[Footnote 1: De _robra:_ escritura ó papel autorizado para la seguridad
de las compras y ventas ó de cualquier otra cosa. DIC.
ACAD.--Refiriéndose á este cuadro, escribía años ha el eminente literato
don Juan Eugenio Hartzenbusch: «También allí (en la provincia de Cuenca)
se usaba, aunque más en pequeño, _echar la robra_ en términos parecidos
á los de la Montaña, pero dicen _robra_, y robra significa una firma,
una escritura, cualquier documento.»]
[Footnote 2: Mi erudito amigo y paisano don E. Pedraja Samaniego, dijo
en _El Averiguador de Cantabria_, respondiendo á una pregunta hecha en
el mismo acerca de la antigüedad de esta costumbre por mí descrita:
_«Robla._--La costumbre de convidar el comprador ó el vendedor, después
de consumado el contrato, á los que han intervenido en él, es tan
antigua, que ya se halla mencionada con la palabra _Alvoroc_ (hoy
alboroque) en el título 25 de las _Cortes de León celebradas el año de
1020_.»--El M.° Berganza, en el tomo I de sus _Antigüedades de España_,
pág. 311, dice: «En el año 1025, Zite Morielez vendió al Monasterio de
Cárdena una viña por sesenta sueldos de plata y cinco que se gastaron en
el _Alvoroc_.» El mismo, en el catálogo de palabras antiguas que trae al
fin del tomo II, define así la palabra _alvoroc: «robra_ que confirma la
compra».
(_Notas del A. en 1876._)]
[Footnote 3: El doblón, en la Montaña, es una moneda imaginaria,
equivalente á 60 reales.]
[Footnote 4: Quizás me objete algún montañés _resabido_ que no es usual,
ni tal vez tolerado, recibir el vendedor en la misma feria el importe de
lo vendido. No disputaremos sobre el caso, siempre que él me conceda que
en los pormenores del pago no he puesto yo uno solo que no sea
verosímil.]
«Á LAS INDIAS»
«Á las Indias van los hombres,
á las Indias por ganar:
las Indias aquí las tienen
si quisieran trabajar.»
_(Canc. pop. de la Montaña.)_
I
Madre, este carraclán está mal hecho.
--¡Jesús, qué condenao de chiquillo!... ¡Si le está, que ni pintao!
--¡Tisana, que me aprieta por todas partes, y los faldones se me suben
al pescuezo cada vez que me voy á quitar el sombrero!
--Di que eres un mocoso presumido, y no me rompas la cabeza.
--Diga usté que no sabe coser por lo fino..., ni esta tarascona de mi
hermana.... ¿Lo ve?... Lo mismo coge la aguja que las _trentes_.
¡Tisana, qué camisa me está cosiendo!... ¡Á ver si das más cortas esas
puntadas!...
--¡El demonio del renacuajo!... ¿Cuándo soñaste tú en gastar levita?
¡Después que me llevo mes y medio sin pegar el ojo por servirle á él!...
Madre, yo no coso más.
Y la censurada costurera, que es una mocetona como un castaño, arroja al
suelo la camisa que estaba cosiendo, y vuelve las espaldas con resuelto
ademán al escrupuloso elegante, rapaz de trece años, listo como una
ardilla y tan flaco como el mango de una paleta.
Su madre, mujer de cuarenta años, aunque las arrugas del rostro y la
curva de sus espaldas la hacen representar sesenta, después de comerse
media cuarta de hilo para hacerle punta y que pase por el ojo de la
aguja que apenas se ve entre sus callosos dedos, pone en orden á la
susceptible costurera, se acerca al muchacho, le hace girar tres veces
sobre sí mismo, le estira con fuerza la levita que lleva puesta y
después de contemplar un instante su obra, vuelve á sentarse, exclamando
con acento de profunda convicción:
--Que la pinte mejor un sastre.
