Los instrumentos que acostumbra poseer el brujo se reducen a pedazos
de soga de ahorcados, muelas o dientes de difuntos, calaveras, figuras
de ovejas hechas de diferentes cosas, cabellos de muertos, uñas de
tigres, sapos vivos o disecados, cabezas de perros, plumas de pájaros,
lanas y _caítos_ de diversos colores, muchas raíces, culebras, arañas
y lechuzas domesticadas Según es la consulta, el brujo da alguno de
esos objetos, hace actuar cualquiera de los animales domesticados.
Generalmente ejerce sus funciones de noche y de preferencia cuando
ésta es lóbrega, en una habitación silenciosa y apartada de la casa.
La invitación la hace para una hora en que no puede ser visto por
indiscretos o sorprendido en sus operaciones.
Alfombra la habitación con lienzos negros, coloca en el centro una
mesa o un poyo de adobes, cubierto también de negro; pone encima un
mechero con tres luces o tres velas de sebo, encendidas por la parte
del asiento y colocadas cabizbajo. Algunas veces adorna las paredes
con lechuzas y lagartijas disecadas, cuando estos objetos no están
siempre ocultos. El brujo espera al cliente en la puerta, le introduce
al interior apenas llega, cuidando de hablarle a media voz y poco,
prefiriendo entenderse por señas y visajes. El misterio en todo y para
todo, la mímica y el lenguaje de acción sólo dominan allí.
Coloca al interesado junto a la mesa, donde hay, además de las luces,
montoncitos de coca, una botella de aguardiente y cigarros. Toma
su trago y derramando antes algunas gotas al suelo, con los ojos
entornados hacia arriba, musita ciertas palabras ininteligibles y
enigmáticas. Convida al concurrente su brebaje, quien también derrama
algunas gotas antes de beber y ambos mascan la coca y fuman cigarros,
conversando sobre el motivo de la visita, averíguale con maña lo
sucedido en todos sus detalles. En seguida le aconseja lo que debe
hacer. Abre una olla, sacando de allí una lagartija adiestrada para
lamer la mano de su dueño, o un sapo que croa al salir, o una araña
en cuyas patas se fija, o hace graznar la lechuza, en una forma que
responda a sus intenciones. En vista de lo que han hecho estos animales
le dice que ha acertado en sus consejos. Si es _cchamacani_, invoca la
presencia del diablo y después de haberse agachado hasta pegarse al
suelo, le dice que traiga un ratón vivo o gato y cuando tiene presente
al animal, le atraviesa en los pies con espinas para tullir a su
enemigo, o le punza en los ojos para cegarlo, o le traspasa la cabeza
para que se vuelva loco o demente. Otras veces le pide la orina de su
enemigo, o el agua en la que se haya o hayan lavado su ropa, o algún
objeto suyo, con ella hace su sortilegio y lo devuelve para que la
vierta a su puerta. Tanto _laikas_ como _cchamacanis_, emplean también
con el mismo objeto, coca mascada, granos de maíz y distintas yerbas,
o matan un cobaya, y en sus vísceras tratan de sorprender el secreto
buscado, consultando los manes de los muertos. Los _thaliris_ examinan
las irradiaciones de los astros, las oscilaciones de las llamas en
las velas o mecheros, el vuelo de las aves, fuera de que algunos son
magnetizadores, fascinadores y aún ventrílocuos.
