El anciano se dirigió hácia Archidona, su pais natural, que

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la

grafía de mayor frecuencia.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

CUENTOS

DE LA

ALHAMBRA.

Con Licencia.

IMPR. DE J. FERRER DE ORGA.

_Valencia_ 1833.

[Ilustración: _L. Tellez lo d.º_ _T. Blasco lo g.º_

_Mientras esa mano no se baje hasta tocar la llave, ningún artificio

mágico triunfará del Señor de esta colina._]

[Ilustración: Cuentos de la Alhambra

Valencia

Librería de Mallén y Berard

1833

Teodoro Blasco lo g.]

CUENTOS

DE

LA ALHAMBRA,

DE

Washington Irving.

Traducidos

POR D. L. L.

[Ilustración]

PARIS,

LIBRERÍA HISPANO-AMERICANA,

CALLE DE RICHELIEU Nº 60.

1833.

EL EDITOR.

_Si los_ Cuentos de la Alhambra _han alcanzado tan buena acogida

entre los ingleses y franceses, con mayor razon puede esperarse

que la logren entre nosotros; porque enlazadas estas fábulas con

las tradiciones y consejas populares del pais, es muy natural que

produzcan aquel interes que inspiran al hombre de buen corazon las

antiguallas de su patria, y la tierna memoria de los cuentos de la

niñez._

_Esta consideracion nos ha impulsado á dar á luz el presente

tomito, como una muestra de la obra que con el mismo título y mayor

estension acaba de escribir el célebre Washington Irving; y si el

éxito nos diese motivo para juzgar que ha merecido el aprecio de los

inteligentes, quizá pensaremos en publicar otra serie, y aun acaso

todos los que restan del original._

ÍNDICE.

PÁG.

_El viage._ 1

_Gobierno de la Alhambra._ 45

_Interior de la Alhambra._ 53

_Economía doméstica._ 74

_Tradiciones locales._ 88

_La casa del Gallo._ 95

_Leyenda del astrólogo árabe._ 98

_Historia del príncipe Ahmed

Al Kamel, ó el Peregrino de

amor._ 152

El Viage.

Conducido á España á impulsos de la curiosidad en la primavera de

1829, hice una escursion desde Sevilla á Granada en compañía de

un amigo, agregado entonces á la embajada rusa en Madrid. Desde

regiones muy distantes nos habia llevado el acaso al pais en que nos

hallábamos reunidos, y la conformidad de nuestros gustos nos inspiró

el deseo de recorrer juntos las románticas montañas de Andalucía.

¡Ojalá que si estas páginas llegan á sus manos en el pais adonde las

obligaciones de su destino hayan podido conducirle, ya le hallen

engolfado en la pompa tumultuosa de las córtes, ya meditando sobre

las glorias mas efectivas de la naturaleza; le recuerden nuestra

feliz peregrinacion y la memoria de un amigo, á quien ni el tiempo ni

la distancia harán jamas olvidar su amabilidad y su mérito!

Antes de pasar adelante, no será inoportuno presentar algunas

observaciones preliminares sobre el aspecto general de España, y

el modo de viajar por aquel pais. En las provincias centrales, al

atravesar el viagero inmensos campos de trigo, ora verdes y undosos,

ya rubios como el oro, ya secos y abrasados por el sol; buscará

en vano la mano que los ha cultivado, hasta que al fin divisará,

sobre la cima de un monte escarpado, un lugar con fortificaciones

moriscas medio arruinadas, ó alguna torre que sirviera de asilo á

los habitantes durante las guerras civiles, ó en las invasiones de

los moros. La costumbre de reunirse para protegerse mútuamente en

los peligros, existe aun entre los labradores españoles, merced á la

rapiña de los ladrones que infestan los caminos.

La mayor parte de España se halla desnuda del rico atavío de los

bosques y las selvas, y de las gracias mas risueñas del cultivo;

pero sus paisages tienen un carácter de grandeza que compensa lo

que les falta bajo otros respetos: hállanse en ellos algunas de las

cualidades de sus habitantes, y de ahí es que yo concibo mejor al

duro, indomable y frugal español despues que he visto su pais.

Los sencillos y severos rasgos de los paisages españoles tienen una

sublimidad que no puede desconocerse. Las inmensas llanuras de las

Castillas y de la Mancha, estendiéndose hasta perderse de vista,

adquieren cierto interes con su estension y uniformidad, y causan una

impresion análoga á la que produce la vista del océano. Recorriendo

aquellas soledades sin límites visibles, suele descubrirse de cuando

en cuando un rebaño apacentado por un pastor inmóvil como una

estátua, con su baston herrado en la mano á guisa de lanza; una recua

de mulos que cruzan pausadamente el desierto, cual atraviesan las

carabanas de camellos los arenales de la Arabia; ó bien un zagal que

camina solo con su cuchillo y carabina.

Los peligros de los caminos dan ocasion á un modo de viajar que

presenta en escala menor las carabanas del oriente: los arrieros

parten en gran número y bien armados á dias señalados, y los viageros

que accidentalmente se les reunen aumentan sus fuerzas.

El arriero español posee un caudal inagotable de canciones y

romances con que aligera sus continuas fatigas. La música de estos

cantos populares es sobremanera sencilla, pues que se reduce á

un corto número de notas, y las letras por lo comun son algunos

romances antiguos sobre los moros, endechas amorosas, y con mayor

frecuencia romances en que se refieren los hechos de algun famoso

contrabandista; y sucede no pocas veces, que tanto la música como

la letra es improvisado, y se refiere á una escena local ó á algun

incidente del viage. Este talento de improvisacion, tan comun en

aquel pais, parece se ha trasmitido de los árabes, y es fuerza

convenir en que aquellos cantos de tan fácil melodía producen una

sensacion sumamente deliciosa cuando se oyen en medio de los campos

salvages y solitarios que celebran, y acompañados por el argentino

sonido de las campanillas de las mulas.

