«Despues que el victorioso Amrou (¡téngale Allah en descanso!) hubo

acabado la conquista de Egipto, me quedé yo entre los antiguos

sacerdotes de este pais, con los cuales estudié los ritos y

ceremonias de su idolatría, procurando principalmente penetrar los

conocimientos ocultos que les han dado tanta celebridad. Estando un

dia en conversacion con un sacerdote anciano, sentados ambos á la

orilla del Nilo, me señaló con el dedo las enormes pirámides que

se levantaban como unos montes en medio del desierto, y me dijo al

mismo tiempo estas palabras: «Todo lo que yo puedo enseñarte no es

nada en comparacion de los conocimientos que esas masas gigantescas

encierran. En el centro de la pirámide del medio se halla una cámara

sepulcral y en donde reposa la momia del gran sacerdote que ayudó

á edificar ese enorme edificio, y con él está enterrado tambien un

libro maravilloso, que contiene todos los secretos del arte mágica.

Este libro lo poseyó Adan antes de su caida, y pasó de padres á hijos

hasta el sábio rey Salomon, á quien fue de gran provecho para la

construccion del templo de Jerusalen; mas el modo cómo llegó despues

al arquitecto de las pirámides, aquel que nada ignora podrá solo

decirlo.»

«Luego que oí estas palabras del sacerdote egipcio ardió mi corazon

en deseos de poseer el libro; y como podia disponer de una parte

del egército victorioso, agregué á ella cierto número de egipcios,

y con su ausilio acometí la empresa de penetrar en la sólida masa

de la pirámide. Despues de largos trabajos logré descubrir uno de

los tránsitos secretos del edificio; le seguí, y arrastrándome al

traves de un laberinto lóbrego y espantoso, me introduje en la cámara

sepulcral del centro, en donde reposaba hacia muchos siglos la momia

del gran sacerdote. Rasgué sus vestiduras esteriores, y desatando

las vendas que ceñian el cadáver, hallé al fin el precioso volúmen.

Cogíle con mano trémula, y salí presuroso de la pirámide, dejando á

la momia del gran sacerdote esperando el último dia en el silencio y

la oscuridad de su sepulcro.

--¡Hijo de Abou Agib! esclamó Aben-Habuz, eres ciertamente un gran

viagero, y has visto cosas maravillosas; ¿mas qué tengo yo que ver

con el secreto de la pirámide, ni con el libro de la ciencia del

sábio Salomon?

--Vas á saberlo, ó rey. Con el estudio constante de este libro me

he instruido en todos los secretos de la mágia, y puedo mandar á

los genios que me ayuden en la egecucion de mis planes. Conozco el

misterio del talisman de Bursa, y puedo construir otro semejante y

darle todavía mas fuerza.

--¡Ó sábio hijo de Abou Agib! dijo Aben Habuz enagenado de alegria;

semejante talisman vale mas que las centinelas que tengo en la

frontera y las atalayas de los montes. Dame luego esa feliz

salvaguardia, y toma todas las riquezas de mi tesoro.»

El astrólogo puso luego manos á la obra para satisfacer los deseos

del viejo monarca. Al efecto hizo construir una altísima torre en lo

mas elevado del palacio, frente la colina del Albaicin; y es fama que

las piedras que sirvieron para su construccion fueron sacadas de una

de las pirámides de Egipto. La parte superior de la torre la ocupaba

una sala de figura circular, con ventanas que caían á todos los

puntos del horizonte; delante de cada una de estas ventanas habia una

mesa, y sobre ella, á manera de un juego de ajedrez, estaba colocado

un pequeño egército, compuesto de infantería y caballería con su rey

á la cabeza, labrado todo en madera. Junto á cada mesa se veía ademas

una lanza del tamaño de un punzon, en la cual estaban grabados

ciertos caracteres caldeos. La rotunda estaba siempre cerrada con una

puerta de bronce y una reja de acero, cuya llave guardaba el rey. En

lo mas alto de la torre habia sobre un quicio una figura de bronce,

que representaba un guerrero moro con una adarga en la una mano y una

lanza en la otra: tenia la cara vuelta hácia la parte de la ciudad,

en actitud de velar sobre ella; mas en el momento en que se acercaba

algun enemigo, se volvia hácia el punto amenazado, enristrando al

mismo tiempo la lanza.

