VIII

En presencia del hambre, de las enfermedades, de las guerras y

desgracias imprevistas, ha debido reflexionar el hombre primitivo

del altiplano y pensar sobre la existencia de un ente malo, que,

contrariando los designios de los dioses buenos, desencadena todas

esas calamidades, apenas se descuida en evitarlas, por satisfacer

sus instintos de destrucción y causar daños. A ese genio maléfico le

llamaron, antiguamente _Hahuari_, que equivale a fantasma malo, y

después, _Supaya_, que es el nombre con el que actualmente se le conoce.

Mas, el indio llegó a perturbarse en sus dogmas, cuando los misioneros

cristianos señalaban como a _Supaya_ a sus mismos ídolos, y como a sus

intermediarios, a sus propios sacerdotes o _huillcas_; su confusión

aumentó cuando de los nuevos dioses y de sus adoradores no recibían

sino sufrimientos. Poco a poco, y a medida que era víctima de las

crueldades de los españoles y mestizos, con las prédicas insistentes de

los misioneros y sacerdotes, de ser culto diabólico su antiguo culto,

el _Supaya_ fué haciéndose simpático en su sencillo espíritu y comenzó

a fiarse más en él. En vano se amenazaba a los indios con las penas

del Infierno; en vano se pintaba cuadros espeluznantes que se les

ponían de manifiesto; continuó la duda turbando su mente. El Supaya

fué creciendo en su imaginación y ocupando el lugar de sus antiguas

divinidades. De ahí que el indio le tema, pero que no le repulse, y

cuantas veces puede invocar sus favores lo hace sin escrúpulos. Busca

a los _Cchamacanis_, porque supone que están en relación con él y les

paga cualquiera cosa para que al Supaya le hagan propicio a sus deseos.

El aymara conceptúa al Supaya menos malo de lo que dicen, y para

explicar el origen de sus desventuras y señalar a sus causantes, ha

inventado otros espíritus malignos, como el _Anchanchu_, la _Mekala_ y

los _Jappiñuñus_. Sin embargo, cree que aquél, entregado a sus propios

instintos, hace siempre daño; cuando se le implora, cede y se torna

bueno, en tanto que a los últimos los tiene como orgánicamente malos.

Con estos no valen ruegos ni ofrendas; sólo la intervención del Ekako,

de la Pacha-Mama, del Huasa Mallcu y de otras deidades benéficas, puede

evitarse que hagan daño.

El aymara tiene muy poca fe en las divinidades del cristianismo, más

confía en sus ídolos; aún no se han dado cuenta de lo que llaman

_Gloria_ los católicos; la idea de los goces eternos junto a Dios,

no los ambiciona, porque no los comprende. Lo que le agrada en el

culto católico son las fiestas, porque le presentan ocasiones de

embriagarse, divertirse y entregarse a los placeres sin freno ni medida.

Por manía, y a causa de que se describe al Supaya con dimensiones

extraordinarias que impresionan su imaginación, ha dado en calificar

con esta denominación a todo hombre perverso, a toda mujer mala; pero

no lo hace porque siente realmente horror por este personaje, puesto

que, en determinadas circunstancias, le busca y demanda sus favores.

Al aymara no le asusta el Supaya, desearía verlo personalmente, para

pedirle que lo vengara de sus enemigos, y después de ver satisfechos

sus odios, entregarle, si posible es, su alma; ya que le predican sus

opresores que eso exige el demonio. Sufre tanto, la existencia se le ha

hecho tan amarga, que al indio no le importa lo que le puede suceder

en el otro mundo, con tal de ser aliviado en éste del peso de los

sufrimientos que gravitan sobre él.

Esa es en síntesis, la idea que en su mente encierra respecto al famoso

Supaya o Diablo indígena.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 17 / 69 题