No es posible imaginarse cosa mas pintoresca que el encuentro de

una recua de mulas en el tránsito de aquellos montes. Oireis ante

todo las campanillas de la delantera, cuyo sonido repetido y monótono

rompe el silencio de las alturas aéreas, y tal vez la voz de un

arriero que llama á su deber á alguna bestia tarda ó descaminada,

ó que canta con toda la fuerza de sus pulmones un antiguo romance

nacional. Al cabo de rato descubrís las mulas que pasan lentamente

los desfiladeros, ya bajando una pendiente tan rápida y elevada, que

las vereis como designadas de relieve sobre el fondo azul del cielo,

ya avanzando trabajosamente al traves de los barrancos que están á

vuestros pies. Á medida que se aproximan distinguís sus adornos de

color brillante, sus arreos bordados, sus plumages; y cuando ya

están mas cerca, el trabuco, siempre cargado, que cuelga detras de

los fardos como una advertencia de los peligros del camino.

El antiguo reino de Granada, en el que íbamos á entrar, es uno de

los paises mas montuosos de España. Sierras vastas ó cadenas de

montes desnudos de árboles y de maleza, y abigarrados de canteras de

mármol y de granito de diversos colores, levantan sus peladas crestas

en medio de un cielo de azul oscuro; mas en su seno están ocultos

algunos valles fértiles y frondosos, y el desierto cede el lugar al

cultivo, que fuerza á las rocas mas áridas á producir el naranjo, la

higuera y el limonero, y á engalanarse con las flores del mirto y el

rosal.

En las gargantas mas salvages de aquellos montes se encuentran

varios lugarejos murados, construidos á manera de nidos de águilas

en las cimas de los precipicios, y algunas torres derruidas,

colgadas por decirlo así sobre los picos mas elevados, recordando

los tiempos caballerescos, las guerras de moros y cristianos, y la

lucha romántica que precedió á la toma de Granada. Al transitar el

viagero por aquellas altas cordilleras, se ve á cada paso precisado

á echar pie á tierra, y conducir el caballo de la brida para subir y

bajar por algunas sendas ásperas y angostas, semejantes á escaleras

arruinadas. Algunas veces corre el camino á orillas de precipicios

espantosos, de que ningun parapeto os defiende; otras se sumerge

en una pendiente rápida y peligrosa que se pierde en una oscura

profundidad, ó pasa por entre barrancos formados por los torrentes

del invierno, y que sirven de guarida á los malhechores. Descúbrese

de cuando en cuando una cruz de funesto presagio; y este monumento

del robo y del asesinato, erigido sobre un monton de piedras á la

orilla del camino, advierte al caminante que se halla en un parage

frecuentado por los bandidos, y que quizá entonces mismo le acecha

en emboscada alguno de aquellos malvados. Muchas veces sorprendido

el caminante en el recodo de un valle sombrío por un bramido ronco

y espantoso, levanta la cabeza, y en una de las frondosas quebradas

del monte descubre una manada de fieros toros andaluces destinados

á los combates del circo. Nada mas imponente que el aspecto de

aquellos brutos terribles, errantes en su terreno nativo con toda la

fuerza que les da la naturaleza: indómitos y casi estraños al hombre,

solo conocen al pastor que los guarda, y que no siempre se atreve á

aproximárseles; el mugido de estos animales, y los amenazantes ojos

con que miran hácia abajo desde sus elevadas praderas, añaden todavía

espresion al aspecto salvage de la escena.

El 1º de mayo salimos mi compañero y yo de Sevilla para Granada, y

como conocíamos el pais que íbamos á recorrer, y lo incómodo y poco

seguro de los caminos, enviamos delante con arrieros los efectos de

mas valor, y llevábamos únicamente nuestros vestidos y el dinero

necesario para el viage, con un aumento destinado á satisfacer á

los bandoleros, caso de vernos atacados, y libertarnos así del mal

trato á que se ven espuestos los viageros muy avaros ó muy pobres.

Sabíamos tambien que no debe confiarse en la despensa de las posadas,

y que habíamos de cruzar largos espacios inhabitados; y con este

conocimiento tomamos las precauciones convenientes para asegurar

nuestra subsistencia, y alquilamos dos caballos para nosotros, y otro

para que llevase nuestro corto equipage y á un robusto vizcaino,

que debia guiarnos en el laberinto de aquellas montañas, cuidar de

las caballerías, y en fin, servirnos en la ocasion, ya de ayuda de

cámara, ya de guarda. Habíase este prevenido de un formidable trabuco

para defendernos, segun decia contra los rateros: sus fanfarronadas

sobre esta arma no tenian término; mas sin embargo, con descrédito

de su prudencia militar, la carabina en cuestion colgaba descargada

al arzon trasero de la silla. Como quiera, el vizcaino era un criado

fiel, celoso y jovial; tan fecundo en chistes y refranes como aquel

modelo de escuderos, el célebre Sancho, cuyo nombre le dimos:

verdadero español en los momentos de su mayor alegria; mas á pesar de

la familiaridad con que le tratábamos, no pasó jamas los límites de

un respetuoso decoro.

Equipados en estos términos nos pusimos en camino, resueltos

á sacar todo el partido posible de nuestro viage; y con tales

disposiciones, ¡cuán delicioso era el pais que íbamos á recorrer!

La venta mas infeliz de España es mas fecunda de aventuras que un

castillo encantado, y cada comida que se efectua puede mirarse

como una especie de hazaña. Ensalcen otros enhorabuena los caminos

resguardados de parapetos, las suntuosas fondas de un pais cultivado

y civilizado hasta el punto de no ofrecer sino superficies planas;

en cuanto á mí, solo la España con sus agrestes montes y francas

costumbres puede saciar mi imaginacion.

