La persistencia de las supersticiones en el alma popular se debe,
además de las circunstancias ya anotadas, a la influencia de los
españoles, que aportaron las suyas a América en la conquista y durante
el período colonial, quienes eran tan llenos de preocupaciones como
los indios. Si bien los misioneros, destruían los ídolos y adoratorios
de estos, era para reemplazarlos con los que ellos acataban. Las
censuras eclesiásticas tendían a extirpar las prácticas antiguas,
para sustituirlas más fácilmente con las religiosas profesadas por
el catolicismo, que trataban de implantar en el país, pero como no
lograron su objeto por completo, las supersticiones indígenas llegaron
a mezclarse y confundirse con las de los españoles, sin poderse
distinguir, en muchas de ellas, su origen, ni su esfera de acción
exclusiva. Raro o casi imposible es hallar una persona que se encuentre
en lo absoluto libre de supersticiones. Las provenientes de los
naturales y las traídas por los conquistadores, han venido a converger,
por todos los lados, sobre el espíritu de nuestra raza, que obra muchas
veces al impulso de aquellas, aun sin darse cuenta de ello. Cuando el
indio o mestizo practica por primera vez alguna superstición nueva, ya
no la olvida. Esta se grava en su espíritu y le domina, convirtiéndose
en una segunda naturaleza, de la que ya no puede prescindir. Son
fáciles para adquirir supersticiones, y difíciles para sacudirse de
ellas.
Los sacerdotes católicos, enseñando a la par de los brujos, que se
pueden contrariar los fenómenos y leyes naturales con rezos o hechizos,
hacen igual propaganda. La diferencia está, en que el brujo llama
en su auxilio a Santiago, cuando no al Diablo, y los sacerdotes a
sus divinidades y santos. Ambos lo que persiguen es que se tenga más
confianza, en lo imprevisto, en lo sobrenatural, en lo maravilloso
antes que en el esfuerzo propio o en el concurso de la ciencia. Por
tales antecedentes, blancos, mestizos e indios, se han vuelto tan
crédulos y supersticiosos dentro del culto católico, que cuando no son
entretenidos por artes diabólicas, se entregan con frenesí a celebrar
fiestas religiosas, abrigando la profunda convicción de que con
cualesquiera de estos procedimientos lograrán obtener lo que desean.
La multiplicación de fiestas religiosas, la profusión con que se erigen
templos y capillas, la excesiva sed alcohólica de las clases populares
y de las que no son, mantienen y hacen más firmes las supersticiones.
En los santuarios de los pueblos de provincia, es común el encontrar
al lado de una efigie católica, objetos de hechicería, y el día de la
conmemoración del santo, merecen también estos últimos la bendición
del clérigo que celebra la misa.
El indio por todos esos motivos, considera de la misma clase y con
iguales pretenciones, al sacerdote y al brujo de su estancia; al
menos al fraile lo tiene como a un nigromanta peligroso. Le llama
_kharisiri_, es decir degollador, y cuenta de él, que desde mediados
de julio hasta mediados de agosto de cada año, sale de su convento y
recorre las estancias y rancherías del campo, en busca de grasa humana
para confeccionar la crisma de los bautismos, seguido a la distancia
de un lego que lleva los cajoncitos de lata en que aquella especie
será depositada. Cree que el fraile, apenas encuentra un ser humano,
lo halaga y le da un narcótico con el que le adormece, y cuando está
inerte, le hace una incisión en la barriga, hacia el lado derecho,
por donde le extrae toda la grasa que contiene su cuerpo y se retira
después de curarlo y conseguir que de la herida no quede más huella
que un ligero cardenal. La víctima al despertar de su letargo y volver
en sí no encuentra al funesto fraile pero siente un fuerte dolor en el
vientre que le anuncia que algo ha ocurrido con él y agobiado por este
presentimiento, comienzan sus fuerzas a decaer rápidas y consumirse su
cuerpo, hasta que muere a los pocos días del hecho.
