LA ROBLA

De maldita de Dios la cosa sirvieran los contratos de compraventa, si al

tiempo de consumarlos no llevaran más requisitos que el mutuo convenio

de los contratantes y el _ante mí_ del tabelión más competente del

juzgado.

Y cuidado, señores legistas, con atribuirme la pretensión de poner en

duda la legalidad de las fórmulas que sobre el particular se vengan

usando desde la fecha de las Pandectas.

¡Líbreme de ello Dios! Voy separándome del centro _civilizado_ donde la

ley se halla en toda su pomposidad, y estoy refiriéndome á los incultos

moradores del campo, entre los cuales, sin dejar de acatarse el vigente

código en todo lo que vale, aún se rinde culto reverente á la tradición,

la cual constituye para ellos un derecho tan sagrado como el que más se

funde en cuantas leyes se vengan haciendo desde la fabla de don Alonso

el Sabio.

Desengáñese la previsora jurisprudencia: sin un requisito que les sea

peculiar, estos paisanos no dan por terminado ningún negocio, aunque

para cumplir con la ley le amortajen en más testimonios y sellos que hay

en un archivo de hipotecas. Pasar un objeto de las manos de Juan á las

de Pedro sin cierta solemnidad _sui géneris,_ valdría tanto como para la

conciencia de un cristiano viejo un buen creyente sin bautizar, símil en

que, sin duda alguna se fundaron los _académicos_ de mi lugar para

llamar á dicha ceremonia _mojar el asunto_.

No vale en el día de mañana, para disfrutar pacíficamente la posesión de

lo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la resellada

escritura de legítima pertenencia, que si ante la ley le asegura en la

posesión, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de un

litigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, amén

de algunos dinerillos que suelen irse en pos, por vía de procuración,

asesoramiento y demás adminículos de que es costumbre proveer á todo

aquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudente

balanza de Astrea. No hay, pues, título de propiedad que valga, si falta

la fe de _bautismo_, el _fiat_ del tabernero más próximo, LA ROBLA[1],

para decirlo de una vez.

El origen de esta ceremonia no consta en las crónicas montañesas, porque

se pierde en la antigüedad de la afición de los montañeses al acre mosto

riojano[2].

Su definición precisa tampoco es fácil sin que se me olvide algún rasgo

gráfico de ella; por lo cual juzgo de rigor que nos traslademos

adondequiera que se _eche_ una..., y allá nos vamos.

Raro es el colono montañés que al poco tiempo de establecido no posea,

como producto de sus _aparcerías,_ una pareja apta para las labores del

campo, algún novillo _uncidero_, es decir, capaz de ser uncido, ó

cualquiera otra res vacuna; pero en absoluta propiedad y sin que el

arrendador de sus haciendas tenga que intervenir en su venta, cambio ó

emparejamiento; casos en los cuales el colono, por lo que le va en ello,

pone los cinco sentidos y emplea la mayor solemnidad posible. Tras ella

va siempre la robla.

Luego vamos á una feria.

El lugar de ella queda á elección del lector, pues, gracias á Dios,

abundan aquí como los helechos. Abran ustedes un calendario, y donde

topen con su santo, cátense una feria. En este dichoso país, el día que

no es de fiesta tiene mercado; de los restantes del año, los unos marcan

feria, y los otros romería.

Elegido el punto más cercano, tuvo que ser, por precisión, un pequeño

bosque de cajigas ó de castaños, verde, fresco, frondosísimo, bello como

es la naturaleza aquí hasta en su menor detalle.

Estamos ya bajo el tupido follaje.... Cierra, lector, los ojos por un

momento. ¿No te crees transportado, en una serena noche de verano, á la

orilla de una inmensa charca, y jurarías que sus ranas, en número

infinito, cantan todas á la vez? Es el sello de nuestras ferias y

romerías: el sonido de las _tarrañuelas_ de cien y cien bailadores _á lo

alto_, al compás de las panderetas que tañen las mejores mozas del

lugar.

