Además los curanderos indígenas emplean con algún acierto el sistema
denominado medicina simpática, que constituye algo así como una
_zooterapia_ indígena, consistente en la comunicación de ciertas
propiedades orgánicas del reino animal, que parece que tienen analogías
patológicas con el ser humano. Tal es la que aplican en los casos
de fiebre tifoidea, abriendo las entrañas de una gallina de plumaje
negro y colocándola sobre el vientre del enfermo, o introduciendo sus
pies en la barriga de un perro recién muerto, o poniéndole sobre el
estómago conejos negros, inmediatamente después de ser desollados, para
que los cadáveres de la animales empleados en esa forma arranquen a
la enfermedad, por lo que éstos quedan materialmente descompuestos
y en putrefacción a los pocos momentos, lo que les hace suponer que
el remedio ha absorvido en su tegumento los gérmenes patógenos del
enfermo. Análogas a este sistema son las curaciones por medio de
lagartijas vivas o muertas, según los casos, ya sea empleándolas en
parches para soldar fracturas, curar luxaciones, o comiéndolas crudas
o remojadas en vino. La carne de este reptil posee mucha fuerza
alimenticia y cuando se la usa con frecuencia fortifica notablemente el
organismo.
La erisipela acostumbran curar, rosando una y otra vez, con la barriga
de los sapos las placas erisipelatosas; con cuyo procedimiento, quedan
contagiados estos batracios y mueren a las pocas horas y dejan, en
cambio, sano al enfermo.
La atrepsia infantil, llamada por los indios y mestizos _larpha_,
curan de varias maneras: pero lo más común es cubrir al enfermo con
las hojas del arbusto llamado _ñuñumaya_ (Solanum pacense), bien
calentadas, casi quemantes y hacerlo sudar dentro copiosamente; o bien
envolviéndolo en el interior de la panza de un toro recién degollado.
Según los partidarios de este método, el secreto está en que después no
se resfríe el medicinado. Otras veces hacen tomar al niño cocimiento
de huesos de perro. No faltan curanderos que aconsejan como remedio
eficaz, para esta dolencia, el bañar frecuentemente al enfermo con agua
de la yerba _rokke_. La plebe atribuye, como ya dijimos, la _larpha_,
al haber contemplado la madre, en estado de embarazo, un cadáver.
Para que sane de la ictericia hacen beber al niño enfermo agua de chuño.
Para que sea poco afectuoso y aún ingrato con alguno de sus padres, le
dan al niño agua en la que se ha lavado la ropa sucia de aquél.
A la mujer que tiene quebradura o descenso de la matriz se le hace
poner el pie por el que cojea sobre la corteza de higuera y cortándola
conforme a su planta, se coloca esta forma en la chimenea. A medida que
va secando la corteza irá sanando la persona enferma.
La mordedura del perro la curan hiriendo al can, que dió la dentellada,
en la misma parte en que está la herida de la persona mordida, con
objeto de que lamiéndose el animal la sangre que fluya por la suya,
vaya curando, por simpatía, la que ha causado. En seguida cortan su
lana la queman y con la ceniza espolvorean la herida del enfermo,
después de lavarla con orina podrida. De este tratamiento, que lo
tienen por eficaz esperan su sanidad, con la circunstancia de suponer
que ella seguirá el mismo curso del perro, por lo que es imposible
que a éste lo maten, temerosos de que el paciente tenga igual muerte.
Las lesiones de ambos, según la creencia indígena, deberán correr las
mismas contingencias en su curación, empeoramiento o desenlace mortal.
Al hincar el can sus dientes en la carne del ser humano y corresponder
este hiriéndole se establecen una identidad de sufrimientos, una
correlación de sus destinos, que sólo desaparecen con la cicatrización
de las heridas.
El cuerno de ciervo goza de mucha fama como remedio para los
desvanecimientos pasándole por las sienes al que los sufre.
El humo producido por la quemazón de las plumas de la Abubilla ahuyenta
las moscas de una habitación.
La flictena motivada por una quemadura, sana si se aplica sobre ella
algodón escarmenado.
Para arrancar una muela sin dolor, se toma una lagartija viva, se la
introduce en una olla y después de taparla bien se la pone en un horno
ardiente y se la tiene hasta que la lagartija se reduzca a ceniza y con
estos polvos que se aplican a la encía, aseguran que sale la muela o
diente con facilidad.
