inmediatamente de Córdoba llamó el príncipe al buho, le presentó al
nuevo compañero de viage como un sábio concolega, y todos juntos
tomaron la vuelta de Toledo. Caminaban con mucha mas lentitud de
la que el impaciente Ahmed hubiera deseado; mas el papagayo, como
acostumbrado á la vida de caballero, era poco amigo de madrugar; y
el buho por otra parte queria echarse á dormir á la mitad de la
jornada, y hacia perder mucho tiempo con sus largas siestas. Ademas
su manía de anticuario, era un nuevo motivo de retardo; porque se
empeñaba en detenerse en todas las ruinas á fin de esplorarlas, y
poseía un caudal de largas historias de todos los monumentos antiguos
del pais, que no dejaba de referir á poca ocasion que se presentase.
Tenia el príncipe creido que este pájaro y el papagayo, como personas
instruidas que uno y otro eran, habian de avenirse muy bien; pero se
engañó completamente, porque lejos de observar semejante armonía,
casi siempre se estaban picoteando. El uno era un filósofo, y el
otro un _elegante_: el papagayo citaba versos, hacia observaciones
críticas sobre algunas obras recientes, y abundaba en pequeñas
advertencias sobre algunos puntos poco importantes de erudicion. El
buho por su parte consideraba todo esto como cosa muy frívola, y
decia abiertamente que solo estimaba la metafísica. Entonces se ponia
el papagayo á cantar, y lanzaba epigramas y pullas picantes sobre la
gravedad de su camarada, acompañándolas de una risa de satisfaccion
sobremanera insultante. Miraba el buho estos procedimientos como
otros tantos ultrages insoportables que se hacian á su autoridad;
se engallaba, esponjaba el plumage con semblante desazonado, y
permanecia silencioso todo el resto de la jornada.
El príncipe apenas notaba la poca conformidad que existia entre
sus dos amigos; porque ocupado enteramente en las ilusiones de su
fantasía y en la contemplacion del retrato de la hermosa princesa,
no veía nada de lo que pasaba en su derredor. De este modo pasaron
nuestros viageros la árida y salvage Sierra-Morena, y las agostadas
llanuras de la Mancha y Castilla, siguiendo siempre las orillas
del Tajo, que en su tortuoso curso baña la mitad de la España y de
Portugal. Llegados en fin á una ciudad fortificada con torres y muros
almenados, y edificada sobre una roca, que circundan con grande
estrépito las aguas de aquel rio:
«Veis ahí, dijo el buho, la antigua y célebre ciudad de Toledo, tan
famosa por sus antigüedades. Mirad esas cúpulas venerables, esas
torres que aunque degradadas ya por el tiempo, tienen impresa la
grandeza de los recuerdos históricos; esas torres en fin, en donde
vivieron y meditaron tantos de mis antepasados.
--¡Bah! dijo el papagayo interrumpiendo sin piedad al buho en medio
de sus trasportes de anticuario, ¿y qué nos importan á nosotros todos
esos vejestorios de torres arruinadas, ni las antiguas historias
de vuestros abuelos? Otra cosa hay aquí que interesa mucho mas
directamente á nuestro objeto. Ved ahí el asilo de la juventud y la
belleza: ya en fin, ó príncipe, teneis delante de vuestros ojos la
morada de la princesa que hace tanto tiempo buscais.»
Dirigió el príncipe la vista hácia el punto que indicaba el
papagayo, y en el centro de una deliciosa pradera, situada á la
orilla del Tajo, descubrió un suntuoso palacio que se levantaba
por entre la frondosa arboleda de un amenísimo jardin: tal era el
sitio que habia descrito el palomo como retiro del original del
retrato. Contemplábale el príncipe con el corazon agitado de varios
sentimientos. «Quizá en este momento, decia, estará la hermosa
princesa solazándose con sus doncellas á la sombra de esos frondosos
bosquecillos, ó tal vez recorrerá con paso ligero los elevados
terraplenes, si no es que se halla reposando en lo interior de la
magnífica morada.» Al examinar con atencion el edificio, observó
Ahmed, no sin disgusto, que las tapias del jardin eran de una
elevacion que imposibilitaba absolutamente el acceso; fuera de que
estaban guardadas por centinelas bien armados.
Volvióse pues al papagayo, y le dijo: «Ó el mas perfecto de los
pájaros, pues que la naturaleza te ha dotado con el dón de la
palabra, ve al jardin, busca al ídolo de mi corazon, y dile que el
príncipe Ahmed, peregrino de amor guiado por las estrellas, viene en
su busca, y acaba de llegar á la florida ribera del Tajo.»