Sigamos.--Sin reparar en el corro de bolos en que acababan de gritar

cincuenta bocas á la vez _¡eseeé!_ al hacer un _emboque_ uno dé los

jugadores; abriéndonos paso á través de la batería formada por los

pellejos de vino, barriles y cacharros que sobre un carro, debajo y á

los lados de él, á la sombra de un castaño, son la delicia de los

bebedores; echándonos por la derecha para no turbar el sueño pacífico de

los jamelgos de un cura y un señor de aldea, que están amarrados al

_cabezón_ del mismo carro, quizá por casualidad, quizá porque los

jinetes tomaron este norte como de mejor atractivo para cuando vaya

anocheciendo; guardando el cuerpo del fogoso trotón de ese jándalo, que

atraviesa la feria llevando á las ancas la parienta más joven é

inmediata que encontró en su pueblo cuando volvió de Andalucía, y cuyo

chal de amarillo crespón, no menos que su vestido blanco de empinados

volantes, forman extraño contraste con su reluciente y pasmada

fisonomía; sin responder á las voces de las importunas fruteras, de los

_agualojeros_, rosquilleros y otros análogos industriales que nos

asedian al paso; sin fijarnos, en fin, en ese maremágnum alegre y

estimulante que el cuadro presenta á primera vista, salgamos á aquella

braña donde hay un grupo de ocho personas y una pareja de novillos

uncidos. Allí va á haber robla.

El que está apoyado sobre sus engalanadas cabezas, hombre que tiene la

suya algo más sucia, calzones de _manga corta_, con un tirante sólo,

chaqueta al hombro y sombrero de copa alta, más que medianamente

apabullado, es el dueño de la pareja, y conocido y honrado en su pueblo

por el nombre de Antón Perales.

El otro, más joven y de mejor traza que éste, que pasea alrededor de los

novillos examinándolos con gran atención, es el comprador: llámanle

Ogenio Berezo, y es de las inmediaciones. De los que forman el círculo,

los cuatro son meros curiosos que, á título de conocidos de los

primeros, se han aproximado al olor de la robla. La mujer, que come una

manzana y tras de cada bocado que le tira se rasca la cabeza por debajo

de la _muselina_, es la costilla de Antón Perales. El otro personaje,

más viejo que todos los demás, y que observa el cuadro, taciturno y

reflexivo, es convecino del comprador: llámase tío Juan de la Llosa, y

asiste, á la sazón, en calidad de perito. Sus títulos al efecto están en

toda regla. Es público y notorio que en más de cien sangrías que lleva

hechas en el pueblo á los animales de sus vecinos, á la oreja, _al

pelo_ y al rabo, que es la más difícil, no se le ha desgraciado una sola

res. Para poner una bizma, ó sea un emplasto de trementina y polvos de

suelda, no hay otro que se le iguale. Distingue á la legua un cólico de

un _empanderamiento_, y en las cojeras no confunde el _zapatazo_ con el

_babón_; y si no ha curado un solo caso de _solenguaño,_ es porque la

enfermedad es mortífera, mas no por haber dejado de echar á tiempo, «por

la boca abajo» del paciente animal, con el auxilio conductor de una

teja, el agua de jabón, aceite y vino blanco bien caliente. Por algo

dice él que, si le hubieran _desaminao, albitre_ podía ser; y es la

verdad. En cuanto á las condiciones externas del ganado, ahora le verán

ustedes.

El comprador ha dejado de rondar la pareja, crúzase de brazos y exclama

de repente:

--Pues, señor, ¿á qué hemos de decir una cosa por otra? La pareja me

gusta. ¿Qué le parece á usté, tío Juan?

Éste guarda en un bolsillo del chaleco la punta que mascaba rato hacía,

da dos pasos al frente, cárgase á la izquierda sobre el garrote, pone la

diestra en jarras, cruza las piernas y reflexiona un instante.

Entretanto el vendedor se sonríe con cierta malicia, su mujer menudea

los mordiscos á la manzana, y murmura algunas palabras hacia los otros

personajes que emiten su dictamen á media voz.

--Apaséalos--dice en tono grave el perito.

Antón Perales hace caminar sus novillos un corto trecho, al son de las

alegres campanillas que les adornan el pescuezo.

