El _Jampiri_, llamado más propiamente _jampicamana_, _kollacamana_,
palabras con las que se designa al médico en aymara, y con las de
_kolla_, _hampi_, la medicina, y con las de _kollana_, _hampiña_, el
acto de curar, no es sino el mismo callahuaya que toma ese nombre,
o se lo dan las clases populares, según su costumbre y el prestigio
que goza entre ellas. A sus imitadores o discípulos, por lo regular a
todo individuo dedicado a curar, les dan también tales denominaciones,
particularmente si acompañan a sus procedimientos las prácticas
supersticiosas de los callahuayas, aunque sin la pericia y variadas
formalidades de éstos.
La curación hecha por un _jampiri_, con todo el aparato que en
semejantes casos emplea, la describe un escritor como sigue:
«A poca distancia del sendero que seguían las cabalgaduras, había un
grupo de gente (indios), que vociferaban y accionaban ruidosamente. En
medio de todos una mujer cubierta de harapos, escuálida y repugnante,
se retorcía y gemía dolorosamente. Atraídos por la curiosidad, y con
impulsos de turismo, nos acercamos al grupo, con ciertas precauciones
de defensa. La mujer protestaba, en medio de estridentes alaridos, que
le habían quitado su hija y la habían embrujado por una venganza.
«El indio que en el grupo parecía tener mayor autoridad, era un
hechicero de la región, y había sido traído para curar y desembrujar a
la histérica [que no era otra cosa en mi opinión].
«Mientras seguía el tumulto y los preparativos de la ceremonia, el
arriero nos dijo: «El brujo es el médico de los indios y le llaman
_jampiri_ (curandero). Esta bolsa que tiene a la espalda está llena de
hojas, flores secas, raíces machacadas, polvos y mil cosas, minerales y
vegetales que son los remedios que administra. También tiene grasa de
animales, pedazos de cuero, huesos de conejo y ratón etc. etc.
«En este momento empezó la operación de desembrujar. Los indígenas
formaron un gran círculo, dejando en medio a la _posesa_ y al
_brujo_, que se arrodilló junto a ella y empezó a proferir palabras
ininteligibles, haciendo pases semejantes a los que ejecutan los
hipnotizadores. La mujer abría y cerraba los ojos precipitadamente,
crispando las manos y dejando escapar leves aullidos. Los espectadores
conservaban un silencio religioso.
«Después de un momento pasado así, el brujo sirvió medio calabacín de
aguardiente y, derramando un poco en el suelo, mientras continuaba su
misteriosa guturación, hizo asperges sobre el rostro de la mujer y
obligola a beber, bebiendo él también. Entonces todos los espectadores
lanzaron gritos extraños, y los hombres con los sombreros alones y
las mujeres con un extremo del vestido se cubrieron el rostro. El
brujo, en eso, sacó un poco de hojas de coca y las esparció sobre
la paciente embrujada, que permanecía quieta y callada, luego tomó
una gran calabaza llena de chicha y virtió el líquido en direcciones
distintas, extrajo de su bolsa un par de muñequillos de hueso amarrolos
fuertemente uno con otro, ocultándolos en el seno de la mujer. En
seguida púsose en pie, y dejando a un lado sombrero y bolsa, cinturón
y sandalias [hojotas] batió con fuerza el poncho sobre la posesa,
aventando las hojas de coca, que volaron en distintas direcciones. Por
tres veces repitió el brujo esta operación, que según la referencia del
arriero era la expulsión de los "malos genios" que se habían apoderado
de esa mujer.
«Pasado esto, todos inclusive el brujo, se retiraron silenciosos,
comentando la habilidad y maestría del _jampiri_.
«Estos brujos, continúa, son muy inteligentes como médicos, conocen
todas las plantas y curan de cualquiera enfermedad. Llevan en la
lliglla, oculta bajo el poncho, gran cantidad de remedios, como grasa
de serpiente, pelo de gato, huesos molidos, pedazos de madera, carne
seca, yeso, mollejas de gallina y tierras de todos colores; y con eso
hacen mil operaciones entre estos indios de Chichas y Lipez; pero más
al Norte ya no se les encuentra con ese cargamento, sino con yerbal
completo, y ahí curan de otra manera; ya parecen médicos de ciudad y no
hablan de brujería, porque los matarían, como pasó ahora muchos años en
el Río Chico, que a una bruja la chancaron sin perdón.»[44]
[44] _Un viaje al Sud de Bolivia. El jampiri_, por Franz
Pinochet, inserto en el _Boletín de la Sociedad Geográfica
de La Paz_, Nº 47, correspondiente al mes de julio de 1918,
páginas 176, 177 y 178.
V
Entre los pocos métodos curativos indígenas que aún quedan y que están
en boga, distínguese aquel que la medicina europea inicia recién con
el nombre de _kienesiterapia_ y que es conocida por los indios con
la denominación de _thalantaña_ o _chuyma kakoña_, el cual consiste
en sacudir suavemente de los brazos al enfermo, mover con cuidado
su cuerpo a uno y otro lado, ceñirle el pecho con una faja, logrando
así calmar las agitaciones nerviosas del corazón por medio de la
acción refleja del masaje. Esta operación la emplean comúnmente en las
personas que se enferman a consecuencia de golpes o caídas y en todas
las dislocaciones viscerales.
