III

Bien enterado Cafetera de los azares y estatutos de su nueva profesión,

no quiso lanzarse á ella sin prevenirse antes contra las eventualidades.

Al efecto, logró colocarse en uno de los botes del servicio público.

Era de su incumbencia achicar el agua; componer estrovos; buscar fletes

y cuidar de la embarcación cuando el botero no estaba presente; todo lo

cual le producía un ochavo de café para el desayuno, una propina de

cuatro ó seis cuartos por cada flete si éste valía la pena, lecho sobre

el panel y una copa de caña de vez en cuando, amén, de algún chicotazo

que el patrón le sacudía siempre que lo juzgaba oportuno.

Fuera del tiempo que esto le llevaba, consagraba el día al ejercicio de

su industria.

Ésta, en toda su esfera legal, le hacía legítimo dueño de cuanto cobre,

estopa, hierro y madera de desperdicio hallara á sus alcances, ya sobre

la superficie del Muelle, ó revuelto entre el fango de la Dársena. Pero

como el Muelle y la Dársena no tienen un límite determinado para la

industria raqueril, solía tomar como prolongación del primero la

cubierta de algún buque atracado, llevándose á buena cuenta, si el

vigilante se descuidaba, tal cual _menudencia_, como escotas, poleas,

etcétera, etc.

Con la propia sencilla buena fe, desde el centro de la Dársena se

extendía hasta los contornos; y si se forraba algún casco, nunca le

faltaba una chapita ó clavo de cobre que ocultar en su remendada

espuerta.

Tal era la parte menos legal de su industria, que, en el poco tiempo que

la ejerció, expuso su individual independencia á mil y un riesgos

apuradillos.

Por lo demás, lo pasaba en grande.

No se pegaba de trompadas con los suyos más de tres veces al día; su

madre no lograba echarle la vista encima arriba de una por semana, y

para eso había de cogerle durmiendo; de modo que sus siniestros de

muelas, orejas y cabellos, por temporal materno, aunque pocos y buenos,

aún le prometían pellejo sano para muchos años.

Alguna vez, entre otras, hacía sus correrías hasta el interior del

pueblo, porque al raquero también le gusta el contacto de la

civilización, por si algo se le pega; pero como ésta suele andar muy

precavida, y, por otra parte, sus raqueables materias no son del mayor

aprecio en la oficina del comprador de hierro viejo, Cafetera

frecuentaba poco este trato, y casi siempre tenía que huir de él á uña

de ... raquero, acosado por las estantiguas del municipio.

También se le ocurrió, como hijo que era de matriculado y marisco por

los cuatro vientos, solicitar, á ejemplo de muchos de sus compañeros, un

puesto y quiñón correspondiente en una lancha pescadora; pero esto le

ocuparía demasiado. Tendría que esperarla todas las noches, limpiarla y

vigilarla todo el año y _desenmallar_ sardina en el verano.

Precisamente su resistencia á este empleo era lo que más provocaba la

ira de la tía Carpa, que proyectaba sacar un buen pescador de su hijo, á

quien, _velis nolis_, había ya matriculado, y, por ende, sujetado á las

ordenanzas de la Comandancia de Marina.

Semejante idea preocupaba mucho á Cafetera, quien, como todos los de su

laya, no concebía que ningún tribunal del reino alcanzase hasta el

Muelle de las Naos con su vara, al paso que no podía recordar sentado y

con paciencia la cara del Capitán del puerto.

La cárcel pública es para ellos un bulto más en la población pero los

rebenques y los chicotes de á bordo, ¡ira de Dios!, cosas son que les

hacen temblar y no de frío. Hubiérale á él dejado libre de toda

persecución el cabo de mar, y á fe que en poco tiempo, burlando la

vigilancia de lo terrestre, se _embarba_, como él decía, de raqueo; y

hasta comprado hubiera el almacén de hierro viejo, máximun de las

fortunas, según se creía en el Muelle de las Naos. Pero como no sucedía

así, los meses corrían y hasta los años, y Cafetera, lejos de llegar á

capitalista, perdió los últimos pingajos de su vestido, ganando en

cambio muchas nociones de baraja y no pocos títulos de borracho sobre el

que ya tenía bien merecido.