Lleno de vanidad el papagayo al verse honrado con semejante embajada,
voló al jardin, se remontó por encima de sus altos muros, y
cerniéndose por algunos instantes sobre los céspedes y bosquecillos,
fue á posarse á la ventana de un pabellon, desde donde descubrió á la
princesa medio recostada sobre un sofá, fijos los ojos en un papel,
y bañadas de hermosas lágrimas sus cándidas megillas.
Despues de haber concertado con el pico todas las plumas de sus alas,
recompuesto su verde trage y rizádose el copete, de un vuelo se puso
con aire risueño al lado de la tierna doncella, y con el tono mas
dulce que le fue posible tomar le dirigió estas palabras: «Enjuga
tus lágrimas, ó la mas hechicera de las princesas, que vengo á traer
consuelo á tu corazon.»
Asustóse la princesa al oir una voz tan cerca de ella; mas no viendo
sino un pájaro verde que la saludaba batiendo las alas: «¡Ay! dijo,
¿qué consuelo puedes tú darme no siendo mas que un papagayo?»
Algo picado el loro con esta contestacion, respondió con cierta
secatura: «Á mas de una bella consolé yo en mi tiempo; pero dejemos
esto. Ahora vengo como embajador de un príncipe real. Sabe, ó
princesa, que Ahmed Al Kamel, príncipe de Granada, acaba de llegar en
busca tuya, y se halla en este momento en la florida ribera del Tajo.»
Á estas palabras brillaron los ojos de la princesa con mas fuego que
los diamantes de su corona.
«¡Ó el mas amable de los papagayos, dijo, benditas sean las nuevas
que me traes! La duda en que me hallaba acerca de la constancia del
príncipe me tenia ya á la orilla del sepulcro. Vuelve al príncipe,
y asegúrale que todas las palabras de su carta están grabadas en mi
corazon, y que sus versos han sido el alimento de mi alma. Pero
dile tambien que debe disponerse á probarme su amor con la fuerza
de las armas; porque mañana mismo, en celebridad del decimoséptimo
aniversario de mi nacimiento, celebrará mi padre un torneo: justarán
en él muchos príncipes, y mi mano será el premio del vencedor.»
Levantó el papagayo el vuelo, se remontó sobre los árboles del
jardin, y salvando el recinto del palacio, llegó en un momento adonde
estaba Ahmed. No es posible describir el júbilo de este: habia
hallado el original de la imágen que hacia tanto tiempo adoraba, y
le habia hallado fiel y sensible. Los mortales favorecidos que han
logrado como él la dicha de ver cumplidos sus dulces delirios y
trocarse la sombra en realidad, son los únicos que pueden formarse
una idea de su delicioso enagenamiento. Con todo no dejaba este
de hallarse mezclado con alguna inquietud: aquel torneo, aquellos
caballeros que se disponian á disputarle la posesion del objeto
amado, no le permitian entregarse enteramente á la alegria. El clarin
guerrero llenaba ya con su marcial sonido las frondosas riberas del
Tajo, y por do quiera se encontraban paladines que acudian á las
fiestas de Toledo, seguidos de numerosas y brillantes comitivas.
La misma estrella que precediera al destino de Ahmed habia influido
en el de la princesa, la cual para precaverse de los males que el
amor podia ocasionarle, debia permanecer encerrada en el solitario
palacio hasta haber cumplido diez y siete años. Sin embargo, como su
mismo retiro habia acrecentado la fama de sus gracias, se disputaban
su mano muchos príncipes; y el rey de Toledo su padre, monarca
señalado por su prudencia, para no atraerse enemigos si se inclinaba
á uno ú otro de los pretendientes, confió la eleccion de un yerno
á la suerte de las armas. Entre los que aspiraban al prez de la
victoria habia muchos célebres ya por su fuerza y bravura; al paso
que el desventurado Ahmed se veía desprovisto de armas, y sin ninguna
idea de los egercicios de la caballería ¡Qué situacion tan triste la
suya!
«¡Cuánta es mi desgracia, decia, en haber sido educado en el retiro
y bajo la direccion de un filósofo! ¿De qué sirven el álgebra ni la
filosofía para los negocios de amor? ¡Ah Eben Bonabben! ¿Por qué te
olvidaste de instruirme en el manejo de las armas?»
En esto rompió el silencio el buho, y como buen musulman que era,
empezó su discurso por una invocacion piadosa.
