--Basta, dijo lleno de júbilo Aben-Habuz: mañana al despuntar la

aurora subiremos á la colina, y tomaremos posesion de esa morada de

ventura.» Aquella noche durmió poco el monarca, y apenas los primeros

rayos del sol comenzaban á dorar los picos de Sierra-Nevada, montó

en su caballo, y seguido de una corta y escogida comitiva, subió la

colina por un camino angosto y escarpado. Al lado de Aben-Habuz iba

la princesa, montada en un palafren blanco; su trage estaba sembrado

de diamantes, y del hermoso cuello colgaba segun costumbre la lira de

plata. El astrólogo, que nunca montaba á caballo, caminaba á pie al

otro lado del rey, apoyado sobre su baston geroglífico.

Hacíase todo ojos Aben-Habuz, esperando ver en lo alto las torres del

palacio con sus jardines y bosquecillos; mas nada podia descubrir.

«Ved ahí, dijo el astrólogo, en lo que consiste la seguridad y el

misterio de este lugar: nada puede distinguirse hasta que se ha

pasado la puerta encantada.»

Luego que llegaron delante de la puerta, deteniéndose el astrólogo,

enseñó al rey la mano y la llave misteriosas grabadas sobre el arco.

«Las figuras que veis, dijo, son los talismanes que guardan la

entrada de este paraiso: entre tanto esa mano no se baje hasta tocar

la llave, ningun poder humano, ningun artificio mágico podrá triunfar

del señor de esta colina.»

Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio de

admiracion y pasmo los misteriosos talismanes, el palafren de la

princesa, que seguia caminando, se entró por el pórtico hasta el

centro de la torre.

«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habeis prometido;

la primera cabalgadura que entre por estas puertas mágicas, con la

carga que lleve.»

Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo; mas cuando

conoció que hablaba con seriedad, temblaron de indignacion las canas

de su barba.

«Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este

engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura

que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma la

mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los objetos mas

preciosos que se hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus

pensamientos hasta la que forma, las delicias de mi corazon.

--¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas? dijo con aire de

desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sábio Salomon? ¿No

tengo á mi disposicion todos los tesoros de la tierra? La princesa me

pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo la reclamo

como alhaja mia.»

Á todo esto, desde lo alto de su palafren les dirigia la princesa

mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á

aquellos dos vestiglos disputándose la posesion de su juventud y

belleza.

Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su

prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en

mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la

temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey.

--¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de

una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios,

Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso de los

locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro filosófico.»

Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa,

hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa dama al

traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra sobre sus

cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habian

desaparecido.

Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó

á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso

que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por

donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero

todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los

picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo

practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en

la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio

subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues

en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra

cosa que la roca firme y unida.

Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib perdieron

la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó inmóvil,

vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada al sitio

por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que

se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.

Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento,

y los acentos de una voz de muger, que apenas se distinguian, y al

parecer salian de las entrañas de la tierra. Cierto dia refirió un

labrador al rey que la noche anterior habia notado en la peña una

hendedura, y habiéndose introducido por ella habia distinguido á gran

profundidad un salon subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo

sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la

lira de la princesa, que segun los efectos egercia un poder mágico

sobre sus sentidos.

Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla,

porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró las

tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las

primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto de

la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian

haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que

dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que

no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo;

lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida;

y escabrosa. Las gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y

unos llamaban á aquel sitio la _Locura del rey_, y otros el _Paraiso

de los locos_.

Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á

quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando

poseía el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se

hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su

territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los

monarcas fue una serie de guerras y disturbios.

En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado;

y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra,

que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El

pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda

por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada _del

Juicio_ y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion comun

que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salon

subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa.

Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir estos

sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud

soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo

lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad: la

princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo

sometido á la mágia somnífera de la princesa hasta el dia del juicio;

á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el

encanto de la montaña.

Historia del príncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.

Antiguamente habia en Granada un rey, que solo tenia un hijo, llamado

Ahmed, á quien los cortesanos, á causa de los signos indubitables

de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia, le

dieron el sobrenombre de Al Kamel, que quiere decir El Perfecto.

