Al lado opuesto del patio de los Leones está la _sala de los

Abencerrages_, llamada así en memoria de los valientes caballeros

de aquella ilustre familia que fueron degollados en este sitio. No

falta quien ponga en duda la verdad de esta historia en todos sus

pormenores; pero nuestro humilde guia nos enseñó la portezuela por

donde los hicieron entrar uno á uno, y la fuente de mármol blanco

que existe en medio de la sala, en cuya taza cayeron sus cabezas;

haciéndonos ademas observar en el pavimento ciertas manchas rogizas,

las cuales nos dijo eran los rastros de su sangre, que jamas han

podido borrarse; y persuadido de que le escuchábamos con fácil

credulidad, añadió que algunas noches se percibia en el patio de los

Leones un rumor sordo y confuso como el murmullo de una multitud, al

que se unia de cuando en cuando un crujido semejante al estrépito de

cadenas oido á cierta distancia. Es muy probable que estos ruidos

provengan de las corrientes de agua que por diferentes cañerías

pasan por bajo el piso para alimentar las fuentes; mas el hijo de la

Alhambra los atribuía á las almas de los abencerrages degollados, que

vagan durante la noche por el teatro de su suplicio, é imploran la

venganza divina sobre su asesino.

Del patio de los Leones volvimos atras, y cruzando de nuevo el de

la Alberca, llegamos á la torre de Comáres, que lleva el nombre

del arquitecto que la construyó. Es fuerte, sólida, de atrevida

elevacion, y domina todo el edificio y el lado mas escarpado de

la colina, que baja rápidamente hasta la orilla del Darro. Por un

cobertizo pasamos al salon inmenso que ocupa el interior de la

torre, el cual era la sala de audiencia de los reyes de Granada, y

se llama por esta razon la _sala de los Embajadores_. Todavía se

descubren en él algunos vestigios de su antigua magnificencia: las

paredes están adornadas de ricos arabescos de estuco; y en el techo,

cimbrado de madera de cedro, que por la mucha elevacion apenas se

distingue, brillan los hermosos dorados y ricas tintas del pincel

árabe. Por tres lados del salon hay ventanas abiertas en el inmenso

espesor de las paredes, y desde sus balcones, que dan á las frondosas

márgenes del Darro, y á las calles y conventos del Albaicin, se

descubre á lo lejos la vega.

Bien pudiera yo describir prolijamente otras piezas elegantes como

son el _Tocador de la reina_, que es un mirador abierto en lo mas

alto de una torre, adonde solia subir la sultana á respirar la brisa

refrigerante de los montes, y gozar de la vista de aquel paraiso que

rodea el palacio; el pequeño patio retirado ó jardin de Lindaraxa

con su fuente de alabastro, sus rosales y sus bosquecillos de mirtos

y limoneros; y en fin, las salas y grutas de los baños, en donde la

claridad y el calor del dia quedan reducidos á una luz misteriosa y

una temperatura suave; mas no quiero detenerme en dar una relacion

circunstanciada de estos objetos, porque mi idea en este momento se

limita á introducir al lector en una mansion, que si quiere podrá

recorrer conmigo durante todo el curso de esta obra, hasta irse

familiarizando con sus localidades.

Diferentes acueductos de construccion árabe conducen de las montañas

el agua que circula en abundancia por todo el palacio, llena los

baños y los estanques, salta en medio de los salones y murmura bajo

los enlosados de mármol. Cuando ha pagado su tributo á la mansion de

los reyes y visitado sus prados y jardines, desciende en riachuelos

y fuentes innumerables por los lados de la alameda que conduce á

la ciudad, y mantiene en perpetua primavera los bosquecillos que

embellecen y dan sombra á la colina de la Alhambra.

Se necesita haber habitado en los climas ardientes del mediodía para

conocer todo el precio de un retiro, en donde los vientos frescos y

suaves de los montes se unen á la frondosa verdura de los valles.

Entre tanto que la parte baja de la ciudad desfallece abrasada por

los rayos de un sol devorador, y mientras la hermosa vega se mira

agostada por un ardor sofocante, las frescas brisas de Sierra-Nevada

juguetean en las altas salas de la Alhambra, difundiendo por todo su

recinto los suaves aromas de los jardines que la rodean. Todo convida

allí á aquel reposo profundo que constituye el mayor recreo en los

paises meridionales; los medio cerrados ojos distinguen por entre los

sombríos balcones el risueño paisage, y se gozan en aquella vista

deleitosa, hasta que halagados por el manso ruido de los árboles y el

suave murmullo de las aguas, se quedan dulcemente dormidos.

