No vaya á creerse que el tío Jeromo, porque tiene un hijo estudiante, es
hombre rico tomada la palabra en absoluto; el marido de la tía Simona
tiene, para labrador, _un pasar_, como él dice. Pero en la familia hay
una capellanía que ningún varón ha querido, y el tío Jeromo sacrificó de
buena gana algunas haciendas para ayudar á costear la carrera á su hijo
mayor y asegurarle la pitanza, ordenándole á título de aquélla, cuyas
rentas, por sí solas, no alcanzaban á tanto. Eso sí, y bien claro se lo
solfeó á su hijo:--«Si llegas á gastar los cuartos que me valieron las
tierras sin cantar misa, Dios te la depare buena, porque, lo que es yo,
te abro en canal.»
Contribuyó mucho á que el chico entrara en el Seminario, el consejo del
mayorazgo de la Casona. Este sujeto había estudiado un poco de latín en
sus mocedades, y era tan pedante, que sólo por tener alguno con quien
lucir su sapiencia, insistió con tío Jeromo un día y otro día hasta que
logró decidirle á que su hijo aprendiera _latinidades_. Y tan obcecado
es el mayorazgo en su saber, y tal es su pedantería que, ingresado ya el
primogénito del tío Jeromo en el Seminario, varias veces ha querido
renunciar á las vacaciones por no hallarse cara á cara con el vecino,
que le asedia con latinajos _arrevesaos_, como dice el estudiante.
Huyendo, pues, de encontrarle en alguna calleja ó sentado en el banco
del portal de su padre, como suele estar todos los días, el seminarista
ha salido tarde de su celda con el objeto de entrar de noche en el
pueblo; y esto es lo que explica su tardanza, que ya va metiendo en
cuidado á la tía Simona.
Pero lo que ésta no sabía, ni sospechar pudo el mismo estudiante, fué
que, habiéndose éste sentido con sed y decidido á echar _medio en
sangría_ en la taberna del lugar, que halló al paso, huyendo de la
máxima de su padre de que «el agua cría ranas», lo primero con que
tropezó, antes que con el tabernero, fué el mayorazgo, el cual, al
guiparle, le enjaretó un «_amice, ¿quo modo vales?_» que quitó al
estudiante hasta la sed.
--¡Cóncholes con el hombre!--murmuró el interpelado, recogiendo otra
vez el lío de ropa ó sea el balandrán y dos camisas sucias, que había
puesto sobre un banco al entrar en la taberna.
--_¿Unde venis? ¿Quórsum tendis?_
--¡Jeringa, digo yo!; que traigo andadas cuatro leguas á pie, y no estoy
pa solfeos de esa clase. Queden ustedes con Dios.
--Aguárdate hombre. ¡Que siempre has de ser arisco!
--Y usté preguntón. Y es que el mejor día le echo una _zurriascá_ de
latín que no se la sacude en todo el año.... Porque yo también.... Pues
si le entro á teología, veremos ónde usté se me queda.
--_Parce miqui, incipiens sa-cerdo._
--Cuidado con la lengua, le digo, que aunque parece que no entiendo, ya
sé traducir.... ¡Y si se me hincha la paciencia!...
--Eres un pobre hombre y no tienes nada del _virum fortem_.... No corras
tanto, ¡caramba! ¡Tras de que deseo acompañarte hasta tu casa!...
De poco sirvió al mayorazgo esta reprensión. El seminarista apretó el
paso, renegando de su mala estrella; dejó á medio camino al importuno, y
no paró hasta la cocina de su padre, donde se presenta con el humor más
perro del mundo.
--¡Cóncholes, qué hombre!--exclama por todo saludo al hallarse entre la
familia.
--Pero ¿qué te pasa?--dice el tío Jeromo.
--¡Qué me ha de pasar? Ese fantasioso de mayorazgo..., ¡siempre con su
latín!
--¿Y qué cuidao te da á ti? ¿No has estudiao tres años ya? ¿Por qué no
le contestas?
--Porque no soy tan jaque como él.... Y luego él ha estudiado por otro
arte. El mío no trae todas esas andróminas que él sabe.... ¡Cóncholes!,
como quisiera entrarme á _piscología_ ... ¡sé más de ello!
--¿Y cuándo cantas misa?--añade la tía Simona cayéndosele la baba y
mientras contemplan de hito en hito al estudiante sus dos
hermanos.--Mira que el lugar está perdío.... El señor cura es tan
viejo....
--Y que no sabe una palabra, madre. ¡Si fuéramos nusotros! ¡Cóncholes,
cuánto aprendemos! Verán que sermones echo los días señalados....