II

Los instrumentos que acostumbra poseer el brujo se reducen a pedazos

de soga de ahorcados, muelas o dientes de difuntos, calaveras, figuras

de ovejas hechas de diferentes cosas, cabellos de muertos, uñas de

tigres, sapos vivos o disecados, cabezas de perros, plumas de pájaros,

lanas y _caítos_ de diversos colores, muchas raíces, culebras, arañas

y lechuzas domesticadas Según es la consulta, el brujo da alguno de

esos objetos, hace actuar cualquiera de los animales domesticados.

Generalmente ejerce sus funciones de noche y de preferencia cuando

ésta es lóbrega, en una habitación silenciosa y apartada de la casa.

La invitación la hace para una hora en que no puede ser visto por

indiscretos o sorprendido en sus operaciones.

Alfombra la habitación con lienzos negros, coloca en el centro una

mesa o un poyo de adobes, cubierto también de negro; pone encima un

mechero con tres luces o tres velas de sebo, encendidas por la parte

del asiento y colocadas cabizbajo. Algunas veces adorna las paredes

con lechuzas y lagartijas disecadas, cuando estos objetos no están

siempre ocultos. El brujo espera al cliente en la puerta, le introduce

al interior apenas llega, cuidando de hablarle a media voz y poco,

prefiriendo entenderse por señas y visajes. El misterio en todo y para

todo, la mímica y el lenguaje de acción sólo dominan allí.

Coloca al interesado junto a la mesa, donde hay, además de las luces,

montoncitos de coca, una botella de aguardiente y cigarros. Toma

su trago y derramando antes algunas gotas al suelo, con los ojos

entornados hacia arriba, musita ciertas palabras ininteligibles y

enigmáticas. Convida al concurrente su brebaje, quien también derrama

algunas gotas antes de beber y ambos mascan la coca y fuman cigarros,

conversando sobre el motivo de la visita, averíguale con maña lo

sucedido en todos sus detalles. En seguida le aconseja lo que debe

hacer. Abre una olla, sacando de allí una lagartija adiestrada para

lamer la mano de su dueño, o un sapo que croa al salir, o una araña

en cuyas patas se fija, o hace graznar la lechuza, en una forma que

responda a sus intenciones. En vista de lo que han hecho estos animales

le dice que ha acertado en sus consejos. Si es _cchamacani_, invoca la

presencia del diablo y después de haberse agachado hasta pegarse al

suelo, le dice que traiga un ratón vivo o gato y cuando tiene presente

al animal, le atraviesa en los pies con espinas para tullir a su

enemigo, o le punza en los ojos para cegarlo, o le traspasa la cabeza

para que se vuelva loco o demente. Otras veces le pide la orina de su

enemigo, o el agua en la que se haya o hayan lavado su ropa, o algún

objeto suyo, con ella hace su sortilegio y lo devuelve para que la

vierta a su puerta. Tanto _laikas_ como _cchamacanis_, emplean también

con el mismo objeto, coca mascada, granos de maíz y distintas yerbas,

o matan un cobaya, y en sus vísceras tratan de sorprender el secreto

buscado, consultando los manes de los muertos. Los _thaliris_ examinan

las irradiaciones de los astros, las oscilaciones de las llamas en

las velas o mecheros, el vuelo de las aves, fuera de que algunos son

magnetizadores, fascinadores y aún ventrílocuos.