Entonces comenzó á mirar con desaliento la mezquindad de la Dársena, y

la penuria de su explotación legal. Sucedíale algo de lo que al jugador

que, acostumbrado á poner grandes cantidades á una carta, mira con

aversión el corto salario que en la sociedad le proporciona el ejercicio

de su profesión.

En fuerza de meditar sobre su situación concluyó por tirar su cesto á la

mar; y sin otras armas que su ligereza de manos y de pies, se lanzó á lo

sublime del arte.

De todo había en su nueva esfera de acción, especialmente de zozobras é

inquietudes, dándoselas, y no flojas, la mala _traducción_ que sus

obras hallaban en el almacén de marras, único punto adonde él se atrevía

á llevarlas, porque en la población del centro seguro estaba él de que

no pasaban.

Todo, sin embargo, iba hallando colocación detrás de los montones de

estopa del almacén, aunque á muy bajo precio por ser género de _mala

venta_; pero no pudo haberla para el objeto de la última campaña de

Cafetera.

Esto traía volado al raquero, que no sabía cómo deshacerse de él; pues

ni regalarle quería, ni tirarle al mar, sin indemnizarse de los peligros

que corrió al trincarle en la cámara de popa de un buque de gran porte.

El obstáculo que oponía á su compra el comerciante, era, aunque no se lo

decía al raquero, el nombre del buque y el de su armador, diestramente

esculpidos en la parte más integrante del aparato; nombres que no podían

borrarse sin exponer la estructura de éste, ni darse al público sin

grave riesgo de los haberes y libertad del mercader.

Largos días pasó Cafetera meditando sobre el asunto; y ya casi olvidado

de él estaba una mañana en que había _libado_ bastante, sentado sobre un

guardacantón, fumando una colilla, á caza de fletes para el bote y en

espera de sus amigos para jugar al cané.

Mucha gente había pasado sin contestar al «¿quiere un bote?» con que el

raquero interpelaba á todo el mundo, cuando apareció en escena un señor

que, según dijo el pillastre, traía _cara de flete_.

--Usté, ¿quiere un bote pa dir á bordo?--le dijo, como tenía por

costumbre, así que le tuvo á su lado.

El señor, contra las presunciones del granuja, pasó de largo, echándole

á la cara una bocanada de humo de su grueso cigarro.

Cafetera lo tragó con ansiedad, y retirando de los labios su colilla, se

fué detrás del puro.

--¿Me da la punta usté?

Chocó al interrogado la desvergüenza del raquero. Miróle muy

detenidamente, y

--¿Quién eres tú, chicuelo?--le preguntó.

--Yo soy ... Cafetera.

--¿De dónde eres?

--De la calle Alta.

--Y tu padre, ¿cómo se llama?

--El tío Magano.

--Pero ¿cuál es tu nombre de pila?

--¿De qué pila, usté?

--De la de bautismo, animal.

--Otra, ¿qué sé yo?... ¿Me da la punta!

--¿Conque tú fumas, eh?

--¡Ay, qué contra!...; ¿quiere ver como las _tapo_?

Y diciendo y haciendo, tragó dos chupadas de su colilla, arrojando

después el humo por boca y narices con la abundancia y facilidad de una

chimenea de vapor. El señor desconocido le miraba cada vez con mayor

curiosidad.

--Y ¿á qué te dedicas tú?

--Á cuidar el bote del tío Bandiate.

--¿Y nada más?

--También soy raquero.

--¡Hola, hola! ¿Y qué tal el oficio?

--¡Quiá, señor; si no sale para café!... ¿Me da dos cuartos?

--Veremos si los mereces.... Dime antes lo que raqueas.

--¡Como no raquee! ¡Si andan más listos á bordo!...

--Pero alguna vez ya se descuidarán.

