II

El momento en que el enfermo se pone mal, los brujos y curanderos

menean tristemente la cabeza y se declaran impotentes para salvarlo.

«La enfermedad--dicen--ha penetrado hasta la médula de los huesos y es

ya imposible arrancarla.» Las mujeres principian a llorar en silencio,

los hombres quedan estupefactos y callados, y todos cuando andan lo

hacen con la punta de los pies, cuidando de no producir ruido. Desde

ese instante una tensión dolorosa se apodera del espíritu de los

concurrentes, quienes ponen las caras compungidas, las miradas vagas y

no cesan de repetir; «qué desgracia, qué fatalidad, tan bueno él...»

Cada uno comunica que la noche anterior hubo ruido en su casa, lo

que quiere decir que el alma o _ajayu_ del enfermo cumplió con la

obligación de despedirse personalmente de los suyos, antes de apartarse

de la compañía de los vivos para habitar con los muertos. Ya nadie

confía, entonces, en que pueda vivir un día más.

Comienza la agonía, que para el indio significa la postrer lucha que

el alma vencida por la enfermedad sostiene con el cuerpo, que trata

de retenerla y correr con ella la misma suerte que le espera. El

estertor del moribundo es el ruego ronco, triste y sollozante que le

hace para que no le abandone a merced de la victoriosa, que libre de

cortapisas y poseída de satánica alegría, le dejará en su ausencia la

maldita simiente de gusanos que se propaguen en sus carnes inertes,

con la pasmosa fecundidad que poseen y las destruyen. Más antes,

cuando la agonía se prolongaba mucho, ahorcaban al paciente, con

objeto de salvar el alma y que no se descomponga con el cuerpo, ni

sufra mancilla ni desmedro, poniendo término a esa supuesta lucha, con

la estrangulación. Este procedimiento considerado necesario y eficaz

llamaban _despenar_ al enfermo. Para expulsar la simiente de los muy

prolíficos, y horribles gusanos y evitar que el cadáver se deshaga

por completo lo embalsamaban y lo colocaban en actitud de descansar

y ponerse en acción cualquier momento, con la mira de que estando así

neutralizados los efectos póstumos de la dolencia, volvería su _ajayu_

a ocuparlo cuantas veces quiera sacudir su inercia y darle movimiento.

Ambas operaciones, fuertemente combatidas por los sacerdotes católicos

y autoridades civiles, han caído en desuso. Al presente, los indios

inhuman sus muertos, confiados en que la _Pacha Mama_, los recibirá en

su seno generoso, para devolverlos al mundo, las ocasiones en que las

almas tengan necesidad de cubrirse con su antigua envoltura.

Acaecida la muerte, rodean el cadáver los deudos y amigos, llorando

de voz en grito y relatando en medio de lágrimas sus buenas acciones,

para que su _ajayu_ que se halla presente les oiga. Las mujeres se

cubren inmediatamente la cabeza con mantos negros, los hombres se ponen

_ponchos_ del mismo color y tapan el cadáver con un lienzo ceñido en la

parte del cuello.

Es imposible que el mismo día lo entierren, por más que haya ocurrido

el fallecimiento en la mañana y la enfermedad que ha causado el hecho

sea contagiosa. El cadáver deberá permanecer expuesto en la noche,

rodeado de ceras ardientes, de su familia, amigos y personas pobres que

acuden al recinto fúnebre con ánimo de _rezar_ por el difunto en cambio

de alguna retribución. Los _veladores_ como se llama a los asistentes,

beben tazas de té con abundante alcohol y mastican coca durante las

pesadas horas de aquella fúnebre noche, llegando muchos a embriagarse

y hacerse impertinentes, exigiendo más de lo necesario, a pretexto de

que es el _último gasto_ que se hace por el extinto. Con la palabra de

«último gasto», repetida a menudo, son capaces de consumir con todos

los bienes dejados por el muerto.