Las predicciones de los astrólogos se conformaban bastante con esta

lisonja, pues habian leido en los astros que el príncipe seria el

mas perfecto y dichoso de los soberanos. Una sola nube amenazaba su

destino, y aun en esta se distinguia cierto color purpúreo que la

hermoseaba: habíale dotado naturaleza de una propension irresistible

al amor, y esta pasion le habia de hacer correr grandes riesgos. Con

todo, si se conseguia libertarle de sus ataques hasta la edad madura,

se desvanecerian estos peligros, y su vida ofreceria una serie no

interrumpida de prosperidades.

Confiado el rey en los consejos de los astrólogos, adoptó la sábia

resolucion de hacer educar al príncipe en un retiro absoluto, en

donde no pudiese ver un rostro femenil, ni llegase á sus oidos el

solo nombre de amor. Can esta mira hizo construir en la colina que

domina la Alhambra un palacio suntuoso, y le rodeó de deliciosos

jardines, cercados de murallas altísimas, que son los mismos que

conocemos al presente con el nombre de _Generalife_.

En este retiro fue encerrado el jóven Ahmed Al Kamel, bajo la tutela

de Eben Bonabben, filósofo árabe de saber profundo; pero de carácter

severo é insensible. Habia este pasado la mayor parte de su vida

en Egipto, ocupado en el estudio de los geroglíficos, y en hacer

investigaciones científicas en los sepulcros y en las pirámides; y

de ahí es que á sus ojos tenia mucho mas atractivo una momia egipcia,

que la belleza viviente mas seductora. Confióse pues á tan digno

preceptor la educacion del príncipe, previniéndole le instruyese

en toda clase de conocimientos, escepto uno solo: debia ignorar

completamente todo lo relativo al amor.

«Emplead, le dijo el rey, cuantas precauciones creais necesarias

para conseguir este objeto; y tened presente, ó Eben Bonabben, que

si mi hijo llega á adquirir la menor noticia de este objeto vedado,

pagareis con la cabeza esta trasgresion á mis órdenes.»

Una sonrisa forzada conmovió el descarnado rostro del sábio Bonabben

al oir esta amenaza. «Tan seguro podeis estar vos de vuestro hijo

como yo de mi cabeza. ¿Creeis que un hombre como yo habia de ir á dar

al príncipe lecciones de amor?»

Bajo la vigilante custodia del filósofo fue creciendo el príncipe,

prisionero en aquellos jardines y palacio. Servíanle esclavos

negros y mudos, de figura horrible, que ó no tenian ninguna noticia

del amor, ó carecian de palabras para comunicarlas. Eben Bonabben

trabajaba con teson en formar el entendimiento de su alumno,

enriqueciéndole con toda suerte de conocimientos, y señaladamente con

las ciencias abstractas de los egipcios; mas el príncipe hacia muy

pocos progresos en estas últimas, y su Mentor se convenció muy pronto

de que no se hallaba en él ninguna aptitud para la metafísica.

Sin embargo, tenia une docilidad estraordinaria en un príncipe, y

estaba siempre pronto á seguir las opiniones de los demas, dejándose

guiar por el último que le aconsejaba: tanto que resistiendo con no

pequeño esfuerzo los ataques del sueño, escuchaba con una paciencia

verdaderamente egemplar los doctos y perdurables discursos de

Bonabben, que dejaron en su espíritu una idea ligera de casi todas

las ciencias. De este modo llegó felizmente Ahmed á los veinte años

de su edad; mas aunque podia pasar por un prodigio de saber, ignoraba

absolutamente lo que era amor.

Por este tiempo se cambiaron las costumbres del príncipe: abandonó

de todo punto los estudios, y pasaba los dias vagando por los

jardines, ó sentado á la orilla de una fuente, abismado en profundas

cavilaciones. Habíanle enseñado algunos principios de música, y

empleaba una parte del dia en cultivar este arte, manifestando al

mismo tiempo una aficion naciente á la poesía. Estos caprichos

sobresaltaron al sábio Eben Bonabben, el cual trató de desvanecerlos

por medio de un curso de álgebra; mas el príncipe tenia horror á todo

lo que era cálculo: «No puedo soportar el estudio del álgebra, dijo;

necesito alguna cosa que hable á mi corazon.

