Prácticas funerarias

I.--Idea que tienen los indios y cholos del alma y de

la muerte; ciertas creencias referentes a los difuntos,

a los que han sido victimados y el culto de los

muertos.--II.--Deferencias al moribundo; velorio, entierro,

los últimos gastos y los ocho días.--III.--Deberes que

se tiene con los muertos. La fiesta de los difuntos.

Los columpios de Cochabamba; sinceridad de estos

regocijos.--IV.--Motivos por los que se festejan a los que

dejaron de ser.--V.--Algunos dichos supersticiosos.

I

La muerte entre los indios, ya lo hemos dicho, es la separación del

último resto, sin duda resto de suma importancia, del ser que animó

la materia que va reunirse con las otras partes que se le adelantaron;

porque el alma indígena o _ajayu_, tal como la concibe el aborigen,

es un ente plástico, susceptible de dilatarse, esparcirse en todo lo

que se desprende o ha usado el organismo humano al que pertenece, para

después de la descomposición de éste, contraerse y condensarse en un

conjunto invisible, misterioso y sutil, que vuelve cuantas veces lo

requieren las circunstancias, al cuerpo de donde se desligó, dándole

nuevamente movimiento y existencia, aunque transitoria y visible sólo

para quienes debe serlo. A este aparecido le atribuyen que discurre,

come, bebe, habla, llora, canta, ríe, visita a los suyos, se lleva al

otro mundo a los que conceptúa necesario arrebatarlos de la tierra;

frecuenta los sitios a que solía asistir habitualmente en su vida

mortal; vela por sus parientes y por su comunidad, ahuyentando las

desgracias que pueden sobrevenirles, conjurando los males que les

amenazan y oponiéndose en toda ocasión a la nefasta obra de los

espíritus adversos a sus protegidos. A eso se debe que antiguamente

acostumbrasen embalsamar los cadáveres con esmero, arropándolos con

vendas y envolturas tejidas de paja y acomodarlos sentados en túmulos

de fácil acceso, con sus útiles, alimentos y bebidas, para cuando el

_ajayu_ regresase a su cuerpo no sufriera la falta de nada, ni nada

dificultase sus andadas y acciones póstumas.

Alguna vez, cuando el indio cree sentir el eco débil de un suspiro,

gemido, llanto en el silencio de la noche, supone que proviene del

muerto o muertos que se lamentan por los infortunios que sufren sus

parientes o su ayllu; si es de risa, que se alegran de sus dichas. Se

halla convencido de que los muertos nunca abandonan a los vivos, ni

les hacen faltar su sombra protectora o sus castigos si los merecen; y

de que aquellos son los verdaderos vengadores de las injusticias que

cometen con los suyos.

En concepto de que el alma se halla siempre alerta, la persona que

habla mal de un finado dice en seguida, por vía de satisfacción: _que

no la ofenda mis palabras ni le proporcione disgustos que la hagan

penar_.

Si a continuación o a poco tiempo del fallecimiento de una persona,

muere algún caballo suyo, dicen que necesitaba de esa bestia para

atravesar rápido el fúnebre camino que conduce a la otra vida y volver

en él, cual negro y sombrío centauro, cuantas veces lo quiera; si es

animal de carga, para trasportar sus cosas; si un buey, llama o cordero

para dar banquete de llegada a sus amigos que le antecedieron y salen a

su encuentro.

El _ajayu_, cree, que puede separarse del cuerpo aun en vida del

individuo, mientras éste duerme o se halle distraido. Así cuando éste

atraviesa a prisa y sin fatigarse una larga distancia, supone que

su alma viajó antes por ese camino, allanando de antemano cualquier

obstáculo o dificultad que pudiere quebrantar sus fuerzas o debilitar

la actividad de sus músculos.

La leche se corta, cuando el alma de la cocinera la enturbia o

descompone.

El indio abriga la idea de que en la _conmemoración de los difuntos_

vienen las almas del otro mundo a ocupar transitoriamente sus cuerpos y

contemplar, una vez más, con sus ojos a los suyos. Si el día llovizna

o se presenta con fuerte aguacero, dice, que vienen llorando; si

hace buen tiempo, bastante sol y la atmósfera se encuentra diáfana

y el cielo azul, que están alegres y contentas. Entonces los vivos

participan con gusto de la alegría de los muertos y sus ofrendas se las

dedican satisfechos.

El alma del que ha sido victimado por alguien, suponen que persigue

siempre a su matador: lo empuja hacia sus vengadores; lo atrae al lugar

del teatro del crimen, si se ha alejado. El criminal está condenado a

expiar su delito donde lo ha cometido. El cuerpo permanece inerte pero

el _ajayu_ es imposible que en ese caso quede tranquilo, cuando fué

expulsado violentamente de él y clama venganza. El indio y el cholo,

que han perpetrado un crimen, creen ver a cada momento y en cualquier

incidente casual el tétrico espectro de su víctima, lo que suele

tenerlos tan desazonados y violentos, que terminan por suicidarse;

enviciarse al alcohol o repetir otros crímenes o entregarse a la

justicia. La creencia popular mantiene la convicción de que el _ajayu_

de la víctima no abandona a su matador y condensa esta idea en la frase

_alma huatan_, o sea agarrando o apresado por el alma del occiso.

