á veces no dan las preocupaciones del _gran mundo_.
Su primera salida quiso hacerla á pie: había ido á la corte para
enterarse de todo, y lo conseguiría mejor así que encerrado en un
carruaje. Afeitóse bien su barba de ocho días; vistióse una camisa,
cuyos cuellos, aunque doblados por arriba un par de dedos, le cubrían la
mitad de las orejas; cepilló y se puso su chaquetón pardo y su sombrero
de copa negro-verdoso; empuñó su bastón de acebo chamuscado; aseguróse
bien de que no falseaban las correas de sus zapatos de becerro, y dijo
al elegante secretario de su amigo, como si toda la vida le hubiese
tenido á su servicio:--Vamos andando.
Algo disgustaba al elegante ir convertido en cicerone de un ente tan
grotesco; pero la intimidad con que le trataba el personaje cortesano le
hizo ver en el de la aldea un mandarín inculto, una potencia electoral,
un reyezuelo de provincia. Su momentáneo desagrado se trocó bien pronto
en solicitud deferente y hasta respetuosa.
Nada de particular halló don Silvestre por las calles, fuera del ruido
de los carruajes y del incesante movimiento de la gente. Teníale el
estrépito ensordecido, y tan atolondrado, que tropezaba con todos los
transeuntes, y rompió siete cristales de otros tantos escaparates por
huir de los coches, pensando que le atropellaban. El secretario estaba
en ascuas, y lo estuvo más cuando notó que los cuellos del solariego y
su cara avinatada llamaban la atención de muchas personas. El mayorazgo,
afortunadamente, no lo conocía, pues descansaba en la persuasión de que
«en Madrid todo pasa».
Al retirarse, al anochecer, y bajo una temperatura africana, don
Silvestre se achicharraba, y quiso refrescar. Entraron en un café. El
secretario pidió un sorbete; su acompañado, ignorando lo que aquello
sería, pidió otro. Sirviéronles los sorbetes. El de Madrid descogolló el
suyo de un bocado, con la mayor limpieza imaginable; el aldeano, que
desde que vió llegar los refrescos vacilaba en el modo de acometerlos,
imitó á su compañero, ¡en mal hora para el desdichado! Lo mismo fué
hincar sus dientes en el gélido amasijo, que revolverse en el café el
ruido de un huracán. La inesperada impresión del frío del sorbete
produjo en don Silvestre los efectos más estrepitosos.
Del primer resoplido, al morder el helado, fué éste con la copa hasta la
mesa inmediata; y como el que ha tragado polvos de salbadera, Seturas
escupía, se sonaba las narices y gritaba pidiendo agua, empeñado el
iluso en que _aquello abrasaba_; y, por último, comenzó á estornudar ...
¡pero de qué modo!: cada estornudo era un cañonazo bajo los relucientes
techos del café, acompañando á cada explosión una lluvia menuda que fué
la delicia de los inmediatos parroquianos, durante las quince ó veinte
veces que las mucosas de don Silvestre le dijeron «agua va». El
estrépito duró un par de minutos.--Cuando las detonaciones se hicieron
más débiles y más tardías, como las de una tormenta que se va alejando,
la atención pública, hasta entonces en suspenso, comenzó á agitarse,
cruzándose entre los parroquianos sonrisas, carcajadas y epigramas, que,
afortunadamente, no comprendió el que era objeto de ellos; antes al
contrario, pensando sólo en el fatal efecto del sorbete, y durándole aún
la sed, comenzó á sacudir garrotazos sobre la mesa y á llamar con toda
la fuerza de sus pulmones.
Un mozo se presentó, no poco alarmado con el estrépito.
--¿Qué demonios se puede tomar aquí para quitar la sed, que no se
parezca á esa _melecina_ condenada que me has dado?--le preguntó el
mayorazgo, señalando el estrellado sorbete.
--Lo que usted pida, señor--contestó el otro, luchando por contener la
risa.
--Pues tráete ... media de tinto.
--¡De tinto! ¿Cómo?
--¿Cómo? En _sangría._
--No le entiendo á usted--dijo el mozo, trocando su sonrisa en expresión
de sorpresa.
--Pues la cosa es bien sencilla--añadió el mayorazgo:--¿no hay aquí
agua?; ¿no hay _azúcara_?; ¿no hay rioja?... ¿Pues qué taberna de los
demonios es ésta?