--Quiá, no señor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como tres

libras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.

--¿En dónde lo trincasteis?--insistió el señor con más interés que

nunca, dando dos cuartos al raquero.

--Pos en esa freata que están aforrando en el paredón--contestó Cafetera

con la mayor sencillez, guardándose los cuartos en el faldón de la

camisa y escupiendo por el colmillo.

Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosar

y prometer el uno, acabó el otro por ir largando trapo, hasta que del

último remiendo de los calzones sacó un magnífico cronómetro de

bolsillo, alhaja que, sin conocerla, le había dado tanto que discurrir.

Á su vista, el buen señor quedóse haciendo cruces y bendiciendo á la

Providencia en sus adentros.

Después de prometer á Cafetera la compra como éste decía, del

_estrumento_, mandóle que le siguiera para entregarle el dinero, lo cual

hizo al punto lleno de júbilo el incauto raquero, sin sospechar lo que

le había de suceder, cosa que le hubiera sido muy fácil al ser tan

diestro conocedor de los atributos de un comisario de policía como de la

verdasca de un cabo de mar.

Grande fué la sorpresa del pilluelo cuando, siempre al lado del presunto

comprador, llegaron á detenerse en la Capitanía del puerto.

Allí fueron los sobresaltos y congojas; tanto que, á no estar muy listo

el grave señor de las borlas, se queda sin su presa, que ya andaba en

trazas de escurrir el bulto.

Entregado éste y el cronómetro á la autoridad, declaró Cafetera, llamóse

á Pipa y á Michero, cantaron todos de plano, y fueron al punto

conducidos á la cárcel, de donde después de algunos meses de reclusión,

salieron ... á tirar del _Bombo_ de la Carraca.

Allí estuvieron tres años agarrados á la maroma, hasta que, satisfechos

sus jueces y la vindicta pública, los mandaron de retorno á su país con

algunos vicios de más y mucha vergüenza de menos.

Su primer pensamiento al pisar el patrio suelo, fué para el Muelle de

las Naos; pero no fué poca su sorpresa cuando, en él colocados;

comenzaron á examinarle en todas direcciones.

La escollera de Maliaño, la estación del ferrocarril, el nuevo empedrado

y otras reformas hechas precisamente mientras duró la condena de los

pilluelos, era lo que ellos no podían comprender; mas lo que extravió

sus razones hasta el extremo de llegar al espanto, fué la aparición, por

la Peña del Cuervo, de un monstruo silbando y arrojando nubes y fuego

por la cabeza. No atreviéndose á pronunciar una sola palabra, miráronse

los tres sobrecogidos cuando notaron que el monstruo se acercaba á paso

de gigante. Entonces perdieron la brújula; gritó Pipa «¡aguanta!» y se

dieron á correr pensando que el mundo se acababa.

Después acá, aunque con la llegada de los trenes, á medida que la han

visto repetirse, van familiarizándose bastante los raqueros, no ha sido

hasta el punto de que éstos permanezcan tranquilos en el Muelle de las

Naos. Por el contrario, empujados y oprimidos por el potente movimiento

que la población ha tomado allí en los últimos años, van abandonando el

territorio: ya tiene el raquero cien Argos que le contemplan, y no puede

pasearse erguido como antes, señor de aquella ínsula remota.

Para concluir, y en pro de este tipo tan popular en Santander, haré una

ligera observación: de vástagos tan carcomidos y tortuosos son muy

frecuentes aquí robustos y fructíferos troncos. La historia de este

puerto abunda en páginas brillantes debidas á la honradez, pericia y

heroísmo de nuestros marineros, muchos de los cuales han recorrido en su

infancia un sendero tan expuesto y espinoso como el del tipo que acabo

de bosquejar. Nuestro comercio tiene pruebas repetidas de lo que digo; y

á fe, á fe, que no pecó de pródigo con los venerables harapos de tan

valientes marinos, al extender los anchos pliegues de su rico manto.

Escenas Montañesas · 第 15 / 79 题