Concluido que estuvo el talisman, impaciente Aben-Habuz de

esperimentar su eficacia, deseaba una invasion tanto como antes la

habia temido. No tardaron á cumplirse sus deseos: acababa de amanecer

una mañana, cuando el centinela de la torre avisó al rey que el

guerrero de bronce estaba vuelto hácia la parte de Elvira, y su lanza

apuntaba en línea recta al paso de Lope.

«Corre pues, dijo el rey, que los atambores y trompetas toquen

inmediatamente al arma, y acuda á la defensa toda Granada.

--Ó rey, dijo el astrólogo, deja descansar á tus guerreros, que no

es necesaria la fuerza para librarte de los enemigos. Manda que se

retiren tus criados, y subamos solos á la pieza secreta de la torre.»

El anciano Aben-Habuz subió la escalera de la torre, apoyado en el

brazo de Ibrahim Eben Abou Agib, que aun era mas viejo, y abriendo

la puerta de bronce se entraron ambos en la rotunda, en donde

encontraron abierta la ventana que miraba al paso de Lope. «Por

este lado, dijo el astrólogo, viene el peligro; acércate, ó rey, y

contempla las maravillas de la mesa.»

Llegóse Aben-Habuz al tablero en donde estaban colocadas las

figuritas de madera, y advirtió con gran sorpresa que todas estaban

en movimiento. Los caballos caracoleaban y batian el suelo con los

pies, los guerreros blandian las lanzas, y oíase como en miniatura

el sonido de las trompetas y atambores, el crugido de las armas y el

relincho de los corceles; mas todo esto no producia sino un ruido muy

débil, semejante al zumbido de una abeja.

«Ves aquí, ó gran rey, dijo el astrólogo, la prueba de que tus

enemigos están en campaña y deben venir por el paso de Lope.

¿Quieres introducir la confusion en sus filas por medio de un terror

pánico, y forzarlos á que se retiren sin efusion de sangre? no tienes

mas que herir esas figuras con el asta de la lanza mágica; mas si por

el contrario quieres sangre, tócalas con la punta.»

El semblante del pacífico Aben-Habuz se cubrió por un momento de

un colorido cárdeno, y el movimiento de su cana y poblada barba

descubria el trasporte que agitaba todos los músculos de su rostro:

tomó con mano trémula la lanza y se acercó á la mesa. «Hijo de Abou

Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre.»

Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de

aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con el cuento. Los

primeros guerreros cayeron al momento muertos sobre el tablero, y

los demas revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un

combate, cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos

y otros.

No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca

mas pacífico, para impedirle que esterminase hasta el último de sus

enemigos; mas al fin consiguió hacerle bajar de la torre para enviar

espias á los montes por el paso de Lope.

Regresados estos, refirieron al rey que un egército cristiano,

cruzando la sierra, habia llegado casi hasta las puertas de Granada;

mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habian

vuelto sus armas unos contra otros, y despues de un combate muy

encarnizado, se habian retirado á sus fronteras.

El buen Aben-Habuz no cabia en sí de contento al ver tan

cumplidamente acreditada la eficacia de su talisman. «Ya en fin,

decia, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos

la suerte de mis enemigos. Sábio hijo de Abou Agib, ¿qué recompensa

podré ofrecerte por tan señalado beneficio?

--Las necesidades de un anciano y un filósofo son muy simples y

reducidas: proporcionadme, ó rey, los medios para convertir mi

caverna en un retiro habitable, nada mas deseo.

--He aquí la modestia del verdadero sábio,» esclamó Aben-Habuz

interiormente, muy satisfecho de lo moderado de la peticion; y

llamando á su tesorero, le mandó que entregase á Ibrahim todas las

sumas que le pidiese, ora para acabar de construir su retiro, ora

para amueblarle.