--¡Medrados estamos! dijo para sí el sábio preceptor, meneando la

despoblada cabeza. ¡Adios filosofía! el príncipe ha descubierto que

hay corazon.» Desde entonces dobló la vigilancia con que celaba

todos los pasos y acciones de su alumno, y no tardó en conocer

que su propension natural á la terneza se habia ya desarrollado, y

solo necesitaba un objeto para acabar de manifestarse. Veíasele con

frecuencia discurriendo sin direccion por los jardines embebecido en

una especie de enagenamiento, cuya causa ignoraba él mismo: algunas

veces parecia hallarse sumergido en una ilusion deliciosa; otras

tomaba un laud, y pulsándole con blandura, le hacia producir los

sonidos mas tiernos, tras lo cual solia arrojarle con despecho lejos

de sí, suspirando y prorumpiendo en esclamaciones apasionadas.

Esta disposicion al amor la manifestaba hasta con los objetos

inanimados: tenia algunas flores favoritas, á las que prodigaba

las atenciones mas asiduas; tomó cariño á muchos árboles, y uno

en particular le inspiró la mas viva pasion por su graciosa forma

y delicado ramage, que se inclinaba al suelo blandamente. Esculpia

su nombre en la corteza, adornaba sus ramas con guirnaldas, y

acompañándose con el laud, cantaba coplas en su alabanza.

El sábio Eben Bonabben entró en graves temores al observar en su

alumno estos síntomas de escitacion: veíale al umbral de la ciencia

vedada, el menor indicio bastaba ya para descubrirle el secreto

fatal. Temblando pues por la seguridad del príncipe y por su propia

cabeza, se apresuró á alejarle de las seducciones del jardin, y con

este objeto le confinó en la torre mas alta del Generalife. Contenia

esta magníficas habitaciones, desde donde descubria la vista un

horizonte inmenso; pero su elevacion la separaba de aquella atmósfera

embalsamada, de aquellos bosquecillos risueños, tan peligrosos para

el sobrado sensible Ahmed.

Mas era necesario conciliar al príncipe con esta medida violenta,

y procurarle alguna distraccion que le hiciese mas llevadera su

soledad. Habia ya apurado todos los estudios amenos, y no podia

hablársele de álgebra ni de nada que se le pareciese; mas por fortuna

Eben Bonabben se acordó de que en otro tiempo habia aprendido en

Egipto la lengua de los pájaros, la cual le enseñára un rabino judío,

que la habia heredado directamente del sábio Salomon. Al solo nombre

de esta ciencia brillaron de alegria los ojos del príncipe, el cual

se aplicó á su estudio con tal teson, que en poco tiempo se halló tan

versado en ella como su mismo maestro.

La torre del Generalife dejó desde entonces de ser una soledad para

Ahmed, pues este tenia á toda hora con quien hablar. Su primer

conocimiento de vecindad fue el de un gavilan, que tenia su guarida

en una hendidura de las almenas, desde cuya elevacion se lanzaba

sobre la presa que á lo lejos descubria. Mas el príncipe halló poco

agradable la amistad de este pájaro: verdadero pirata del aire,

su conversacion se componia únicamente de fanfarronadas sobre sus

rapiñas, su valor y sus hazañas.

Mas adelante se relacionó Ahmed con un buho de aspecto grave y

presumido, cabeza voluminosa y ojos redondos y espantados. Este

pasaba todo el dia dormitando en un agujero de la muralla, de donde

no salia hasta la noche: picábase de sábio; de cuando en cuando

dejaba escapar algunas voces campanudas sobre la astrología; hablaba

de la luna, y daba á entender que no era del todo estraño á las

ciencias ocultas; mas estaba furiosamente apasionado á la metafísica,

y sus disertaciones eran aun mas intolerables que las del sábio Eben

Bonabben.