«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! Las cosas mas recónditas están en sus
manos. ¡Él solo gobierna el destino de los príncipes! Sabe, ó Ahmed,
que toda esta comarca está llena de misterios, conocidos únicamente
de un corto número de eruditos, que se han dedicado como yo á las
ciencias ocultas. En uno de los montes vecinos se halla una caverna
profunda; en el centro de esta caverna hay una mesa de hierro, sobre
esta mesa están unas armas encantadas, y junto á ellas se ve un
hermoso caballo, igualmente encantado, todo lo cual ha permanecido
oculto por espacio de muchos siglos.»
Quedó el príncipe sobrecogido de admiracion; y el buho abriendo y
guiñando alternativamente sus grandes y redondos ojos, y enhestando
los cuernos, continuó así:
«Hace muchos años vine yo acompañando á mi padre en un viage que hizo
por este pais para visitar sus posesiones; y como fijamos nuestra
habitacion en la caverna de que os hablo, tuve proporcion de conocer
los misterios que encierra. Segun una tradicion de nuestra familia,
que me refirió mi abuelo siendo yo muy niño, dichas armas pertenecian
á un mágico moro, el cual habiéndose refugiado en la caverna cuando
los cristianos tomaron á Toledo, murió en ella, y dejó su caballo
y armadura bajo el influjo de un encanto, que no permitia pudiesen
servir á otro que un musulman; y aun á este solo desde el amanecer
hasta el medio dia. Pero cualquiera que haga uso de ellas en este
intervalo, está seguro de triunfar de todos sus enemigos.
--¡Basta! esclamó el príncipe, busquemos al momento esa caverna.»
Guiado por su sábio Mentor halló Ahmed la caverna, que era una
de aquellas guaridas salvages que se encuentran en medio de los
escarpados montes de Toledo; y á la verdad, solo el ojo de un
anticuario ó de un buho pudiera descubrir la entrada. Una lámpara
sepulcral, en donde ardia sin consumirse un aceite odorífero, bañaba
de pálida luz aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el
centro de la gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veía
el corcel árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como
una estátua. Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando
salieron de las manos del artífice; el caballo fresco y lozano como
si acabase de pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió
una palmada en el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y
dió un relincho de alegria que estremeció toda la caverna. Provisto
de armas y caballo, ya no sintió el príncipe otro afecto que la
impaciencia de entrar en liza con sus rivales.
Llegó en fin el dia fatal. El palenque para el torneo se dispuso
en la vega ó llanura que se estiende al pie de las murallas de
Toledo; y á su rededor se levantaron anfiteatros y galerías para
los espectadores, cubriéndolos de ricas tapicerías y toldos
de seda que los defendian de los rayos del sol. Ocupaban las
galerías todas las hermosas del contorno; y veíanse al pie de
ellas mil bizarros caballeros, que se paseaban por el circo con
gentil continente, cubiertos de ricas armas y capacetes, en donde
flotaban vistosos penachos de plumas. Pero todas las bellezas
quedaron eclipsadas cuando apareció en el pabellon real la princesa
Aldegunda, mostrándose por primera vez á los ojos de una multitud de
admiradores: en todas las gradas, en todos los pabellones, en todo
el campo se levantó al momento un murmullo de placer y sorpresa; y
los príncipes, que solo aspiraban á su mano atraidos por la nombradía
de su belleza, sintieron que se redoblaba estraordinariamente su
ansia de combatir.
Mas la princesa se mostraba inquieta, y ora pálida, ora con el color
encendido, tendia la vista por la multitud, y sus miradas indicaban
temor y disgusto. Ya los clarines iban á dar la señal para el primer
combate, cuando anunció un heraldo la llegada de un caballero
estrangero, y entró en la liza el príncipe Ahmed. Llevaba sobre el
turbante un almete de acero, guarnecido de piedras preciosas; la
coraza era dorada; la cimitarra y el puñal, fabricados en Fez,
centelleaban rebutidos de diamantes; embrazaba un escudo redondo, y
llevaba la lanza encantada. El caparazon del caballo árabe estaba
ricamente bordado y colgaba hasta el suelo, y el fogoso bruto hacia
graciosas corbetas, arrojaba humo por las narices, y daba alegres
relinchos al verse de nuevo en un campo de batalla. El noble ademan
y gallardo talle del príncipe Ahmed cautivaron la atencion general;
y cuando fue anunciado bajo el nombre del _Peregrino de amor_, todas
las damas de las galerías esperimentaron una agitacion estraordinaria.