El astrólogo hizo abrir en la peña muchas piezas que formaron

una habitacion contigua á su salon mágico; luego las amuebló con

ricos canapes y soberbias camas, y cubrió las paredes de hermosas

colgaduras de damasco. «Soy viejo, decia; mis huesos no pueden ya

descansar sobre un lecho de piedra; estas paredes son húmedas y es

preciso vestirlas.»

Dispuso tambien se construyesen unos baños, provistos de toda especie

de perfumes y aceites aromáticos. «Porque los baños, decia, son

necesarios para combatir la estenuacion de la edad, y restituir la

morbidez y la frescura á un cuerpo fatigado por el estudio.»

Hizo colgar en todo el edificio una multitud prodigiosa de lámparas

de plata y cristal, en las cuales ardia un aceite odorífero, cuya

receta habia encontrado en los sepulcros egipcios, el cual tenia la

propiedad de arder sin consumirse, y despedia un apacible resplandor.

«La luz del sol, decia el astrólogo, es demasiado viva y fuerte para

los cansados ojos de un pobre viejo; la de la lámpara es la que

conviene para los estudios de un filósofo.»

Entre tanto el tesorero de Aben-Habuz iba ya regañando al entregar

las sumas, que cada dia se le pedian para acabar el retiro, hasta

que al fin dirigió sus quejas al rey.

«Está empeñada mi palabra real, dijo Aben-Habuz encogiéndose de

hombros, y no hay sino prestar paciencia. Ese viejo quiere imitar

en su retiro filosófico lo que vió en lo interior de las pirámides

y en los vastos edificios de Egipto; mas todas las cosas tienen un

término, y el mueblage de la caverna tendrá sin duda el suyo.»

No se engañaba el rey; por fin se concluyó el retiro, y quedó formado

un palacio subterráneo de inaudita magnificencia.

«Ya estoy contento, dijo Ibrahim Eben Abou Agib al tesorero; ahora

voy á encerrarme en mi celda y á consagrar todo mi tiempo al estudio.

Nada deseo ya sino una friolera; una pequeña distraccion para llenar

los intervalos de mis tareas abstractas.

--Ó sábio Ibrahim, pide lo que quieras, que tengo órden de proveerte

de todo lo que necesites en tu soledad.

--Pues entonces, dijo el filósofo, no me desagradaria el tener

conmigo algunas bailarinas.

--¡Bailarinas! esclamó sorprendido el tesorero.

--Sí, bailarinas, repitió gravemente el sábio; pero con pocas habrá

bastante, porque yo soy un viejo y un filósofo: mis costumbres son

muy sencillas y sé contentarme con poco; solo os encargo que sean

jóvenes y graciosas, porque la vista de la juventud y la hermosura

alegra y reanima la vejez.»

Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abou Agib pasaba sábiamente su

vida del modo que se ha dicho en su solitario retiro, el pacífico

Aben-Habuz hacia gloriosas campañas en efigie en la rotunda de su

torre. Á la verdad para un rey de sus años y de su humor era una

cosa muy cómoda y agradable aquel talisman, por cuyo medio, al

mismo tiempo que se divertia á sus solas, podia derrotar poderosos

egércitos, ni mas ni menos que si fueran enjambres de moscas.

Gozó por algun tiempo de este placer, y aun algunas veces solia

insultar á sus enemigos, sin mas objeto que el de inducirlos á que le

atacasen; mas habiéndolos hecho prudentes sus repetidas desgracias,

ninguno de ellos se atrevió ya á invadir el territorio de Aben-Habuz.

Por espacio de muchos meses permaneció la figura de bronce bajo el

pie de paz con su lanza perpendicular, y el buen rey empezaba ya á

echar menos la acostumbrada diversion, y á fastidiarse en gran manera

de su monótona tranquilidad.