Economía doméstica.

Tiempo es ya de dar alguna idea del método de vida que establecí en

esta singular habitacion. El palacio de la Alhambra está al cuidado

de una buena vieja llamada D.ª Antonia Molina; pero mas conocida

con el nombre familiar de _la tia Antonia_. Esta procura tener en

buen estado las salas y jardines, y enseñarlos á los curiosos; y

en recompensa recibe los regalos de los viageros y dispone de todo

el producto de los jardines, escepto el tributo de frutas y flores

que envia de cuando en cuando al gobernador. Esta buena muger y su

familia, compuesta de un sobrino y una sobrina, hijos de dos hermanos

suyos, habitan un ángulo del palacio. El sobrino Manuel Molina, es un

jóven de carácter sólido y de una gravedad verdaderamente española.

Despues de haber servido algun tiempo en España y en América, dejó la

carrera militar y se puso á estudiar medicina, con la esperanza de

ser un dia médico de la Alhambra, plaza que cuando menos vale tres

mil reales al año. En cuanto á la sobrina es una andalucilla fresca y

rolliza, de ojos negros y gesto risueño, que aunque se llama Dolores,

desmiente con su alegre afabilidad la tristeza de este nombre. Esta

jóven es la heredera declarada de todos los bienes de su tia, que

consisten en algunas bicocas de lo interior del fuerte, cuyo alquiler

produce cerca de tres mil reales. Desde los primeros dias de mi

residencia en la Alhambra, ya descubrí yo que un amor discreto unia

al prudente Manuel y á su vivaracha prima, los cuales solo esperaban

para ver colmados sus votos la dispensa del Papa, precisa á causa del

parentesco, y el título que debia dar al futuro el carácter de doctor.

Concerté con la señora Antonia todo lo relativo á mi habitacion

y asistencia, y quedó convenido que la gentil Dolores cuidaria de

mi aposento y me serviria á la mesa. Tenia ademas á mis órdenes

un muchacho alto, rojo y tartamudo llamado Pepe, que trabajaba de

ordinario en el jardin, y que me hubiera servido de criado con la

mejor voluntad, á no haberle ganado por la mano Mateo Gimenez, el

hijo de la Alhambra. Este despejado y oficioso personage, sin saber

cómo, habia conseguido no separarse de mí desde nuestro primer

encuentro; se entrometia en todos mis planes, y al fin logró ser

admitido en debida forma como ayuda de cámara, _Cicerone_, guia y

escudero-historiógrafo. Habíame sido preciso mejorar el estado de

su guardaropa para que no afrentase al amo en el desempeño de sus

diversas funciones; y en consecuencia, bien como la serpiente deja

la piel, habia él dejado la vieja capa parda, y con no poca sorpresa

de sus camaradas, se presentaba en la fortaleza con una chaqueta y

un sombrero andaluz muy graciosos. El principal defecto de Mateo era

un celo escesivo y un deseo inquieto de ser útil, con que llegaba

á hacerse importuno. Como no dejaba de conocer que casi me habia

forzado á admitirle en mi servicio, y que mis costumbres sencillas y

tranquilas hacian de su empleo un beneficio simple; daba tormento á

su ingenio para hallar medios de hacerse necesario á mi bien estar

interior. En cierto modo era yo víctima de su solicitud, porque no

podia poner el pie en el umbral del palacio para salir á dar un

paseo por la fortaleza, sin verle luego á mi lado para esplicarme

todo lo que se presentase, y si me resolvia recorrer las colinas

inmediatas, se empeñaba en seguirme para servirme de guarda; bien

que yo estoy íntimamente convencido de que en caso de algun ataque,

antes hubiera apelado á la ligereza de los pies que á la fuerza de

los brazos. Con todo eso el pobre mozo era algunas veces divertido:

sencillo, siempre de buen humor, y parlanchin como un barbero de

lugar, está al corriente de todos los chismes del pueblo; pero lo

que le da mas orgullo es el tesoro de noticias locales que posee. No

existe en la fortaleza una sola torre, una puerta, una bóveda de la

que no sepa una historia llena de prodigios, y creida por él como

artículo de fe. La mayor parte de estas consejas las ha heredado

de su abuelo, un sastrecillo hablantin y novelero, que habiendo

vivido cerca de cien años, solo dejó dos veces el recinto de la

fortaleza. Su tienda fue por mas de un siglo el punto de reunion de

un enjambre de venerables chuzonas, que pasaban allí una parte de

la noche hablando de los tiempos antiguos, de los acontecimientos

maravillosos y de los misterios del edificio. Toda la vida, las

acciones, los pensamientos del sastrecillo historiador habian

quedado encerrados en los muros de la Alhambra: aquellos muros le

vieron nacer, crecer y envejecer; allí halló su existencia, allí

murió y allí fue enterrado. Mas felizmente para la posteridad,

sus tradiciones no murieron con él: el auténtico Mateo, cuando era

mozalvete, escuchaba embelesado las narraciones de su abuelo y de

las viejas que formaban su tertulia, y de este modo acumuló en su

cabeza un tesoro de conocimientos verdaderamente preciosos sobre la

Alhambra: conocimientos que no se hallan en ningun libro, y que en

realidad son dignos de la atencion de todo viagero curioso. Tales

eran los personages que contribuían á hacer cómoda y agradable mi

vida doméstica de la Alhambra; y yo creo que ninguno de los soberanos

cristianos ó musulmanes que me precedieron en aquel palacio, fue

servido con mas fidelidad, ni gozó de un imperio mas pacífico.

Luego que me levantaba, Pepe, el jardinero tartamudo, me traía

flores acabadas de coger, y la diestra mano de Dolores, que no dejaba

de tener cierto orgullo mugeril en la decoracion de mi cuarto, las

colocaba luego en jarros dispuestos al intento. Almorzaba y comia

segun el humor que reinaba, ya en una de las salas, ya bajo los

pórticos del patio de los Leones, rodeado de flores y de fuentes;

y cuando deseaba correr la campiña, mi infatigable escudero me

acompañaba á los parages mas pintorescos de los montes ó valles

inmediatos, refiriéndome en cada uno de estos puntos alguna aventura

maravillosa de que habia sido teatro. No obstante mi aficion á la

soledad, solia interrumpir la uniformidad de la mia, pasando algunos

ratos con la familia de Doña Antonia, que se reunia de ordinario

en una antigua cámara morisca que servia de cocina y de salon. Á un

estremo de la pieza estaba una chimenea groseramente construída,

cuyo humo habia tiznado las paredes, y borrado casi del todo los

arabescos; al otro habia un balcon que caía á la orilla del Darro, y

daba libre entrada á la fresca brisa de la noche. Allí pues hacia yo

mi frugal cena, compuesta de frutas y leche, entreteniéndome al mismo

tiempo con la conversacion de aquellas buenas gentes. Nunca deja de

hallarse entre los españoles lo que ellos llaman ingenio natural; y

de ahí es que cualquiera que sea su educacion y su clase, siempre su

conversacion es interesante y agradable; á lo cual debe añadirse, que

merced á cierta dignidad inherente al carácter, nunca son bajos sus

modales. La buena tia Antonia es una muger de no menos ingenio que

juicio, aunque sin ninguna especie de cultura; y la graciosa Dolores,

que en todo el discurso de su vida no habia leido cuatro volúmenes,

ofrecia una reunion interesante de sencillez y agudeza, y muchas

veces me dejaba admirado con sus discretas ocurrencias. Algunas

noches el sobrino, con el conocido objeto de instruir y agradar á

su primita, nos leía una comedia de Calderon ó Lope de Vega; mas

con grande mortificacion suya, la muchacha solia quedarse dormida

antes de concluirse el primer acto. De cuando en cuando recibia la

tia Antonia á sus humildes amigos y dependientes las mugeres de los

inválidos y los habitantes de la aldea, todos los cuales miraban con

el mayor respeto á la intendenta del palacio, la hacian la córte,

y la participaban las noticias de la fortaleza y las novedades que

corrian por Granada, cuando llegaban por casualidad á sus oidos.

