--Sí, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun

otro sér conocido; pero sin embargo suele parecerme fastidioso, y

algunas veces me creo mas feliz en su ausencia que en su compañía.

--No trato yo de esa clase de afecto: hablo del amor, del gran

misterio y principio de la vida, de la felicidad inefable de la

juventud y delicia tranquila de la edad madura. Mira en torno de

tí, príncipe mio, y verás como todo respira amor en esta deliciosa

estacion: de cuantas criaturas existen, no hay una que no tenga su

compañera; el mas pequeño pajarillo canta para agradar á su amada;

el insecto, que apenas se distingue sobre la yerba, busca tambien á

su querida, y esas mariposas que suben volando hasta por encima de

la torre, y vagan jugueteando por el aire, son felices por su mútua

ternura. ¡Ah príncipe mio! ¿será posible que hayas perdido los dias

mas preciosos de tu juventud sin conocer el amor? ¿Ningun sér de

sexo diferente, ninguna hermosa princesa, ninguna jóven agraciada ha

cautivado tu corazon, y hecho nacer en tu seno una dulce inquietud,

un conjunto agradable de penas y deseos?

--Ya empiezo á comprenderte, dijo el príncipe suspirando; mas de una

vez he esperimentado una inquietud semejante á la que me dices sin

adivinar la causa. Mas reducido á esta espantosa soledad, ¿dónde

podré hallar un objeto tal como tú le pintas?»

La conversacion continuó aun por algun tiempo sobre el mismo objeto,

y la primera leccion que recibió el príncipe fue completa.

«¡Ay! esclamó despues, si el amor es una felicidad tan grande, y

tanta pena causa la ausencia del objeto amado, ¡no permita Allah que

yo turbe la alegria de dos amantes!»

Dicho esto abrió la jaula, sacó el palomo y le dejó sobre la ventana.

«Ve, dijo, ave dichosa, goza con la amada de tu corazon los hermosos

dias de la juventud y la deliciosa estacion de la primavera. ¿Con qué

razon habia yo de retenerte en este triste encierro, adonde jamas

podrá penetrar el amor?»

Batió el ave las alas en señal de contento, formó un círculo en el

aire, y voló como una flecha hácia los floridos bosquecillos del

Darro.

Siguióla Ahmed con los ojos hasta perderla de vista, y quedó

sumergido en la mas profunda tristeza. El canto de las aves que tanto

le complacia pocos momentos antes, redoblaba ahora sus penas ¡Amor,

amor, amor! ¡Ah pobre jóven! Entonces conoció el significado de este

tema tan repetido.

La primera vez que vió al sábio Bonabben despues de esta

conversacion, le dirigió una mirada de resentimiento. «¿Por qué me

has dejado en tan crasa ignorancia? le dijo encolerizado. ¿Por qué

me ha de ser desconocido el gran misterio, el principio de la vida

que está al alcance del mas humilde insecto? La naturaleza entera

se entrega en este momento á los mas dulces placeres; todas las

criaturas se gozan con una compañera, y ve ahí precisamente ese

amor que yo queria conocer. ¿Por qué he de ser yo el único que se

halle privado de sus delicias? ¿Por qué he de haber pasado los dias

mas floridos de mi juventud, sin conocer la felicidad que puede

proporcionar?»

El sábio Bonabben conoció sobradamente que ya era inútil toda

reserva, puesto que el príncipe habia adquirido la ciencia prohibida.

Le reveló pues las predicciones de los astrólogos; y le enteró de las

precauciones que se habian tomado en su educacion para conjurar la

tempestad que le amenazaba.

«Ahora, príncipe mio, añadió, teneis mi vida en vuestras manos. Si

el rey vuestro padre llega á entender que bajo mi vigilancia habeis

aprendido lo que es amor, perezco sin remedio; porque respondí con mi

cabeza de vuestra completa ignorancia en esta materia.»

