LA LEVA

I

Enfrente de la habitación en que escribo estas líneas hay un casucho de

miserable aspecto. Este casucho tiene tres pisos. El primero se adivina

por tres angostísimas ventanas abiertas á la calle. Nunca he podido

conocer los seres que viven en él. El segundo tiene un desmantelado

balcón que se extiende por todo el ancho de la fachada. El tercero le

componen dos buhardillones independientes entre sí. En el de mi derecha

vive, digo mal, vivía hace pocos días, un matrimonio, joven aún, con

algunos hijos de corta edad. El marido era bizco, de escasa talla,

cetrino, de ruda y alborotada cabellera; gastaba ordinariamente una

elástica verde remendada y unos pantalones pardos, rígidos, indomables

ya por los remiendos y la mugre. Llamábanle de mote el _Tuerto_. La

mujer no es bizca como su marido, ni morena; pero tiene los cabellos tan

cerdosos como él, y una rubicundez en la cara, entre bermellón y

chocolate, que no hay quien la resista. Gasta saya de bayeta anaranjada,

jubón de estameña parda y pañuelo blanco á la cabeza. Los chiquillos no

tienen fisonomía propia, pues como no se lavan, según es el tizne con

que primero se ensucian, así es la cara conque yo los veo. En cuanto á

traje, tampoco se le conozco determinado, pues en verano andan en cueros

vivos, ó se disputan una desgarrada camisa que á cada hora cambia de

poseedor. En invierno se las arreglan, de un modo análogo, con las ropas

de desperdicio del padre, con un refajo de la madre, ó con la manta de

la cama.

El Tuerto era pescador, su mujer es sardinera, y los niños ... viven de

milagro.

En la otra buhardilla habita solo otro marinero, sesentón, de complexión

hercúlea, y un tanto encorvado por los años y las borrascas del mar. Usa

un gorro colorado en la cabeza y un vestido casi igual al de su vecino

el Tuerto. Tiene las greñas, las patillas y las cejas canas. No sé de

cierto cómo tiene la cara, porque es hombre que la da raras veces, y no

he podido vérsela á mi gusto. Se llama de nombre tío Miguel; pero

responde á todo el mundo por el mote de _Tremontorio_, corruptela de

_promontorio_, mote que le dieron en su juventud por su gigantea

corpulencia y por su vigor para tirar del remo contra corrientes y

celliscas. Á la edad que cuenta, lleva hechas dos campañas _de rey_; es

decir, le ha tocado la suerte de servir en barco de guerra, dos veces á

cuatro años cada una. La última campaña la hizo en la _Ferrolana_, y con

esta fragata dió la vuelta al mundo, con el cual viaje acabó de

conquistar el prestigio que le iban dando entre sus compañeros sus

muchos conocimientos como marinero, su valor, su buen corazón ... y sus

férreos puños. Se conserva soltero, porque entre su lancha, sus campañas

y sus redes, que teje con mucho primor, nunca le quedó un cuarto de hora

libre para buscar una compañera.

Por último, en el cuarto segundo habita un matrimonio contemporáneo del

tío Miguel; y si no tan robustos como éste, los dos cónyuges esta aún

más desaliñados que él, y tan canos, tan curtidos y arrugados. De este

matrimonio nació el Tuerto de la buhardilla, quien al lado de su padre

aprendió á tirar del remo, á aparejar sereña, á ser, en fin, un buen

pescador. El padre del Tuerto, tío _Bolina_ llamado, porque siempre al

andar se ladeó de la derecha, sigue, á pesar de sus años, bregando con

la mar, como el tío Tremontorio; y no por afición á ella, como diría muy

serio un poeta del riñón de Castilla ó de la Mancha, acostumbrado á

mandar las maniobras y á conjurar tormentas des de un escenario, ó en

el estanque del Retiro, sino porque viven de lo que pescan, y sólo

pescan para vivir exponiendo la vida cien veces al año en el indómito

mar de Cantabria, sobre una frágil lancha.

Dados estos pormenores, debo decir al lector, por si se ha sorprendido

al verme tan enterado de ellos, que ni yo los he buscado ni los

personajes descritos han venido á traérmelos: ellos, solitos, se han

colado por la puerta de mi balcón, de la manera más sencilla.

La aludida casa está separada de la en que escribo, por la calle, que no

es muy ancha; y mis vecinos, lo mismo en invierno que en verano, saldan

todas sus cuentas y ventilan los asuntos más graves, de balcón á balcón.

