Como quiera que no sea el objeto principal de este artículo retratar al
hijo mayor del tío Jeromo, hago caso omiso de todo el diálogo promovido
por su despecho contra el mayorazgo, y vamos á seguir con nuestro asunto
comenzado, asistiendo á la cena de esta honrada familia en la noche de
Navidad.
Después que el estudiante retira del fuego el puchero del guisado para
que el calor de la lumbre le seque á él el lodo de los pantalones, y
cuando su hermana ha recogido con gran esmero el balandrán y las
camisas, toma aquél el jarro de la leche, ya que el papel del azúcar le
tiene su padre, y se dispone á auxiliar á su madre y á su hermana en la
preparación de las tostadas, amenizando el trabajo con el relato de sus
proezas y aventuras de estudiante.
Cuando cada manjar «le puede comer un ángel» de bien sazonado que está,
como dice la tía Simona, y todos ellos quedan cuidadosamente arrimados á
la lumbre para que se conserven en buena temperatura, precédese á otra
operación no menos solemne que la cena misma: poner la mesa _perezosa_.
Esta mesa se reduce á un tablero rectangular sujeto á una pared de la
cocina por un eje colocado en uno de los extremos; el opuesto se asegura
á la misma pared por medio de una tarabilla. Suelta ésta, baja la mesa
como el rastrillo de una fortaleza, y se fija en la posición horizontal
por medio de un pie, ó tentemozo que pende del mismo tablero.
La perezosa no se usa en las aldeas más que en el día del santo
patrono, en la noche de Navidad en la de Año Nuevo y en la de Reyes, ó
cuando en la casa hay boda.
Por eso no debemos extrañarnos del estrépito que se arma en la cocina
del tío Jeromo al hacerse esta operación.--«¡Que no se te
caiga!--¡Ayúdame por esta banda!--¡Quita ese banco!--¡Apaña esa
cuchara!--¡Allá va!--¡Que está torcía!--¡Calza de allá!--¡Fuera esa
pata!» Poco menos alboroto y mayores precauciones que si se botara al
agua un navío de tres puentes.
Puesta la mesa y sobre ella los manjares, y echada la bendición por el
estudiante, dejaremos á la familia cenar con toda libertad: es
operación, salvas algunas leves diferencias de forma en los cubiertos y
de fuerza de masticación, que todos hacemos lo mismo. Además, nuestra
presencia tal vez impidiera al buen Jeromo sorber la salsa que queda en
la cazuela del guisado, y á su mujer pasar el dedo por la tartera de las
tostadas para rebañar el azúcar, y al seminarista apurar «hasta verte,
Jesús mío», el vaso de vino blanco.
Volvamos á la misma cocina una hora más tarde.
Todos están más locuaces que antes, y hasta el viejo labrador ha
desarrugado su habitual entrecejo. El rapazuelo ronca tendido sobre un
banco, y el estudiante habla en latín y asegura que si entonces pillara
al mayorazgo, ¡ira de Dios!... La tía Simona canta por lo bajo:
«Esta noche es Noche-Buena
y mañana Navidad;
está la Virgen de parto
y á las doce parirá.»
Su hija se dispone á hacerle el dúo, cuando se oye en el corral un coro
de relinchos y un ruido sobre los morrillos, como si avanzaran veinte
caballos.
--¡Ahí están los ladrones!--diría en tal caso un ciudadano alarmado.
Pues, no señor, son los _marzantes_, es decir, dos docenas de mocetones
del lugar que andan recorriéndole de casa en casa. El ruido sobre los
morrillos y los relinchos los producen las almadreñas y los pulmones de
los mozos.
Este acontecimiento hace en los personajes de la cocina un efecto
agradabilísimo; callan todos como estatuas y se disponen á escuchar.
--Vaya, _señor don_ Jeromo--dice una voz en falsete para disfrazar la
verdadera, desde el portal:--á ver esas costillas que se están curando
en el _varal_; esos ricos huevos de la gallina pinta que cacareaba en el
corral, por, por, por, poner, por, ¡poner!... ¡Que sí!... ¡Vaya, que
sí!...
El coro contesta con relinchos á esta primera tirada de _algarabía_,
que así se llama técnicamente la introducción de los marzantes, y vuelve
á continuar la voz pidiendo «morcillas en blanco, ó aunque sea en
negro», y otras cosas por el estilo, hasta que concluye diciendo:
--¿Qué quiere usted?; ¿que cantemos ó que recemos?
--Que recen--dice Jeromo.
--¡Que canten, cóncholes!--replica el estudiante,--que á mí me gustan
mucho las marzas.... ¡Ea, á cantar!--añade luego, abriendo una
rendijilla, nada más, de la ventana.
Esta orden es acogida afuera con otro coro de relinchos, y al punto
comienzan á cantar los marzantes, en un tono triste y siempre igual, un
larguísimo romance que empieza:
«En Belén está la Virgen
que en un pesebre parió;
parió un niño como un oro
relumbrante como un sol....»
y concluye:
«Á los de esta casa
Dios les dé victoria,
en la tierra gracia
y en el cielo gloria.»
Esta copleja tiene esta otra variante que los marzantes suelen usar
cuando no se les da nada, ó cuando se les engaña con morcillas llenas de
ceniza:
«Á los de esta casa
sólo les deseo
que sarna perruna
les cubra los huesos.»
Los pesados lances á que esta jaculatoria suele dar lugar, y los nada
ligeros que se suscitan siempre al fin de la velada cuando van los mozos
_á comer las marzas_ á la taberna, ya encontrándose con los marzantes de
otro barrio, ó ya provocando á algún vecino, es sin duda la causa de que
disfrace la voz el que pide y de que guarden asimismo el incógnito todos
sus compañeros.
Pero en casa de Jeromo no se engaña á nadie, y la tía Simona alarga
media morcilla de manteca á los marzantes; y éstos, después de echar la
primera copla, se marchan relinchando de placer.
La familia tira los últimos golpes á la cena, agótanse los jarros de
vino, y el chicuelo despierta preguntando por los marzantes. Cuando sabe
que se han marchado, alborota la cocina á berridos, dale su padre un par
de guantadas, interpónense el seminarista y su madre, apágase la lumbre,
oscila la luz del candil, dormita la moza, maya perezoso el gato,
cáesele la pipa más de una vez de la boca al tío Jeromo, habla torpe
sobre los fenómenos de la luz el seminarista; y cuando los relinchos de
los marzantes se escuchan lejanos, hacia el fin de la barriada, desfila
al paso tardo y vacilante la familia del tío Jeromo á buscar en el
reposo del lecho el fin de tan risueña y placentera velada.
La tía Simona sale la última; y mientras se lamenta de haber dejado de
rezar el rosario por causa del jaleo, y jura que al día siguiente ha de
rezar dos, guarda en el arcón que ya conocemos los despojos del pan, del
azúcar y de la manteca, para que en el primer día de Pascua pueda la
familia, «manipulándoselo bien», recordar, con algo más que la memoria,
la noche de Navidad.