--Ahora, hacia abajo ...--añade el primero.--¡Oooó, joois!--canturria,

luego que el vendedor le ha complacido, para indicarle que pare ya.

--Lo que toca al particular--dice la mujer, á quien no le cabe ya la

lengua en la boca,--no tienen tacha. Tocante á eso, no es porque sean

míos; pero, como dijo el otro.... Vamos, que son dos perlas.

--Como que los he criao yo en casa--repone su marido;--y éste que se

llama _Galán_, es hijo de la _Leona_, y este otro, _Cachorro_, de la

_Gallarda_, dos vacas que, mejorando lo presente, son dos soles.

--Justo, que las vendimos el mes pasao al sobrino del Regioso, con

perdón de ustedes, que por aquel pique que tuvo por la cuñá del

Mostrenco, que ya con este mote le han de enterrar, por el lindero del

prao que le tocó á resultas del _cobicillo_ que encontraron debajo del

jergón de su tío, que en santa gloria esté..., y ahí está el mi hombre

que no me dejará mentir, que á la verdá que anduvo como una estorneja de

acá para allá, ahora que la botica, después que el señor cura, luego que

la unción, porque el enfermo daba el ¡ay! que partía el alma, sin que

hubiera en aquella casa un mal nacido á quien volver los ojos..., y no

se lo tome Dios en cuenta á la que tanto fachendea hoy gracias á los

cinco carros de tierra que apañó.... Pues resulta de que....

Á la buena mujer se le va la burra entre tanta maraña, mientras el tío

Juan no quita los ojos de la pareja. El comprador mira al perito como si

quisiera leer en su fisonomía la opinión que va formando; el vendedor

atusa el pelo á los novillos, y los intrusos los ponderan cuanto les es

permitido, con objeto, evidentemente, de contribuir á que se cierre el

trato y no se pierda la robla.

Después que el perito y el comprador han visto que los animales _se

plantan_ bien al caminar, que no se aprietan, que no _zambean_ del

cuarto trasero, que son bien encornados y que igualan perfectamente en

alzada y color, el primero les mira la boca, les palpa bien los

_brazuelos_ y las nalgas para ver si están _despicados_ de algún remo, y

les examina escupulosamente las astas por si son estoposas, las pezuñas

por si _blandean_, y los ojos por si tienen _nube_ ó _glarimeo_.

Hecho este examen, el tío Juan, sin perder un solo rasgo de su gravedad,

dice en tono solemne:

--Caballeros, la pareja..., lo que toca á la pareja, no tiene pero. Son

dos rollos de cuatro años, sanos como dos corales.

--Pos á mí--añade el comprador,--lo que toca al particular, también me

gusta la planta y el aquel de la pareja.... Conque si el señor trae gana

de vender, diga, si á mano viene, en lo que estima su hacienda, que yo á

comprar he venío.

--Al respetive de eso mesmo--replica el vendedor,--no me quedo yo atrás;

que hoy por ti y mañana por mí..., y, como dijo el otro, mortales nos

hizo Dios.... Vamos al decir, que si tú traes ganas de comprar, no

reñiremos.

--Cabales, que ni al mi hombre ni á mí nos ha perseguido nunca la

justicia por embusteros; y cuando vemos que se trata con gente de

formalidá y de requilorios....

--Esa es la verdá; y vamos, Antón, á estimar la pareja, como el otro que

dice, con equidá.

--Pos la pareja, Ogenio, por ser para ti..., la pareja; que, como ha

dicho el señor, no tiene pero; la pareja, y que no vea la cara de Dios

si te engaño; la pareja vale treinta doblones[3] como dos cuartos.

--Tú no quieres vender, Antón--contesta con cierto desdén el atildado

Ogenio.

--Ogenio--replica Antón,--tú me ofendes.

--Que te digo que no quieres vender.

--¡Que mal rayo me parta si he venío á otra cosa á la feria! Y sábete

que por ese dinero ya no tendría en casa los novillos hace una semana,

si los hubiera querido vender...; pero hoy por ser pa ti....

--Pos yo no doy por ellos más que veinticinco doblones.

--Tú no quieres comprar, Ogenio.

