IV

El segundo año, la fiesta es menos solemne y el tercero débil y

poco entusiasta. Terminados los tres años quedan satisfechos los

celebrantes, descansando con la conciencia tranquila de haber cumplido,

sin omitir ningún sacrificio, las obligaciones que tenían con su

difunto.

En la mente popular, no tiene cabida la idea de que con esos actos, se

profana la memoria de los muertos. Estos, dicen, siguieron en vida la

misma costumbre con sus antepasados gozaron y bailaron al recordarlos.

A su vez, los antecesores de aquellos, practicaron lo mismo, con los

que les precedieron, y así ha sido y continúa siendo la humanidad.

¡Hipócritas son, repiten, los que no aceptan esa herencia ancestral y

se escandalizan porque los vivos hagan fiesta a nombre de los muertos,

estando el alma de estos presente en su conmemoración!...

La creencia en la supervivencia del alma y de que la vida vuelve

a circular en esa ocasión bajo las mortajas de los muertos que se

recuerdan, influye para que prosperen tales ideas. El cadáver nunca

causa miedo ni es motivo de repulsión para el indio, quién sería capaz

de dormir junto a él o encima de la fosa donde se halla sepultado sin

temor alguno. Le tiene, sí, respeto y lo venera a su modo el día en

que supone que ha vuelto su alma. Se alegra, porque, confía en que

viene a visitarlo, a ver lo que hace y en qué condiciones de fortuna y

bienestar se encuentra. ¿Cómo, exclama, recibirlo con lágrimas, cara

triste y estúpida? Contrariamente a la religión católica, que conmemora

a los muertos con misas vigiladas, con tétricos responsos, que adorna

las tumbas con figuras de búhos, lechuzas y esqueletos, los indios

proclaman en esas circunstancias el placer de vivir y, muéstranse

contentos de que las almas de los suyos aporten a sus hogares.

Tal vez tengan razón. Si el _ajayu_ del muerto, sigue viviendo en el

eterno cosmos y volviendo, de cuando en cuando, como supone el indio,

a ocupar la envoltura que abandonó en la tierra, ¿a qué desesperar y

cubrir la cabeza de luto y el rostro de negra melancolía, la vez que

viene y se le tiene presente? Las clases populares, particularmente

las mujeres, concurren al cementerio ataviadas con sus mejores prendas

de vestir y cubiertas de valiosas joyas, no para ostentar a los vivos,

sino para que las almas de sus muertos, las vean y se convenzan de que

la miseria no ha invadido los hogares que dejaron, y de que la dicha

continúa teniendo sitio en sus corazones. La tristeza, piensan, apena

más al que viene ese día que al que la sufre. Embriagadas, lloran no

porque sienten de los difuntos, sino porque les viene a la mente las

buenas acciones de estos en contraoposición a sus padecimientos y

desgracias actuales, y entonces, les hacen cargos directos, diciendo:

_Desde que me falta tu presencia, querida, desde que no veo ya tu

rostro inolvidable, ni siento tus pasos acostumbrados padezco sin

consuelo las mayores amarguras. La vida contigo era feliz, sin tí sólo

es de pesares..._ Dirigen reproches a los muertos, les hablan les

ruegan, con palabras dulces y cariñosas, cual si realmente estuvieran

presentes: es el aparente coloquio de los vivos con las almas sugerido

por las costumbres y exteriorizado por la influencia alcohólica.

Es a cuanto se reduce la manera de pensar indígena sobre cuestiones de

ultratumba.

V

El titilar de los párpados se produce cuando algún pariente tiene que

morir.

Amenaza por manía con viajes lejanos y mudar de domicilio, quien está

próximo a morir.

El morderse involuntariamente la lengua anuncia la muerte de un

pariente.

A una persona le invaden los piojos cuando está próxima su muerte, o la

de alguno de sus padres o de uno de sus hijos.

Cuando inadvertidamente se reunen en algún acto social trece personas,

denota que durante ese año morirá una de ellas.

El perro aúlla en las noches, cuando se le presenta el alma de alguna

persona cuya muerte se halla próxima.

El gallo canta en las primeras horas de la noche cuando alguno de la

casa tiene que dejar de existir.

El perro desconoce y ladra a su dueño, cuando su muerte esta cercana.

Los _cuys_ procrean con exceso cuando tiene que morir el dueño de la

casa.

Hace ruido en una casa, cuando el que la habita debe morir o cuando hay

en ella un tesoro oculto y el alma del dueño se encuentra vagando en

torno de él, produciendo los ruidos que se sienten.

Cuatro velas encendidas sobre un lienzo negro y apagadas una a una,

después de un credo rezado de cierta manera, producen la muerte del

individuo que se quiere que muera.

Se rompe el tenedor o cuchara el momento de servir la comida para que

muera una persona de la casa.

Oruro, diciembre de 1918.

[Ilustración]

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 65 / 69 题