Por ejemplo:

Se acerca un día la hora de comer. En la buhardilla del Tuerto se oyen

gritos y porrazos de su mujer, y lloros y disculpas de los chiquillos

que los reciben.

No se ve la escena, porque lo impide el humo de la cocina que sale á

borbotones por el balconcillo, conductor único que para él hay en la

casa.

La mujer del tío Bolina está clavando unas _rabas_ de pulpo en la pared

de su balcón, para que se oreen. Su nuera aparece en el suyo, más

desaliñada que nunca, con la cara roja como un pimiento seco y con la

crin suelta, en medio de una espesísima nube de humo, ¡aparición

verdaderamente infernal!; saca medio cuerpo fuera de la balaustrada, y

con voz ronca y destemplada, grita, mirando al piso segundo:

--¡Tía!...

Debo advertir que este es el tratamiento que se da, entre la gente del

pueblo de este país, por los yernos y nueras, á las suegras.

La vieja del segundo piso, sin dejar de clavar las rabas, al conocer la

voz de su nuera, contesta de muy mala gana:

--¿Qué se te pudre?

--¿Tiene un grano de sal pa freir unas _bogas_?

--No tengo sal.

--Salú es lo que no había de tener usté--refunfuña la mujer del Tuerto.

--Vergüenza es lo que á tí te falta--gruñe, al oirlo, la vieja.--Y

sábete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.

--Ya me lo figuro, porque siempre fué usté lo mismo.

--Por eso te he quitao el hambre más de cuatro veces, ¡ingratona,

desalmada!

--Lo que usté me está quitando todos los días es el crédito,

¡chismosona, mas que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo que

reir, ya la había arrastrao por las escaleras abajo.

--Capaz serás de hacerlo, ¡bribonaza!; que la que no quiere á sus

hijos, mal puede respetar las canas de los viejos.

--¿Que no quiero yo á mis hijos!...; ¿que no los quiero!--ruge la de la

buhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.--¿Quién será

capaz de hacerlo bueno?

--Yo--replica con mucha calma la vieja;--yo que los he recogido muchas

veces en mi casa, porque tú los dejas desnudos y abandonaos en la calle

cuando te vas á hacer de las tuyas de taberna en taberna ...

¡borrachona!

--¡Impostora..., bruja!--grita al oir estas palabras, descompuesta y

febril, la mujer del Tuerto.--¿Yo borracha! ¿Cuántas veces me ha

levantado usté del suelo, desolladura? Y aunque fuera verdá, á mi costa

lo sería: á denguno le importa lo que yo hago en mi casa.

--Me importa á mí, que veo lo que suda el mi hijo pa ganar un peazo de

pan que tú vendes por una botella de aguardiente, en lugar de partirle

con tus hijos. Por eso los probes angelucos no tienen cama en que

dormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que poner; por eso no

tienes tú un grano de sal y me la vienes á pedir á mí.... Cómpralo,

¡viciosona!... Pero vienes tú de mala casta para que seas buena.

--Mi casta es mejor que la de usté, por todos cuatro costaos. Y yo en

mi casa me estaba. Él fué á buscarme.

--Nunca él hubiera ido...; bien se lo dije yo:--«¡Mira que esa es

_callealtera_ y no puede ser buena!»

--Los de la calle Alta tienen la cara muy limpia y se la pueden enseñar

á todo el mundo ... algo mejor que los de acá abajo...; ¡flojones, más

que flojones!, que se han dejao ganar tres regatas de seguido por los

callealteros.... Esa es la rescoldera que á usté le pica; pero por más

pedriques que echen en Miranda y más velas que pongan á los _Mártiles_,

San Pedruco el nuestro los ha de echar á pique.

--San Pedro no puede amparar nunca á gente tan desalmada como tú, y si

se perdieron las regatas, Dios sabe por qué fué.

--Por falta de puños, pa que usté lo sepa.

--Grita, grita más alto; que te lo oiga el tu marido que por allá abajo

asoma, y mira después ónde te metes.

--Yo digo la verdá aunque sea delante del mi marido--replica la de la

buhardilla, mirando de reojo á una esquina de la calle y bajando la voz

así que ve al Tuerto.

La vieja del segundo clava la última raba, y sin mirar hacia su nuera,

vase retirando del balcón, dejando fuera estas palabras:

--Anda, anda á prepararle la comida, ¡borrachona!