El indio que quita la vida a un semejante suyo, para librarse de

esos inconvenientes, hace todo lo posible por extraer la grasa de la

barriga del cadáver, untarse con ella las manos y llevar consigo un

pedazo, creyendo que con eso evitará que el alma de su víctima venga

a inquietar su sueño y a turbar su conciencia, fuera de que mientras

permanezca el ingrediente en su poder nunca caerá en manos de la

justicia. A la grasa humana le concede la virtud de resguardar al

delincuente contra todo peligro. Otras veces, cuando la muerte que se

ha dado a la víctima ha sido muy rápida, le cortan la cabeza, para que

el alma aletargada, que no ha tenido tiempo para apartarse del cuerpo,

permanezca en él y no condenándose se convierta el difunto en aparecido

que persiguiera a su victamador por siempre. El indio entiende por

condenarse el vagar furiosa y sin descanso por la tierra hasta

conseguir su venganza. El condenado, tal como lo concibe un católico no

tiene cabida en su imaginación. El alma para él, permanece en el mundo

y no en el infierno.

El cuerpo del individuo destinado a fallecer pronto desprende olores

en la habitación donde tiene su morada: desagradables si es de avanzada

edad; soportables si es joven y aromáticos si es niño.

Siente percibir olor a sangre humana el individuo que está próximo a

perpetrar algún homicidio o asesinato.

Para que muera una persona reunen sus cabellos con incienso y copal y

poniéndolos sobre brasas los ofrecen al rayo.

El alma del que muere ahogado en algún río, lago o corriente de agua,

sigue vagando indefinidamente por sus orillas y sitios próximos, o

hasta que la deidad acuática compadecida se la lleva lejos.

Si del alma mantenían y siguen abrigando tales preocupaciones, el

cuerpo del muerto era entre los antiguos indios, objeto de profunda

veneración y en su homenaje se estableció un culto solemne, rendido

constantemente por sus deudos, un verdadero y ceremonioso culto de

familia. No tenían miedo ni deseo de alejarse de los cadáveres de sus

antepasados; vivían junto con ellos, les llevaban en sus fiestas,

viandas y chicha. En las vasijas y utensilios, con los que se habían

inhumado se renovaban las provisiones y, en la piedra, que en forma de

asiento se les había erigido, se hacían sacrificios propiciatorios. Los

muertos se convertían en dioses lares de su familia.

A medida que avanzaba el tiempo, constituían esos restos reliquias

sagradas; se les llamaba _malquis_ y se les tenía como encargados

de velar por el bienestar de su descendencia y por el progreso y

acrecentamiento de su ayllu. Cuando por la acción de los años, se

reducían en polvo y desaparecían, terminaban por adorar el cerro o

sitio en el que habían acostumbrado acatarlos, creyendo que se habían

transformado en ese cerro, piedra o río, los cuales se tornaban en

_Achachilas_. «Tienen estos _Malquis_, dice Oliva, sus particulares

sacerdotes y ministros y les ofrecen los mismos sacrificios y hacen

las mismas fiestas que a a las _Huacas_ y suelen tener con ellos los

instrumentos de que ellos usaban en vida, las mujeres, usos y mazorcas

de algodón hilado y los hombres, las tacllas o lampas con que labraban

el campo, o las armas con que peleaban. En estos Malquis y Huacas hay

su vajilla para darles de comer y beber que son mates y vasos; unos de

barro, otros de madera y algunas veces de plata, pero para los yncas

eran siempre de este metal y de oro»[45].

[45] Obra citada, pag. 134

El indio tenía en vida una constante preocupación para que su eterna

morada fuese construída de la mejor manera posible y recomendaba a sus

parientes que pudieran sobrevenirle que nada faltase en ella después de

su muerte.

Los conquistadores fueron los que trastornaron esas ideas y prácticas

funerarias con su pronunciado temor a los cadáveres y su afán de

enterrarlos lo más presto, en sepulturas abiertas en cementerios

destinados a ese objeto. Sin embargo, al establecer la iglesia la

_conmemoración de los santos difuntos_ y rogar por las _almas del

purgatorio_, ha contribuido para que el indio crea que se trata

del culto de sus venerados muertos y por ello, sin omitir ningún

sacrificio, manifiesta en todas esas fiestas o ceremonias, fervor

y fanatismo por celebrarlas. Rogar por las almas del purgatorio y

conmemorar a los muertos importan para el indio el restablecimiento,

aunque de extraño modo, del culto a sus _malquis_.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 62 / 69 题