Al fin llegó un dia en que el guerrero mágico giró súbitamente

sobre su ege, y puso la lanza en ristre con direccion á los montes

de Cádiz. Inmediatamente subió Aben-Habuz á la torre; pero quedó

sorprendido al no ver ningun movimiento en el tablero que estaba

colocado en la direccion indicada por el talisman: ni uno solo de los

pequeños guerreros se movia. Inquieto el rey con esta novedad, envió

á los montes una compañía de caballos, con órden de reconocerlos y

darle cuenta de lo que descubriesen. Tres dias estuvieron ausentes

los soldados, y cuando volvieron al cabo de este tiempo, dijeron á

su señor:

«Hemos recorrido todos los desfiladeros de los montes, y no hemos

descubierto picas ni capacetes: lo único que hemos hallado en nuestra

espedicion es una jóven cristiana de peregrina hermosura, que estaba

durmiendo junto á una fuente, y nos la hemos traido cautiva.

--¡Una jóven de peregrina hermosura! esclamó Aben-Habuz, brillando en

sus ojos la alegria; que la traigan luego á mi presencia.»

Llevaron con efecto ante el viejo rey á la hermosa doncella, en cuyo

trage se veía todo el lujo que distinguia á los godos españoles en

la época de la invasion de los sarracenos. Las negras trenzas de sus

cabellos estaban entretejidas con rastras de finísimas perlas; los

diamantes que brillaban en su frente rivalizaban con la hermosura de

sus ojos, y de la cadena de oro que pendia de su cuello colgaba hasta

el lado izquierdo una lira de plata.

El fuego que lanzaban sus negros y brillantes ojos cayó á manera de

rayo sobre el corazon de Aben-Habuz, que á pesar de su vejez, todavía

era combustible, y estaba contemplando con éxtasis el esvelto y

gracioso talle de la jóven.

«¡Ó la mas hermosa de las mugeres! esclamó; ¿quién eres? ¿cómo te

llamas?

--Soy hija de uno de los príncipes godos, á quienes obedecia hace

poco este pais. Los egércitos de mi padre han quedado destruidos como

por encanto en esas montañas: él ha sido desterrado de su suelo

natal, y su triste hija se halla ahora cautiva.

--¡Guarda, ó rey! dijo en voz baja Ibrahim, esa jóven podria muy

bien ser una de aquellas magas del norte, que toman las formas mas

seductoras para coger en sus lazos á los imprudentes que se fian

de ellas. Yo creo leer la hechicería en sus ojos y en todos sus

movimientos; no lo dudes, este es el enemigo que señalaba el talisman.

--Hijo de Abou Agib, contestó el rey, tú eres un gran filósofo, y á

mas á mas un gran mágico, yo lo concedo; pero no sabes una palabra

de lo que concierne á las mugeres. Sobre este punto no cedo en

conocimientos á nadie del mundo, incluso el mismo Salomon á pesar

del prodigioso número de sus mugeres y concubinas. En cuanto á esta

jóven, yo no veo en sus ojos nada de espantoso, y toda su persona

agrada singularmente á los mios.

--Ó rey, replicó el astrólogo, escúchame: yo te he procurado con mi

talisman un sinnúmero de victorias, sin haber tenido jamas la menor

parte en los despojos de los vencidos. Concédeme pues esta cautiva

para que amenice con su lira mi soledad; que si es en efecto maga, yo

tengo conmigo contrahechizos que harán ilusorias sus artes.

--¿Aun necesitas otra muger? contestó ya amostazado Aben-Habuz, ¿no

te bastan las bailarinas para amenizar como dices tu soledad?

--Sí, tengo bailarinas; pero no tengo cantoras, y me convendría un

poco de música para descansar y reanimar mi espíritu cuando se halla

fatigado por el estudio.

--Basta ya de peticiones para el retiro, dijo el rey encolerizado;

esta doncella está destinada á consolar mi vejez en el harem.»

Nuevas pretensiones y nuevos argumentos de parte del astrólogo, solo

sirvieron para provocar una negativa mas decisiva de la del monarca;

con lo que se separaron llenos uno y otro de despecho. El sábio se

encerró en su soledad para digerir allí el desaire; mas antes de

retirarse, volvió á decir al rey que no se fiase de la peligrosa

cautiva. ¿Pero qué viejo enamorado dió jamas oidos á semejantes

consejos? Aben-Habuz soltó las riendas á la pasion que le dominaba,

y puso todo su estudio en hacerse amable á los ojos de la bella

cristiana. Á la verdad no podia agradarla por su juventud; mas era

rico, y los amantes viejos son de ordinario muy generosos. El Zacatin

de Granada fue despojado de sus mas preciosas mercaderías: las ricas

telas de seda, los diamantes, los perfumes, cuanto ofrecian de mas

raro y costoso el África y el Asia era prodigado á la princesa.