A la media noche, cuando ni un leve soplo del viento interrumpe

el sosiego y serenidad del ambiente, los _veladores_ salen de la

habitación mortuoria, encabezados por el brujo y se dirigen callados,

con paso suave y sin hacer el más ligero ruido, fuera de la casa, a

un lugar desierto, para escuchar el tenue y débil acento o sonido

que desprenden las almas de quienes vienen a visitar el cadáver,

comprometerse con su alma, que ronda alrededor de sus restos, mientras

estos se entierren, para abandonar pronto la sociedad de los vivos, e

irse con ella. El brujo impone absoluto silencio y aguzando el oído

un momento, dice despacio, he escuchado la voz de fulano o el llanto

de zutano o el suspiro de mengano, y recomienda que a estos no se les

deje ponerse de acuerdo con el alma del difunto, a fin de impedir que

se vayan prestos a hacerle compañía en la eternidad. Los presentes,

sugestionados por aquél, creen también escuchar el mismo eco y predicen

el tiempo de la muerte del aludido, según la distancia en que la

sienten producirse el ruido: pronto si se ha escuchado cerca, tarde

si es distante. Para evitar esa sombría charla y que sellen el fúnebre

pacto, se arman de hondas y descargándolas, exclaman: _a que vienes

alma de tal o cual persona?; ándate, vuelve a tu casa: tienes mujer,

tienes hijos que vestir y mantenerlos_. Si los tiene. En caso de ser

soltero y vivir con sus padres, agregan: _Tus padres han de llorar, tu

hogar quedará desierto, tu has venido al mundo para trabajar y tener

descendencia y no puedes abandonarlo sin cumplir tu misión_ y, siguen

los hondazos, las súplicas y las imprecaciones o el llanto de las

mujeres. Cuando ya nada se supone percibir, vuelven junto al cadáver y

el dueño de la casa les sirve una comida condimentada con bastante ají,

por lo que llaman el acto _huaykca urasa_, o sea la hora del ají.

Terminada la comida y cuando ya nadie debe salir fuera, ni pasar por

la puerta, esparcen ceniza en el suelo, a la entrada de la habitación

mortuoria y continúan los veladores con la vigilancia del cadáver,

compungidos, cuchicheándose y consumiendo siempre tazas de agua

caliente alcoholizada. No falta alguno que rompe el silencio con

la narración de las virtudes y buenas acciones del muerto, o llora

increpándole por su fallecimiento. _¿Por qué nos dejas en la orfandad?_

pregunta y continúa lamentándose: «_mientras tú tranquilo descansas,

flojo, nosotros quedamos a sufrir. La carga de tus obligaciones que

has abandonado en el camino de la vida, tenemos sólo nosotros que

continuar llevándola. Con tu muerte has puesto término a tus cotidianos

empeños y ha cesado todo padecimiento para tí; en tanto que tu casa

quedará sin quien la vele y proteja como tú lo hacías y a tu viuda y a

tus hijos ya no habrá quién les de sustento. Ingrato, cruel, no debías

haberte muerto..._»

Unos escuchan esos acentos de amargura y desolación con los ojos

enturbiados por el alcohol, otros dormitan con los rostros abotagados,

los cuerpos temblorosos y los belfos caídos. Cuando algún borracho

quiere perturbar la solemnidad de aquellas horas sombrías, lo sacan

afuera a rastras, arreglando después la ceniza esparcida y lo echan al

granero, para que duerma.

Al día siguiente del velorio y antes de que ninguna persona transite,

examinan la ceniza colocada la noche anterior, para observar las

huellas de las pisadas que pudieran encontrarse; la edad y el sexo a

que pertenecen, y, por ellas, predicen quienes morirán tras del finado.

Suponen que, sin embargo de los ruegos y de los incidentes de la noche

anterior, han logrado entrevistarse algunas almas de individuos vivos

con el difunto y de seguro que se han comprometido a seguirle. Los

investigadores hacen una mueca de desagrado y quedan conformes con la

suerte que espera a los sindicados.

El cortejo fúnebre es encabezado por la viuda que marcha desolada

por detrás de los conductores del cadáver del que fué su esposo,

lamentándose, entre sollozos de su suerte y del abandono en que la

deja. Cuando ella no asiste personalmente al entierro, dicen, que el

cadáver se hace pesado y se resiste a ser conducido al cementerio.

Al franquear la puerta de la morada de los que dejaron de ser, nadie

quiere atravesar primero el umbral, porque temen que aquel será el que

le siga. Para evitar los malos presagios, entran todos de golpe o por

lo menos los que conducen la carga fúnebre.

Antes de hacer descender a la sepultura, la viuda coloca junto al

cadáver un atadito de coca y un pedacito del lujta, y después, cuando

se halla en el fondo, le arroja unos puñados de tierra y en seguida lo

cubren los sepultureros.

