VII

El indio cree que los campos desiertos y silenciosos, constituyen

el dominio de una poderosa deidad, a quien llama _Huasa-Mallcu_, o

simplemente _Huasa_. También las mujeres que desean tener hijos, dan

el nombre de _Huasa_ a una piedrecilla larga, que cogen del suelo, la

envuelven en telas y ciñéndola con hilos de lana, la colocan junto a

un peñasco solitario, donde le piden con veneración y ofrendas, les

conceda descendencia.

Dicen que _Huasa Mallcu_ es un gigante vestido de blanco, de carácter

ingenuo y primitivo, de fisonomía austera y porte imponente, que en

veces toma la forma de un inmenso cóndor, que vive eternamente célibe,

con intachable moralidad, reinando satisfecho en plena naturaleza y

en medio de la paz de ese medio ambiente callado. Todos los animales

salvajes de aquellos desiertos, llamados en aymara _Huasa-jaras_, o

sea campamentos del _Huasa_, le pertenecen y se prestan sumisos y

diligentes a las ocupaciones que les señala. Las _huikcuñas_ le sirven

de bestias de carga, para transportar de una parte a otra, y donde

él crea conveniente, sus inmensos tesoros; la zorra para velar por

su persona y lanzar el grito de alarma a la presencia de individuos

extraños; las aves están obligadas a entonar cantos melodiosos cuando

él despierta en las mañanas, o pasa junto a sus nidos; los vientos

deben cesar cuando él se presenta; la atmósfera tranquilizarse y

suavizarse a su presencia; las flores desprender sus aromas y cubrir

con sus hojas el camino que ha de seguir.

Al _Huasa-Mallcu_, lo describen benigno y compasivo con los

desgraciados; duro o severo con los perversos. Contiene a los ladrones,

formando alrededor de la casa de sus protegidos un muro impenetrable,

el cual desaparece apenas cesa el peligro; hace invisibles a sus

animales favoritos cuando los persigue el cazador, quién sólo logra

su intento cuando aquellos se han extraviado de sus dominios; evita

crímenes y robos en los caminos y despoblados.

Cuentan que un pobre hombre, honrado y cargado de hijos, que iba

en busca de alimento para su familia, se encontró una vez con el

Huasa-Mallcu en su camino y le pidió tuviera compasión de él. Conmovido

con el ruego, descargó de sus _huikcuñas_ cierta cantidad de oro, y se

la entregó para que aliviara sus miserias.

Lo contrario del _Anchanchu_, el Huasa-Mallcu no hace daño a nadie, y

más bien favorece al que le invoca su amparo.

Nunca dejan los indios de ofrecerle alguna ofrenda en cualquiera

circunstancia. Si degüellan un cordero, llama o buey, rocían

precisamente con la sangre, el frontón o remate triangular de la pared

principal de su casa, en homenaje del Mallcu, quien al notar que no

se han olvidado de él, envía un rayo de felicidad a ese hogar en

correspondencia a la ofrenda.

En las fiestas, cuando los indios se encuentran libres de las miradas

de extraños, colocan en el extremo superior de un palo un muñeco muy

adornado, y enhiesto al centro del sitio de reunión, bailan en contorno

con grandes muestras de alegría y entonándole algunos cantares, en los

que manifiesta su profundo respeto, le hacen reverencia en cada vuelta

que dan, y cuando algún desconocido se aproxima, ocultan el muñeco y

dicen que están bailando para el santo cuya fiesta celebran.

Los viejos de la comarca y los hechiceros suelen pedir a los indios de

la circunscripción chaquiras, coca, _cuys_ y otras cosas para ofrendar

al Mallcu el día señalado a su conmemoración. Ese día, el brujo

acompañado de su ayudante, antes de comenzar el baile, se aproxima al

ídolo con muchas reverencias, y a vista de los asistentes conmovidos

les dirige, sollozando la siguiente oración:

«_Huasa-Mallcu bondadoso: padre del huérfano y protector de infelices,

óyenos; un momento no te hemos olvidado y ahora venimos a tus pies

a agradecerte de tus favores, trayéndote estas cosas que te ofrecen

tus pobres hijos, tus miserables criaturas, víctimas de la crueldad

de los blancos; recíbelas, no te enojes; sólo confiamos en tu corazón

misericordioso, que nos compadezca y atenúe nuestras desgracias. En la

tierra misma que nos vió nacer y que recibirá nuestro último aliento,

no merecemos más que un trato inhumano. Envíanos, pues, alivio y una

existencia menos triste y miserable; concede este año salud y contento

a nuestros hogares, que produzcan abundantes nuestras cosechas y que

sólo haya dolor, lágrimas e infortunios en las casas de nuestros

enemigos..._» Calla el brujo, las lágrimas corren abundantes por las

mejillas de las concurrentes, y en seguida derrama la chicha delante

de la efigie y, a veces sobre ella; con la sangre de los conejos, que

degüella ese momento, le unta la cara y el cuerpo, la coca le pone

en los labios y con las chaquiras le adorna, quemando lo restante y

aventando las cenizas a los cuatro vientos. Durante la ceremonia y

mientras se disipa por completo el humo y polvo de la ceniza, permanece

toda la concurrencia contrita, de rodillas y con la mano izquierda

levantada hacia arriba. Después de pasada ella, se entregan satisfechos

al baile y a las bebidas, cuidando de que la efigie de su Mallcu no sea

vista por ningún extraño, hasta que a hora determinada, el brujo la

recoge y guarda en lugar reservado, para volverla a sacar sólo cuando

haya motivos de rendirle nuevo culto.

Esta efigie suele ser, unas veces, un muñeco adornado, otras, de piedra

labrada, y algunas veces una figura modelada de yeso, o sólo un palo

envuelto con telas de colores, al que suponen los indios se anima de

una vida carnal y palpitante, apenas se quiere adorar en el Huasa

Mallcu.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 16 / 69 题