Desde la primera noche disfrutamos ya uno de los placeres novelescos

del pais. Acababa de ponerse el sol cuando llegamos á una villa muy

grande, cansados por haber cruzado una llanura inmensa y desierta, y

calados de agua, en razon de la copiosa lluvia que habia caido sobre

nosotros. Apeamos en un meson, en donde se alojaba una compañía

de fusileros, ocupada entonces en persecucion de los ladrones que

infestaban la comarca; y como unos estrangeros de nuestra clase eran

un objeto de admiracion en aquel pueblo estraviado, el huésped,

ayudado de dos ó tres vecinos embozados en sus capas pardas,

examinaba nuestros pasaportes en un rincon de la pieza, mientras un

alguacil con su capita negra, tomaba apuntaciones á la débil luz

de un farol. Unos pasaportes en lengua estrangera les daban mucha

grima; mas acudió á su socorro nuestro escudero Sancho, y nos dió

aun mayor importancia con la pomposa elocuencia de un español. Al

mismo tiempo la distribucion de algunos cigarros nos ganó todos los

corazones, y á poco rato ya estaba el pueblo entero en movimiento

para obsequiarnos. Visitónos el alcalde en persona, y la misma

huéspeda llevó con gran ceremonia á nuestro cuarto un gran sillon

de juncos para que el ilustre viagero pudiese sentarse con mayor

comodidad. Hicimos cenar con nosotros al comandante de los fusileros,

el cual nos divirtió sobremanera con la animada relacion de una

campaña que habia hecho en la América del Sur, y otras hazañas

amorosas y guerreras, que debian todo su interes á sus ampulosas

frases y multiplicados ademanes, y sobre todo á cierto movimiento

de los ojos, que sin duda queria decir mucho. Pretendia saber el

nombre y señas de todos los bandidos de la provincia, y se prometia

ojearlos y prenderlos uno á uno. El buen oficial se empeñó en que

nos habia de dar algunos hombres para nuestra escolta. «Mas uno solo

bastará, añadió, porque los ladrones nos conocen, y la vista sola

de uno de mis muchachos derramará el espanto por toda la sierra.»

Le agradecimos su ofrecimiento y buena voluntad, asegurándole en

el mismo tono, que con el formidable escudero Sancho no temeríamos

haberlas con todos los bandoleros de Andalucía.

Mientras estábamos cenando con el amable perdonavidas, llegó á

nuestros oidos el sonido de una guitarra, acompañado de un repiqueteo

de castañuelas, y poco despues un coro de bien concertadas voces

que cantaba una tonada popular. Era un obsequio del huésped, que

para divertirnos habia reunido aquellos músicos aficionados y á

las hermosas de la vecindad, y cuando salimos al patio vimos una

verdadera escena de alegria española. Nos colocamos bajo el soportal

con los huéspedes y el comandante, y pasando la guitarra de mano en

mano, vino á parar en las de un alegre zapatero, que nos pareció

el Orfeo de la tierra. Era un jóven de aspecto agradable, patilla

negra, y las mangas de la camisa arremangadas hasta encima del codo.

Sus dedos recorrian el instrumento con estraordinaria ligereza y

habilidad, cantando al mismo tiempo algunas seguidillas amorosas,

acompañadas de espresivas miradas á las mozas, con las que al parecer

estaba en gran favor. En seguida bailó el fandango con una graciosa

andaluza, causando gran placer á los espectadores. Pero ninguna de

las mugeres que se hallaban presentes podia compararse á la linda

Pepita, hija del huésped, que aunque con mucha prisa, se habia

prendido con la mayor gracia para el baile improvisado, entrelazando

con frescas rosas las trenzas de sus hermosos cabellos: esta lució

su habilidad con un bolero que bailó, acompañada de un gallardo

dragon. Habíamos nosotros dispuesto que se sirviese á discrecion

vino, dulces y otras frioleras; y sin embargo de que la reunion se

componia de soldados, arrieros y paisanos de todas clases, nadie se

escedió de los límites de una diversion honesta; y en verdad que

cualquier pintor se hubiera tenido por dichoso de poder contemplar

aquella escena. El elegante grupo de los bailadores, los soldados de

á caballo de medio uniforme, los paisanos envueltos en sus capas,

y en fin, hasta el amojamado alguacil, digno de los tiempos de D.

Quijote, á quien se veía escribir con gran diligencia á la moribunda

luz de una gran lámpara de cobre, sin cuidarse de lo que pasaba en su

derredor, todo esto formaba un conjunto verdaderamente pintoresco.

No daré aquí la historia exacta de los acontecimientos de esta

espedicion de algunos dias por montes y valles. Viajábamos como

verdaderos contrabandistas, abandonándonos al azar en todas las

cosas, y tomándolas buenas ó malas segun las deparaba la suerte.

Este es el mejor modo de viajar por España, mas nosotros sin

embargo habíamos cuidado de llenar de buenos fiambres las alforjas

de nuestro escudero, y su gran bota de esquisito vino de Valdepeñas.

Como este último artículo era en verdad de mayor importancia para

nuestra campaña que la misma carabina de Sancho, conjuramos á este

que estuviese en continua vigilancia sobre esta parte preciosa de

su carga; y debo hacerle la justicia de decir que su homónimo, tan

célebre por el celo con que cuidaba de la mesa, no le escedia en nada

como proveedor inteligente. Así pues, á pesar de que las alforjas

y la bota eran vigorosa y frecuentemente atacadas, no parecia sino

que tenian la milagrosa propiedad de no vaciarse jamas, porque

nuestro ingenioso escudero nunca se olvidaba de colocar en ellas

los relieves de la cena de la venta, para que sirviesen á la comida

que hacíamos á campo raso al dia siguiente. ¡Con cuánta delicia

almorzábamos algunas veces á la mitad de la mañana, sentados á la

sombra de un árbol, á orillas de una fuente ó de un arroyo! ¡Qué

siestas tan dulces no tomamos, sirviéndonos de colchon nuestras capas

tendidas sobre la fresca yerba!

En cierta ocasion hicimos alto á medio dia en una frondosa pradera,

situada entre dos colinas cubiertas de olivos. Tendimos las capas

bajo de un pomposo álamo que daba sombra á un bullicioso arroyuelo,

y arrendados los caballos de modo que pudiesen pacer, ostentó Sancho

con aire de triunfo todo el caudal de su despensa. Los sacos

contenian algunas municiones recogidas en el espacio de cuatro dias;

pero habian sido notablemente enriquecidos con los restos de la cena

que habíamos tenido la noche anterior en una de las mejores posadas

de Antequera. Sacaba nuestro escudero poco á poco el heterogeneo

contenido en su zurron y yo creí que no acababa jamas. Apareció ante

todo una pierna de cabrito asada, casi tan buena como cuando nos la

habian servido; siguióse un gran pedazo de bacalao seco envuelto

en un papel, los restos de un jamon, medio pollo, una porcion de

panecillos, y en fin, un sinnúmero de naranjas, higos, pasas y

nueces: la bota habia sido tambien reforzada con escelente vino de

Málaga. Á cada nueva aparicion gozaba de nuestra cómica sorpresa,

dejándose caer sobre el césped con grandes carcajadas. Elogiábamos

estremadamente á nuestro sencillo y amable criado, comparándole en su

aficion á llenar la panza, al célebre escudero de D. Quijote. Estaba

él muy versado en la historia de este caballero, y como la mayor

parte de las gentes de su clase, creía á pie juntillas en su realidad.