En los casos de fiebres y calenturas, comienza el curandero por frotar
el cuerpo del paciente, con millu o sea sulfato de alúmina en costra,
con preferencia por los sobacos y pecho; después le ponen el _millu_
cerca a la boca para que el enfermo sople con todo su aliento, por
tres veces consecutivas, a fin de que el remedio que se lleva el
mal de la superficie arranque también el del interior. En seguida
le pasa por el cuerpo con un lienzo empapado en orina caliente, y
antes de que se entibie ella, arroja en el líquido el millu, el que
produce espuma, y según ésta se presenta, interpreta las causas que
motivaron la enfermedad y sobre si esta es grave o leve. Terminados los
pronósticos envuelve con trapos la vasija que contiene la orina y el
millu, empleados en la curación y la lleva a la carrera hasta un lugar
apartado, que debe estar desierto y allí en el silencio de la noche,
se oye la débil voz del curandero, que ruega a la enfermedad para que
se retire lejos, reconviniéndole por su venida y preguntándole el
nombre de la persona que la ha llamado y atraído, y cuando cree haber
descubierto al autor del mal, y obtenido la promesa de que se irá,
torna corriendo, sin volver la vista atrás, a la casa del paciente.
Esta manera de medicinar llamada _milluchaña_, suele efectuarse con
algunos variantes, denominándose entonces _trucaka_: ambos métodos los
tienen por muy eficaces.
También suelen pasar por el cuerpo de los enfermos, yerbas, maíz,
_cuys_ y junto con la ropa que le sacan, hacer un atado, llevarlo al
camino próximo y abandonarlo allí, para que el mal siga su terrible
y lúgubre viaje, empujado por el viento o conducido por los incautos
viajeros que se apropian del atado. A este procedimiento llaman
_pichaka_.
Cuando se presenta una epidemia, los indios de la circunscripción
afligida por ella, tratan de hacer que el mal los abandone por medio
de la práctica llamada _llumpaka_, que quiere decir purificar, porque
suponen que con este procedimiento supersticioso, la enfermedad se
marchará y quedará la comarca libre de sus perniciosos efectos.
Reunidos el _yatiri_ y sus ayudantes en casa de un enfermo o persona
que ha fallecido y después de los _acullicos_ (masticación de la
coca) y libaciones, llevadas a efecto, en medio de invocaciones a
sus divinidades y súplicas a la enfermedad, friccionan el cuerpo del
enfermo con fetos de oveja o chancho y algunas medicinas caseras.
Luego envuelven todo esto en _taris_ nuevos o sean pequeños lienzos
en forma de servilletas, agregando a los atados _caítos_ y lanas de
colores, coca y otros objetos semejantes en los que incluyen la ropa
del enfermo, varias prendas nuevas, algunos comestibles, como carne de
cordero, panes, tostado, pastillas, confites, huevos dorados con pan
de oro y plata, colocándolos por orden de colores y en filas apiñadas.
Acompañan también a los bultos dinero, particularmente monedas
antiguas, que ponen en parte visible pendientes de hilos y junto a
banderillas de colores vistosos y de botellitas de licor o bolsitas. El
cargamento acondicionado y distribuido en varios bultos, constituye el
equipaje de la enfermedad, a la que no cesan de rogarle que se vaya,
y a fin de que se retire contenta, van conduciendo todo aquello hasta
el lindero próximo, donde descargan y le imploran que no vuelva más,
invocando la intervención del _Huasa-Mallcu_, para que la obligue a
irse. Sobre la carga ponen un rótulo en aymara, respecto a la dirección
que debe seguir. Los mandones de la comarca vecina están obligados a
hacer pasar el cargamento, con iguales formalidades hasta el lindero
opuesto, para que siga su viaje y pare donde le plazca hacerlo, so pena
de ser castigado, por la epidemia, si así no lo hacen. Vuelven los
conductores corriendo después de descargar el cargamento y de implorar
por última vez a la epidemia, que no aflija más a la estancia y se
contente con las víctimas que ha causado, y al siguiente día, hacen una
fiesta suponiendo que la epidemia se ha ausentado para siempre.
Otras veces, un miembro de la familia, o el brujo, recoge las cosas
del finado o sólo las prendas de vestir con las que ha enfermado y las
coloca amontonadas sobre el camino, cubiertas de un lienzo colorado o
azul, en cuyas cuatro extremidades ponen banderitas de papel vistosas
o lanas de color, y debajo un conejo muerto. Generalmente el conejo
es dedicado al enemigo, y por ese medio suponen enviarle el mal. Esta
_llumpaka_ individual no tiene la resonancia de la anterior, ni se
realiza con las solemnidades y aparatos empleados en aquella, pero
suponen que sus efectos son los mismos, aunque en escala reducida.
Las _tercianas_ y _cuartanas_, cuando se presentan, imaginan que toman
siempre la forma de mujeres escuálidas, reducidas a piel y huesos, con
las rústicas cabelleras desgreñadas, de colores lívidos transparentes,
que andan chapoteando en los charcos de los lugares cálidos y en las
riberas de los ríos, que corren en los valles profundos y ardientes,
donde causando espanto a las personas ante quienes se hacen visibles,
desaparecen introduciéndose en los cuerpos de estas durante la emoción
del susto. Creen curar la dolencia dando al paciente una fuerte
sorpresa que le causa tal efecto de terror, que aquella abandona su
organismo con el miedo. No faltan personas que acostumbran insultar a
la enfermedad, para que esta molestada con el mal trato se vaya fuera,
avergonzada y resentida.
De las demás fiebres tienen iguales opiniones. De las pulmonías y
tisis, dicen que son seres flacos, largos, helados y de voracidad
insaciable, que viven chupando la sangre de sus víctimas, royéndoles
su vitalidad, y a quienes tratan de arrojarlos por parecidos
procedimientos. La idea de que las enfermedades se deben en parte a
la introducción de cuerpos extraños y vivos en el organismo, está muy
generalizada entre los naturales.