Algunas veces tambien solia el príncipe comunicar con un murciélago,

que pasaba el dia pegado á la pared en un rincon oscuro de la bóveda,

y solo salia al anochecer para dar algunos paseos, por decirlo así,

con chinelas y gorro de dormir. Esta ave no tenia tampoco sino ideas

superficiales de todo, se mofaba de las cosas que ignoraba, ó de que

solo habia adquirido conocimientos imperfectos, y no hallaba placer

en nada.

Completaba la plumífera sociedad una golondrina, con quien el

príncipe trabó al principio estrechas relaciones: era una habladora

eterna, pero muy picotera y quisquillosa; y como nunca paraba en un

punto, se hacia imposible tener con ella una conversacion seguida.

Tales eran los únicos compañeros con quienes podia el príncipe

egercitar la nueva ciencia, que habia adquirido; porque la torre

estaba demasiado elevada para que pudiesen frecuentarla otras aves.

Cansóse pronto de sus nuevos conocimientos, cuya conversacion, poco

interesante para su espíritu, no decia nada á su corazon, y poco á

poco volvió á caer en su primera melancolía. Pasó el invierno, y

volvió la primavera con su séquito de flores y verdura, y su dulce

y balsámico aliento; llegó el tiempo dichoso en que las aves vuelan

de dos en dos á labrar sus nidos en la enramada. De repente, cual si

correspondieran á una señal convenida, se levantó de las florestas

del Generalife un concierto de dulce melodía, y llegó hasta los oidos

del príncipe en la elevada soledad de su torre. Todas las voces

cantaban el mismo tema: _Amor_, _amor_, _amor_: esto era lo que se

oía proferir en todos los tonos. Escuchaba el príncipe en silencio

perplejo y sobresaltado: «¿Qué será este amor, discurria, que

parece ocupar al mundo entero, al paso que á mí me es absolutamente

desconocido?» Quiso tomar algunas noticias por medio de su amigo el

gavilan; mas este bribon le respondió con tono de burla: «Dirigíos á

las pacíficas y vulgares aves de la tierra, destinadas á servirnos

de pasto á nosotros los príncipes del aire; ellas podrán satisfacer

vuestras preguntas: por lo que á mí hace, no conozco mas oficio que

la guerra, ni otras delicias que los combates; en una palabra, soy un

guerrero é ignoro de todo punto lo que es amor.»

El príncipe se apartó de él disgustado, y se fue á buscar al buho que

estaba escondido en su retiro. «Este, decia, es un pájaro sensato y

reflexivo, que sin duda podrá darme las noticias que necesito.» Con

efecto, suplicó al buho que le dijese qué venia á ser el amor que

cantaban en aquel momento todas las aves de las florestas inmediatas

á la torre.

Á esta pregunta se manifestó el buho sorprendido é incomodado.

«Mis noches, contestó con cierto aire de dignidad ofendida, están

consagradas á las investigaciones científicas, y mis dias á rumiar

en mi retiro todas las especies que he recogido en mis viages. Por

lo que hace á esas aves vocingleras de que me hablais, jamas me

he cuidado de escucharlas; porque las desprecio á ellas y á los

objetos de sus necias canciones. Yo no canto, loado sea Allah; soy un

filósofo é ignoro de todo punto lo que es amor.»

Oida esta respuesta, se trasladó el príncipe al rincon, en donde su

amigo el murciélago estaba colgado de las patas, y despertándole,

le dirigió la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico,

puso un gesto el mas ceñudo y emperrado, y le respondió regañando.

«¿Á qué venís ahora á interrumpir de este modo mi sueño de la mañana

para hacerme una pregunta necia? Yo no salgo sino al anochecer

cuando se hallan durmiendo todas las demas aves, y nunca me mezclo

en sus negocios. Á Dios gracias, no pertenezco á las aves ni á

los cuadrúpedos; he descubierto los vicios de unos y otros, y los

aborrezco á todos igualmente. En una palabra, soy misantropo é ignoro

de todo punto lo que es amor.»