El brujo representa con mayor solemnidad la escena en que se propone

hacer venir y actuar a Santiago en persona. Cita al cliente para la

media noche y apenas lo tiene en su poder, le hace fumar cigarros,

le da de beber aguardiente, le cuenta cosas pertinentes al hecho que

motiva su visita, y, poco a poco, va sugestionándolo, va imponiéndose

en su voluntad y apoderándose de su ánimo, hasta que, cuando cree

haber legrado su objeto y de que ha llegado el momento oportuno de

obrar, le manda repentinamente con tono imperioso, que apague las luces

y que no resuelle siquiera. Ese instante asume el brujo un aspecto

imponente, con los ojos que le salen de las órbitas, el cuerpo que le

tiembla, y todo su ser que se estremece, cual si estuviera poseído por

un espíritu diabólico. En medio del silencio profundo y la soledad

que tiene algo de aterradora, siente de improviso en el recinto, un

ruido metálico, que el asistente, sugestionado como se encuentra,

cree ser producido por las áureas espuelas y jaeces del bridón del

santo que llega; no dándose cuenta que el ruido es causado por la

diestra mano del actuante que agita unos cascabeles acondicionados

en hilos invisibles. Aprovechando de la credulidad ciega y absoluta

que domina al sujeto hace, figurar a Santiago, saludándole en mal

castellano, y dirigiéndole palabras incoherentes en su lengua, con voz

cavernosa y tono impositivo. Ese efecto consigue el brujo acomodándose

a la boca un instrumento de cuerno, hecho a propósito para producir

sonidos extraños; y antes que su cliente se reponga, volviendo a

su voz natural, le invita respetuoso, para que haga sus preguntas

directamente al mismo Santiago. El que ha perdido sus corderos, le

interroga:

«_Señor, bendito señor, perdóname si te importuno: he perdido mis

ovejas, ladrones desalmados me las han robado; en vano las he buscado,

¿parecerán? Dímelo, santo adorado; dímelo protector de huérfanos y

defensor de desgraciados, con toda mi alma en tí puesta te lo pido_». Y

solloza el infeliz. El hechicero, fingiendo la voz contesta: _Búscalas

con más interés y las encontrarás, o tu vecino se las ha devorado; o

están lejos y es imposible que puedas recogerlas._

Si la pregunta se refiere al robo de semovientes mayores, como mulas,

burros, bueyes o llamas la respuesta suele ser: «_Busca, rastrea un

poco más y los ladrones serán sorprendidos porque no están muy lejos

de tí; o ya no los hallarás porque han sido vendidos y conducidos a

tierras lejanas, o devorados, si se trata de bueyes o llamas_».

Otras veces se interroga: «_Hace un año que mi mujer se encuentra

tullida, postrada en cama, y me dicen las gentes que está embrujada,

¿con qué podré curarla? ¿Hay o no remedio a su mal?_» Contesta: «_Hay

remedio; investiga el paradero del hechizo, que es un sapo, lagartija o

gato, que tiene los pies atravesados con espinas. Apúrate en buscarlo,

sino tu mujer morirá_».

De antemano, para este caso, el brujo tiene dispuesto el animal.

Después de pasada la consulta, recibidos nuevos obsequios y otra

cantidad de dinero, descubre el objeto del hechizo y le arranca las

espinas.

Por el estilo, suelen ser las preguntas innumerables y diversas, y

las respuestas vagas, evasivas, ingeniosas o eficaces, según las

condiciones económicas del cliente y el conocimiento que el brujo puede

tener sobre las cosas consultadas.

Terminado el acto y antes de encender las luces hace retirarse al

santo, repitiendo el mismo ruido que al presentarlo. En la crédula

mente del indio que vino en su busca, queda la persuación de que se ha

entrevistado con el mismo santo, por descorazonado que esté, y el hijo

de Santiago bien pagado por su embuste hábilmente ejecutado.

La hechicera mestiza, al absolver las consultas que también la hacen,

suele combinar los procedimientos indígenas con algunas prácticas

religiosas. Por lo común, masca primero coca, dedicada la masticación

al hombre que debe ser embrujado; después reza a las ánimas del

purgatorio, o invoca a las condenadas en el infierno. Hace un muñeco

o pinta una estampa con dos caras, una de mujer otra de hombre, le

enciende tres velas, y les reza tres padre-nuestros y tres ave-marías

a las almas solicitadas, y envuelve la estampa con un hilo que tiene

tres nudos y en seguida conjura a las ánimas, diciendo: «yo os conjuro

por el día en que nacísteis, por el bautismo que recibísteis, por la

primera misa que oísteis, que hagáis que fulana o fulano ame y sea

esclavo o esclava de la pasión de sutano o sutana». Con lo que se cree

tener buen resultado.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 7 / 69 题