La aludida en ellas desaparece también, metiéndose furibunda por lo más

espeso de la columna de humo que sigue saliendo de la cocina después de

haber despedido á su suegra con estos piropos:

--¡Bruja, brujona!...; vaya á discurrir los cuentos que le ha de decir

al mi marido...; ¡chismosa, infamadora!

Antes de pasar más adelante, debe saber el lector que desde tiempo

inmemorial, existe entre los mareantes de la calle Alta y los de la del

Mar, barrios diametralmente opuestos de Santander, una antipatía

inextinguible.

Cada barrio forma cabildo aparte, y no han querido para los dos un mismo

patrono. San Pedro lo es de la calle Alta, ó _Cabildo de Arriba_, y la

calle del Mar, ó _Cabildo de Abajo_, está encomendado al amparo de los

santos mártires Emeterio y Celedonio, á cuyas gloriosas cabezas, de las

que se cuenta que llegaron milagrosamente á este puerto en un barco de

piedra ha dedicado, construyéndola á sus expensas, una bonita capilla en

el barrio de Miranda, dominando una gran extensión de mar.

Con estos datos no se extrañará ya que mis dos vecinas, después de

apostrofarse recíprocamente, como lo hacen en la primera parte del

diálogo transcrito, puedan hallar ofensivo á su dignidad el ser

callealteras ó el dejar de serlo.

Y prosigamos.

Llega á su casa el Tuerto. (Y adviértase que el humo se va disipando, y

no impide ya que yo vea la escena, con todos sus pormenores.) Quítase el

_sueste_, ó sombrero embreado, de la cabeza; coloca sobre un arcón viejo

el impermeable de lona que llevaba al hombro, y cuelga de un clavo un

cesto cubierto con hule y lleno de aparejos de pescar. Su mujer desocupa

en una tartera desportillada un potaje de berzas y alubias, mal cocido y

peor sazonado; pónelo sobre el arcón, y junto á él un gran pedazo de pan

de munición. El Tuerto, sin decir una sola palabra, después que sus

hijos han rodeado la tartera, empieza á comer el potaje con una cuchara

de estaño. Su mujer y los chicuelos le acompañan, por turno, con otra de

palo. Conclúyese el potaje. El Tuerto espera algo que no acaba de

llegar; mira á la tartera, después al fondo de la olla vacía, y, por

último, á su mujer. Ésta palidece.

--¿Ónde está la carne?--pregunta al cabo, con voz ronca, el pescador.

--La carne ...--tartamudea su mujer,--como ya estaba cerrada la tabla

cuando fuí á buscarla, no la traje.

--¡Mentira!... Yo te di ayer al mediodía dos reales y medio para

comprarla, y la tabla no se cierra hasta las cuatro. ¿Ónde tienes el

dinero?...

--¿El dinero?...; el dinero ... en la faltriquera.

--¡Bribona, tú la has hecho hoy ... y yo te voy á abrir en canal!--grita

exasperado el Tuerto al notar la turbación, cada vez más visible, de su

mujer.--Á ver el dinero, digo, ¡pronto!

La interpelada saca, temblando, unos cuartos de su faltriquera, y sin

abrir toda la mano, se los enseña á su marido.

--¡Esos no son más que ocho cuartos ... y yo te dejé veintiuno!... ¿Ónde

están los otros?...

--Se me habrán perdido...; que yo tenía los veintiuno esta mañana....

--No puede ser: yo te di dos reales en plata.

--Es que ... los cambié en la plaza....

--¿Qué ha hecho tu madre esta mañana?--pregunta rápido el Tuerto al

mayor de sus hijos, cogiéndole por un brazo.

El chiquitín tiembla de miedo, mira alternativamente á su padre y á su

madre, y calla.

--¡Habla pronto!--dice el primero.

--Es que me va á pegar madre si lo digo--contesta, haciendo pucheros, el

pobre chico.

--¡Es que si callas te voy á deshacer yo la cara de una guantá!

Y el muchacho, que sabe por experiencia que su padre no amenaza en vano,

á pesar de las señas que le hace su madre para que calle, cierra los

ojos y dice rápidamente, como si le quemaran la boca las palabras:

--Mi madre trejo esta mañana un cuartillo de aguardiente, y tiene la

botella escondía en el jergón de la cama.

