III

El cholo y el indio se encuentran tan dominados por la idea de los

sortilegios y maleficios, que todo lo que no pueden explicar o es para

ellos misterioso, extraordinario, o sobrenatural, lo tienen por obra de

brujos.

Cuando el indio al navegar en frágil barquilla de totora, ocupado en la

pesca, es sorprendido por recios vientos o tempestades, que le producen

alguna desgracia, supone que es víctima del hechizo de algún enemigo

suyo, que se ha valido de los elementos para causarle perjuicio; y

cualquier daño que recibe, lo atribuye siempre a malificios, y para

evitar sus fatales consecuencias, a tiempo, busca otros brujos, que los

tiene por superiores a los que han dañado y cree que por este medio,

destruirá, o por lo menos, neutralizará los efectos de aquellos. En la

lucha, que para salvarlo, sostendrán los brujos, tiene seguridad, que

el suyo saldrá vencedor; y si este realmente ha logrado evitar el mal

o curarlo de una enfermedad, su prestigio toma grandes proporciones.

Entonces llega a adquirir el favorecido por la suerte nuevos clientes,

el que lo traten con miedo y con respeto, le consulten en los trances

difíciles de la vida, y que nadie pueda pasar en su comarca sin acudir

a él.

El favorito de la suerte, se convierte en ídolo de la multitud. Todos

le colman de atenciones y le hacen obsequios. El indio que necesita de

él, le entrega gratis el cordero más gordo de su majada, los productos

escogidos de su cosecha, y, cuando aquél le exige pernoctar en compañía

de la hija de éste, joven y bien parecida, consiente en ello sin

escrúpulos ni vacilaciones.

Estos indios ladinos, insignes rebuscadores de vidas agenas y de

misterios recónditos, que desempeñan, a maravilla, su lucrativo y

dichoso papel de hechiceros, son fecundos en recursos para salir

airosos del paso. Cierta ocasión fué capturado en una Policía de

provincia un célebre brujo y en vista de las fechorías que había hecho

y disturbios que había provocado entre los indios, ordenó la autoridad

que, en castigo de sus faltas, se le flajelase. Sufrió la dura pena

impasible y cuando volvió a su casa, lejos de manifestar algún

escarmiento, explicaba ufano a los indios que habían ido a expresarle

su pesar por lo ocurrido, de que nada había sufrido, porque el momento

en que lo tendieron al suelo vino en su auxilio Santiago, en forma

invisible para los que presenciaban o debían ejecutar la pena, y le

cubrió con su manto, impidiendo que los azotes rozaran siquiera la

parte desnuda de su cuerpo...! Y siguió ejerciendo su oficio vedado,

con más ánimo y éxito que antes.

El miedo que inspira a los indios el brujo es tan grande, que cuando se

embriaga o se descuida en guardar algún objeto suyo, nadie se atreve a

tocarlo o robarle. Sólo cuando abusa de su poder y se hace peligroso

e insoportable en la comarca, sus moradores se reunen sigilosamente y

acuerdan matarlo, sin darle tiempo para nada, como lo hacen en efecto,

sorprendiéndole en su morada y quemándolo vivo. En seguida entierran

sus huesos o sus cenizas en un pozo profundo, a fin de que no quede

huella de él.

El indio tiene la preocupación de que cuando no se le da ese género

de muerte, su alma sigue causando daños a sus victimadores. Con la

incineración de su cuerpo creen que también su alma ha sido reducida a

la nada.

El indio da virtud de remedio eficaz contra los hechizos a la sangre y

orina del brujo. Con ese objeto suele romperle la cabeza y dar de beber

la sangre que brota de la herida al hechizado o la orina de aquél. El

brujo, a su vez, cuida mucho que tal cosa no ocurra, por temor de que

el maleficio se torne contra él.

Alguna vez, cuando no suena muy bien su título de hijo de Santiago,

lo cambia con el hijo de la Madre de Dios, o sea _Mamitan-huahuapa_,

suponiendo con esta alteración poseer mayores facultades que bajo aquel

nombre.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 8 / 69 题