Algo como carcajada estalló entre los concurrentes del café; y en
seguida comenzaron los epigramas y los apóstrofes más cáusticos. Hubo
para los cuellos del mayorazgo, hubo para su _colmena_, para su cara,
para su garrote, y hubo ... que contener á don Silvestre, que,
embravecido como un toro con aquellas banderillas que tan inhumanamente
ponía á su inofensivo desparpajo cerril la intransigente civilización,
quiso acometer á garrotazos á aquella turba de enclenques, famélicos,
petardistas, vagabundos y tahures que poblaban el salón, disfrazados de
_personas decentes_.
En medio del aturdimiento consiguiente á la escena en que acababa de ser
actor, don Silvestre, al marcharse, en lugar de salir por donde entró,
se fué hacia la sala de los billares: su acompañante, que temía otro
escándalo, le llamó; pero ya era tarde. Una vez en ella se olvidó de lo
pasado ante el aspecto de las bolas de marfil, cuyos choques le
admiraron como á un niño; y más que las bolas, la locuacidad de un joven
de rizadas patillas, gafas y pelo escarolado, que al paso que jugaba
carambolas con otro aficionado, era el deleite de los cien curiosos que
rodeaban la mesa, sentados sobre duras banquetas, con una profusión de
chistes y una procacidad tan verde y desaliñada, que en un cuartel de
blanquillos no le hubiera valido menos de un mes de cepo ó una carrera
de baquetas.
Don Silvestre no se extrañaba tanto de la desvergüenza del elegante
jugador como del eco que en la concurrencia hallaban sus torpezas;
parecíale insoportable la impudencia del uno, pero mucho más
imperdonable la aquiescencia de los otros.
Y como desconocía el verdadero valor de aquellas baladronadas, tomábalas
muy á pechos, y hasta resuelto estuvo á interpelar muy seriamente al de
las patillas, cuando le ocurrió preguntar á su acompañante, aún
preocupado con el lance del sorbete, qué clase de hombre era aquél que
tan bien manejaba la lengua.
--El redactor principal del _N_ ...--le contestó el
secretario,--director de una sociedad filantrópica, caballero de Carlos
III, por una oda dedicada al rey; socio honorario de todos los clubs
revolucionarios de París, por una elegía á Marat....
--¡Redactor del _N_!...--exclamó admirado el interpelante.--¿Entonces
hay en Madrid dos periódicos de ese nombre!
--No, señor don Silvestre.
--¡Jesús me valga! ¿Con que es decir que aquel periódico que yo leía en
mi lugar con tanta fe, está escrito por este hombre; y aquellos
artículos en que tanto se clamaba por el orden, por la moralidad, por el
bien de los pueblos, eran dictados por un anarquista cínico y
desmoralizado? ¿Conque esas palabras de humanidad, filantropía,
compañerismo, religión, hogar, derechos, lejos de ser una verdad en
semejantes periódicos, son una burla sacrílega, un insulto á Dios y á
los hombres, una explotación innoble de la pública buena fe?
El secretario se encogió de hombros por toda contestación, como
diciendo: «este mozo ha estado en el limbo, cuando á su edad ignora lo
que aquí saben los chicos de la escuela»; pero don Silvestre, que no
entendía de mímica, no supo traducir aquella expresión; y careciendo de
otra respuesta, por no _romperse el alma_ (son sus palabras) con el
periodista, rogó á su acompañante que se fueran á la calle.
No deseaba éste otra cosa.--Media hora después, limpiándose el sudor con
su pañuelo de percal aplomado, hacía don Silvestre en casa de su amigote
un resumen exacto de los acontecimientos de su primera salida por las
calles de la corte.
V
El primer consejo que le dió el personaje fué el siguiente: «tanto para
que te presentes con la debida decencia en los sitios que deseas ver,
como para quitar todo motivo á las burlas de la gente, debes vestirte á
la moda, porque, amigo mío, _dum Roma fueris_ ... lo que sigue».
Por más que á don Silvestre repugnara el desprenderse de sus cómodos
hábitos, al día siguiente tuvo que empaquetarse en los nuevos que le
trajeron de una elegante ropería; pero como el diablo las carga, si
bien, con trabajillos y todo, parecieron pantalón, levita, chaleco y
sombrero, para las piernas, tronco, cuello y cabeza hercúleos de don
Silvestre, no hubo un par de botas para sus pies en toda la corte,
pues, como decían los zapateros á quienes se acudió, «hormas de tal
tamaño no se hacían en Madrid sino de encargo».