El Tuerto, oída esta última palabra, tumba de un sopapo á sus pies á la

delincuente, corre á la cama, revuelve las hojas de su jergón, saca de

entre ellas una botellita blanca que contiene un pequeño resto del

delatado contrabando, vuelve con ella hacia su mujer, y arrojándosela á

la cabeza en el momento en que se incorporaba, la derriba de nuevo y

salpica á los chiquillos con el líquido pecaminoso. Gime, herida, la

infeliz; lloran asustados los granujas, y el iracundo marinero sale al

balconcillo renegando de su estrella y maldiciendo á su mujer.

Tío Tremontorio, que vino de la mar con Bolina y el Tuerto, se halla en

su balcón tejiendo red (su ocupación preferida cuando está en casa)

desde el principio de la reyerta de sus vecinos, y tirando de vez en

cuando un mordisco á un pedazo de pan y á otro de bacalao crudo,

manjares que constituyen su comida ordinariamente. No se da con el

Tuerto por advertido del suceso que acaba de ocurrir y del que se ha

enterado perfectísimamente, pues no le gusta meterse en lo que no le

importa; pero el irascible marido, que necesita dar salida al veneno que

aún le queda en el cuerpo, llama á su vecino, y de balcón á balcón

entablan este diálogo á grandes voces:

--Tío Tremontorio, yo no puedo con esta bribona, y voy á hacer un día

una barbaridá.

--Ya te he dicho que tienes tú la culpa desde un principio; en cuanto la

veías ceñir un poco, arriabas en banda....

--¿Y qué había de hacer yo si me paecía una santa de Dios?

--¿Qué habías de hacer? ¡Tiña!; lo que yo te decía siempre:--«Caza firme

y trinca bien; viento duro por la popa, y hala por avante.»

--¡Pero si no tiene ya un hueso en el cuerpo que no le haiga yo carenao

á golpes!

--¡Después que se le había podrió la maera, tiña!

--¡Me valga Dios, qué pícara!... ¿Qué va á ser de estas criaturas el día

que la suerte me saque de casa!...; porque el demonio no tiene por ónde

desechar á esta mujer. La semana pasá la entregué veinticuatro riales pa

que vistiera á los hijos...; ¿usté los ha visto?: pos tampoco yo. La

borrachona los consumió en aguardiente. Peguéla una trisca que la dejé

por muerta, y á los tres días me vende una sábana por media azumbre de

caña; dóila ayer veintiún cuartos pa carne, y bébelos tamién.... Y á too

esto, las criaturas esnudas, yo sin camisa, y sin atreverme, si á mano

viene, á echar un vaso de vino un día de fiesta.

--¿Por qué no la conjuras, tiña? Pué que sea _mal-dao_.

--¡Si llevo gastao, tío Tremontorio, un costao en esos amenículos!

Llevéla á má é tres leguas de aquí, á que un señor cura, que icen que

tiene ese previlegio, la echara los Avangelios; leyóselos, dióme una

cartilla bendecía y un poco de ruda, cosílo too en una bolsa, colguésela

al pescuezo, costóme la cirimonia al pie de un napolión..., y ná: al día

siguiente cogió una cafetera que no se podía lamber. Yo la he dao

aguardiente cocío con pólvora, que icen que es bueno pa tomar ripunancia

á la bebida, y á esta condená paece que le gusta más desde entonces. He

gastao en velas pa los Santos Mártiles, á ver si la quitan el vicio, un

sentío..., y como si callara.... Ya no sé qué hacer, tío Tremontorio, si

no es matarla, porque es mucho el vicio que tiene. Fegúrese usté que

dempués que la di el aguardiente con pólvora, la entró un cólico que

creí que reventaba. Como yo había oído que el aguardiente es bueno pa

quitar el dolor de barriga, poniendo por fuera unos paños bien empapaos

en ello, calenté en una sartén como medio cuartillo; y cuando estaba

casi hirviendo, llevélo así á la cama onde se estaba revolcando la muy

bribona. Mándola que tenga un poco la sartén mientras yo iba al arcón á

buscar unos trapos, vuelvo con ellos...: ¿creerá usté, puño, que ya se

había trincao el aguardiente de la sartén, abrasando como estaba?

¡Hombre, si esto es más que maldición de Dios!

--Pues, amigo..., tocante á eso..., ¿qué te diré yo? Cuando la mujer da

en torcerse, como la tuya, mucho palo; si con él no sale á flote, ó

échala á pique de una vez, ó cuélgate de una gabia.

