I
Don Silvestre Seturas tenía cuarenta años de edad, _plus minusve_, y era
todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un
mayorazgo montañés que no ha salido nunca de su aldea natal más allá de
un radio de tres leguas, cabalgando en el clásico cuartago, al consabido
trote _cochinero_, como dicen por acá, ó al _paso de la madre_,
expresándonos según los cultos castellanos ... de Becerril de Campos.
El mayorazgo de don Silvestre se componía de la casa solariega con
_portalada_ y escudo de una hacienda, cerrada _sobre sí_, de setenta y
cinco carros de tierra, mitad labrantío, mitad prado con algunos
frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre,
y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y
cuarenta ó cincuenta reses de varias clases, en aparcería; todo lo cual
venía á proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos á tres mil
reales, si no abundaban mucho las celliscas, ó no se desarrollaban en la
cabaña la papera ó el _coscojo_; pues en los años de estas calamidades,
lejos de percibir un real de sus colonos, tenía que adelantarles, para
siembras y labores, sus pocas economías, si había de recaudar en lo
sucesivo algunos maravedís. Todo esto tenía don Silvestre; y digo mal:
tenía también un pleito que le consumía la mitad de sus rentas, hubiera
ó no celliscas, paperas ó coscojo; pues el abogado trabajaba _á subio_,
y en sus minutas no cabía más enfermedad que la polilla, la cual evitaba
perfectamente renovándolas con frecuencia y poniéndolas bajo el amparo
de los haberes de su defendido.
Y no se vaya á creer que este agujero del bolsón patrimonial apenaba al
solariego; nada de eso. Seturas pleiteaba con la desdeñosa tenacidad de
todo buen montañés, para quien nada supone el bollo cuando se trata del
coscorrón; lo propio hizo su padre, muerto gloriosamente de un sofocón á
la puerta de la Audiencia, por llegar á tiempo á presenciar la
quincuagésima-octava vista del proceso. Y aquí debo advertir que este
pleito era de abolengo é inherente al patrimonio de los Seturas, quienes
le defendían como punto de honra solariega, habiéndose jurado de
generación en generación, las siete que contaba de fecha, gastar hasta
la última teja en la rehabilitación de un derecho que estaba tan claro
como la ley de Dios.
Y los Seturas tenían razón. Figúrense ustedes que el fundador del
vínculo, el primer Seturas, como premio de un anticipo que le hizo el
concejo para levantar una pared medianera que le derribó una invernada,
consintió en que le echasen una _rodada_ por un prado de quince carros,
lindante, de Norte á Sur, con una cambera demasiado estrecha y que, por
lo mismo, era inútil para el servicio público, toda vez que no consentía
ningún vecino de los lindantes con ella que se atropellasen sus
propiedades bajo el fútil pretexto de la comodidad del prójimo. Mientras
vivió el fundador, no se opuso nunca á que algunos de sus convecinos
pisasen con una rueda de las dos de sus carros la linde del prado de la
cuestión. El primer Seturas era lógico, aunque lo ignorase: mientras no
pagara el anticipo del concejo, el contrato con él celebrado estaba
vigente en todos sus términos, y el dicho fundador no pagó en su vida.
Pero murió éste de viejo, por más señas; y un sucesor que logró un par
de años en que hubo plaga de patatas y de alubias, consiguió pagar el
anticipo hecho á su ascendiente, sin desmembrar el mayorazgo,
reclamando al mismo tiempo la extinción del compromiso de la rodada.
Entonces el vecindario, que se evitaba un gran rodeo para servir la
llosa yéndose por la linde del prado de los Seturas, reunido en sesión y
asesorándose de un procurador, contestó al mayorazgo que estaba bien lo
del dinero; mas que en cuanto á lo de la rodada:
«_Visto_ que en la obligación del primer Seturas no aparecía término
alguno para su compromiso;
»_Vista_ la necesidad que tenía la llosa de servirse por aquella
cambera; y
»_Visto_, por último, que ninguno de los vivientes del lugar la había
servido por otra parte, y que la costumbre hacía ley; y
»_Considerando_ una barbaridad y una injusticia que, aun en caso de
tener Seturas alguna razón, se emplease ésta en exigir á los hijos el
pago de las torpezas de sus padres, tenía á bien desestimar su
pretensión, aconsejándole que se conformara con el fallo y no se metiera
en más honduras, no hiciera el diablo que le reclamasen el cambio de
algunas columnarias que había entregado borradas entre las restantes
monedas de pago.»
Seturas dijo que nones; pero fué condenado en juicio verbal á dejar la
rodada por su linde ... y á dar al concejo tres duros claros de á
veinte, por doce columnarias borradas. Entonces se armó la gorda. El
mayorazgo protestó contra el acuerdo del concejo, y acudió á un abogado
que apoyó sus razones y se comprometió á defenderle en el litigio que se
entabló en seguida. Cayeron los primeros autos sobre la mesa,
agregáronseles otros nuevos; y cose que te cose fojas y más fojas, murió
este cuarto Seturas, y después el Seturas quinto, y vino el sexto de la
familia solariega, que ni por morir al pie, como quien dice, del
proceso, consiguió adelantar la causa más que sus antecesores que no la
movieron un punto; y por último, entró en posesión del vínculo nuestro
don Silvestre que, por de pronto, fué tan poco feliz como sus abuelos en
el asunto de la rodada, y mucho más desgraciado que todos ellos, por ser
el que recibió la herencia más mermada con el perpetuo y cada vez más
ancho desaguadero de la curia.