Inventábanse para divertirla toda suerte de espectáculos y de

fiestas: torneos, conciertos, bailes, corridas de toros; Granada en

fin se habia convertido en la mansion de los placeres. La princesa

goda lo miraba todo como persona acostumbrada á la magnificencia,

y recibia los obsequios y los presentes del rey como unos tributos

debidos á su rango, ó mas bien á su belleza: que el orgullo de la

hermosura es aun mayor que el de la nobleza. Sentia un placer secreto

en empeñar al fascinado monarca en unos gastos que agotaban su

tesoro, mirando su estravagante profusion como una cosa muy sencilla;

mas á pesar de sus atenciones y generosidad, el venerable amante no

podia envanecerse de haber hecho la menor impresion en el corazon

de la cautiva; porque si bien es cierto que no le recibia jamas con

semblante adusto, no lo es menos que nunca le concedia una sonrisa.

Apenas empezaba á hablarle de su amor, hacia ella resonar las cuerdas

de su lira, y este sonido tenia tal encanto, que luego que llegaba á

los oidos de Aben-Habuz, caía el pobre viejo en un sueño profundo,

del que salia luego fresco, alegre y momentáneamente libre de su

pasion. El efecto de esta música no podia ser peor para el éxito de

su galantería; mas como en estos instantes de adormecimiento, estaban

sus sentidos embelesados con sueños agradables, siguió soñando de

este modo al lado de su hermosa, al mismo tiempo que toda Granada se

mofaba de su infatuacion, y murmuraba sin rebozo al verle prodigar

sus tesoros á cambio de canciones.

Entre tanto amenazaba á Aben-Habuz un peligro, sobre el que no podia

darle ningun aviso su talisman. Estalló una insurreccion en la

capital, y el populacho armado cercó el palacio, pidiendo á gritos

su cabeza y la de la cristiana. Encendióse en el corazon del rey una

chispa de su antiguo valor; salió á la cabeza de unos cuantos de sus

guardias, puso en fuga á los rebeldes, y el alboroto quedó sofocado

en su orígen.

Restablecida la tranquilidad, se fue á ver al astrólogo, que devorado

por el despecho, estaba encerrado en su retiro, y alimentaba contra

el rey el mas amargo resentimiento.

Llegóse á él Aben-Habuz, y le dijo con semblante franco y amistoso:

«Sábio hijo de Abou Agib, razon tenias cuando me anunciaste que la

hermosa cautiva atraeria sobre mí muchos peligros; mas ya que eres

tan profundo en la ciencia de anunciar los males, dime ahora qué es

lo que debo hacer para evitarlos.

--Separar de tu lado á la infiel que los causa.

--¡Antes perder el reino! dijo con resolucion Aben-Habuz.

--Te arriesgas á perder uno y otro, replicó el astrólogo.

--No seas tan áspero y desconfiado, ¡ó el mas profundo de los

filósofos! Conduélete de la doble desgracia de un monarca y un

amante, y busca algun medio de libertarme de los peligros que me

amenazan. Nada me importan ya el poder ni la grandeza, solo suspiro

por la tranquilidad. ¿No me seria dado hallar algun asilo, en donde

lejos del mundo, de sus pompas y de su bullicio, consagrase el resto

de mis dias al reposo y al amor?»

El astrólogo le miró por algunos momentos frunciendo las pobladas

cejas.

«¿Y qué me darias, le dijo en fin, si te procurase un retiro

semejante?

--Tú mismo señalarias la recompensa, y si estaba en mi mano

concedértela, te aseguro sobre mi palabra que podias mirarla como

tuya.

--¿Has oido hablar, ó rey, del jardin de Hirám, uno de los prodigios

de la Arabia Feliz?