--¡Si le digo á usté, hombre de Dios, que la he solfeao too el cuerpo á

leña; que le he puesto la cara á _morrás_ más negra que la tinta de un

magano!...

--Pues ahórcate entonces, y déjame en paz y en gracia de Dios tejer

estas mallas, que por no perder la paciencia no me he querido casar yo,

¡tiña, retiña!

--¡Mal rayo me parta treinta veces y media, y permita Dios que al primer

noroeste que me coja en la mar me coman las merluzas!... ¡Si pa esto

nace uno, valiérame más no haber nacío!... ¡Perro de mí, que no la hice

macizo antes de llegar á perder la pacencia y la salú por la grandísima

bribona!...

Y comiéndose los labios de coraje, métese el Tuerto en su buhardilla y

cierra la puerta del balcón.

El tío Tremontorio, sin levantar los ojos de su labor, le despide

canturriando con su áspera voz esta copleja:

«Por goloso y atrevido

muere el pez en el anzuelo;

porque yo no soy goloso

en paz y libre navego.»

Suponte ahora, lector, que estamos en un día de fiesta.

--¡Bolina!... ¡Bolina!--grita la voz de Tremontorio.

--¿Qué hay?--responde Bolina saliendo al balcón.

--Que no paso por esta cuenta; que á mí me falta dinero ... y que me

falta, ¡ea!

--¡Malos tiburones te coman! Yo no sé de qué te ha servío tanto como has

rodao por el mundo, que toavía no sabes contar los deos de la mano. ¿Qué

es lo que te falta ahora?

--Me falta, me falta ... yo no sé cuánto, pero me falta dinero.

--Si no dices más que eso.... ¿No ajustemos endenantes la cuenta más de

treinta veces? ¿No viste que no te faltaba ná?...

--Sí; pero en casa lo he pensao mejor, y no hay quien me saque de que

aquellos treinta riales....

--¡Dale con los treinta riales! ¿No te correspondían á ti diez duros por

la costera de la semana?

--Sí.

--¿No nos habían emprestao á ti, al mi hijo y á mí, un barril de

parrocha en la taberna del _Estrobo_?

--Sí.

--¿No costaba el barril setenta y dos riales?

--Sí.

--¿No te corresponden á ti veinticuatro?

--Sí.

--¿No debías además en la taberna, primeramente treinta cuartos de café

y copas, y luego dos riales y medio emprestaos?

--Sí.

--Pus veinticuatro y seis, treinta. ¿Cuánto tienes tú?

--Tengo, tengo ... dos y dos son cuatro..., cuatro ... cuatro de á

decinueve, primeramente.

--Bueno: pon una peseta con ellos.

--Ya está.

--Pus tendrás ahora cuatro duros.

--Cabales.... Ahora hay, por otro lao, dos pesetas en cuartos y dos

tarines.

--Que son diez riales; y ochenta que tenías antes, noventa.

--Noventa. Ahora me quedan cuatro peseta de á cinco, y ... uno, dos,

tres ... y dos, cinco ... y uno, seis...; seis medios duros, que son....

--Que son, que son...; teníamos antes noventa riales, que con las cuatro

pesetas de á cinco hacen, hacen ... noventa, y luego veinte.... Si

fueran diez serían ciento; ciento, y diez ... ciento diez.... Luego,

seis medios duros, que son tres.

--Y ciento diez, ciento y trece justos ... hasta doscientos que debían

de ser, ¡tiña!, mira si me falta dinero.... Y no te canses, Bolina, que

cuando yo digo una cosa, ¡tiña!...

--Pero, peazo de animal, déjame acabar.... Si too lo embrollas. ¿Quién

te ha dicho á ti que ciento diez riales y tres duros son ciento y trece

riales?

--Aquí y en Francia han sío siempre ciento diez y tres, ciento trece,

¡retiña!

--Sí; pero como esos tres son duros, y tres duros son sesenta riales,

será la cuenta ciento diez, y sesenta, ciento setenta.

--¿Y cuántos duros hacen?

--Media onza es lo mesmo que ciento sesenta riales, y éstos son ciento

setenta; conque son, media onza y medio duro ... ocho duros y medio.

--Lo mesmo que endenantes, ¿lo ves?...; hasta diez que han de ser ...

¡si cuando yo digo una cosa!

--¡Mal rayo te parta! ¿Pues no te he dicho que había que desquitar

treinta riales que debías en la taberna?

--Sí.