En estos corrillos de viejas he aprendido yo muchas veces hechos

curiosos, que me han ilustrado mucho sobro las costumbres del pueblo

español, instruyéndome en ciertas particularidades muy interesantes

de los usos locales. Que se me perdone pues la relacion de estas

sencillas diversiones, que tal vez parecerá insignificante á los que

no conocen el embeleso que las daban á mis ojos los sitios en donde

pasaban. Hallábame en un suelo encantado y rodeado de recuerdos

romanticos. Salido apenas de la infancia, recorrí en las riberas

del Hudson una antigua historia de las guerras de Granada, y esta

ciudad se hizo el objeto de mis dulces delirios. Desde aquel momento

mi imaginacion me habia trasportado mil veces á los salones de la

Alhambra, y al verme ahora en ellos, bastaba apenas el testimonio

de mis sentidos á persuadirme que se hubiese realizado para mí un

verdadero castillo en España[1]. ¿Me hallo efectivamente, decia, en

el palacio de Boabdil? ¿Es aquella Granada tan célebre en los fastos

de la caballería, la que distingo desde este elevado balcon? Sí, no

es ilusion: recorro á mi placer estos salones orientales, oigo el

murmullo de las fuentes, respiro la fragancia de las rosas, cedo á la

influencia de esta atmósfera embalsamada, y casi me persuado que me

hallo en el paraiso de Mahoma, y que la tierna y graciosa Dolores es

una de las hurís de brillantes ojos, destinadas á hacer la felicidad

de los verdaderos creyentes.

[1] Esto alude á la frase francesa: _Faire des châteaux en

Espagne_, que equivale á la castellana: _Hacer castillos en el

aire_.

Tradiciones locales.

El pueblo español tiene una pasion oriental á los cuentos, y

señaladamente á los que refieren acontecimientos maravillosos. Es

muy comun en España el ver á las gentes vulgares reunidas en un

corro á la puerta de sus cabañas, ó bajo las inmensas campanas de

las chimeneas de las ventas, escuchando embelesadas las leyendas en

que se trata de las peligrosas aventuras de los viageros, ó de las

refriegas de los ladrones y contrabandistas. Pero los temas favoritos

de estas historias son los tesoros escondidos por los moros: al

atravesar aquellas montañas desiertas, teatro otro tiempo de tantos

combates gloriosos, no encuentra el viagero una sola atalaya puesta

sobre un pico elevado en medio de las rocas, ó dominando un lugarejo

que parece abierto á pico en la peña, sin que el mozo que le acompaña

no se quite el cigarro de la boca para referirle alguna conseja de

las monedas árabes que están enterradas bajo sus cimientos. Ni se

halla tampoco un solo alcázar en las ciudades que no tenga tambien

su historia dorada, trasmitida entre los pobres del pueblo de

generacion en generacion.

Estas tradiciones, como la mayor parte de las fábulas populares,

deben su orígen á algunos hechos verdaderos. Durante las guerras de

moros y cristianos, que afligieron por tanto tiempo el pais, los

castillos y las ciudades mudaban de dueño con gran frecuencia, y sus

habitantes cuando se veían sitiados, solian enterrar sus alhajas y

dinero en las cuevas y en los pozos, como se practica aun en las

naciones guerreras del oriente. En la época de la espulsion de los

moros, muchos de ellos escondieron los efectos mas preciosos que

poseían, con la esperanza de regresar muy pronto á su tierra natal

y recobrar su tesoro. Ello es cierto que algunas veces cavando entre

las ruinas, ó en las inmediaciones de las casas ó palacios moriscos,

se han hallado arcas llenas de monedas de oro y de plata, que vuelven

á ver la luz despues de haber estado enterradas por espacio de muchos

años; y basta un corto número de estos hechos para dar lugar á mil

fábulas.

Estas historias se presentan con aquella reunion de gótico y

oriental, que en mi concepto caracteriza todos los usos y rasgos

esenciales de las costumbres de España, señaladamente en las

provincias meridionales: el tesoro escondido está siempre protegido

por un encanto; unas veces le defiende un horrible dragon, otras le

guardan unos moros encantados, que al cabo de siglos permanecen aun

armados de punta en blanco, con la espada desnuda é inmóviles como

unas estátuas, en el sitio donde fueron enterradas sus riquezas.