En último recurso acudió el príncipe á la golondrina, y la detuvo á

la que pasaba en uno de sus círculos por lo mas elevado de la torre.

La golondrina, segun su costumbre, andaba muy atrafagada, y apenas

se detuvo el tiempo preciso para contestar: «Os aseguro sobre mi

palabra, le dijo, que como tengo que acudir á tantas cosas de interes

general, no me he detenido jamas á pensar en el objeto de que me

hablais. Todos los dias tengo cien visitas que hacer, y otros tantos

negocios importantes que examinar, los cuales no me dejan tiempo para

ocuparme en los frívolos objetos de las canciones que se oyen en

derredor de los nidos. En una palabra, soy cosmopolita é ignoro de

todo punto lo que es amor.»

Quedó Ahmed en la misma duda, y su curiosidad se aumentó todavía

con la dificultad de satisfacerla. Hallándose un dia discurriendo

sobre este objeto misterioso, entró en la torre su anciano preceptor,

y viéndole el príncipe corrió luego á su encuentro, y le dijo con

el mayor interes: «¡Ó sábio Eben Bonabben! tú me has revelado una

gran parte de la sabiduría de la tierra; mas hay una cosa que ignoro

absolutamente, y en la que tengo vivos deseos de instruirme.

--Diríjame mi príncipe las cuestiones que quiera, y toda la

inteligencia de su siervo está á sus órdenes.

--Dime pues, ó el mas profundo de los filósofos, ¿cuál es la

naturaleza de esa cosa que se llama amor?»

El sábio Eben Bonabben quedó tan asombrado como si hubiese caido un

rayo á sus pies; tembló, perdió el color, y le pareció que la cabeza

le bamboleaba ya sobre los hombros.

«¿Y quién ha podido sugerir á mi príncipe semejante pregunta? ¿En

dónde ha aprendido esa palabra vana?»

El príncipe, llevando á su preceptor á la ventana: «Escucha, le

dijo, Eben Bonabben.» Escuchó el sábio, y oyó el dulce canto de un

ruiseñor, que escondido en un bosquecillo que estaba al pie de la

torre, dirigia tiernas querellas á su amada: de todos los rosales, de

todas las ramas floridas salian trinos melodiosos, que espresaban el

mismo pensamiento: _Amor_, _amor_, _amor_, era el tema de todos los

cantos.

«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién

será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves

del aire conspiran á revelárselo?»

Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó príncipe mio! le dijo juntando

las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan

nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen á

la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él es

el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y los

amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los cuidados,

la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño; he aquí sus

efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la juventud, y

lleva consigo los males y los pesares de una vejez prematura.

Consérvete Allah, ó príncipe mio, en la feliz y total ignorancia de

esa cosa que se llama amor.»

Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando al príncipe

en una perplejidad mas profunda aun que la que le mortificaba antes

de hablarle. En vano procuraba separar de su imaginacion este objeto

que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo le ocupaba continuamente,

y su espíritu se fatigaba y se perdia en vanas congeturas.

«Seguramente, decia prestando oidos á las dulces canciones de

las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y antes bien,

parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor causa tantas

desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas aves no están

todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en

vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas

entre las flores?»

Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre sí

sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba por

ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave

aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia

á recrear los sentidos del príncipe; oíase á lo lejos la voz del

ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el príncipe le

escuchaba suspirando, oyó cerca de sí el ruido de las alas de un ave.

Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en su aposento

y cayó palpitando en el suelo; y el gavilan, viéndose privado de la

presa, dirigió el vuelo hácia los montes.

Levantó el príncipe al pobre palomo que estaba medio muerto, le

besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado con

sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con sus

propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin

embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida,

lamentándose con tono lastimero.

«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede desear

tu corazon?

--¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi

amada compañera, y precisamente en la época feliz de la primavera,

en la estacion hermosa de los amores?

--¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave graciosa,

¿podrias decirme lo que es amor?

--¡Ay príncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno,

la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y

desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae

mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatía; los hace

dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan

separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un

afecto tierno?

Cuentos de la Alhambra · 第 4 / 7 段