Era el príncipe mas razonable de lo que pudiera esperarse de un

jóven de su edad, y así escuchó las reflexiones de su preceptor con

tanta mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por

otra parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben,

y como solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en

encerrar en su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa

de adquirir, antes que poner en peligro la cabeza del filósofo.

Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas

fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes

imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires

el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo,

se le puso sobre el hombro con singular familiaridad.

Cogióle el príncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave

dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la

mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado

despues que no nos hemos visto?

--Vengo, ó príncipe, de una region muy distante; y en recompensa de

la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En mi

remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y dominar

una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrí bajo de mí un

jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores: un límpido

arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que esmaltaban

una frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un

magnífico palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al

arroyuelo que pasaba bañando el tronco, descubrí una princesa en

todo el brillo de la primera juventud, rodeada de doncellas de su

misma edad, que la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas

como ella, pero no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin

embargo florecian en aquella soledad ocultos á los ojos de todos;

porque el jardin se hallaba cercado de murallas altísimas, y nadie

podia penetrar en él. Á la vista de una tierna jóven tan llena de

atractivos, á quien su separacion del mundo ha conservado toda la

inocencia de la edad infantil, he discurrido que esta era la que el

cielo tenia destinada para inspirar amor á mi querido Ahmed.»

Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon

sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno

hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la

pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento

con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases

mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya

profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que

le impedia arrojarse á sus pies. Á este amoroso billete añadió

algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida á

la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el príncipe era

naturalmente poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta

iba dirigida _Á la bella desconocida: del príncipe cautivo Ahmed_. Y

despues de haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la

entregó al palomo.

«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes y los

valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber entregado

esta carta á la señora de mi corazon.»

Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida dirigió

el vuelo en línea recta. Siguióle el príncipe largo rato con la

vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible, y

al fin se ocultó enteramente detras de una montaña.

Contaba Ahmed con impaciencia los dias que se siguieron á la partida

de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche;

mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á

la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando

á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun

desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla

empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de

su viage y dejar cumplida su mision.

Inclinóse el príncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel

mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una

cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo

el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa en la flor

de su edad. Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas

¿quién era? ¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba

en cambio aquel retrato, como prenda de correspondencia?

Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la

oscuridad con la lastimera muerte del palomo.

Contemplaba el príncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas sus

ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba

horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonía. «Bella

imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos

cristalinos se fijan en mí con ternura; tus labios de rosa parece se

abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos hermosos ojos,

esa boca adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un

rival mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta

copia divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué

acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento

la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo

triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una

sombra.»

El príncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré,

dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino

de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que

reina en mi corazon.»

Era inútil pensar en huir durante el dia; mas la guarda del palacio

estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temía

ninguna tentativa de este género de parte del príncipe, que siempre

habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no

sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais

que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el

buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer

todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro

para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande

importancia, contestó en estos términos al príncipe Ahmed: «Habeis de

saber, ó príncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia

muy antigua y numerosa, que aunque algo decaida tiene todavía mucho

poder. En todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y

puedo aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre,

una ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como

en los campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un

tio ó un primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela,

he cruzado el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas

ocultos.» Lleno el príncipe de júbilo al encontrar al buho tan

profundamente versado en la topografía le confió el secreto de su

amor y su proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de

guia y consejero.

«¡Cómo! respondió el buho algo picado, ¿he nacido yo acaso para

mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi

tiempo á la meditacion y á la luna?

--Sosegaos, augusto buho, repuso el príncipe, y dignaos de salir por

un instante de vuestras meditaciones y de la luna para ausiliar mi

fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á pedirme.

--Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones bastan

para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto capaz

para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo?

--Considera sin embargo, sapientísimo buho, que entre tanto que tú

meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos

para el mundo. Yo seré un dia soberano, y podré colocarte en algun

puesto honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu

profunda sabiduría.»

La filosofía del buho le hacia muy superior á las necesidades de la

vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion. Rindióse

pues á las ofertas del príncipe, y consintió en servirle de guia y

Mentor en su peregrinacion.

Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud. Ante

todo reunió el príncipe sus diamantes y demas alhajas, y las

ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche

siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las

indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla

esterior, y antes de amanecer ya se hallaban en medio de los montes

él y su esperimentado guia.

Allí consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar.

«Yo creo, dijo el buho, que seria acertado ir á Sevilla; porque

habeis de saber que hace muchos años hice yo una visita á mi tio,

un buho de ilustre abolengo, que habitaba en uno de los ángulos

arruinados del alcázar: con esta ocasion hice muchas escursiones

nocturnas por aquella ciudad, y habiéndome llamado La atencion

cierta luz que brillaba en una torre abandonada, dirigí una noche

el vuelo á las almenas, y ví que aquella luz era la lámpara de un

mágico árabe, á quien descubrí tambien en su escondrijo rodeado de

los libros de su ciencia, y que tenia sobre el hombro un cuervo muy

viejo que habia traido consigo de Egipto. Trabé estrechas relaciones

con dicho cuervo, y aprendí de él la mayor parte de los conocimientos

que poseo. Despues de aquella época murió el mágico; mas el cuervo

habita aun la torre, porque estos pájaros son admirables por su

longevidad. Yo pues, ó príncipe, os aconsejaria que buscaseis á este

cuervo; porque ademas de que es adivino y algo hechicero, profesa

tambien la mágia negra, en la que son muy celebrados los cuervos, y

señaladamente los de Egipto.»

Admirado el príncipe de este consejo, se dirigió á Sevilla; mas por

consideracion á su compañero, caminaba únicamente durante la noche, y

pasaba el dia en alguna gruta oscura, ó en una torre arruinada; pues

el buho conocia todas estas guaridas secretas, y su aficion á las

ruinas era igual á la de un anticuario.

Llegaron en fin á Sevilla una mañana antes de salir el sol, y el

buho, que detestaba la luz del dia y el tráfago de una ciudad tan

populosa, se quedó fuera de los muros, y puso su cuartel en el hueco

de un árbol.

Entró el príncipe en la ciudad, y no tardó á hallar la torre mágica,

que descollaba por encima de las casas, no de otra manera que una

palma sobre los matorrales del desierto. Dicha torre era la misma que

existe hoy, y es conocida con el nombre de _la Giralda_. Una escalera

trabajosa condujo al príncipe hasta la estancia mas elevada, en donde

halló efectivamente al cuervo cabalístico. Era este un pájaro viejo,

de cabeza cana y plumage ralo, semblante ceñudo, y una nube en el

ojo izquierdo que le daba una mirada de espectro. Sostenido sobre una

pata tenia la cabeza inclinada, y con el ojo que le quedaba estaba

examinando un diagrama que se veía trazado en el suelo.

Llegóse á él el príncipe con todo el respeto que su alta reputacion

y venerable aspecto debian naturalmente inspirarle: «Perdonadme, le

dijo, respetable y sapientísimo cuervo, si me atrevo á distraeros

por un instante de los estudios con que teneis admirado al mundo

entero. Veis en vuestra presencia á un amante que desea vivamente le

indiqueis los medios de que podrá valerse para lograr el objeto de su

amor.

--En otros términos, contestó el cuervo con una mirada

significativa, ¿queréis que os diga la buena ventura? Enhorabuena,

enseñadme la mano, y dejadme descifrar las líneas misteriosas de

vuestro destino.

--Perdonad, replicó el príncipe: yo no vengo aquí con objeto de

conocer los decretos del destino que Allah ha querido ocultar á los

ojos de los mortales; soy un peregrino de amor, y solo pido un hilo

que pueda dirigirme por entre el laberinto del mundo hácia el objeto

de mi peregrinacion.

--¿Y os podrán faltar objetos de esta especie en la enamorada

Andalucía? dijo el viejo cuervo dirigiendo al príncipe con semblante

maligno el único ojo que tenia, sobre todo en la alegre y deliciosa

Sevilla, donde mil bellezas de ojos negros bailan de continuo la

zambra á la fresca sombra de los floridos bosques de naranjos.»