Entre tanto, al presentarse Ahmed para entrar en la liza, le
fue cerrada la barrera; porque para ser admitido al combate era
indispensable ser príncipe. Declaró su nombre y su rango; pero fue
mucho peor, porque siendo mahometano no podia tomar parte en un
torneo, cuyo premio era la mano de una princesa cristiana.
Rodeáronle con ademan altivo y amenazador los príncipes sus
competidores; y uno de ellos, notable por sus insolentes maneras
y talla hercúlea, quiso poner en ridículo el tierno renombre de
peregrino de amor. Ofendido el príncipe desafió lleno de furia á su
rival: volvieron las riendas, tomaron campo y corrieron impetuosos
á encontrarse; mas al primer bote de la lanza mágica, el indiscreto
bufon, á pesar de su enorme estatura y fuerza prodigiosa, saltó de
la silla. Hubiera querido Ahmed detenerse aquí, mas las habia con un
caballo endemoniado y con unas armas encantadas, que nada era capaz
de contener una vez puestas en accion. El corcel se lanzó sobre el
grupo mas cerrado, y la lanza se llevaba por delante todo lo que
encontraba. El amable y pacífico príncipe, hendiendo con violencia
por entre la asombrada multitud, y cubriendo la arena de caballeros
vencidos, sin distincion de clases, de valor ó de destreza, se
lastimaba él mismo de sus involuntarias hazañas. Pateaba el rey de
corage, y al ver tan mal parados á sus vasallos y á sus huéspedes,
mandó á los guardias que se apoderasen del que así se atrevia á
ultrajarle; mas los guardias quedaban fuera de combate luego que se
acercaban al príncipe. Mesábase el rey su larga barba, y tomando
el escudo y la lanza, saltó él mismo á la arena para imponer al
estrangero con la magestad real. Mas en aquel momento llegaba el
sol al meridiano: el encanto recobraba su influjo, y el caballo
árabe se lanzó en la llanura, saltó la barrera, se arrojó en el
Tajo, rompió nadando sus espumosas olas, y llevó al príncipe sin
aliento y desesperado á la caverna mágica. Sobrado feliz Ahmed al
apearse sano y salvo del diabólico bridon, volvió á dejar las armas
y se sometió á los nuevos decretos del destino. Sentado en la gruta
reflexionaba sobre las desgracias que aquel caballo y aquellas armas
le habian atraido. ¿Cómo habia de atreverse á presentarse en Toledo
despues de haber llenado de vergüenza á sus caballeros de un modo
tan ignominioso? ¿Qué dirian, señaladamente la princesa, de una
conducta tan insultante y grosera? Lleno de ansiedad envió á caza de
noticias á sus dos confidentes alados. El papagayo corrió todas las
encrucijadas y plazas públicas de Toledo, y volvió muy pronto con
abundante provision de chismes. Toda la ciudad estaba consternada:
á la princesa se la habian llevado sin sentido del pabellon; el
torneo se habia concluido con el mayor desórden; todos hablaban de la
repentina aparicion, de las prodigiosas hazañas, y de la desaparicion
todavía mas prodigiosa del caballero musulman: quién decia que era
sin duda algun moro mágico; quién opinaba que no podia ser otro
sino un demonio en figura humana; al paso que muchos, recordando
las tradiciones de los guerreros que permanecian encantados en
las cavernas de los montes, suponian que podia ser alguno de ellos
que hubiese hecho esta irupcion desde el centro de su guarida. Por
lo demas todos convenian en que un simple mortal no hubiera podido
egecutar aquellos hechos estraordinarios, ni arrancar tan fácilmente
de las sillas á la flor de los caballeros cristianos.
Luego que cerró la noche salió tambien el buho á dar su vuelta, y
á favor de la oscuridad corrió todo el pueblo, posándose en los
tejados y en las chimeneas. Dirigió en fin el vuelo al palacio real,
construido en la cumbre del monte de Toledo, recorrió los terraplenes
y las almenas; y husmeando por todos los rincones, y aplicando sus
espantados ojos á todas las ventanas en donde distinguia luz; hizo
tambien desmayar de miedo á dos ó tres doncellas de la princesa, y
continuó sus investigaciones hasta el amanecer, á cuya hora se fue á
buscar al príncipe, y le participó todo lo que habia descubierto en
su espedicion.