El brujo representa con mayor solemnidad la escena en que se propone
hacer venir y actuar a Santiago en persona. Cita al cliente para la
media noche y apenas lo tiene en su poder, le hace fumar cigarros,
le da de beber aguardiente, le cuenta cosas pertinentes al hecho que
motiva su visita, y, poco a poco, va sugestionándolo, va imponiéndose
en su voluntad y apoderándose de su ánimo, hasta que, cuando cree
haber legrado su objeto y de que ha llegado el momento oportuno de
obrar, le manda repentinamente con tono imperioso, que apague las luces
y que no resuelle siquiera. Ese instante asume el brujo un aspecto
imponente, con los ojos que le salen de las órbitas, el cuerpo que le
tiembla, y todo su ser que se estremece, cual si estuviera poseído por
un espíritu diabólico. En medio del silencio profundo y la soledad
que tiene algo de aterradora, siente de improviso en el recinto, un
ruido metálico, que el asistente, sugestionado como se encuentra,
cree ser producido por las áureas espuelas y jaeces del bridón del
santo que llega; no dándose cuenta que el ruido es causado por la
diestra mano del actuante que agita unos cascabeles acondicionados
en hilos invisibles. Aprovechando de la credulidad ciega y absoluta
que domina al sujeto hace, figurar a Santiago, saludándole en mal
castellano, y dirigiéndole palabras incoherentes en su lengua, con voz
cavernosa y tono impositivo. Ese efecto consigue el brujo acomodándose
a la boca un instrumento de cuerno, hecho a propósito para producir
sonidos extraños; y antes que su cliente se reponga, volviendo a
su voz natural, le invita respetuoso, para que haga sus preguntas
directamente al mismo Santiago. El que ha perdido sus corderos, le
interroga:
«_Señor, bendito señor, perdóname si te importuno: he perdido mis
ovejas, ladrones desalmados me las han robado; en vano las he buscado,
¿parecerán? Dímelo, santo adorado; dímelo protector de huérfanos y
defensor de desgraciados, con toda mi alma en tí puesta te lo pido_». Y
solloza el infeliz. El hechicero, fingiendo la voz contesta: _Búscalas
con más interés y las encontrarás, o tu vecino se las ha devorado; o
están lejos y es imposible que puedas recogerlas._
Si la pregunta se refiere al robo de semovientes mayores, como mulas,
burros, bueyes o llamas la respuesta suele ser: «_Busca, rastrea un
poco más y los ladrones serán sorprendidos porque no están muy lejos
de tí; o ya no los hallarás porque han sido vendidos y conducidos a
tierras lejanas, o devorados, si se trata de bueyes o llamas_».
Otras veces se interroga: «_Hace un año que mi mujer se encuentra
tullida, postrada en cama, y me dicen las gentes que está embrujada,
¿con qué podré curarla? ¿Hay o no remedio a su mal?_» Contesta: «_Hay
remedio; investiga el paradero del hechizo, que es un sapo, lagartija o
gato, que tiene los pies atravesados con espinas. Apúrate en buscarlo,
sino tu mujer morirá_».
De antemano, para este caso, el brujo tiene dispuesto el animal.
Después de pasada la consulta, recibidos nuevos obsequios y otra
cantidad de dinero, descubre el objeto del hechizo y le arranca las
espinas.
Por el estilo, suelen ser las preguntas innumerables y diversas, y
las respuestas vagas, evasivas, ingeniosas o eficaces, según las
condiciones económicas del cliente y el conocimiento que el brujo puede
tener sobre las cosas consultadas.
Terminado el acto y antes de encender las luces hace retirarse al
santo, repitiendo el mismo ruido que al presentarlo. En la crédula
mente del indio que vino en su busca, queda la persuación de que se ha
entrevistado con el mismo santo, por descorazonado que esté, y el hijo
de Santiago bien pagado por su embuste hábilmente ejecutado.
La hechicera mestiza, al absolver las consultas que también la hacen,
suele combinar los procedimientos indígenas con algunas prácticas
religiosas. Por lo común, masca primero coca, dedicada la masticación
al hombre que debe ser embrujado; después reza a las ánimas del
purgatorio, o invoca a las condenadas en el infierno. Hace un muñeco
o pinta una estampa con dos caras, una de mujer otra de hombre, le
enciende tres velas, y les reza tres padre-nuestros y tres ave-marías
a las almas solicitadas, y envuelve la estampa con un hilo que tiene
tres nudos y en seguida conjura a las ánimas, diciendo: «yo os conjuro
por el día en que nacísteis, por el bautismo que recibísteis, por la
primera misa que oísteis, que hagáis que fulana o fulano ame y sea
esclavo o esclava de la pasión de sutano o sutana». Con lo que se cree
tener buen resultado.