Sabida esta última circunstancia económica, y teniendo presente que don
Silvestre no carecía completamente de sentido común, no parecerá muy
extraño que á la edad en que todos sus progenitores contaban por lo
menos un heredero, él permaneciese célibe y con ciertos síntomas de
recalcitrante. Efectivamente, don Silvestre comprendió al punto que su
hacienda era harto exigua para cubrir con ella todas las necesidades de
una familia, si no había de descuidar las exigencias de su pleito: para
que no se extinguiera en él la raza de los Seturas legítimos, tenía que
transigir con el concejo. Don Silvestre no vaciló.--«Piérdase la casta,
dijo; pero adelante el pleito.»
Y aquí tiene el elector, dibujada á grandes rasgos, la perspectiva
exterior, digámoslo así, de don Silvestre Seturas, pocos años antes de
la ocasión en que se le presento.
Pero en la vida moral de este personaje hay algunos detalles que no
deben ignorarse, si han de admitirse dos aseveraciones: una, de sus
convecinos, que era el más listo de los Seturas, y otra, de su ama de
gobierno, que no era últimamente, en genio y en saber, como ella le
había conocido.
El padre de don Silvestre, ya por no tener más que un hijo, ya porque
viera en él, aguzándole un poco, un instrumento más para el triunfo de
sus hollados derechos, determinó mandar á su retoño á la villa inmediata
para que estudiara latín con un dómine de torva catadura y de tantas
narices como fama, y no era chato. Allí, á fuerza de linternazos y
conjuros, que tanto podían significar sistema en el maestro como torpeza
en el discípulo, aunque en este caso hay datos para creer que era por lo
primero ... casi tanto como por lo segundo, llegó el joven Seturas á
construir oraciones de _activa_ con _de_. Siete meses después de haber
vuelto por _pasiva_, una de ellas sin trocar el tiempo del verbo
auxiliar, escribió á su padre que antes de un año sabría hacerlas de
_relativo_ compuestas, ó que perdería las orejas (cosa nada increíble
según el dómine se las trataba); pero el desventurado padre no tuvo la
dicha de admirar el aprovechamiento de su hijo, porque le sorprendió la
muerte á la puerta de la Audiencia teniendo la carta en el bolsillo.
Pudo haberla leído antes de salir de casa, cuando la recibió; pero los
minutos que en ello tardara los perdía en la vista; y «todo buen
Seturas--como él decía,--antes que á sus hijos, se debe á su pleito».
Este acontecimiento varió la faz de las cosas, y el púbero Silvestre fué
llamado á su pueblo para arreglar la testamentaría. Su tutor, y tío á la
vez, decidió que no estudiara más, pues, para mayorazgo, bastante sabía;
y porque, por otra parte, la soga no estaba para muchos
tirones.--Quedóse Silvestre en su lugar.--Aunque en la lengua de Tácito
no hiciera grandes progresos, pudo, no obstante el poco tiempo que
estuvo con el dómine, vencer la repugnancia tradicional de la familia á
la lectura de todo documento que fuese extraño al pleito. Esto no lo
conoció Silvestre mientras estudiaba; pero sí durante el primer año de
su orfandad, bostezando, panza arriba, dondequiera que hallaba un palmo
de sombra; enfermedad que le hizo recurrir al _Nebrija_ como á un
camarada antiguo. Repasando _declinados_ y echándose oraciones á sí
mismo, tuvo que hojear el _Tesauro_ de Requejo y el _Calepino_, para
traducir los ejercicios de Orodea. Como esto no le divertía gran cosa,
aunque le aficionaba más á la lectura, rebuscó la casa y halló el
_Electo y Desiderio_. El estilo de este libro patriarcal le formó cierto
gusto para el diálogo; y amando, como joven, la intriga, el enredo y los
desenlaces sorprendentes, dióse á _Bertoldo_ con todas las potencias de
su alma. Por desgracia, la biblioteca de familia no constaba de más
volúmenes que los citados y algunos montones de copias de escrituras, y
el tutor no quería dar un maravedí para la adquisición de otro libro que
el calendario; así es que cuando el joven Seturas, al cabo de dos años,
comenzó á fastidiarse de sus libros, que ya sabía de memoria, no pareció
en todo el lugar más que un _Fr. Junípero el de la panza gorda_, que le
sacó, por unos días, de aquella galbana perruna que le amagaba otra vez,
y á la cual propendía notoriamente. Y como amaba por sistema los libros,
á falta de otro mejor adquirió una baraja. Lo primero que aprendió con
ella fué el _tute arrastrado_, y después el _mus_. Al principio jugaba
de capirotazos y vueltas _á riquicho_ con sus contemporáneos, mientras
guardaban el ganado; después jugó los pocos cuartos que tenía, y en
cuanto ganó una peseta, se fué un domingo al _corro_, acusó las cuarenta
al cura en una sección de tute, echó en otra de mus un _órdago á la
mayor_ al secretario del concejo, y se armó para toda la semana. Desde
entonces ya no se aburría. Poco después, debido tanto á su precoz
desarrollo como á su categoría de mayorazgo, fué admitido en el corro de
bolos, donde no tardó en hacer un _emboque cerrado, al pulgar_, desde el
ultimó _pás_. Los mejores jugadores declararon que, si bien no _las
borneaba_ gran cosa, en cambio tenía mucho brazo, y que prometía. Quedó,
por lo tanto, admitido entre los jugadores del lugar. Con esto y lo
antedicho de los naipes, ya tuvo más de lo suficiente para dar expansión
á su inteligencia, mientras la ley no le autorizase para disponer de su
mayorazgo, sin necesidad de diálogos, ni de grecolatinos, ni de tumbarse
detrás de cada tapia y bajo cada rama.
Llegó por fin el anhelado instante. Don Silvestre cumplió los
veinticinco y entró en posesión libre de sus bienes.... Por cierto que,
al entregarle su tutor las cuentas, de poco se arma otro pleito sobre no
sé qué raspaduras hechas en los libros.