«Volando, le dijo, por delante de una de las torres mas elevadas
del palacio, descubrí desde una ventana á la hermosa princesa, que
tendida en su lecho y rodeada de médicos y de mugeres, no queria
tomar nada de lo que la daban para aliviarla. Cuando se salieron, ví
que sacaba de su seno una carta, la leía la besaba y prorrumpia en
amargos lamentos, de que yo, como filósofo, no hice ningun caso.»
El tierno corazon de Ahmed quedó oprimido bajo el peso de tan
tristes noticias: «Tú tenias razon, esclamaba, sábio Eben Bonabben;
la tristeza, los cuidados, dias de tribulacion y noches de vigilia
son el patrimonio de los amantes: ¡Allah preserve á la princesa del
funesto influjo de este amor, que tanto deseé conocer en mi delirio!»
Las nuevas noticias que el príncipe recibió de Toledo confirmaron
la relacion del buho: toda la ciudad estaba consternada; habian
encerrado á la princesa en la torre mas alta del palacio, y
guardábanse con la mayor vigilancia todas las avenidas. Entre tanto
se habia apoderado de ella una melancolía profunda, cuya causa no
podia nadie penetrar: negábase á tomar alimento, y cerraba los oidos
á todo consuelo. En vano habian ensayado los médicos mas hábiles
todos los recursos del arte, en términos que al fin llegó á creerse
que estaba bajo el dominio de algun sortilegio. En situacion tan
lastimera mandó el rey publicar por todo el reino, que cualquiera que
lograse curar á la princesa, recibiria en premio la joya mas rica de
su tesoro.
Cuando oyó el buho esta noticia desde un rincon de la caverna en
donde estaba dormitando, volvió alternativamente sus grandes ojos á
uno y otro lado, y tomando un aspecto mas misterioso que nunca:
«¡Allah akbar! dijo, dichoso el que pueda efectuar esta curacion, si
sabe únicamente cuál de las joyas de la corona debe elegir.
--¿Y qué idea es la vuestra, ó venerable buho? preguntó el príncipe.
--Estadme atento, ó príncipe, y vereis el término adonde se dirige lo
que acabo de deciros. Nosotros los buhos formamos, como ya sabeis,
un cuerpo sábio, dedicado principalmente á investigaciones oscuras
y polvorientas: pues ahora bien: en mi última escursion nocturna á
las torres y chapiteles de Toledo, descubrí una academia de buhos
anticuarios, que celebra sus sesiones en la gran torre, donde se
halla depositado el tesoro real. Reunidos allí aquellos sábios,
disertan largamente acerca de las formas, inscripciones y objetos
de las antiguas alhajas, y vasos de oro y plata que se hallan
amontonados en aquella pieza; sobre los usos de los diferentes
pueblos y edades; pero lo que principalmente los ocupa, son ciertas
antiguallas y talismanes que se conservan allí desde el tiempo del
rey godo D. Rodrigo. Entre estos últimos objetos existe un cofre
de madera de sándalo, precintado con barras de hierro á la manera
oriental, y cubierto de caracteres misteriosos, conocidos únicamente
por algunas personas doctas. Este cofre y su inscripcion han sido
el objeto de muchas sesiones de la academia, y ocasionado grandes
debates entre sus miembros; y en el momento de mi visita, puesto á
una esquina del cofre un buho muy viejo que acababa de llegar de
Egipto, estaba leyendo las palabras escritas sobre la cubierta; y
ateniéndose á su sentido, probó que el cofre contenia la alfombra de
seda que cubria el trono del sábio Salomon: cuya alhaja debieron de
traer á Toledo los judíos que se refugiaron aquí cuando la pérdida de
Jerusalen.»
Luego que terminó el buho su erudito discurso, quedó el príncipe como
sumergido en profundas meditaciones; y al cabo de breves momentos
dijo dirigiéndose á sus compañeros:
«Mas de una vez he oido hablar al sábio Eben Bonabben de las
propiedades de ese talisman, que habiendo desaparecido en la
destruccion de Jerusalen, se creía ya perdido para el género humano.
Su existencia es sin duda un misterio para los cristianos de Toledo;
y si yo pudiese apoderarme de ese cofre, era cierta mi felicidad.»