--Á eso vine á la feria, Antón...; y si no, que diga tío Juan si me

pongo en lo justo.

--Lo que toca á mí--dice el aludido, que durante la escena referida se

ocupaba en hacer rayitas en el polvo con el palo,--lo que toca á mí, no

me gusta meterme en la hacienda del vecino, que cada uno puede estimarla

en aquello que, pongo por caso, le acomoda.

--De manera es--replica el comprador,--que aunque usté diga uno, ó dos,

ó medio; ó que la pareja vale tanto ó cuanto, ó que por aquí ó que por

allá, no ha de ser medida la palabra de usté.

--Eso es--añade Antón;-que como dijo el otro, ná se pierde con oir á

éste y al de más allá.

--Andando--gruñe su mujer, clavando los dientes en la quinta

manzana,--que todos somos hijos de Dios, y más ven cuatro ojos que dos.

--Es de razón--exclaman á coro los demás circunstantes.

--Pues, caballeros--concluye el perito con cierto tonillo de

autoridad;--creo que se pueden dar veintisiete doblones por la pareja.

--Ya lo oyes, Antón...; y yo no dejo mal á ningún amigo.

--Por dicho de eso, yo tampoco, Ogenio; y si das los veintiocho, tuya es

la pareja.

Grandes murmullos en el grupo; anímase el tío Juan, y exclama,

imponiendo silencio á los circunstantes:

--Ni los veintisiete ni los veintiocho, que han de ser los veintisiete y

medio, y se pagará la robla además.

--Corriente--dice Ogenio.

--Pues buen provecho te hagan--añade Antón, entregando la ahijada al

primero, como símbolo del dominio que le transmite....

El pequeño circuló se agita con gran ruido; todos se felicitan

recíprocamente, todos hablan á la vez, y entre todas las voces se

destaca la de la exdueña de los novillos que charla más que nadie y

desbarra como nunca.

Autorizado competente uno de los testigos del ajuste, marcha á buscar al

punto más inmediato dos azumbres de vino tinto para _mojar el trato_, es

decir, para _hechar la robla_; y mientras vuelve, el comprador se sienta

en el suelo, saca un pesado bulto del bolsillo interior de su chaqueta,

y comienza á desliarle capa á capa, como si fuera una cebolla. Así van

saliendo, sucesivamente, un pañuelo de percal aplomado, un viejo pañal

de una camisa y una bula, dentro de la cual aparecen, como núcleo de

todo el envoltorio, un montón de napoleones y algunas monedas de oro

cuidadosamente guardadas entre los amarillentos repliegues de una hoja

de un catecismo.

Con grandísimas dificultades cuenta los veintisiete doblones y medio, ó

sean 1.650 reales, y se los entrega al vendedor, quien, en el acto, y

con no menores amarguras, los cuenta también; y envueltos en la bula, y

la bula en la muselina de la mujer de Antón Perales, desaparecen en los

profundos abismos de la faltriquera que debajo del refajo lleva ésta[4].

El que fué por el vino vuelve con un enorme jarro lleno de él en una

mano, y con una taza de barro blanca en la otra. Desátanse, á su vista,

más y más las lenguas del corrillo; sonríense todas las fisonomías, y el

rústico Ganimedes, apoyándose en la _yugata_ de la pareja, comienza á

escanciar el vino con gran pulso y mucha solemnidad.

El tío Juan, para quien es la primera taza, levantándola en alto,

brinda:

--Por la salud de los presentes, que se disfrute muchos años la pareja,

y que en el cielo nos veamos.

--Amén--contesta á coro la reunión.

La taza sigue pasando luego de mano en mano y de boca en boca, hasta que

se agotan las dos azumbres de rioja.

Pero Antón Perales no quiere ser menos que su contrinca, y paga otros

ocho cuartillos que se beben con la misma solemnidad que los anteriores,

con el mismo ceremonial, pero con mayor locuacidad de parte de los

bebedores y con peor pulso de la del escanciador.

Entretanto la tarde va acabándose, y el ganado y la gente que llenaban

la feria se retiran poco á poco.