Sonrojóse el príncipe, y se escandalizó sobremanera al oir palabras

tan libres en boca de un pájaro viejo, que estaba ya con un pie en

la sepultura. «Creedme, le dijo con gravedad, mi objeto no es tan

frívolo é innoble como parece lo suponeis. Las bellezas de ojos

negros que bailan en los bosques de naranjos del Guadalquivir, no

tienen atractivo alguno para mí: busco una beldad desconocida; pero

inocente y pura, el original de este retrato; y vuelvo á suplicarte,

muy poderoso cuervo, que si á tan lo alcanza tu ciencia, me digas en

dónde podré hallarla.»

La seriedad del príncipe desagradó al cuervo estantigua, el cual

contestó con secatura: «Todo lo que pertenece á la juventud y á la

belleza me es estraño: la vejez, la decrepitud es lo único que tiene

atractivo para mí. Soy el heraldo del destino; desde lo alto de las

chimeneas anuncio con mis graznidos los pronósticos de la muerte,

y me agrada cernerme sobre el tejado del enfermo moribundo. Id

pues, y buscad en otra parte quien os dé mas señas de vuestra bella

desconocida.

--¿Y en dónde buscarla sino entre los hijos de la sabiduría? Nací

para reinar, y los astros que precedieron á mi nacimiento, me

precisan á acometer una empresa misteriosa, de la que depende tal vez

el destino de muchos imperios.»

Cuando el cuervo oyó hablar de imperios y destinos en que estaban

interesadas las estrellas, cambió de tono, escuchó con oido atento

la historia del príncipe, y cuando la hubo terminado, le dirigió

con afabilidad estas palabras: «No puedo daros por mí mismo ninguna

noticia; porque como ya os he dicho, frecuento muy poco los jardines

y los retretes de las damas; pero dirigíos á Córdoba, y buscad la

palma del grande Abderramen, que se halla en el patio principal de

la mezquita. Al pie de este árbol hallareis un gran viagero que ha

visitado todos los paises y todas las córtes: favorecido en todas

partes por las reinas y las princesas, esta relacionado con todos los

magnates del reino, y yo no dudo que podrá daros noticias del objeto

de vuestras diligencias.

--Mil millones de gracias por tan precioso consejo, dijo el

príncipe: adios, venerable brujo.

--Adios, peregrino de amor,» respondió el cuervo con tono seco, y se

puso á calcular de nuevo sobre su diagrama.

Salió el príncipe de Sevilla, y se fue á buscar á su compañero el

buho, que dormitaba todavía dentro de su árbol; despertóle, y tomaron

ambos el camino de Córdoba, atravesando los bosques de naranjos y

limoneros, que refrescan con su sombra las deliciosas márgenes del

Guadalquivir. Llegados á las puertas de la ciudad, el buho levantó

el vuelo, y se metió en una grieta de la muralla, y el príncipe se

dirigió al momento á buscar la palma que plantára en los antiguos

tiempos el grande Abderramen. Estaba en el patio de la mezquita,

descollando por encima de los mas altos naranjos y cipreses; algunos

dérvises y faquires, formaban diversos grupos sentados bajo los

pórticos; y muchos devotos hacian sus abluciones en la fuente antes

de entrar en la mezquita.

Al pie del árbol habia un numeroso concurso de gentes de todas

clases, que segun parecia, estaban escuchando á una persona que

hablaba con estraordinaria volubilidad. «Este es sin duda, dijo para

sí el príncipe, el gran viagero que me dará noticias de mi princesa.»

Mezclóse entre la multitud, y quedó sobremanera sorprendido al

ver que el orador, en derredor del cual se reunia tan distinguido

auditorio, era un papagayo de hermoso plumage verde, gesto remilgado

y copete erguido, que tenia todas las trazas de un pájaro sumamente

pagado de sí mismo.