De aquí resultó un chocante contraste: lo fino de los pantalones con lo
grosero de los zapatos viejos del mayorazgo, que nunca vieron más lustre
que el que les daba una corteza de tocino frotada sobre ellos cada ocho
días. Y si á dicho contraste se añade el que formaba todo el don
Silvestre con su equipaje, al que desaliñaba más y más metiendo los
dedos de sus manos entre el pescuezo y la corbata que le molestaba,
hasta dejar ésta debajo del cuello de la camisa, dígame el lector qué le
pasaría al pobre hombre cuando en semejante arreo se echó á la calle,
sin escuchar los consejos del amigote ni las protestas del elegante guía
que, sin el miedo de perder su destino, se hubiera negado á acompañarle.
Sucedióle, claro está, que no bien se hubo mostrado al público cuando
éste la tomó con él. Primero le miraron, después se sonrieron, hasta
concluir por interpelarle irónicamente, y por reirse á sus barbas. Pero
este nuevo insulto colmó la medida del sufrimiento de don Silvestre.
--«¡Canario!--exclamó al hallarse en medio de un grupo de
calaveras;--conque ayer, porque iba al uso de mi tierra, os reíais de
mí; y hoy que, por complaceros, me visto como vosotros, me toreáis
también, sin duda porque no sé llevar esta librea. Pues tanto, tanto, no
lo sufrió jamás un Seturas.»
Y, sin otras explicaciones, largó una bofetada al más cercano, á quien
metió de cabeza en el escaparate de una pastelería. Hubiera acometido á
los restantes; pero al volverse hacia ellos ya habían desaparecido. Si
todos los calaverillas madrileños hubieran presenciado esta escena, es
más que probable que el mayorazgo no hubiera tenido que sentir más en
igual género; pero como no todos los susodichos traviesos estaban allí
cuando la primera bofetada, tuvo que pegar la segunda un poco más abajo,
y la tercera más adelante, hasta que juzgó prudente ir á vestirse con su
traje provincial, renegando de la independencia madrileña y de la
educación y tolerancia de las «personas decentes».
Con este desencanto sobre su alma, y envuelto en el burdo ropaje de sus
mayores, con el que, si no iba elegante, andaba sumamente cómodo, echóse
á ver lo que le faltaba; empresa que consumiremos, en la imposibilidad
de seguir al mayorazgo paso á paso y en cada una de sus impresiones.
Siendo la política su caballo de batalla, después de ver en los cafés
que todos los periódicos que leía decían de sí propios lo mismo que el
del cirujano de su lugar escribía de sí mismo y de su partido, es decir,
que eran unos santos, al paso que renegaban de todos los demás, fuese al
Congreso, donde esperaba oir aquellos discursos que, impresos, le
admiraban, y aquellos hombres que, pronunciándolos, le parecían
semidioses ó criaturas de distinta naturaleza, forma y color que el
resto de la humanidad. Mas, ¡oh desengaño!, en el palacio de las leyes
halló de todo menos discursos. Presenció en el seno de la Asamblea
nacional _disputas_ acaloradas, y encontró en los diputados unos hombres
de talla común, que tenían el mismo prurito que los periódicos: la
inmodestia de decir cada uno de sí propio, _córam pópulo_, lo que todos
los demás les negaban: que eran lo mejorcito de la casa, y de lo poco
que en virtudes cívicas, y hasta domésticas, se encontraba por el mundo.
De aquí resultaba mucho de:--«¿Qué has de ser tú?--Más que tú.--Tú lo
serás de lengua.--Esa es la que á ti te sobra.--Pues á mí nunca me han
perseguido por revoltoso.--Justo, porque en ti es de familia ser un
mátalas-callando.--¡Al orden!--No me da la gana»,--etc., etc. Preguntó,
con este motivo, si había dos Congresos de diputados en Madrid, y que en
dónde se pronunciaban aquellos discursos tan arregladitos y tan
elocuentes que él acostumbraba á leer; y cuando supo algo de lo que
pasaba en la _redacción_ del _Diario de Sesiones_:--«¡Cáscaras!--dijo,--pues
con un buen _redactor_, también habría oradores en el concejo de mi pueblo.»