III

Cuando el jefe de una familia tiene que emprender viaje largo, o de

importancia, consulta al brujo para que le diga, si ha de ser aquel

propicio o desgraciado; si conviene realizarlo o no, y según su

respuesta, lo efectúa, alegre o triste. A falta de brujos hace los

vaticinios con las hojas de la coca y también se guía por la manera

de arder de la vela que ha encendido con ese objeto al santo de su

devoción.

El día de la partida acompañan al que viaja hasta cierta distancia

del camino, haciéndole beber chicha y licores en el trayecto, y

después lo despiden vertiendo lágrimas, por lo que a este acto se

llamaba _jacharpaaña_, es decir, despedir con lloriqueos y con pena

de que se vaya; palabra que adulterada por el uso se ha convertido en

_cacharpaya_, con la que actualmente se la conoce. Llenado el cumplido,

regresa la comitiva embriagada no sin antes desear al viajero que le

vaya bien en el camino y sea protegido por sus divinidades. Algunos, el

momento de la separación echan sobre brasas encendidas alguna resina o

queman algo en homenaje de la deidad que debe proteger al caminante.

Si el momento de la partida cruza raudo por los aires un cóndor,

es signo de que el viaje será feliz y motiva la alegría del que lo

efectúa, que desde ese momento camina alborozado, no dudando ya de su

buen éxito.

Si un zorro se le presenta o aparece por el lado derecho del camino,

anuncia al viajero que le sobrevendrá alguna desgracia, que puede

evitarse invocando la protección del _Huasa-Mallcu_, y tomando las

precauciones necesarias, pero si se muestra por el lado izquierdo, lo

cree de pésimo augurio, no faltando quien renuncie al viaje, temeroso

de lo que pueda ocurrir.

Ha llegado también a infiltrarse en las costumbres indígenas, la

preocupación española de no principiar ningún negocio ni partir de su

casa el día martes. El conocido adagio: «día martes, no te cases ni te

embarques, ni de tu casa te apartes», lo repite con frecuencia y es

imposible que lo infrinja; si por mucha urgencia lo ha hecho, atribuye

las desgracias que le suceden en el camino a esta circunstancia.

Constituye otro augurio funesto, que anuncia el seguro fracaso de lo

que se proyecta o del objeto de un viaje, el encontrarse al salir de

casa o en el trayecto con un tuerto. Por el contrario, si el encuentro

es con un cojo, se tiene como buen presagio. Los negociantes y viajeros

huyen siempre de la presencia del tuerto y buscan con ansia la del cojo.

Cuando el indio se ve cruzado en su camino por una vicuña, sigue

tranquilo, pero si por huir tropieza con ella, es señal de que morirá;

igual temor se apodera de su ánimo cuando el hecho le sucede con un

venado.

Al paso tardo de las llamas o del poco ligero de las acémilas y burros,

atraviesa largas distancias, entretenido en esas horas lentas y

cansadas, en relatar historietas a sus compañeros o en escuchar las que

ignoraba, referentes a sus antepasados, o a los lugares que toca, o a

lo ocurrido en viajes anteriores, mientras con las manos, hila alguna

vez, o hace labores de punto. En los viajes descubre el indio secretos

de familia, porque se vuelve indiscreto y comunicativo, y adquiere

experiencia y conocimientos útiles.

En las noches prefiere alojarse y dormir en campo raso, al aire libre,

tanto por hábito adquirido, como porque sus bestias aprovechen del

pasto existente, siéndole indiferentes los rigores del clima y de la

intemperie. Su sueño es ligero y despierta al ruido más débil. Antes

de acostarse se encomienda al _Huasa-Mallcu_, señor de los caminos y

desiertos, para que los ladrones no le roben. Al día siguiente, si

algún animal se le ha perdido o extraviado durante la noche, por el

rastro que dejan sus pisadas, por ténues que sean, lo encuentra con

seguridad. Rara vez falla en sus investigaciones; para que tal cosa

suceda, es necesario que el viajero sea novel y poco ejercitado en

rastrear. Al indio avezado a los viajes, le basta el más ligero indicio

para dar con su semoviente perdido: es un rastreador insigne. Le

roban, sólo cuando se ha dormido, y ésto, atribuye a haber empleado el

ladrón algún brujerío con él para adormecerlo y hacer que nada sienta.