«¿En qué consiste, dijo el príncipe á uno de los oyentes, que tantas

personas de razon se estén divirtiendo con la parladuria de un pájaro

de esta especie?

--Vos no sabeis de quién hablais, replicó el otro: este papagayo

desciende del famoso loro de Persia, tan célebre por sus talentos en

la adivinacion: tiene toda la ciencia del oriente en el pico de la

lengua, y cita versos como agua. En todos los paises que ha recorrido

le han mirado como un milagro de erudicion; con las mugeres, sobre

todo, se ha adquirido un partido prodigioso; porque el bello sexo ha

hecho siempre mucho caso de los papagayos que citan versos.

--Muy bien, dijo el príncipe, conozco que me habia equivocado, y

en verdad que me holgaria de tener un rato de conversacion con tan

distinguido viagero.»

Con efecto solicitó y obtuvo una entrevista privada, y empezó á

esponer el objeto de su peregrinacion; mas apenas habia pronunciado

algunas palabras, cuando soltó el loro una gran carcajada, y continuó

riendo hasta llorar. «Perdonad, dije, mi loca alegria; pero el solo

nombre de amor me hace descoyuntar de risa.» Mortificado el príncipe

de tan intempestiva jovialidad, le replicó con tono grave: «¿Por

ventura no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio

secreto de la vida, el vínculo universal de la simpatía?

--¡Patarata! ¡Pura patarata! Decidme os ruego, ¿en dónde habeis

aprendido esa gerigonza sentimental? Creedme, ya no es moda el amor,

ni siquiera se habla ya de él entre las gentes de talento, ni en la

buena sociedad.»

Suspiró el príncipe, acordándose del lenguage tan diferente de su

amigo el palomo. «Mas este papagayo, discurria, ha pasado su vida

en las córtes; blasona de elegante, y afecta ser un personage:

seguramente no sabrá nada de amor; y como no queria provocar nuevas

chufletas sobre el afecto que llenaba su corazon, se encaminó

directamente al objeto de su visita.

«Dignaos decirme, ó incomparable papagayo; vos, para quien han estado

abiertos los asilos mas reconditos de la belleza, ¿habeis tal vez

encontrado en el discurso de vuestros viages el original de este

retrato?»

Tomó el papagayo el retrato entre las garras, volvió á uno y otro

lado la cabeza para observarle con ambos ojos, y esclamó en fin: «Ve

aquí, por vida mia, una liada cara; sí, cierto, una cara lindísima.

Mas como yo he visto en mis viages tantas mugeres hermosas, me seria

muy difícil.... pero no.... aguardad.... sí.... ahora me acuerdo de

estas facciones.... no, no me engaño: esta es la princesa Aldegunda:

¿es posible que haya yo podido desconocer á una de mis mayores amigas?

--¡La princesa Aldegunda! repitió el príncipe; ¿y en dónde la

hallaremos?

--Cachaza, señor mio, cachaza; que mas fácil es hallarla que

obtenerla. Esta princesa es la hija única del rey cristiano de

Toledo, la cual, merced á ciertas predicciones de esos bellacos de

astrólogos, debe vivir separada del mundo hasta cumplir los diez y

siete años. Y yo creo que os ha de ser imposible el verla, porque

ningun mortal puede llegarse al palacio en donde su padre la tiene

encerrada. Yo he sido admitido á su presencia para divertirla, y os

juro á fe de papagayo de mundo, que conozco mas de una princesa menos

amable que ella.

--Hablemos en confianza, querido papagayo, dijo el príncipe: yo

soy heredero de un reino; veo que sois un pájaro de talento y que

conoceis el mundo; ayudadme pues á ganar el corazon de la princesa,

y os prometo un puesto distinguido en mi córte.

--Lo acepto de todo corazon, dijo el papagayo; pero cuidado, que ha

de ser un bocado sin hueso, porque nosotros los sábios tenemos horror

al trabajo.»

Cuentos de la Alhambra · 第 5 / 7 段