El cholo y el indio se encuentran tan dominados por la idea de los
sortilegios y maleficios, que todo lo que no pueden explicar o es para
ellos misterioso, extraordinario, o sobrenatural, lo tienen por obra de
brujos.
Cuando el indio al navegar en frágil barquilla de totora, ocupado en la
pesca, es sorprendido por recios vientos o tempestades, que le producen
alguna desgracia, supone que es víctima del hechizo de algún enemigo
suyo, que se ha valido de los elementos para causarle perjuicio; y
cualquier daño que recibe, lo atribuye siempre a malificios, y para
evitar sus fatales consecuencias, a tiempo, busca otros brujos, que los
tiene por superiores a los que han dañado y cree que por este medio,
destruirá, o por lo menos, neutralizará los efectos de aquellos. En la
lucha, que para salvarlo, sostendrán los brujos, tiene seguridad, que
el suyo saldrá vencedor; y si este realmente ha logrado evitar el mal
o curarlo de una enfermedad, su prestigio toma grandes proporciones.
Entonces llega a adquirir el favorecido por la suerte nuevos clientes,
el que lo traten con miedo y con respeto, le consulten en los trances
difíciles de la vida, y que nadie pueda pasar en su comarca sin acudir
a él.
El favorito de la suerte, se convierte en ídolo de la multitud. Todos
le colman de atenciones y le hacen obsequios. El indio que necesita de
él, le entrega gratis el cordero más gordo de su majada, los productos
escogidos de su cosecha, y, cuando aquél le exige pernoctar en compañía
de la hija de éste, joven y bien parecida, consiente en ello sin
escrúpulos ni vacilaciones.
Estos indios ladinos, insignes rebuscadores de vidas agenas y de
misterios recónditos, que desempeñan, a maravilla, su lucrativo y
dichoso papel de hechiceros, son fecundos en recursos para salir
airosos del paso. Cierta ocasión fué capturado en una Policía de
provincia un célebre brujo y en vista de las fechorías que había hecho
y disturbios que había provocado entre los indios, ordenó la autoridad
que, en castigo de sus faltas, se le flajelase. Sufrió la dura pena
impasible y cuando volvió a su casa, lejos de manifestar algún
escarmiento, explicaba ufano a los indios que habían ido a expresarle
su pesar por lo ocurrido, de que nada había sufrido, porque el momento
en que lo tendieron al suelo vino en su auxilio Santiago, en forma
invisible para los que presenciaban o debían ejecutar la pena, y le
cubrió con su manto, impidiendo que los azotes rozaran siquiera la
parte desnuda de su cuerpo...! Y siguió ejerciendo su oficio vedado,
con más ánimo y éxito que antes.
El miedo que inspira a los indios el brujo es tan grande, que cuando se
embriaga o se descuida en guardar algún objeto suyo, nadie se atreve a
tocarlo o robarle. Sólo cuando abusa de su poder y se hace peligroso
e insoportable en la comarca, sus moradores se reunen sigilosamente y
acuerdan matarlo, sin darle tiempo para nada, como lo hacen en efecto,
sorprendiéndole en su morada y quemándolo vivo. En seguida entierran
sus huesos o sus cenizas en un pozo profundo, a fin de que no quede
huella de él.
El indio tiene la preocupación de que cuando no se le da ese género
de muerte, su alma sigue causando daños a sus victimadores. Con la
incineración de su cuerpo creen que también su alma ha sido reducida a
la nada.
El indio da virtud de remedio eficaz contra los hechizos a la sangre y
orina del brujo. Con ese objeto suele romperle la cabeza y dar de beber
la sangre que brota de la herida al hechizado o la orina de aquél. El
brujo, a su vez, cuida mucho que tal cosa no ocurra, por temor de que
el maleficio se torne contra él.
Alguna vez, cuando no suena muy bien su título de hijo de Santiago,
lo cambia con el hijo de la Madre de Dios, o sea _Mamitan-huahuapa_,
suponiendo con esta alteración poseer mayores facultades que bajo aquel
nombre.