La familia en cuyo seno ha fallecido alguno de los suyos, que por sus
méritos y edad merecía respeto y consideraciones y que se la designa
con el calificativo de _junttu amayani_, o sea con cadáver caliente,
está obligada a erogar los _últimos gastos_ a su memoria durante tres
años el día de la conmemoración de los difuntos; sobre todo, el primer
año debe ser el más solemne y costoso. Esta costumbre llamada de
_hacer rezar_, constituye una obligación rigurosa, de la que nadie
puede prescindir, sin dar lugar a las acervas censuras y aversión de
cuantos se encuentran al cabo del asunto.
Desde meses antes al dos de noviembre se preparan los dolientes para
celebrar dignamente su fiesta fúnebre. Acopian víveres, se proveen de
licores y mandan a trabajar panecillos de maíz y trigo, que tienen
figura de aves, animales y niños, dando preferencia a todo aquello que
era del agrado del finado, para que su alma esté contenta al ver que se
le hace rezar con lo que le gustaba en vida. Compran abundante fruta y
llegado el día esperado, se dirigen al cementerio llevando gran parte
de las provisiones. Colocan cerca a la tumba de su difunto una mesa
cubierta con un lienzo negro, encima unas cuantas ceras que arden, un
crucifijo, y llaman a cuantos pasan, para que recen por su finado,
alcanzándoles antes en un platillo, algunos panecillos con una copa
de vino al centro, o sólo fruta; como son tantos los invitados apenas
tienen estos tiempo para beberse el vino y vaciar en sus bolsillos los
objetos servidos, y después de mascujar rápidamente alguna oración,
siguen su camino, a fin de dar campo a otros. Iguales ceremonias se
efectúan en la multitud de mesas esparcidas en toda la superficie
del cementerio, de tal suerte, que el murmullo de los rezadores, se
asemeja al ruido de un avispero, en el cual, los responsos cantados por
los sacerdotes, son las únicas voces que sobresalen en aquel bullicio.
Los indios practican la conmemoración de de sus difuntos en dos
ocasiones; la primera en octubre, presidida por un párroco. La fiesta
es costeada por los indios destinados al efecto, que son los _amaya
huaraninakas_, es decir, que tienen la vara de autoridad para festejar
a los muertos. Estos se encargan pagar las misas dedicadas a los
difuntos, en general, y antes de que se celebren ellas se constituyen a
primera hora del día señalado, en el lugar del cementerio donde está la
fosa común y extraen de ella una media docena de cráneos, que son luego
adornados, con pan de oro o plata, o con papeles dorados y puestos en
la capilla en lugar adecuado y preferente. Terminada la misa en la
que las calaveras reciben especiales atenciones del oficiante, son
conducidas en andas y paseados en procesión. Pasadas estas ceremonias
religiosas y la tanda de responsos los cráneos son colocados en la casa
del _huarani_ principal y festejados en medio de una gran borrachera,
y al día siguiente restituidos al lugar que ocupaban en el cementerio.
Vueltos de aquí, se entregan al baile durante el día y el siguiente
lo convierten en una desenfrenada orgía. Este día que es el tercero
de la fiesta, despiden a las almas, que han venido a presenciar
los homenajes que les tributan y alentar a los vivos para que se
reproduzcan y hagan que la raza no se extinga, como dicen los indios,
terminando ella con una excursión al campo a distancia de la capilla,
donde cometen mayores excesos que en los anteriores.
La segunda vez festejan a los muertos el dos de noviembre, fecha en la
que se reunen en el cementerio, los que tienen algún pariente muerto
en el año trascurrido y ofrecen panes, granos, fruta, comida y demás
ofrendas en cambio de una oración para su difunto. Al día siguiente,
que es el más solemne, se repiten allí las ofertas, las oraciones y
responsos en grande escala.
Del cementerio regresan los que fueron a hacer _rezar_, y los rezadores
embriagados a continuar en sus casas la fiesta fúnebre con más calor
y entusiasmo. En las noches, los mestizos formando pandillas de
bailarines salen a divertirse en la plaza y calles. Al siguiente día de
la conmemoración de los difuntos se dirigen a las afueras del pueblo a
repetir en pleno campo el baile y holgar de la mejor manera posible.
Una alegría frescosa, viva, natural e intensa se apodera de los
corazones al traer a la memoria a los que dejaron de ser.
En los pueblos de Cochabamba, las comparsas que se constituyen en el
campo, arman además un columpio o _huay llunkca_, cada una, asegurada
a las ramas de árboles altos y firmes, al que suban las mujeres
por turno, con preferencia las jóvenes, a mecerse veloces y a gran
elevación. Con el raudo movimiento y gozo que experimentan con el
aéreo ejercicio aparecen atacadas de inspiración poética-epigramática,
pues, con rara facilidad e ingenio dan por describir en verso el
traje, la traza, el porte, o mencionar las acciones íntimas de los
concurrentes, espectadores o se dirigen a las que se encuentran en
iguales situaciones en columpios próximos, con quienes se entablan un
cambio de alusiones satíricas y de color subido, causando la hilaridad
de los oyentes. Estas improvisaciones las hacen cantando y terminando
cada dicho con la palabra expresiva y tonadeada de _huipaylalita_.
Después de una actuación de cuarto de hora, más o menos, bajan a tomar
chicha, bailar y recibir las felicitaciones de sus compañeras, si se
han portado con lucidez, y suben otras a reemplazarlas, renovándose
a menudo las columpiadoras. A la que no quiere improvisar coplas ni
cantarlas la agitan con tanta violencia, que la obligan sin remedio
a llenar su cometido de amenizar la diversión con tales actos. En la
noche regresan en pandilla los grupos, al son de animadas orquestas,
entonando siempre, cantares alusivos, que son actos lanzados
rápidamente, contra los dueños o personas que viven en las casas por
donde pasan bailando. Regocijos son estos, que los realizan en obsequio
de las almas, con ánimo de despedirlas o de hacerles _cacharpaya_ a
fin de que se retiren satisfechas a la mansión eterna, y que suelen
durar cinco o seis días, y aún más tiempo después del día de finados.
En la mayor parte de los pueblos de provincia de la República, la
fiesta dedicada a los muertos es más celebrada y de mayor excitación
que la del carnaval. De semejante costumbre no se excluye ninguna
clase social provinciana, porque ella se encuentra muy generalizada
entre blancos, mestizos e indígenas, aun de las ciudades. Estos
factores étnicos, cuando se codean con los muertos; cuando junto a
las sepulturas se alegran parecen hallarse en un centro conforme con
su carácter sombrío y sus pensamientos, encaminados hacia lo tétrico
y a las extrañas expansiones que guarden consonancia con su índole
pesimista.