Es muy natural que la Alhambra, en razon de las circunstancias

particulares de su historia, preste materia mas amplia á estas

ficciones que ninguno de los otros lugares célebres en las crónicas;

y algunos vestigios encontrados de tarde en tarde entre sus ruinas,

han acreditado las maravillosas tradiciones que sobre ellos andan

esparcidas. En una ocasion se desenterró una olla llena de oro, y

el esqueleto de un gallo; y los mas inteligentes en estas materias,

opinaron que esta ave habia sida enterrada viva. En otro tiempo se

descubrió una caja, y dentro de ella se halló un grande escarabajo

cubierto de inscripciones árabes, que se creyó fuesen palabras

mágicas de gran virtud. En una palabra, los ingenios mas aventajados

de la poblacion andrajosa de la Alhambra, se han devanado los sesos

hasta lograr que no hubiese en esta antigua fortaleza una torre,

una sala, ni una bóveda sin su correspondiente historia prodigiosa.

Creo que los capítulos anteriores habrán familiarizado ya á mis

lectores con las localidades de este palacio, y así voy á engolfarme

atrevidamente en sus pasmosas leyendas, que me ha sido preciso

restaurar enteramente, reuniendo los fragmentos que me fueron

contados en diferentes épocas y por distintas personas; bien así como

un sábio anticuario suele formar un documento histórico con algunas

letras sueltas de una inscripcion medio borrada por el tiempo.

Si el lector encontrase en mis relaciones alguna cosa increible,

tenga la bondad de considerar que el sitio en que me hallo no

puede gobernarse por las leyes de la probabilidad que rigen en las

escenas de la vida comun. El suelo que piso está encantado, y los

acontecimientos mas tribiales reciben en él un aspecto sobrenatural y

maravilloso.

La Casa del Gallo.

En la cumbre de la alta colina del Albaicin, que es el barrio mas

elevado de Granada, se ven los restos de un castillo levantado poco

despues de la conquista de España por los árabes. Al presente está

trasformado en una fábrica, y ha caido en tal olvido, que á pesar

del ausilio que me prestaba el sapientísimo Mateo, me costó gran

trabajo el descubrirle. Este edificio conserva aun el nombre con que

fue conocido por espacio de algunos siglos; esto es, el de _casa

del Gallo de viento_. Se llamó así por tener en la parte superior

una figura de bronce que giraba á modo de veleta á todos vientos, y

representaba un guerrero á caballo, armado de lanza y adarga, con dos

versos árabes, que dicen así traducidos al castellano:

Dice el sábio Aben-Habuz

Que así se defiende el andaluz.

Este Aben-Habuz, segun las crónicas árabes, fue uno de los capitanes

de Tarik, quien le nombró alcaide de Granada; y es probable que

hiciese erigir dicha efigie guerrera, para recordar á los habitantes

musulmanes del pais, que hallándose como se hallaban rodeados de

enemigos, su seguridad exigia que estuviesen á toda hora prontos á

combatir.

Sin embargo, las tradiciones populares esplican de otro modo lo que

concierne á Aben-Habuz y su palacio, y nos enseñan que el guerrero de

bronce fue en su orígen un talisman que tenia oculta una gran virtud;

mas que con el tiempo ha perdido su poder mágico, quedando reducido á

una simple veleta.

Estas tradiciones son las que me he propuesto dejar consignadas en el

capítulo siguiente.

Leyenda del Astrólogo Árabe.

En cierto tiempo, hace muchos siglos, reinaba en Granada un rey

moro llamado Aben-Habuz, el cual era un conquistador retirado de

los negocios; esto es, un hombre que despues de haber llevado en su

juventud una vida de hostilidades y rapiñas continuas, cuando se vió

viejo y débil, ya no deseó otra cosa sino vivir en paz con todo el

mundo, poner á cubierto sus laureles, y gozar tranquilamente de los

estados que habia usurpado á sus vecinos.

Sucedió sin embargo, que este monarca tan razonable y pacífico, tuvo

que medir sus fuerzas con algunos rivales jóvenes, que hallándose

con todo el fuego de su pasion á la gloria y á los combates, estaban

decididos á pedirle cuentas de lo que habia usurpado á sus padres.

Algunos puntos distantes de su territorio, que en los dias de su

mocedad no se atrevian á rebullirse bajo su mano de hierro, trataron

tambien de alborotarse ahora que aspiraba al descanso, llegando

á amenazar á la capital. De modo que el desventurado Aben-Habuz,

atacado en lo interior y en lo esterior, vivia en continuo sobresalto

en medio de las montañas que rodean á Granada, sin saber por qué

parte romperian las hostilidades.