El aguardiente recetan para el catarro y los constipados, repitiendo a
menudo la siguiente fórmula: _El catarro se cura con el jarro; si la
enfermedad no se quita, con la copita; si a pesar de eso sigue ella,
con la botella, y si viene con tos, con dos._
Para neutralizar los efectos de un hechizo, debe bañarse el cuerpo
los martes y viernes, en la noche, con agua de retama y derramar esta
ya sucia en la puerta de la persona de quién se teme el daño, y no
transitar por allí después, hasta que pase algún tiempo; en seguida,
empaquetar en saquitos de género, precisamente colorado hojas de retama
o solimán y llevar cosido al vestido o a guisa de escapulario. También
acostumbran, con el mismo fin, regar la habitación con licores o
chicha, sahumando después con kkoa.
Después de comer una mazorca de maíz, se debe partir en dos el marlo
para que de él no se valgan los enemigos para embrujar al que lo ha
comido. El marlo partido ya no sirve para el caso.
Cuando una persona se enferma a consecuencia en un embrujamiento, debe
buscarse el objeto de que le ha hecho el mal y encontrado él, pasarle
por el cuerpo y botarlo empapado en aceite. Entonces se aliviará el
enfermo y los efectos del hechizo se tornan contra su autor.
El aullido del perro preocupa tanto al indio, cuando lo oye a media
noche, que se enferma si está sano y se empeora si está postrado en
cama.
La mosca o el moscardón hacen mucho ruido en una habitación, sin
querer salir de ella, cuando alguno de sus moradores tiene que
enfermarse.
Los parches o vendas que se desprenden de las heridas y tumores, nunca
deben arrojarse en parajes donde cae el sol, porque hacen que se
calienten aquellos y se agrave el mal. Deben botarse siempre al agua,
o mejor en un río para que su corriente se los lleve lejos incluso, la
enfermedad.
El que señala en su rostro el sitio en que otro tiene sarna, se
contagia de la enfermedad, haciendo que ésta se reproduzca en el mismo
lugar.
Las dolencias morales tienen para los indios remedios tan eficaces como
las físicas. Las pretenden curar contemplando la caída de un arroyo
cristalino a cuyas aguas aconsejan confiar los motivos que las causan y
con fe absoluta pedirlas que laven el corazón apenado.
Se vuelve a un individuo demente con sólo darle _ochequeccheque_,
ingeriéndolo con alguna bebida o molido en algún líquido.
Curan el vicio alcohólico dando de beber al enviciado, aguardiente en
el que se han remojado y diluído ratones tiernos, o bien introducen
en una botella de aquel licor pescados vivos y la tienen bien tapada,
hasta que por la acción alcohólica se deshagan y ese brevaje le sirven
por copitas.
La cresta del gallo, inmediatamente después de ser recortada, recetan
para hacer brotar los dientes a los niños que se han atrasado en la
dentición, pasándoles por las encías, una y otra vez, y haciendo que
penetre su sangre en las partes precisas.
En los casos de locura dan de comer al atacado, sesos de perro, o hacen
hervir la cabeza de de este animal y le sirven en caldo.
Para que los niños tengan un estómago sano les nutren con leche de
perra.
La pulmonía se cura poniendo sobre el pulmón enfermo el cuero de un
gato negro, inmediatamente después de desollarlo.
No hay que escupir al sapo porque salen granos en el cuerpo. A este
hecho llaman la _re-salivación_ de ese bicho.
No se debe dar muerte a las moscas o hurgar las crías de ratones porque
salen paperas [_cchupus_].
En los desvanecimientos producidos por las corrientes de aire,
aconsejan hacer abrir el pico del pato y obligarle a que absorba el mal
aire.
La orina humana fresca se emplea para curar los sabañones, bañando
con ella, antes de acostarse, las manos o pies afectados del mal; la
guardada y corrompida, para lavar las heridas y la cabeza de los que
adolecen de caspa o granos. La orina ocupa lugar preferente en la
farmacopea indígena, por las virtudes medicinales, poderosas y seguras,
que se la atribuye, y, en consecuencia, por las múltiples y variadas
aplicaciones que se la da.