--Pus esos treinta que te faltan hasta los doscientos, son los que te

dieron de menos.

--Conque es decir que por un lao se me dan treinta riales de menos, y

por otro me rebajas tú en la cuenta otros tantos.... ¡Tina!, pues ahora

salgo peor; treinta de acá ... y treinta de allá.... Esto no lo dejo yo

así, y ahora mesmo voy al Muelle, ¡retiña!

--¡Anda, burro, más que burro!... ¡Este hombre no tiene timón en la

cabeza! ¡Mal vendaval te sople, animal!...

Imaginémonos ahora que está lloviendo, desde hace ocho días, pero del

Noroeste, con temporal recio _afuera_.

--Tío Tremontorio, ¿ha visto por la banda del Norte cómo se va poniendo?

--Hay tremolina armá pa unos días.... Esta madrugá abrió un poco el ojo

el Nordeste y pensé que íbamos á salir mañana á la mar; pero se ha

corrío otra vez al vendaval y con un carís peor que el tuyo.

--¡Y qué lástima de costera, hombre!... ¡Si había besugo pa

aborrecelo!... Le digo á usté que esta inverná nos va á costar muy cara.

--Por mor de eso, y pa ayuda de males, nos pegaron aquella _troncá_ esta

mañana en el Cabildo.... ¡Y pa eso le citan á uno y le sacan de casa!...

¡Tiña, si me hubiera dejao llevar de mi genio!... Decir á Dios que con

el platal que ha entrao en fondo en too lo que va de año no ha de haber

quedao pa hacer un reparto, por ver de pasar un par de días, pinto el

caso, en que no se pué salir á la mar, ni se gana pa un amoderao[5]

siquiera.... ¡Tiña, y que entoavía le han de pedir á uno el real que

necesita pa no morirse de hambre!

--Duro es, tío Tremontorio; pero ello, pongámonos en lo justo. Ha dao la

casualidá de que paece que se ha avisao media calle pa ponerse enfermo

too el mundo. Tolete, con viruelas; tío Mocejón, con el muermo que le

ajoga; Viruta, con una pata desbaratá; el Mordaguero, baldao de

estribor...; y dispués, yo no sé cuántos más á pique de irse á fondo....

Por otro lao, el médico no quería asistir al Cabildo si no le aumentaban

dos mil riales de sueldo, y ha habido que dárselos; la lancha del

Puntal nos ha empeñao en un pico mu gordo este año, una bandera nueva pa

la capilla..., y el diablo que paece que se ha desatao contra

nusotros.... Dé usté á los enfermos el porqué que les corresponde cada

día, pague usté al médico lo que pidió de más, pague usté la bandera,

pierda usté lo que se ha perdió en el pasaje, y....

--¡Tiña, á mí cuéntame tú del otro mundo, que de éste no tengo ya ná que

aprender...; y si Patuca sabe mucho, yo sé más que él. Yo lo que veo es

que con un papeluco emborronao nos quiso tapar la boca. Miá tú cómo no

estipuló el tanto más cuanto de la cosa, mano á mano como se debía. Pero

como entiende de pluma, con decir «aquí está apuntao...»; y á mí no me

la cuela él, que no me mamo el deo, aunque no conozco la O, tiña!

--Pero las cuentas ya se desaminaron bien allí, y por gente que lo

entiende.

--Comosulas nos atrapan, ¡tiña!, no te canses.... Y digo que aquí

engorda anguno con lo que tú y yo sudamos, y si no, vamos á ver. Patuca

Malaspenas va á la mar; anda vestío y portao como un señor; en su casa

se come carne un día sí y otro no, y nunca falta el cuartillo de rioja,

tiene un quiñón en la pinaza del Castrejo y está gordo que revienta. El

diablo me lleve si no era tan pobre como yo hace poco tiempo. ¿De ónde

ha salío tanto lastre? ¡Tiña! ... no quiero hablar; pero si no corriera

él con los agorros del Cabildo, como corre hace dos años, no había de

tener el pellejo tan reluciente.

--Esos son malos quereres, tío Tremontorio.

--¡Tiña, que yo me entiendo! ¿Por qué no quiso él que se entregara el

dinero á un comerciante del Muelle cuando en el otro Cabildo se lo

dijieron?

--Porque nos bastamos nusotros pa correr con ello sin ayuda de naide.

--Por lo que se pega, borrico.

--Que son malos quereres, tío Tremontorio.