Pero antes de ir más lejos, y para mejor inteligencia de los lectores,
es justo que, como diría el inédito poeta don Pánfilo, expliquemos la
situación.
Que nuestros personajes son montañeses, debe haberse deducido del estilo
del diálogo anterior; y si éste no lo ha demostrado bastante, conste
desde ahora que lo son en efecto.--El lugar de la escena puede el lector
colocarle en el punto de esta provincia que más le conviniere, si bien
su parte oriental es preferible por ser en ella más frecuentes que en
las demás, cuadros semejantes al que voy á describir.--El escenario es
aquí el ancho soportal, ó tejavana de una casa pobre de aldea.--Ésta,
como todas ó la mayor parte de las de su categoría, tiene en la humilde
fachada del portal tres huecos: la puerta principal en el centro; la de
la cuadra á la izquierda, y á la derecha la ventana de la cocina.
Sentadas en el alto batiente de la primera, cosen las dos mujeres; la
segunda está entreabierta, porque acaba de entrar por ella á arreglar el
ganado el bueno de tío Nardo; jefe de la familia, ó esposo y padre
respectivamente de los personajes de nuestro diálogo. Por lo que hace á
la ventana, aunque no la necesitamos para nada, diré, á fuer de verídico
historiador, que está cerrada, pues su destino, más que dar luz á la
cocina, es dejar que salga el humo de ella cuando hay fuego en el hogar,
el cual está ahora tan frío como la borona que en él se coció por la
mañana para todo el día...; y dicho se está con esto que la escena es
por la tarde: conste también, sin que este dato sea, como parecerá á
primera vista, una minuciosidad inútil, que corre el mes de septiembre.
Ahora sólo nos resta consignar que el pequeñuelo interlocutor, al
dirigir tan graves cargos á su madre y á su hermana, llegaba al portal,
vestido con levita, pantalón y chaleco de mahón gris; agarrotado su
cuello entre los revueltos y atropellados pliegues de una enorme corbata
de percal con grandes cuadros rojos; medio oculta su diminuta é
inteligente cabeza bajo las anchas alas de un sombrero de paja con cinta
verde, y calzado, por último, con gruesos zapatos de Novales. El polvo
que los cubre, el arrebatado color de la cara del muchachuelo y el
garrote que éste trae en una mano, prueban bien á las claras que acaba
de hacer una larga caminata. En cuanto á las razones que tiene para
quejarse de las tijeras de su madre y de la aguja de su hermana, no
dejan de parecer fundadas, si se mira su vestido con alguna atención,
pero también es cierto que las pobres mujeres nunca las vieron más
gordas, y que el intolerante rapaz se mete por primera vez bajo aquellos
faldones que le estorban. También debe constar que á pesar de lo que
dijo al presentarse en escena, hay en su fisonomía algo de risueño y
placentero que denota una satisfacción interior; su viaje debe haber
tenido un éxito feliz.... Mas para saber lo que hay sobre esto y otras
cosas que nos proponemos referir, volvamos á tomar el asunto donde le
dejamos para hacer esta digresión.
Mientras la madre pronunciaba las palabras que dejamos escritas, hecho
el examen de la levita de su hijo, éste se sentó en el poyo del portal,
entre las dos puertas; y limpiándose luego con el pañuelo del bolsillo
el polvo de sus zapatos, replicó vivamente:
--Eso lo dice usted aquí porque no hay comparanza; pero si me viera al
lado de don Damián como yo acabo de verme.... ¡Tisana, qué levita!...;
¡aquéllas sí que son costuras!... Ni siquiera se conocen.... ¡Y qué
corte! Da gloria de Dios el verla. Y no estos costurones ... ¡más mal
asentaos!
--Pero, condenao, ¿cómo quieres tú comparar aquel paño tan fino con este
mahón de á tres reales?
--¡Qué mahón ni que ocho cuartos! En las manos consiste toa la
cencia.... Si me hubiera hecho la ropa un sastre de Santander, como yo
quería.... Lo mismo que el chaleco ... y los calzones: por un lado me
sobra media fanega, y por otro no me puedo revolver adentro.... ¡Y estos
zapatos!... Yo no sé en qué consiste que cuanto más tocino les doy, más
peor se ponen. ¡Qué zapatos los de don Damián, tisana! Relumbran como el
sol de mediodía.
--Pero, hijo mío, ¿no ves que don Damián es un señor muy rico?...
--También tú te vestirás así el día de mañana, ¿verdá, madre?
--¡Anda, anda!; ya te estás relambiendo con los vestidos que te he de
regalar.... ¡Como no pongas otros!...
--Ni falta que me hacen, para que lo sepas; probe nací, y con saya de
estameña y tirando de la azada me han de querer....
--Calla, tonta, que lo dije por oirte: ¡miá tú qué me importará á mí el
día de mañana vestirte como una señora prencipal!... ¿eh, madre?
Á la buena mujer, mientras sus dos hijos comenzaban á contender en este
terreno, se le iban enrojeciendo los ojos, fenómeno que, en idénticas
circunstancias, había observado de algunos días á aquella parte el tío
Nardo con no poca sorpresa; y sabiendo por la experiencia que si no
combatía la emoción á tiempo no podría disimularla, dió al diálogo otro
giro diverso, preguntando al muchacho:
--¿Te dió la carta don Damián?
El interrogado que por otra parte, parecía estar deseando que se le
hiciera semejante pregunta, llevó la diestra al bolsillo interior de su
levita; después á uno de los del chaleco; ocultó entre sus dedos una
moneda, y sonriendo con expresión de triunfo, exclamó, alzando
progresivamente la voz:
--Aquí está la carta ... y aquí esto...; ¿lo ven bien? Esto ... ¿qué
dirán que es esto?... ¡Tisana!, que no lo aciertan.... Pues esto es ...
¡media onza!...
--¡Media onza!...
--¡Media onza!
--¡Media onza!--añadió el tío Nardo asomando la cabeza por la puerta de
la cuadra;--¡media onza!--repitió mientras descubría el tronco;--¡media
onza!--exclamó, en fin, trasladándose de un brinco junto al grupo que
formaba su familia admirando la moneda que Andrés (y ya es hora de decir
como se llamaba el rapaz) mostraba como una reliquia.
--¡Media onza, sí!--recalcaba este último girando en todas
direcciones;--¡media onza más maja que el sol!... Aquí está; don Damián
me la dió para mí solo.... ¡Viva don Damián!
Después que hubo pasado la moneda de mano en mano por todas las del
grupo, y que todas las personas que le componían la hubieron mirado y
remirado y hecho sonar contra las piedras, Andrés se volvió á apoderar
de ella, y reclamando la atención de toda su familia, desdobló la carta
que también le dió don Damián, y leyó en ella, con mucha seguridad,
aunque con bien poco sentido gramatical, lo que sigue:
«Señor don Frutos Mascabado y Caracolillo.
»Habana.
»Mi querido amigo y antiguo compañero: El dador de ésta lo será,
Dios mediante, el joven Andrés de la Peña, que saldrá de Santander,
al primer tiempo, en la fragata _Panchita_ con rumbo á esa ciudad,
en la cual se propone probar fortuna. Al efecto, me tomo la
libertad de suplicar á usted le auxilie en todo lo que esté de su
parte, tratando por de pronto de proporcionarle acomodo conveniente
á sus circunstancias. Dicho Andrés es muchacho listo y de buena
conducta, tiene excelente pluma y sabe de cuentas hasta la de
_compañías_ inclusive.
»Contando con la buena amistad de usted, me atrevo á anticiparle
las gracias por lo que en obsequio de mi recomendado haga, que
será, desde luego, uno de los buenos servicios entre los muchos que
ya le debe su afectísimo amigo y seguro servidor