«¿Y hace mucho tiempo que sucedió eso? me dijo un dia con semblante

interrogativo.

--Sí, mucho tiempo, le contesté yo.

--Yo apostaria á que ha ya mas de mil años, replicó mirándome con una

espresion de duda todavía mas marcada.

--No creo yo que haya mucho menos.» El escudero no preguntó mas.

Mientras al compas de sus gracias esplotábamos nosotros las

provisiones que quedan descritas, se nos acercó un mendigo que casi

parecia un peregrino. Su entrecana barba y el baston en que se

apoyaba anunciaban vejez; mas su cuerpo muy poco inclinado, mostraba

aun los restos de una estatura gallarda. Llevaba un sombrero redondo

de los que usan los andaluces, una especie de zamarra de piel de

carnero, calzon de correal, botin y sandalias. Sus vestidos, aunque

ajados y cubiertos de remiendos, estaban limpios, y se llegó á

nosotros con aquella atenta gravedad que se nota en los españoles,

aun de la ínfima clase. Habia en nosotros disposicion favorable

para recibir semejante visita, y así, por un impulso espontáneo de

caridad, le dimos algunas monedas, un pedazo de pan blanco y un vaso

de buen vino de Málaga. Recibiólo todo con reconocimiento; mas sin

manifestar con ninguna bajeza su gratitud. Luego que probó el vino,

le miró al trasluz, y mostrando cierta admiracion se lo bebió de un

sorbo, diciendo: «¡Cuántos años ha que no habia yo probado tan buen

vino! Esto es un verdadero cordial para los pobres viejos.» Contempló

luego el pan, y dijo besándole: «Bendito sea Dios.» Dicho esto se

lo metió en el zurron, y habiéndole instado nosotros para que se

lo comiese en el acto: «No señores, replicó; el vino era preciso

beberlo ó dejarlo, mas el pan debo llevarlo á mi casa y partirlo con

mi pobre familia.» Sancho consultó nuestros ojos, y dió al pobre

abundantes fragmentos de la comida, bien que con la condicion de que

se comeria en el acto una parte.

Sentóse pues á poca distancia de nosotros y comió pausadamente, con

una finura y una sobriedad, que hubieran podido honrar á un hidalgo.

Yo creí descubrir en él una especie de tranquila dignidad y atenta

cortesanía, que anunciaban que habia conocido mejores dias; pero

no habia nada de esto: no tenia mas que la política natural á todo

español, y aquel aire poético que caracteriza los pensamientos y el

lenguage de este pueblo vivo é ingenioso. Nuestro peregrino habia

sido pastor por espacio de cincuenta años, y al presente se hallaba

desacomodado y sin medios para subsistir. «Cuando yo era jóven,

decia, no habia cosa alguna capaz de hacerme tomar pesadumbre:

hallábame siempre sano y contento; mas ahora tengo setenta y nueve

años, me veo precisado á mendigar el sustento, y ya empiezan á

abandonarme las fuerzas.»

Sin embargo, todavía no estaba acostumbrado á la mendiguez; hacia

poco tiempo que la necesidad le habia obligado á recurrir á tan

triste y desagradable recurso, y nos hizo una pintura muy patética

de los combates que habia sostenido su orgullo contra la necesidad.

Volvia de Málaga sin dinero, hacia mucho tiempo que no habia comido,

y aun tenia que atravesar una de aquellas vastas llanuras en donde

se hallan tan pocas habitaciones: muerto casi de debilidad, pidió

primeramente á la puerta de una venta: _Perdone usted por Dios,

hermano_, le contestaron. «Pasé adelante, dijo, con mas vergüenza

aun que hambre, porque todavía no se hallaba abatido el orgullo de

mi corazon. Al pasar por un rio, cuyas márgenes estaban muy elevadas

y la corriente era profunda y rápida, estuve tentado de precipitarme

en él. ¿Á qué ha de permanecer sobre la tierra, dije interiormente,

un viejo miserable como yo? Iba ya á arrojarme; mas Dios iluminó

mi corazon y me apartó de tan criminal idea. Dirigíme á una casita

que se hallaba situada á cierta distancia del camino, entréme en el

patio; la puerta de la casa estaba cerrada, mas habia dos señoritas

asomadas á una de las ventanas. Las pedí limosna, y--_Perdone usted

por Dios, hermano_, fue otra vez la respuesta que recibí, cerrándose

al mismo tiempo la ventana. Salíme casi arrastrando del patio, pronto

ya á desmayarme; y creyendo que era llegada mi hora, me dejé caer

contra la puerta, me encomendé de todo corazon á la Vírgen nuestra

señora, y me cubrí la cabeza para morir. Á pocos minutos llegó el

dueño de la casa, y viéndome tendido á su puerta, se compadeció de

mis canas, me hizo entrar y me dió algun alimento, con que pude

recobrarme. Ya veis, señores, que nunca debe perderse la confianza en

la proteccion de la santísima Vírgen.»

El anciano se dirigió hácia Archidona, su pais natural, que

descubríamos á poca distancia en la cima de un monte escarpado, y

en el camino nos hizo reparar en las ruinas de un antiguo castillo

de los moros, que habitó uno de sus reyes en tiempo de las guerras

de Granada. «La reina Isabel, nos dijo, le sitió con un egército

poderoso; mas él, mirándolo desde lo alto de su fortaleza, se burlaba

de sus esfuerzos. Entonces se apareció la Vírgen á la reina, y á ella

y á sus soldados los condujo por un camino misterioso, que nadie

hasta entonces habia frecuentado ni frecuentó despues. Cuando el moro

vió llegar á la reina quedó pasmado, y acosando el caballo hácia el

precipicio, se arrojó en él y se hizo pedazos. Aun se ven á la orilla

del peñasco las señas de las herraduras, y ustedes mismos pueden

descubrir desde aquí el camino por donde la reina y el egército

subieron á la montaña, que se estiende á manera de una cinta á lo

largo de sus laderas; mas lo que hay en esto de milagroso es, que

aunque á cierta distancia puede conocerse, desaparece luego que se

trata de examinarle de cerca.» El camino ideal que el buen pastor nos

enseñaba, no era probablemente otra cosa que alguna arroyada arenosa,

que se distinguia á cierta distancia en que la perspectiva disminuía

su anchura, y se confundia con el resto de la superficie cuando se

miraba mas de cerca.

Como con el vino y la buena acogida se habia restablecido el anciano,

nos refirió otra historia de un tesoro que el rey moro habia

enterrado bajo el castillo, junto á cuyos cimientos estaba situada

su casa. El cura y el boticario del pueblo, habiendo soñado por tres

veces en el tesoro, hicieron una escavacion en el parage que sus

sueños les habian indicado, y el yerno de nuestro convidado oyó por

la noche el ruido de los azadones. Nadie sabe lo que hallaron; pero

lo cierto es que ellos se hicieron ricos de repente y guardaron su

secreto. De modo que el viejo pastor se habia visto al umbral de la

fortuna; mas estaba decretado que él y esta no habian de morar jamas

bajo un mismo techo.

Tengo observado que las historias de tesoros enterrados por los moros

corren principalmente entre las gentes mas pobres de España, como

si la naturaleza quisiese compensar con la sombra la falta de la

realidad: el hombre sediento sueña arroyos y fuentes cristalinas,

el que tiene hambre banquetes opíparos, y el pobre montes de oro

escondido: no hay cosa mas rica que la imaginacion de un mendigo.

La última escena de nuestro viage que referiré, es la noche que

pasamos en la pequeña ciudad de Loja, célebre plaza fronteriza

en tiempo de los moros, y en cuyas murallas se estrelló el poder

de Fernando. De esta fortaleza salió el viejo Aliatar, suegro de

Boabdil, acompañado de su yerno para la desastrada espedicion, que

acabó con la muerte del general y la prision del monarca. Está Loja

en una situacion pintoresca en medio de un desfiladero que sigue las

márgenes del Genil, circuida de rocas inaccesibles, bosquecillos,

prados y jardines. Nuestra posada, que en nada desdecia del aspecto

del pueblo, la tenia una jóven y linda viudita andaluza, cuya

basquiña negra de seda guarnecida de franjas, dibujaba graciosamente

unas formas mórbidas y elegantes. Paso firme y ligero, ojos negros

y llenos de fuego, y su aire de presuncion y su esmerado aliño,

manifestaban sobradamente que estaba acostumbrada á escitar la

admiracion.

Un hermano, que tendria en corta diferencia la misma edad, ofrecia

con ella el perfecto modelo del majo y la maja andaluces. Era

alto, robusto y bien dispuesto; color moreno claro, ojos negros y

brillantes, y patillas castañas y rizadas que se unian por bajo de

la barba. Ajustaba su cuerpo una chaquetilla de terciopelo verde,

adornada de un sinnúmero de botoncillos de plata, y por cada una de

las faltriqueras asomaba la punta de un pañuelo blanco; calzon de la

misma tela, con una carrera de botones que bajaba desde la cadera

á la rodilla; rodeaba su cuello un pañuelo de seda color de rosa,

que pasando por una sortija, bajaba á cruzarse sobre una camisa

aplanchada con esmero. Llevaba ademas un cinto, lindos botines de

hermoso becerro leonado, que abiertos hácia la pantorrilla, dejaban

ver una media muy fina; y en fin, zapatos anteados, que hacian

campear con ventaja un pie perfecto.

Hallándose este á la puerta llegó un hombre á caballo, y en voz baja

entabló con él una conversacion que parecia muy séria. Su trage era

del mismo gusto, y casi tan elegante como el del huésped: podria

tener treinta años, era alto y fornido, y aunque ligeramente pintado

de viruelas, no dejaba de haber gracia en sus bellas facciones; su

ademan y su aire, no solo tenian soltura sino resolucion, y aun

osadía. El poderoso caballo que montaba, negro como el azabache,

estaba adornado de gallardos arreos, y llevaba un par de trabucos

pendientes del arzon trasero. La figura de este hombre me hizo

acordar de los contrabandistas que habia visto en los montes de

Ronda. Conocí que tenia íntimas relaciones con el hermano de nuestra

huéspeda, y tambien pensé, salvo error, que era amante favorecido

de la graciosa viuda. Con efecto, toda la casa y sus habitantes

tenian cierto aspecto de contrabando: la carabina descansaba en un

rincon, junto á la guitarra. El referido caballero pasó la noche en

la posada, y cantó con mucha espresion diferentes romances guerreros

de las montañas. Estando nosotros cenando, llegaron dos pobres

asturianos pidiendo un pedazo de pan y un asilo para pasar aquella

noche. Habíanlos asaltado los ladrones al volver de una feria, y

despues de robarles el caballo con las mercaderías que llevaba,

el dinero y una parte de sus vestidos, los habian apaleado porque

quisieron defenderse. Mi compañero, con la pronta generosidad que le

es natural, pidió cena y cama para los dos, y les dió el dinero que

necesitaban para llegar á sus casas.

Á medida que entraba la noche, iban presentándose en la escena nuevos

personages. Un hombre alto y gordiflon, de unos sesenta años, vino

á tomar parte en la alegre cháchara de la huéspeda. Vestia el trage

ordinario del pais, con la adicion de un enorme sable que llevaba

bajo el brazo; sus anchos bigotes daban al semblante cierta gravedad,

que anunciaba una especie de insolente confianza, y al parecer le

miraban todos con mucho respeto.

Sancho nos dijo al oido que aquel personage era D. Alfonso Gutierrez,

el héroe y campeon de Loja, célebre por su fuerza prodigiosa, y

por las muchas hazañas con que se señaló en tiempo de la invasion

francesa. Con efecto, su lenguage y singulares maneras me divertian

estraordinariamente; porque nuestro hombre era un verdadero andaluz,

cuya jactancia igualaba cuando menos á su bravura. Iba siempre

cargado con su sable como una niña con la muñeca; tan pronto le tenia

en la mano como bajo el brazo, llamábale su _santa Teresa_, y solia

decir: «Cuando le saco tiembla la tierra.»

Estuvimos hasta muy tarde oyendo las conversaciones de tan diversos

personages, que platicaban juntos con toda la franqueza de una posada

española. Oimos cantares de contrabandistas, historias de ladrones,

antiguos romances moriscos, y por fin de fiesta, nuestra bella

huéspeda cantó _los infiernos_, ó las regiones infernales de Loja,

que son unas cavernas sombrías, por donde corren y se precipitan con

espantoso estruendo rios y cascadas subterráneas. El vulgo cree que

desde tiempo de los moros, cuyos reyes tenian sus tesoros en estas

cuevas, habitan en ellas monederos falsos.

No seria difícil llenar estas páginas de incidentes de nuestra

espedicion; pero me llaman otros objetos. Viajando de este modo,

Salimos en fin de los montes para entrar en la hermosa vega de

Granada. Sentámonos á la orilla de un riachuelo sombreado de

frondosos olivos, y allí hicimos nuestra última comida á campo raso,

teniendo á la vista la antigua capital del postrer reino musulman en

España. Las altas torres de la Alhambra comunicaban á la ciudad un

interes irresistible, al paso que la Sierra-Nevada descollaba por

encima de los edificios á manera de una corona de plata. Brillaba

el dia puro y despejado, y la fresca brisa de los montes templaba

los ardores del sol. Cuando hubimos comido tendimos las capas, y

disfrutamos por última vez del placer de dormir sobre el césped,

halagados por el blando susurro de las abejas que vagan de flor en

flor, y el tierno arrullo de las tórtolas que posan en los olivos.

Pasadas las horas del calor volvimos á emprender la marcha, y despues

de haber caminado entre vallados de aloes y bananos, y atravesado una

multitud de jardines, llegamos á la que anochecia á las puertas de

Granada.

Á los ojos del viagero que se halle poseido de un sentimiento de

predileccion hácia la histórica y poética Alhambra de Granada, es

este monumento tan venerable como para los peregrinos musulmanes

la Kaaba ó casa sagrada de Mahoma. ¡Cuántas leyendas y tradiciones

verdaderas ó fabulosas, cuántos cantares, cuántos romances amorosos

ó heroicos, españoles ó árabes tienen por objeto este edificio

encantado! ¡Figúrese pues el lector cuál seria nuestro alborozo,

cuando á poco de haber llegado á Granada, nos permitió el gobernador

de la Alhambra que habitásemos los aposentos que tenia desocupados

en aquel palacio de los reyes moros! Los siguientes rasgos son el

fruto de mis investigaciones y meditacion durante esta deliciosa

permanencia; y si pudiesen comunicar á la imaginacion del lector una

parte del misterioso interes que inspiran los sitios donde fueron

trazados, yo sé que habia de lastimarse de no haber pasado un verano

conmigo en aquellos salones de la Alhambra, tan fecundos en memorias

maravillosas.

Gobierno de la Alhambra.

Es la Alhambra una fortaleza antigua, ó un palacio fortificado,

desde cuya morada dominaban los reyes moros de Granada su ponderado

paraiso terrenal, y en donde estuvo la última silla de su imperio

en España. El palacio forma solo una parte de la fortaleza, cuyas

almenadas murallas se estienden en direccion irregular en derredor

de la cresta de una elevada colina que se desprende de la cadena

de montes nevados y domina la ciudad. En tiempo de los moros podia

esta fortaleza contener en su recinto un egército de cuarenta mil

hombres, y no pocas veces sirvió á los soberanos de asilo contra

sus vasallos sublevados. Despues de haber pasado el reino á manos

de los cristianos, siguió la Alhambra siendo una morada real, y la

habitaron algunas veces los monarcas castellanos. Cárlos V comenzó á

levantar un palacio dentro de sus muros; mas los repetidos terremotos

no dejaron llevar adelante esta empresa. Los últimos reyes que

habitaron este edificio, fueron Felipe V y su esposa la reina Isabel

de Parma, al principio del siglo diez y ocho.

Hiciéronse grandes preparativos para recibirlos, se reparó el palacio

y los jardines, y se construyeron nuevas habitaciones, que fueron

ricamente adornadas por artistas italianos. Mas á pesar de todo,

despues de la mansion pasagera de estos príncipes, la Alhambra quedó

de nuevo desierta y desolada, si bien se conservaba siempre en ella

un estado militar y guarnicion bastante numerosa. El gobernador era

nombrado directamente por el rey, y su jurisdiccion se estendia hasta

los arrabales de la ciudad, sin ninguna dependencia del capitan

general de Granada. Habitaba la parte que corresponde á la fachada

del antiguo palacio, y jamas bajaba á Granada sin algun aparato

militar. La fortaleza era en efecto una pequeña ciudad, pues que

contenia muchas calles, un convento de franciscos y una iglesia

parroquial.

Pero el abandono de la córte fue un golpe fatal para la Alhambra:

sus hermosas salas fueron deteriorándose de dia en dia, quedando

muchas del todo arruinadas; destruyéronse los jardines, y las fuentes

cesaron de correr. Un enjambre de vagabundos se fue apoderando poco

á poco de las partes desiertas de los edificios; los contrabandistas

se aprovechaban de la independencia de su jurisdiccion para seguir

con seguridad sus criminales operaciones; los ladrones, los pícaros

de todas clases se refugiaban en su recinto, y dirigian desde

allí sus tiros sobre Granada y sus inmediaciones. Por fin, puso

el gobierno la mano, y desapareció este desórden: la plaza fue

enteramente purificada, quedando solo en ella aquellos moradores de

notoria honradez, y cuyo derecho de residencia era incontestable;

demoliéronse la mayor parte de las casas, y únicamente se conservó

una pequeña aldea, el convento y la parroquia. Durante las últimas

guerras de la península, habiendo ocupado los franceses á Granada,

pusieron una guarnicion en la Alhambra: alojóse el comandante en

el palacio, y este monumento de la grandeza y de la elegancia de

los moros, se salvó entonces de una completa devastacion por efecto

de aquel gusto ilustrado que distingue á la nacion francesa. Se

repararon los techos, y lo que quedaba de las salas y las galerías

fue puesto á cubierto de la injuria del tiempo; se cultivaron los

jardines, pusiéronse corrientes los conductos del agua, y volvió á

saltar esta en medio de las flores: de modo que España debe á sus

invasores la conservacion del mas hermoso y mas interesante de sus

monumentos históricos.

Antes de evacuar la fortaleza, volaron los franceses muchas torres

de la muralla esterior é inutilizaron las fortificaciones; y como

desde entonces no existe ya la importancia militar de esta plaza, su

guarnicion consiste únicamente en algunos inválidos, cuyo principal

servicio está reducido á guardar las torres esteriores, que suelen

servir para prision de reos de estado. El mismo gobernador ha

abandonado ya las alturas de la Alhambra y vive en el centro de

Granada, en donde le es mucho mas fácil comunicarse con el gobierno.

No puedo terminar esta breve noticia sin dar testimonio de la

exactitud y laudable celo con que el actual comandante de la Alhambra

D. Francisco de la Serna, llena los deberes de su destino, y emplea

los cortos recursos de que puede disponer en reparar las ruinas del

palacio, y retardar por medio de sabias precauciones una ruina que

por desgracia es sobrado cierta. Si hubiesen hecho otro tanto sus

predecesores, este monumento conservaria aun casi toda su belleza

primitiva, y si el gobierno ausiliase los buenos deseos de este

benemérito oficial, aquellos preciosos vestigios adornarian aun el

pais por largo tiempo, y de todos los puntos de la tierra conducirian

á él á los curiosos ilustrados.

Interior de la Alhambra.

Son tantas y tan minuciosas las descripciones que se han hecho de

la Alhambra, que sin duda bastarán algunos rasgos generales para

refrescar la memoria del lector. Voy pues á referir sucintamente la

visita que hicimos á este monumento la mañana inmediata á nuestra

llegada á Granada.

Habiendo salido del meson de la Espada, en donde parábamos,

atravesamos la célebre plaza de Vivarrambla, teatro en otros tiempos

de justas y torneos, y trasformada ahora en mercado muy concurrido.

De allí pasamos al Zacatin, cuya calle principal era en tiempo de los

moros un gran mercado: sus pequeñas tiendas y angostos soportales

conservan aun el carácter oriental. Despues de haber cruzado la plaza

donde se halla el palacio del capitan general, subimos una calle

tortuosa y no muy ancha, cuyo nombre recuerda los dias caballerescos

de Granada; á saber, la calle de los Gomeles, así llamada de una

tribu famosa en las crónicas y en los romances, la cual conduce á

una puerta de arquitectura griega, edificada por Cárlos V, que da

entrada á los dominios de la Alhambra.

Dos ó tres veteranos, sentados en un banco de piedra, reemplazaban

á los zegries y abencerrages; y el canoso centinela estaba hablando

con un ganapan alto y seco, cuyo pardo y raido capote cubria apenas

el resto de unos vestidos mas miserables todavía, el cual luego que

nos descubrió se vino á nosotros, ofreciéndose á acompañarnos y

enseñarnos la fortaleza.

Yo he mirado siempre á los _Ciceroni_ con cierta repugnancia de

viagero, y el aspecto de este no me inclinaba ciertamente á hacer una

escepcion en su favor.

«¿Sin duda, le dije, conocereis muy bien el edificio?

--Palmo por palmo, señor; como que soy hijo de la Alhambra.»

No puede negarse, que los españoles tienen un modo de espresarse muy

poético. ¡Hijo de la Alhambra! Este título hirió mi imaginacion, los

andrajos de mi interlocutor adquirieron á mis ojos cierta dignidad,

pareciéronme el justo emblema de la vária fortuna del sitio, y por

otra parte, cuadraban perfectamente á la progenitura de unas ruinas.

Le hice algunas preguntas, y quedé convencido de que tenia un derecho

legítimo al título que tomaba: su familia habitaba la fortaleza desde

el tiempo de la conquista, y él se llamaba Mateo Gimenez.

«¿Seréis tal vez, le pregunté, algun pariente del gran cardenal

Gimenez?

--Quién sabe, señor; todo podria ser.... lo que no cabe duda es que

somos la familia mas antigua de la Alhambra, cristianos viejos sin

mezcla de moro ni judío. Yo sé que pertenecemos á una gran casa,

pero no me acuerdo cuál: mi padre lo sabe todo, y conserva nuestro

blason colgado á la pared de su cabaña, que está en lo mas alto de la

fortaleza.» Estas razones, y el primer título que se habia dado el

andrajoso hidalgo me cautivaron de modo, que desde luego acepté con

gusto los servicios del hijo de la Alhambra.

Entramos en un angosto y profundo barranco lleno de bosquecillos y

cubierto de verdura. Atravesábale una avenida rápida, y cortábanle

en todas direcciones varios senderos tortuosos, adornados de fuentes

y bancos de piedra. Á la izquierda se elevaban por encima de nuestras

cabezas las torres de la Alhambra, y á la derecha, por la parte

opuesta del barranco, nos dominaban otras no menos altas, edificadas

sobre la peña viva: estas eran las _Torres bermejas_, llamadas así á

causa de su color. Nadie conoce su orígen, si bien se sabe que son

mucho mas antiguas que la Alhambra: algunos las suponen construidas

por los romanos, y otros las creen obra de una colonia errante de los

fenicios. Subiendo la sombría y rápida avenida, llegamos al pie de

una torre cuadrada, que es la entrada principal de la fortaleza. Allí

encontramos otro grupo de inválidos, uno de los cuales estaba de

centinela bajo el arco de la puerta, en tanto que los demas dormian

sobre los bancos de piedra, envueltos en sus capas. Llámase á esta

la _puerta del Juicio_, porque durante la dominacion de los moros se

reunia bajo su pórtico el tribunal que juzgaba inmediatamente las

causas de poca entidad. Esta costumbre, comun á todo el oriente, se

halla consignada en muchos pasages de la Escritura.

El gran vestíbulo ó pórtico lo forma un arco inmenso que se eleva

casi hasta la mitad de la torre. Sobre la piedra fundamental de

la bóveda esterior esta esculpida una mano gigantesca, y en la

correspondiente de la parte interior se ve representada del mismo

modo una enorme llave. Los que creen tener algun conocimiento de los

símbolos mahometanos, dicen que la mano es el emblema de la doctrina,

y la llave el de la fe; añadiendo que este último signo era el

distintivo constante de los estandartes musulmanes cuando subyugaron

la Andalucía. Mas el hijo legítimo de la Alhambra esplicaba la cosa

de otro modo.

Segun Mateo, que se apoyaba en la autoridad de una tradicion

trasmitida de padres á hijos desde los primeros habitantes de la

fortaleza, la mano y la llave eran figuras mágicas, y pendia de

ellas la suerte de la Alhambra. El rey moro que hizo construir este

edificio, mágico famoso, y que aun, segun la opinion de muchos,

habia vendido su alma al diablo, puso la fortaleza bajo el influjo

de un encanto, en fuerza del cual ha resistido siglos enteros á

los asaltos y terremotos que han destruido la mayor parte de los

edificios moriscos; y es fama comun que el encanto conservará toda su

virtud hasta el momento en que la mano se baje de tal modo que llegue

á tocar la llave, en cuyo acto se hundirá la Alhambra, y quedarán de

manifiesto los tesoros de los reyes moros que están enterrados bajo

sus moles.

Sin embargo de esta espantosa prediccion, nosotros pasamos sin

vacilar por bajo del arco encantado.

Desde allí, por un camino angosto y sinuoso practicado entre las

murallas, subimos á una esplanada interior, llamada la _plaza de los

Algibes_, en razon de unos grandes depósitos de agua abiertos en

la peña, y tambien hay un pozo inmenso que da un agua sobremanera

fresca y cristalina. Estas obras prueban la esquisita voluptuosidad

de los árabes, y lo mucho que apreciaban obtener este elemento en

toda su pureza.

En frente de esta esplanada se halla el palacio de Cárlos V, que

debia eclipsar segun dicen á la antigua mansion de los reyes moros.

Mas á despecho de su magnificencia y de una arquitectura que no

carece de mérito, este monumento no parece otra cosa que un intruso

orgulloso; y de ahí es que mi compañero y yo pasamos por delante sin

detenernos, y nos dirigimos á la sencilla puerta por donde se penetra

en el palacio antiguo.

La transicion es casi mágica: creímonos trasportados de repente á

otros parages y á otro siglo, y que íbamos á presenciar las escenas

que refiere la historia de los árabes. Nos hallamos en un gran patio

pavimentado de mármol blanco, y decorado á sus ángulos con ligeros

perístilos moriscos. Era el patio de la Alberca ó del gran Vivero, y

ocupaba su centro un estanque de ciento treinta pies de largo, lleno

de peces y circuido de rosales.

Al estremo superior de este patio se halla la torre de Comáres; pero

nosotros, dirigiéndonos al lado opuesto, entramos por un pasadizo

cubierto en el célebre _patio de los Leones_. Ninguna parte del

edificio da una idea tan completa de su antigua magnificencia;

porque ninguna ha sufrido menos los estragos del tiempo. Vese en

el centro aquella fuente, tan famosa en la historia y en los cantos

populares; las tazas de alabastro derraman de continuo una lluvia

de líquidos diamantes, y los doce leones arrojan por las narices

torrentes de agua cristalina lo mismo que en los dias de Boabdil.

El patio se halla cubierto de flores y rodeado de ligeros arcos,

adornados de esculturas y filigranas de una labor tan delicada

como el encage, y sostenidos sobre delgadísimas columnas de mármol

blanco. La arquitectura, lo mismo que la del resto del palacio,

tiene mas elegancia que grandeza, y está indicando un gusto blando

y delicado, y cierta disposicion á los placeres de la indolencia.

Cuando se dirige la vista á aquellos pórticos aéreos con sus frágiles

apoyos, que parecen obra de las hadas, apenas puede concebirse

cómo el tiempo, los temblores de tierra, el abandono y la rapiña de

los viageros curiosos, no menos temible que la de los guerreros, ha

perdonado una parte tan grande de este monumento: estas reflexiones

podrian casi hacer admitir la tradicion que le supone protegido por

un encanto. Á un lado del patio, por una puerta ricamente adornada,

se entra á una gran pieza embaldosada de mármol blanco, llamada

la _sala de las dos hermanas_. Una cúpula abierta da paso al aire

esterior, y deja penetrar una luz templada; la parte inferior de las

paredes está incrustada de hermosos azulejos moriscos, en los cuales

se ven los escudos de armas de los reyes moros; la superior se halla

revestida de aquel hermoso estuco inventado en Damasco, compuesto de

grandes chapas vaciadas y unidas con tanto arte, que parece se hayan

esculpido en el mismo sitio los elegantes relieves y caprichosos

arabescos que en ellas se ven entrelazados con testos del alcorán

é inscripciones árabes. Los adornos de las paredes y de la cúpula

están ricamente dorados, y sus intersticios revestidos de lapislázuli

y otros colores hermosos y permanentes. Á uno y otro lado de la

sala están las alcobas destinadas á contener las otomanas ó lechos

orientales. Sobre un pórtico interior corre una galería que comunica

con la vivienda de las mugeres; y todavía se ven allí las celosías

por donde las lindas odaliscas del harem podian ver sin ser vistas

las fiestas de la sala inferior.

Es imposible contemplar aquella antigua y privilegiada mansion de los

árabes, aquel palacio donde las costumbres orientales desplegaron

todo su esplendor y elegancia, sin que se renueven en la imaginacion

las antiguas escenas que se han leido en las novelas: casi espera uno

ver la blanca mano de una princesa que hace señas desde un balcon, ó

bien unos ojos negros que lanzan miradas de fuego al traves de una

celosía. El asilo de la hermosura existe aun allí como si lo hubiesen

habitado ayer; mas ¿qué se han hecho las Zoraidas y Lindaraxas?

Cuentos de la Alhambra · 第 1 / 7 段