En vano levantó atalayas en los montes, en vano hizo guardar todos

los pasos por tropas estacionarias, que tenian órden de anunciar la

proximidad de los enemigos con fuegos por la noche y ahumadas durante

el dia: las habia con enemigos mas activos y vigilantes que él, y que

á pesar de todas sus precauciones hallaban siempre medios de penetrar

en sus tierras por algun desfiladero, talaban el pais y se llevaban

consigo muchos prisioneros. ¿Se vió nunca un conquistador retirado

y pacífico mas atormentado que el pobre Aben-Habuz? Hallábase en tan

triste situacion, abrumábanle las tribulaciones que por todas partes

le rodeaban, cuando se presentó en su córte un médico árabe. Bajábale

hasta la cintura una barba blanca y poblada, y todo su aspecto

anunciaba una estrema vejez; mas no por esto habia dejado de hacer

el viage á Egipto, á pie y sin mas ayuda que el apoyo de un baston

en el que estaban grabados algunos geroglíficos. Habíale precedido

su celebridad: llamábase Ibrahim Eben Abou Agib, creíasele nacido

en tiempo de Mahoma, y se decia que su padre Abou Agib habia sido

el último compañero de este profeta. El Eben Abou Agib de que ahora

hablamos, habiendo seguido en su juventud el egército victorioso de

Amrou en Egipto, fijó su residencia en este pais, en donde permaneció

muchos años con el objeto de estudiar las ciencias abstractas, y

particularmente la mágia con aquellos sacerdotes. Decíase ademas que

poseía el secreto de prolongar la vida, y que por su medio habia

cumplido ya mas de dos siglos: la lástima era que habia descubierto

el secreto siendo ya muy viejo, y solo habia podido perpetuar sus

rugas y sus canas.

Este famoso anciano fue honrosamente acogido por el rey, que como

la mayor parte de los monarcas viejos, empezaba ya á manifestar una

aficion decidida á los médicos y á los astrólogos. Quiso hospedar á

este en su palacio; mas el sábio moro prefirió para su habitacion

una caverna de la colina que dominaba á Granada, que fue precisamente

la misma en donde mas adelante se edificó la Alhambra. La hizo

ensanchar, convirtiéndola en una vasta sala, y practicó en el techo

una abertura circular, que comunicando con el esterior, facilitaba

el que pudiesen verse las estrellas al lleno del dia, bien así como

se ven desde el fondo de un pozo. Las paredes de la sala estaban

cubiertas de geroglíficos egipcios, signos cabalísticos, y figuras

de las estrellas y constelaciones, y ademas toda la caverna estaba

llena de instrumentos que fabricaron bajo la direccion del sábio los

artistas mas inteligentes de Granada; mas estos instrumentos tenian

cualidades ocultas que solo Ibrahim conocia.

En poco tiempo logró este ser el consejero íntimo del rey, el cual

no hacia nada sin consultarle. Cierto dia, hallándose Aben-Habuz con

su confidente, se lamentaba lleno de dolor de la injusticia de sus

vecinos, y de la continua vigilancia que tenia precision de observar

para estorvar sus invasiones. Cuando hubo acabado de lastimarse,

le miró el astrólogo en silencio por algunos momentos, y tras esto

le dirigió en corta diferencia estas palabras: «Sabe, ó rey, que

cuando yo estuve en Egipto ví una gran maravilla, que era obra de

una princesa pagana de los tiempos antiguos. Sobre una montaña que

domina una ciudad considerable, situada á la orilla del Nilo, se veía

la figura de un carnero de bronce, y encima de este estaba un gallo

del mismo metal; todo ello giraba sobre un quicio, y cuantas veces

se veía el pais amenazado de alguna invasion, se volvia el carnero

hácia la parte por donde venia el enemigo, y cantaba el gallo; lo

cual advertia á los habitantes de la ciudad del peligro en que se

hallaban, indicándoles al mismo tiempo el punto hácia donde debian

dirigir su defensa.

--¡Gran Dios! esclamó el pacífico Aben-Habuz, ¡qué tesoro seria para

mí un carnero semejante, que sin cesar tuviese la vista fija en

las montañas que me rodean, y un gallo queme advirtiese en caso de

peligro! ¡Allah Akbar! ¡Cuánto mas tranquilo dormiria yo si velasen

tales centinelas en lo alto de mi palacio!»

El astrólogo dejó pasar los primeros trasportes del rey, y continuó

así:

Cuentos de la Alhambra · 第 2 / 7 段