Ya no se oyen las tarrañuelas, ni los panderos, ni un solo grito en el

corro de bolos. Los taberneros recogen sus baterías, y embridan sus

jamelgos los curas, los jándalos y los señores de aldea; y perdiéndose,

por grados, desde el lugar de la feria, por la campiña adelante en todas

direcciones, se oye el sonido de las campanillas del ganado que se

aleja. Nuestros conocidos, detrás de los novillos, llevan, como quien

dice, la llave de la feria, cierran la marcha ... y bien lo necesitan.

Tal andan todos ellos, que no les basta entero el ancho del camino para

no darse de calabazadas unos con otros. Aquello ya no es hablar: es una

algarabía incomprensible é insoportable. La mujer de Perales, sobre

todo, desafina como una cotorra; cuenta lo suyo, lo de los vecinos y

hasta lo que no sabe. Su marido se empeña en que relampaguea, y está el

cielo sin una sola nube; antójasele que los troncos de los árboles son

ladrones y lleva á su costilla agarrada fuertemente por la saya para que

no la roben el dinero. Tío Juan, el perito, canturria, con voz atiplada

y temblorosa, aires de sus mocedades, y, recordando galantes aventuras,

enamora á la disimulada á la mujer de Antón. Ogenio palpa con torpe mano

las monedas que le quedan en el bolsillo, y contando por los dedos de la

otra, sostiene y jura que ha dado dinero de más á Perales.--Los cuatro

intrusos dan la razón á todo el mundo, pero trocando los asuntos. Á

Perales le aseguran que Ogenio le engañó, dándole dinero de menos; á

éste, que está, en efecto, relampagueando y que al fin tronará; á la

pobre mujer, que realmente ha sido muy _atravesá_ y muy revoltosa, y que

si pellizca al tío Juan, hace muy bien, porque ella se entiende.... Pero

al oir esto, su marido, aunque no es celoso, ni mucho menos, da

instintivamente un tirón á la saya que lleva agarrada entre sus dedos;

y como su dueña no está para grandes pruebas de equilibrio, viene al

suelo como un fardo. En el mismo instante Ogenio toca en el bolsillo á

Antón para advertirle que quiere ventilar la duda que le preocupa, y

éste, siempre soñando con los ladrones, sobrecógese de horror, dase por

muerto, quiere huir, tropieza con su mujer y cae sobre ella; apresúrase

el otro á levantarle, pierde el equilibrio y da de hocicos sobre los dos

caídos; acuden, al estrépito, los demás personajes; creen que aquello es

una lucha, enmaráñanse para separarlos, empújanse los unos á los otros,

y al cabo y al fin caen todos amontonados sobre la desdichada mujer que

grita y se lamenta medio sofocada por tan enorme peso. Estrújanse y

aráñanse todos buscando un punto de apoyo para salir de aquel enredo; y

poco á poco, y con grandes fatigas, van levantándose uno á uno; y

renqueando y vacilando, se vuelven á poner en marcha, y llegan á un

punto en que se bifurca la carretera. Allí deben separarse el tío Juan,

Ogenio y dos de los intrusos. Pero da la casualidad (y estas

casualidades abundan en la Montaña más que las ferias, que los mercados

y que las romerías), da la casualidad, repito, que en el punto de

empalme de los dos caminos hay una taberna; y como tío Juan de la Llosa

es hombre que no queda mal con sus amigos por un par de azumbres más ó

menos, invita á sus camaradas á beber, para demostrarles que «si

_aquello_ ha sido guerra, que nunca haya paz».

Inútil es decir que el convite se acepta y se agradece.

Pero los bebedores se han metido en la taberna y han atado la pareja á

un poste del portal, indicios todos de que sólo Dios sabe á que hora

concluirá aquello y bajo qué techo dormirán nuestros conocidos la robla

de los novillos.

Además, la noche ha cerrado ya; me comprometí, lector, á acompañarte á

una feria para que supieras con un ejemplo práctico lo que es una robla:

he cumplido mi palabra como me ha sido posible, y creería abusar de tu

amabilidad obligándote á pasar la noche al raso. Retirémonos, pues..., y

hasta la vista.

Escenas Montañesas · 第 16 / 79 题