--Que vos engañan, como bonitos, con cuatro papeles arrugaos, vamos....

Y si quieres irle con el cuento, ya que tanto le defiendes, maldito lo

que se me importa.

--Yo no soy cuentero ni vivo de eso; pero cuando se dice mal de un

hombre de bien..., vamos, tío Tremontorio, que no me gusta. Usté ha

visto mucho mundo, pero á veces quiere saber más de lo regular.

--Y ya que tanto hablas, ¡tiña!, ¿es justo, que tú, cargao de hijos, con

una mujer como la que tienes, que te consume hasta la sangre, no recibas

uno ó dos ó medio en estos días de temporal? ¿No eres tú tan necesitao

como el que más?

--Yo estoy bueno y puedo trabajar....

--¿Á qué? ¿Has de ir á jalar de las pipas del Muelle? Pa eso hay otros

primero que tú, que tienes que atender al aparejo y á la lancha y á tu

obligación.

--No diré que no me viniera bien uno ó dos ó medio; pero si no me le

dan, ¿por qué le he de echar la culpa á quien no la tiene?

--¿Y por qué en lugar de dar nos piden?

--Ese es otro cuento.... Y al último, al que no tiene el rey le hace

libre.

--Ya te lo dirán de misas.

--De toos modos, tío Tremontorio, las cuentas se han presentao y se han

dao por buenas; y por más que usté y yo nos cansemos....

--Pues veremos lo que comes dentro de un par de días, si el tiempo no se

echa á la tierra.

--Salú nos dé Dios, y ya lo veremos.

--¡Amén!... (¡Tina!...; ¡qué hombres hay en el mundo! Too lo encuentran

güeno. ¡Así tienen ellos los calzones!)

Si mientras el Tuerto estaba á la mar, alguno de sus hijos rompía la

olla, ó se comía el pan que estaba en el arcón, ó hacía cualquier

diablura propia de su edad, en el balcón le sacudía el polvo su madre,

en el balcón le estiraba las orejas y en el balcón le bañaba en sangre

la cara.

Si de vuelta de correr la sardina salía alcanzada la mujer del Tuerto en

la cuenta que éste le tomaba rigorosamente, en el balcón se oía la

primera guantada de las que administraba el desdichado marido á su

costilla; desde el balcón llamaba á su padre, á su madre y á

Tremontorio; desde el balcón les contaba lo sucedido, y renegaba

furibundo de su mujer; desde el balcón imploraba el auxilio de Dios...,

y de balcón á balcón se enredaba un diálogo animadísimo que entretenía,

por espacio de media hora, á las gentes de la calle.

Si el patrón de la lancha de que son socios mis vecinos, les debe algo,

desde sus balcones lo dicen, y en los mismos discuten el medio de

cobrarlo.

Por el balcón recibe Tremontorio las consultas que se le hacen sobre el

tiempo; por el balcón las contesta, y el balcón es su observatorio.

En una palabra: mis vecinos tienen el balcón por casa, excepto para

dormir y vestirse; y ni aun en estas dos ocasiones quieren prescindir

totalmente de la publicidad. Tremontorio y Bolina, especialmente, se

mudan la camisa y los pantalones en medio de la sala ... con todas las

puertas abiertas; pero donde se echan los botones y se amarran la

cintura con la indispensable correa, es en el balcón. Y esto en

invierno; que en verano, ó cierro la puerta de mi antepecho, ó he de

contemplarlos hasta en la menor particularidad de su vida íntima, tanto

de día como de noche.... Por hacerme partícipe de sus costumbres estas

pobres gentes, hasta me despierta á mí al mismo tiempo que á ellas el

penetrante é intraducible grito de _¡apuyááá!_ con que les llama, á las

tres de la mañana en verano y á las cinco en invierno, para ir á la mar,

otro marinero que tiene por esta obligación algunos gajes.

De todo lo cual resulta, lector, aun sin mi decidida afición á reparar

en achaques de costumbres, más de lo suficiente para que comprendas

cómo, sin poner trabajo alguno de mi parte, y sin que en mi obsequio se

le tomara nadie, pude adquirir los datos que apunté en las primeras

páginas de este bosquejo.

Ahora, pues, previa tu indulgencia por estas digresiones, y suponiéndote

orientado en el terreno de nuestros personajes, voy á tratar del

verdadero asunto de mi cuadro.

Escenas Montañesas · 第 27 / 79 题