«¿Quién podrá oponerse, continuó, á los decretos del destino?

¡Cumpliéronse las predicciones de los astrólogos! Sabe, ó rey, que tu

hija y yo nos amábamos en secreto hacia largo tiempo: ya tienes en tu

presencia al Peregrino de amor.»

No bien habia pronunciado estas palabras, cuando se levantó la

alfombra en el aire, llevándose al príncipe y á la princesa. El rey

y los médicos se quedaron pasmados, y siguieron con la vista á los

fugitivos, hasta que ya no se distinguian sino como un punto negro

que resaltaba sobre el fondo blanco de una nube, y que al fin se

perdió en el azul del cielo.

Indignado el rey, hizo llamar inmediatamente á su tesorero. «¿Cómo,

le dijo, has permitido que un infiel tomase posesion de tan precioso

talisman?

--¡Ah señor! respondió el tesorero, aquí no conocíamos sus virtudes,

ni el sentido de los caracteres inscritos sobre el cofre que le

guardaba. Si es en efecto la alfombra del rey Salomon, no cabe duda

que se halla dotada del poder mágico de trasportar á su posesor por

los aires adonde le plazca ir.»

Reunió el rey un poderoso egército y se dirigió á Granada, adonde

llegó despues de una marcha larga y penosa. Luego que dió vista á

la ciudad sentó sus reales en la vega, y envió un heraldo á reclamar

á su hija. El rey de Granada salió en persona á saludar al monarca

toledano, que reconoció en él al músico beduino. Ahmed acababa de

subir al trono por muerte de su padre, y la bella Aldegunda era su

sultana.

El rey cristiano consintió en el enlace de su hija con Ahmed, cuando

se le prometió que la princesa quedaria en libertad para conservar su

religion; porque de otro modo estaba resuelto á oponerse con todo su

poder. En vez de batallas sangrientas hubo fiestas y regocijos; el

anciano rey regresó luego á Toledo, y los jóvenes esposos continuaron

reinando en la Alhambra con no menos sabiduría que felicidad.

Para completar mi historia no puedo dispensarme de añadir que el

buho y el papagayo habian seguido al príncipe á cortas jornadas: el

primero solo viajaba por la noche, alojándose durante el dia en las

diferentes posesiones hereditarias de su familia; el último figuraba

en las reuniones mas brillantes de las ciudades que se hallaban en el

tránsito. Ahmed recompensó generosamente los servicios que uno y otro

le habian hecho durante su peregrinacion, pues nombró primer ministro

al buho, y maestro de ceremonias al papagayo. Con lo cual parece

inútil añadir que jamas hubo reino mejor administrado; ni córte mas

escrupulosa en la observancia de las reglas de la etiqueta.

FIN.

End of Project Gutenberg's Cuentos de la Alhambra, by Washington Irving

Cuentos de la Alhambra · 第 7 / 7 段