Desde el dia siguiente trocó el príncipe sus ricas vestiduras por
el humilde trage de un árabe del desierto, se pintó el rostro y
las manos de color cobrizo, y quedó tal que nadie hubiera conocido
en él al gallardo caballero que causára tanta admiracion y espanto
en el torneo. Con un palo en la mano, una canasta al lado y una
flauta campestre se dirigió á Toledo, y presentándose á las puertas
de palacio, se anunció como un aspirante á la recompensa prometida
por la curacion de la princesa. Los guardias querian arrojarle
ignominiosamente. «¡Cómo! decian, ¿un beduino miserable podria hacer
lo que han intentado en vano los primeros sábios?» Mas el rey, oido
el alboroto y preguntada la causa, mandó que le presentasen aquel
hombre.
«Poderoso rey, dijo Ahmed, teneis en vuestra presencia á un árabe
beduino, que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del
desierto. Notorio es que estas se hallan infestadas de toda suerte
de demonios y espíritus malignos, que nos atormentan á los pobres
pastores, cuando apacentamos nuestros ganados lejos de los pueblos;
se entran en los cuerpos de las reses, y algunas veces comunican
fiereza hasta al paciente camello. Para deshacer estos sortilegios,
no empleamos otros medios que la música; y ciertas tonadas que se han
trasmitido de generacion en generacion, ora cantadas, ora tocadas con
el caramillo, tienen la virtud de ahuyentar aquellos malos espíritus.
Yo pues pertenezco por dicha á una familia eminentemente dotada de
esta virtud maravillosa contra los hechizos y sortilegios; la poseo
en toda su plenitud; y si el estado lastimoso en que parece se halla
vuestra hija es ocasionado por alguna influencia maligna de este
género, me obligo desde luego á libertarla, y respondo de su salud
con mi cabeza.»
Era el rey un hombre de muy buen juicio; conocia los secretos de los
árabes de que el beduino acababa de hablarle, y habiéndole inspirado
la mayor confianza la franqueza con que este pastor se esplicaba,
le condujo al gabinete de la princesa, cuyas ventanas daban á una
especie de galería, desde donde se descubria toda la ciudad de Toledo
con las campiñas circunvecinas.
Sentóse el príncipe en una silla que se habia colocado en la
galería, y tocó algunas tonadas árabes que habia aprendido de sus
criados en el Generalife. La princesa permaneció insensible, y los
médicos que se hallaban allí meneaban la cabeza y se sonreían con
semblante de incredulidad y menosprecio. En fin, el príncipe dejó
el caramillo, y se puso á cantar los versos que envió á la princesa
declarándola su amor.
La hermosa doncella reconoció al momento las estancias, apoderóse
de su corazon una alegria repentina, levantó la cabeza, escuchó;
arrasáronse de lágrimas sus ojos, palpitaba su seno, y tiñósele de
púrpura el semblante. Bien hubiera pedido que hiciesen entrar al
músico; pero el tímido pudor de una vírgen no la dejaba hablar.
Comprendió el rey su deseo, y mandó al momento que entrase el
cantor. Viéronse los dos amantes y fueron discretos, pues se
contentaron con dirigirse mútuamente algunas tiernas miradas que
decian mucho mas que largos discursos. Nunca se vió triunfo mas
completo: las rosas aparecieron de nuevo en las megillas de la
encantadora Aldegunda; sus labios recobraron su frescura, sus ojos su
brillo seductor.
Mirábanse atónitos los médicos, y el rey consideraba al beduino con
una admiracion mezclada de respeto. «Jóven prodigioso, esclamó,
quiero que seas mi primer médico, y jamas tomaré otros remedios que
tu dulce melodía. Por ahora recibe la recompensa que te es debida;
elige la joya mas preciosa de mi tesoro.
--Ó rey, contestó Ahmed, el oro, la plata ni las piedras preciosas
tienen á mis ojos muy poco valor; mas tú posees una reliquia, un
cofre de madera de sándalo que encierra una alfombra de seda. Dame
pues ese cofre y nada mas deseo.»
Todos los circunstantes quedaron sorprendidos de lo moderado de la
eleccion; y mas aun, cuando traido el cofre, fue sacada la alfombra:
la materia era seda, el color un verde muy hermoso, y estaba cubierta
de caracteres hebreos y caldeos. Los médicos de la córte se miraban
encogiéndose de hombros, y sonriéndose de la simplicidad de su nuevo
compañero, que se contentaba con tan módicos honorarios.
«Esta alfombra, dijo el príncipe, cubrió en otro tiempo el trono de
Salomon, el mas sábio de los monarcas: digna es de ser colocada á
los pies de la belleza.»
Dicho esto desplegó la alfombra y la tendió en la galería, debajo de
un lecho que habian colocado allí para la princesa, y sentándose á
los pies de esta: