El momento en que el enfermo se pone mal, los brujos y curanderos
menean tristemente la cabeza y se declaran impotentes para salvarlo.
«La enfermedad--dicen--ha penetrado hasta la médula de los huesos y es
ya imposible arrancarla.» Las mujeres principian a llorar en silencio,
los hombres quedan estupefactos y callados, y todos cuando andan lo
hacen con la punta de los pies, cuidando de no producir ruido. Desde
ese instante una tensión dolorosa se apodera del espíritu de los
concurrentes, quienes ponen las caras compungidas, las miradas vagas y
no cesan de repetir; «qué desgracia, qué fatalidad, tan bueno él...»
Cada uno comunica que la noche anterior hubo ruido en su casa, lo
que quiere decir que el alma o _ajayu_ del enfermo cumplió con la
obligación de despedirse personalmente de los suyos, antes de apartarse
de la compañía de los vivos para habitar con los muertos. Ya nadie
confía, entonces, en que pueda vivir un día más.
Comienza la agonía, que para el indio significa la postrer lucha que
el alma vencida por la enfermedad sostiene con el cuerpo, que trata
de retenerla y correr con ella la misma suerte que le espera. El
estertor del moribundo es el ruego ronco, triste y sollozante que le
hace para que no le abandone a merced de la victoriosa, que libre de
cortapisas y poseída de satánica alegría, le dejará en su ausencia la
maldita simiente de gusanos que se propaguen en sus carnes inertes,
con la pasmosa fecundidad que poseen y las destruyen. Más antes,
cuando la agonía se prolongaba mucho, ahorcaban al paciente, con
objeto de salvar el alma y que no se descomponga con el cuerpo, ni
sufra mancilla ni desmedro, poniendo término a esa supuesta lucha, con
la estrangulación. Este procedimiento considerado necesario y eficaz
llamaban _despenar_ al enfermo. Para expulsar la simiente de los muy
prolíficos, y horribles gusanos y evitar que el cadáver se deshaga
por completo lo embalsamaban y lo colocaban en actitud de descansar
y ponerse en acción cualquier momento, con la mira de que estando así
neutralizados los efectos póstumos de la dolencia, volvería su _ajayu_
a ocuparlo cuantas veces quiera sacudir su inercia y darle movimiento.
Ambas operaciones, fuertemente combatidas por los sacerdotes católicos
y autoridades civiles, han caído en desuso. Al presente, los indios
inhuman sus muertos, confiados en que la _Pacha Mama_, los recibirá en
su seno generoso, para devolverlos al mundo, las ocasiones en que las
almas tengan necesidad de cubrirse con su antigua envoltura.
Acaecida la muerte, rodean el cadáver los deudos y amigos, llorando
de voz en grito y relatando en medio de lágrimas sus buenas acciones,
para que su _ajayu_ que se halla presente les oiga. Las mujeres se
cubren inmediatamente la cabeza con mantos negros, los hombres se ponen
_ponchos_ del mismo color y tapan el cadáver con un lienzo ceñido en la
parte del cuello.
Es imposible que el mismo día lo entierren, por más que haya ocurrido
el fallecimiento en la mañana y la enfermedad que ha causado el hecho
sea contagiosa. El cadáver deberá permanecer expuesto en la noche,
rodeado de ceras ardientes, de su familia, amigos y personas pobres que
acuden al recinto fúnebre con ánimo de _rezar_ por el difunto en cambio
de alguna retribución. Los _veladores_ como se llama a los asistentes,
beben tazas de té con abundante alcohol y mastican coca durante las
pesadas horas de aquella fúnebre noche, llegando muchos a embriagarse
y hacerse impertinentes, exigiendo más de lo necesario, a pretexto de
que es el _último gasto_ que se hace por el extinto. Con la palabra de
«último gasto», repetida a menudo, son capaces de consumir con todos
los bienes dejados por el muerto.
A la media noche, cuando ni un leve soplo del viento interrumpe
el sosiego y serenidad del ambiente, los _veladores_ salen de la
habitación mortuoria, encabezados por el brujo y se dirigen callados,
con paso suave y sin hacer el más ligero ruido, fuera de la casa, a
un lugar desierto, para escuchar el tenue y débil acento o sonido
que desprenden las almas de quienes vienen a visitar el cadáver,
comprometerse con su alma, que ronda alrededor de sus restos, mientras
estos se entierren, para abandonar pronto la sociedad de los vivos, e
irse con ella. El brujo impone absoluto silencio y aguzando el oído
un momento, dice despacio, he escuchado la voz de fulano o el llanto
de zutano o el suspiro de mengano, y recomienda que a estos no se les
deje ponerse de acuerdo con el alma del difunto, a fin de impedir que
se vayan prestos a hacerle compañía en la eternidad. Los presentes,
sugestionados por aquél, creen también escuchar el mismo eco y predicen
el tiempo de la muerte del aludido, según la distancia en que la
sienten producirse el ruido: pronto si se ha escuchado cerca, tarde
si es distante. Para evitar esa sombría charla y que sellen el fúnebre
pacto, se arman de hondas y descargándolas, exclaman: _a que vienes
alma de tal o cual persona?; ándate, vuelve a tu casa: tienes mujer,
tienes hijos que vestir y mantenerlos_. Si los tiene. En caso de ser
soltero y vivir con sus padres, agregan: _Tus padres han de llorar, tu
hogar quedará desierto, tu has venido al mundo para trabajar y tener
descendencia y no puedes abandonarlo sin cumplir tu misión_ y, siguen
los hondazos, las súplicas y las imprecaciones o el llanto de las
mujeres. Cuando ya nada se supone percibir, vuelven junto al cadáver y
el dueño de la casa les sirve una comida condimentada con bastante ají,
por lo que llaman el acto _huaykca urasa_, o sea la hora del ají.
Terminada la comida y cuando ya nadie debe salir fuera, ni pasar por
la puerta, esparcen ceniza en el suelo, a la entrada de la habitación
mortuoria y continúan los veladores con la vigilancia del cadáver,
compungidos, cuchicheándose y consumiendo siempre tazas de agua
caliente alcoholizada. No falta alguno que rompe el silencio con
la narración de las virtudes y buenas acciones del muerto, o llora
increpándole por su fallecimiento. _¿Por qué nos dejas en la orfandad?_
pregunta y continúa lamentándose: «_mientras tú tranquilo descansas,
flojo, nosotros quedamos a sufrir. La carga de tus obligaciones que
has abandonado en el camino de la vida, tenemos sólo nosotros que
continuar llevándola. Con tu muerte has puesto término a tus cotidianos
empeños y ha cesado todo padecimiento para tí; en tanto que tu casa
quedará sin quien la vele y proteja como tú lo hacías y a tu viuda y a
tus hijos ya no habrá quién les de sustento. Ingrato, cruel, no debías
haberte muerto..._»
Unos escuchan esos acentos de amargura y desolación con los ojos
enturbiados por el alcohol, otros dormitan con los rostros abotagados,
los cuerpos temblorosos y los belfos caídos. Cuando algún borracho
quiere perturbar la solemnidad de aquellas horas sombrías, lo sacan
afuera a rastras, arreglando después la ceniza esparcida y lo echan al
granero, para que duerma.
Al día siguiente del velorio y antes de que ninguna persona transite,
examinan la ceniza colocada la noche anterior, para observar las
huellas de las pisadas que pudieran encontrarse; la edad y el sexo a
que pertenecen, y, por ellas, predicen quienes morirán tras del finado.
Suponen que, sin embargo de los ruegos y de los incidentes de la noche
anterior, han logrado entrevistarse algunas almas de individuos vivos
con el difunto y de seguro que se han comprometido a seguirle. Los
investigadores hacen una mueca de desagrado y quedan conformes con la
suerte que espera a los sindicados.
El cortejo fúnebre es encabezado por la viuda que marcha desolada
por detrás de los conductores del cadáver del que fué su esposo,
lamentándose, entre sollozos de su suerte y del abandono en que la
deja. Cuando ella no asiste personalmente al entierro, dicen, que el
cadáver se hace pesado y se resiste a ser conducido al cementerio.
Al franquear la puerta de la morada de los que dejaron de ser, nadie
quiere atravesar primero el umbral, porque temen que aquel será el que
le siga. Para evitar los malos presagios, entran todos de golpe o por
lo menos los que conducen la carga fúnebre.
Antes de hacer descender a la sepultura, la viuda coloca junto al
cadáver un atadito de coca y un pedacito del lujta, y después, cuando
se halla en el fondo, le arroja unos puñados de tierra y en seguida lo
cubren los sepultureros.
De vuelta al hogar continúan las velas ardiendo sobre la cama vacía del
finado, no debiendo apagarse ellas durante los ocho días siguientes, ni
en ese tiempo descubrirse la cabeza la viuda e hijas de aquél. Comen
y beben ese día en la casa de la doliente los del cortejo fúnebre y
varios de ellos acompañan a velar a la viuda en las noches, porque no
debe enfriarse el calor de la habitación en esos días.
La víspera del octavo día, los parientes compadres y amigos, van al
río a lavar la ropa y camas del difunto. De regreso y en la noche,
se reunen a velar en la habitación en la que falleció aquel. A la
media noche, salen a las afueras del pueblo, regularmente al paraje
por donde corre algún riachuelo, que por este motivo suele llamarse
_ijmaj ahuira_ o sea río de la viuda. En este sitio cambian el vestido
de la viuda o viudo, la entregan al oreo del viento; azotan su cuerpo
con ramas de ortiga, para que las aflicciones huyan con el castigo:
mastica cada uno tres hojas de coca, lo que llaman _qquihinto_; beben
aguardiente y chicha, que llevan en pequeños cantaritos, arrojándolos
lejos cuando ya están vacíos. Después los hombres se ponen los ponchos
al revés y las mujeres hacen lo mismo con sus sayas, y apoderándose
dos jóvenes solteros del viudo o dos solteras, si es viuda, parten a
la carrera, sin mirar atrás, seguidos de los presentes. En la puerta
de la casa arde una fogata por encima de la cual deben saltar para
introducirse a su interior. Este acto tiene por objeto quemar las
desgracias que pudieran haberse prendido en los vestidos.
En la habitación invita el doliente, asado, con panecillos de harina
de quinua, conocidos, con el nombre de _aquispiña_, y chuño cocido.
Traen la sartén con manteca tibia para que cada concurrente, se pase
con ella la palma de la mano, a fin de que las penas sean ahuyentadas.
Permanecen hasta el amanecer, teniendo los compadres la obligación de
doblar las campanas en la noche.
Al día siguiente a la hora señalada asisten al templo a oír la misa de
requiem, celebrada en sufragio de la alma del extinto, y de vuelta de
ella, convida a los que le acompañaron la noche anterior a celebrar los
_ocho días_, siendo práctica establecida de comenzar la fiesta, tomando
cada cual tres hojas de coca del montoncito que ponen en el centro del
cuarto.
En medio festín, cuando los ánimos exaltados por las bebidas
alcohólicas han desterrado la pesadez del duelo y se ha hecho imposible
la gravedad, de improviso cesan los lloros, y las fisonomías se tornan
de tristes y serias en risueñas, apenas uno de los asistentes, que hace
de faraute, toma un instrumento músico, que en esas circunstancias
suele estar siempre a la mano, y exclama con autoridad: _el finado era
alegre y hay que recordarlo ahora, como a él le gustaría si estuviera
vivo_ y comienza a tocar y cantar, invitando a los presentes a que
bailen. Desde este momento la danza y los cantares reemplazan al llanto
de la viuda y de los hijos, cuyos ayes sólo se escuchan de cuando en
cuando y en los instantes de silencio, pero proferidos más por fórmula
que por verdadero dolor. En estas gentes la muerte no les impresiona
y la conformidad muy pronto ahuyenta el pesar que pudieran sentir.
«¿Acaso--dicen--los que quedamos no hemos de seguir el mismo camino?
¿Por qué suicidarse con lloros si se puede aprovechar de la ocasión
para hacer grata, siquiera un momento, la amarga vida? El que muere
descansa, mientras que el vivo se queda a sufrir y es él verdadero
digno de compasión...»
Débese a que profesan esta filosofía que no cause extrañeza a nadie
tal proceder y que sea, por el contrario, aplaudida la conducta de
los dolientes, por haber fomentado esa fiesta, que para los clases
populares significa comenzar a ejecutar bien los deberes con el
difunto, empleando los dineros correspondientes al fondo llamado _de
los últimos gastos_, que muchas veces suele consumir la herencia de los
vivos, quienes se conforman del resultado con repetir el dicho vulgar,
de que _la plata se hizo para gastarla_...