El segundo año, la fiesta es menos solemne y el tercero débil y
poco entusiasta. Terminados los tres años quedan satisfechos los
celebrantes, descansando con la conciencia tranquila de haber cumplido,
sin omitir ningún sacrificio, las obligaciones que tenían con su
difunto.
En la mente popular, no tiene cabida la idea de que con esos actos, se
profana la memoria de los muertos. Estos, dicen, siguieron en vida la
misma costumbre con sus antepasados gozaron y bailaron al recordarlos.
A su vez, los antecesores de aquellos, practicaron lo mismo, con los
que les precedieron, y así ha sido y continúa siendo la humanidad.
¡Hipócritas son, repiten, los que no aceptan esa herencia ancestral y
se escandalizan porque los vivos hagan fiesta a nombre de los muertos,
estando el alma de estos presente en su conmemoración!...
La creencia en la supervivencia del alma y de que la vida vuelve
a circular en esa ocasión bajo las mortajas de los muertos que se
recuerdan, influye para que prosperen tales ideas. El cadáver nunca
causa miedo ni es motivo de repulsión para el indio, quién sería capaz
de dormir junto a él o encima de la fosa donde se halla sepultado sin
temor alguno. Le tiene, sí, respeto y lo venera a su modo el día en
que supone que ha vuelto su alma. Se alegra, porque, confía en que
viene a visitarlo, a ver lo que hace y en qué condiciones de fortuna y
bienestar se encuentra. ¿Cómo, exclama, recibirlo con lágrimas, cara
triste y estúpida? Contrariamente a la religión católica, que conmemora
a los muertos con misas vigiladas, con tétricos responsos, que adorna
las tumbas con figuras de búhos, lechuzas y esqueletos, los indios
proclaman en esas circunstancias el placer de vivir y, muéstranse
contentos de que las almas de los suyos aporten a sus hogares.
Tal vez tengan razón. Si el _ajayu_ del muerto, sigue viviendo en el
eterno cosmos y volviendo, de cuando en cuando, como supone el indio,
a ocupar la envoltura que abandonó en la tierra, ¿a qué desesperar y
cubrir la cabeza de luto y el rostro de negra melancolía, la vez que
viene y se le tiene presente? Las clases populares, particularmente
las mujeres, concurren al cementerio ataviadas con sus mejores prendas
de vestir y cubiertas de valiosas joyas, no para ostentar a los vivos,
sino para que las almas de sus muertos, las vean y se convenzan de que
la miseria no ha invadido los hogares que dejaron, y de que la dicha
continúa teniendo sitio en sus corazones. La tristeza, piensan, apena
más al que viene ese día que al que la sufre. Embriagadas, lloran no
porque sienten de los difuntos, sino porque les viene a la mente las
buenas acciones de estos en contraoposición a sus padecimientos y
desgracias actuales, y entonces, les hacen cargos directos, diciendo:
_Desde que me falta tu presencia, querida, desde que no veo ya tu
rostro inolvidable, ni siento tus pasos acostumbrados padezco sin
consuelo las mayores amarguras. La vida contigo era feliz, sin tí sólo
es de pesares..._ Dirigen reproches a los muertos, les hablan les
ruegan, con palabras dulces y cariñosas, cual si realmente estuvieran
presentes: es el aparente coloquio de los vivos con las almas sugerido
por las costumbres y exteriorizado por la influencia alcohólica.
Es a cuanto se reduce la manera de pensar indígena sobre cuestiones de
ultratumba.
V
El titilar de los párpados se produce cuando algún pariente tiene que
morir.
Amenaza por manía con viajes lejanos y mudar de domicilio, quien está
próximo a morir.
El morderse involuntariamente la lengua anuncia la muerte de un
pariente.
A una persona le invaden los piojos cuando está próxima su muerte, o la
de alguno de sus padres o de uno de sus hijos.
Cuando inadvertidamente se reunen en algún acto social trece personas,
denota que durante ese año morirá una de ellas.
El perro aúlla en las noches, cuando se le presenta el alma de alguna
persona cuya muerte se halla próxima.
El gallo canta en las primeras horas de la noche cuando alguno de la
casa tiene que dejar de existir.
El perro desconoce y ladra a su dueño, cuando su muerte esta cercana.
Los _cuys_ procrean con exceso cuando tiene que morir el dueño de la
casa.
Hace ruido en una casa, cuando el que la habita debe morir o cuando hay
en ella un tesoro oculto y el alma del dueño se encuentra vagando en
torno de él, produciendo los ruidos que se sienten.
Cuatro velas encendidas sobre un lienzo negro y apagadas una a una,
después de un credo rezado de cierta manera, producen la muerte del
individuo que se quiere que muera.
Se rompe el tenedor o cuchara el momento de servir la comida para que
muera una persona de la casa.
Oruro, diciembre de 1918.
[Ilustración]