A su vez, los ladrones indígenas son muy astutos, ágiles, listos y

ejercitados para el robo. Ellos prefieren, sustraer sin dar muerte a su

dueño, al contrario de lo que hacen el mestizo blanco, que en más de

los casos matan para robar.

La veterinaria indígena se reduce al empleo de la orina y el alcohol,

puestos en fomento a las bestias, en los casos de hinchazón, o para

lavarles la matadura, si ésta se ha abierto. Sin embargo, si el indio

pudiera emplear todos los remedios posibles para sanar a sus animales

lo haría con la mejor voluntad. En las mañanas, lo primero que hace,

antes de volver a aparejarlos, es examinarles el lomo y la barriga

y cuando encuentra alguna lastimadura siente un profundo pesar y se

esmera en curarla. Es imposible que monte a su acémila por molido y

cansado que esté, temeroso de maltratarla; sólo cabalga a la bestia

agena. Cuando la suya se cansa, gustoso se echa a la espalda la carga,

y la lleva hasta que se encuentre en posibilidad de conducirla de

nuevo. Nunca castiga a los animales inofensivos, creyendo que quien,

por maldad lo ejecuta, caerá en algunas desgracia.

Merced a ese inmenso cariño, el ganado lanar acrescienta en su poder.

Apenas pare una llama u oveja, abriga a la cría, la coloca aún junto

a su cuerpo para trasmitirle calor y sólo la aparta, cuando la vida

del animalillo se halla salvada. Los mismos cuidados prodiga al ganado

mayor que se enferma. La muerte de un cordero le hace sufrir mucho, y

mayor es su pesar cuando se trata de un buey, o de un burro o acémila.

La desesperación que experimenta entonces es superior a la causada por

la muerte de un hijo.

Los indios esquilan el vellón de las llamas y corderos con el cuidado

más exquisito, y cuando las llamas se encuentran en celo, realizan una

fiesta ruidosa: mezclan a los machos con las hembras y les ayudan a

introducir a éstas el miembro de aquellos.

Antecedentes tales pesan de sobra para que se hallen los aborígenes

familiarizados con sus animales domésticos y aún salvajes, que viven

en sus casas o en los campos. Triscan los corderillos junto a ellos,

se les apegan y les siguen obedeciendo sus mandatos; el buey se hace

manosear y uncir al yugo sin resistencia y el macho mañero o indómito

les cede; el gallo canta a su lado, sin mostrarse uraño; las mismas

viscachas tan ariscas para personas extrañas, cuando ellos andan cerca

a sus madrigueras, no se espantan. Pero nada ama tanto el indio, en

su simplicidad, como la naturaleza varia y libre, que le rodea. Lejos

de las ciudades, albergado en casuchas miserables, ante montañas

elevadas y erizadas de peñascos o cubiertas de nieves eternas, ante

vastas y silenciosas llanuras y hondos valles, supone estar en su

verdadero centro y vive contento. A la vista de las primeras flores,

que en cada primavera, brotan en el campo y en sus sembrados, siente

transportes y raptos vivos y profundos: su espíritu parece renacer

con las plantas y vincularse más a la tierra, así como se entristece,

cuando el invierno la amortaja y las heladas destruyen el tallo, hojas

y botones de los vegetales. En los actos religiosos, el momento más

solemne, se arrodilla, inclina la cara hasta pegar al suelo y lo besa

con reverencia difícil de pintar, cual si para él no existiese otra

deidad que la tierra. En los caminos, sigue su ruta contento; su alma

se expansiona y gozoso da rienda suelta a los efluvios del inmenso amor

que siente por todo lo que le rodea.

El indio idolatra la naturaleza, a la que considera como la divinidad

suprema, porque cree que la Pacha-Mama encierra en su seno las

fuerzas creadoras de vida, que las prodiga a quienes confían en ella.

Aprovechado de las condescendencias y avidez precuniaria de los

clérigos, la rinde culto haciendo celebrar Misas a los cerros, campos,

terrazgos, frutos, casas, lagunas, ríos y al ganado, y oyéndolas con

profunda devoción, en el concepto, de que en esos objetos visibles la

está adorando.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 38 / 69 题