--Sí, el Alcorán habla de ese jardin en el capítulo titulado la

_Aurora del dia_. Ademas he oido referir muchas cosas maravillosas

á los peregrinos de la Meca; pero siempre creí que eran cuentos de

viageros.

--No desprecies, ó rey, las relaciones de los viageros, replicó con

semblante grave el astrólogo; porque en ellas se encierran raros

conocimientos, trasportados de un estremo á otro de la tierra. En

cuanto al palacio y jardin de Hirám, en general es cierto lo que

refieren.... yo he visto uno y otro por mis propios ojos.... Escucha

bien lo que voy á referirte, porque mi aventura tiene relaciones muy

íntimas con el objeto de tu pretension.

«En mis primeros años, cuando yo no era mas que un simple árabe del

desierto, guardaba los camellos de mi padre. Atravesando un dia el

desierto de Eden se descarrió uno de ellos, y yo le busqué en vano

por espacio de muchos dias: estenuado en fin de fatiga á la hora en

que se halla el sol en el meridiano, me quedé dormido bajo una palma,

al lado de un pozo que estaba casi seco. Al despertarme me encontré

á la puerta de una ciudad, y habiendo entrado en ella ví unas calles

hermosas, plazas y mercados espaciosos; mas todo estaba silencioso

como la tumba: la ciudad parecia inhabitada. Anduve, errando por

todas partes, hasta que descubrí un palacio situado en medio de

un jardin adornado de fuentes, estanques, bosquecillos llenos de

flores y árboles frondosos cargados de frutos. Sin embargo, ningun

viviente se mostraba aun en aquel lugar de delicias. Espantado de

tanta soledad, salí apresuradamente del palacio y de la ciudad, y

habiéndome alejado algunos pasos, me volví para contemplarla; pero ya

no ví nada, sino el desierto que se estendia hasta perderse de vista.

«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los

secretos y tradiciones del pais, á quien referí mi aventura. «Lo

que has visto, me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las

maravillas del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los

viageros estraviados como tú, los divierte con la vista de sus

torres, jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al

momento, dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los

tiempos antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas,

el rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad

magnífica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura,

enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos

jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas

del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del

cielo: él y todo su pueblo desaparecieron de la tierra, y su

opulenta ciudad, su palacio y sus jardines fueron puestos bajo la

influencia de un encanto que los separa de la vista de los hombres,

fuera de ciertos momentos en que aparece para perpetuar la memoria de

su pecado.»

«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron

jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto,

dueño ya del libro del sábio Salomon, resolví visitar de nuevo el

jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro, tomé

posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del paraiso, y

obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan, me revelaron

los encantos por cuya fuerza habia sido construido, y los que le

hacian invisible.

«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la montaña

que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y poseo el

libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder.

--¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo

Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto

y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y

pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea

la mitad de mi reino.

--¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un

anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra

cosa sino la primera cabalgadura que pase por la puerta del palacio

mágico, con la carga que lleve.»

Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo puso

manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que dominaba

inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran portada,

que pasaba por el centro de una torre fortísima. Sobre la piedra

fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió el

mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior, encima

de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran

poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en

lengua desconocida.

Concluida esta puerta, permaneció por espacio de dos dias encerrado

en su cámara mágica, y el tercero se subió á la colina, y se estuvo

en la cumbre hasta alta noche. Bajó á esta hora, y presentándose á

Aben-Habuz: «En fin, ó rey, le dijo, ya está terminada mi obra: en

la cumbre de ese monte he erigido el palacio mas delicioso que pudo

inventar jamas el ingenio humano; allí está reunido todo lo que puede

contribuir á la felicidad de la vida; salones magníficos, jardines

sombríos y floridos, fuentes cristalinas, baños perfumados: en una

palabra, la colina se ha trasformado en un paraiso; y á la manera que

el palacio de Hirám, se halla tambien este protegido por un encanto

de gran poder, que le hace invisible á todos los que no poseen el

secreto de su talisman.

Cuentos de la Alhambra · 第 3 / 7 段