De vuelta al hogar continúan las velas ardiendo sobre la cama vacía del

finado, no debiendo apagarse ellas durante los ocho días siguientes, ni

en ese tiempo descubrirse la cabeza la viuda e hijas de aquél. Comen

y beben ese día en la casa de la doliente los del cortejo fúnebre y

varios de ellos acompañan a velar a la viuda en las noches, porque no

debe enfriarse el calor de la habitación en esos días.

La víspera del octavo día, los parientes compadres y amigos, van al

río a lavar la ropa y camas del difunto. De regreso y en la noche,

se reunen a velar en la habitación en la que falleció aquel. A la

media noche, salen a las afueras del pueblo, regularmente al paraje

por donde corre algún riachuelo, que por este motivo suele llamarse

_ijmaj ahuira_ o sea río de la viuda. En este sitio cambian el vestido

de la viuda o viudo, la entregan al oreo del viento; azotan su cuerpo

con ramas de ortiga, para que las aflicciones huyan con el castigo:

mastica cada uno tres hojas de coca, lo que llaman _qquihinto_; beben

aguardiente y chicha, que llevan en pequeños cantaritos, arrojándolos

lejos cuando ya están vacíos. Después los hombres se ponen los ponchos

al revés y las mujeres hacen lo mismo con sus sayas, y apoderándose

dos jóvenes solteros del viudo o dos solteras, si es viuda, parten a

la carrera, sin mirar atrás, seguidos de los presentes. En la puerta

de la casa arde una fogata por encima de la cual deben saltar para

introducirse a su interior. Este acto tiene por objeto quemar las

desgracias que pudieran haberse prendido en los vestidos.

En la habitación invita el doliente, asado, con panecillos de harina

de quinua, conocidos, con el nombre de _aquispiña_, y chuño cocido.

Traen la sartén con manteca tibia para que cada concurrente, se pase

con ella la palma de la mano, a fin de que las penas sean ahuyentadas.

Permanecen hasta el amanecer, teniendo los compadres la obligación de

doblar las campanas en la noche.

Al día siguiente a la hora señalada asisten al templo a oír la misa de

requiem, celebrada en sufragio de la alma del extinto, y de vuelta de

ella, convida a los que le acompañaron la noche anterior a celebrar los

_ocho días_, siendo práctica establecida de comenzar la fiesta, tomando

cada cual tres hojas de coca del montoncito que ponen en el centro del

cuarto.

En medio festín, cuando los ánimos exaltados por las bebidas

alcohólicas han desterrado la pesadez del duelo y se ha hecho imposible

la gravedad, de improviso cesan los lloros, y las fisonomías se tornan

de tristes y serias en risueñas, apenas uno de los asistentes, que hace

de faraute, toma un instrumento músico, que en esas circunstancias

suele estar siempre a la mano, y exclama con autoridad: _el finado era

alegre y hay que recordarlo ahora, como a él le gustaría si estuviera

vivo_ y comienza a tocar y cantar, invitando a los presentes a que

bailen. Desde este momento la danza y los cantares reemplazan al llanto

de la viuda y de los hijos, cuyos ayes sólo se escuchan de cuando en

cuando y en los instantes de silencio, pero proferidos más por fórmula

que por verdadero dolor. En estas gentes la muerte no les impresiona

y la conformidad muy pronto ahuyenta el pesar que pudieran sentir.

«¿Acaso--dicen--los que quedamos no hemos de seguir el mismo camino?

¿Por qué suicidarse con lloros si se puede aprovechar de la ocasión

para hacer grata, siquiera un momento, la amarga vida? El que muere

descansa, mientras que el vivo se queda a sufrir y es él verdadero

digno de compasión...»

Débese a que profesan esta filosofía que no cause extrañeza a nadie

tal proceder y que sea, por el contrario, aplaudida la conducta de

los dolientes, por haber fomentado esa fiesta, que para los clases

populares significa comenzar a ejecutar bien los deberes con el

difunto, empleando los dineros correspondientes al fondo llamado _de

los últimos gastos_, que muchas veces suele consumir la herencia de los

vivos, quienes se conforman del resultado con repetir el dicho vulgar,

de que _la plata se hizo para gastarla_...

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 63 / 69 题