Al principio de la conquista española llamaban _Kharisiri_ al verdugo
que degollaba a los ajusticiados, y creían que después de consumado
el hecho andaba en las noches vestido del hábito despojado al difunto
y aún lleno de tierra y sangre, cubierta la cabeza de un capuchón,
que sólo dejaba descubierto su rostro pálido como la muerte y sombrío
como la noche, llevando en la mano una campanilla, cuyo lúgubre sonido
se escuchaba de rato en rato. Decían de él que se alimentaba de carne
humana, prefiriendo devorar la de los niños que encontraba a su paso.
Poco a poco y a medida que las ejecuciones en esa forma disminuyeron,
la imaginación de los indios fué confundiendo al verdugo con el
fraile que acompañaba al condenado a la pena de muerte, hasta que el
primero se borró de su memoria y sólo el último quedó con el mote de
_Kharisiri_, terminando por tenerle miedo, a causa de considerarlo
ladrón de grasa humana.
Probable es que la circunstancia de ver traginar con alguna frecuencia
a los frailes solos y por caminos silenciosos y desiertos, haya dado
también lugar a la formación de esta leyenda con todos sus lúgubres
contornos, o tal vez coincida, y esto es lo más seguro, con algún mito
propio que tuvieron antes de la conquista, y al cual, por su semejanza,
han sustituído con el fraile, dándole la terrible denominación de
_Kharisiri_.[2]
[2] Parece en efecto, que esta leyenda, no es sino una
reproducción o mejor dicho una continuación desnaturalizada
del mito _runap mickjuyj_ de los kechuas, del que dice el
Obispo Villagómez. «En varios Ayllos o tribus hay maestros
a los que ahora dan nuestro nombre de «Capitán» y de las
cuales cada uno tenía sus propios alumnos y soldados a los que
anunciaba y señalaba una noche cualquiera a su antojo dara
que se reunieran en un sitio dado [porque estas reuniones se
celebraban de noche]. En seguida, el maestro acompañado de
uno o dos de sus discípulos, se acerca en esa noche señalada
a una casa que ya tiene determinada de antemano y dejando a
los discípulos en la puerta, entra el sólo y desparrama en
el suelo un polvo de huesos de muerto y de otros que no sé,
preparado de antemano para el objeto, pronunciando a la vez
palabras cabalísticas, y de esta manera adormece a todos los
que se hallan en la casa al extremo de que los hombres y los
animales ni se mueven ni los sienten. Y entonces se acerca a
la persona que quiere matar, le hace una pequeña herida en la
uña, en una parte cualquiera del cuerpo y en cuanto sale un
poco de sangre se pone a chuparla cuanto puede. Por esto a
estos brujos les llaman también chupadores de sangre. Una vez
que han chupado la sangre se echan un poco en el hueco de la
mano o en una vasija y la dan a probar a otros, volviendo al
lugar de la reunión y ellos dicen que multiplica el demonio
aquella sangre o se la convierte en carne (yo creo que las
mezclan con otras carnes) y la cocinan en la reunión y se la
comen; y sucede, en efecto, que la persona a quien se le ha
chupado esa sangre se muera a los dos o tres días.»
Continúa el autor: «Cuando tienen esas juntas dicen
generalmente: «esta noche nos vamos a comer el alma de tal o
cual persona». Habiendo preguntado a una persona que había
comido varias veces esa carne o que sabía, contestó con un
gesto de asco, que era muy mala y de mal gusto, pareciéndose
a la carne seca de vaca».--Villagómez.--_Carta pastoral de
Exortación e Instrucción contra las idolatrías de los indios
del Arzobispado de Lima, 1641._--Página 42.
Cuando el indio no ha visto ni se ha encontrado con este personaje de
lúgubre fama y siente, sin embargo, dolor al vientre y se presenta en
la parte exterior la terrible mancha roja, cree el vampiro que se hizo
invisible para mejor y más cómodamente extraerle la grasa, y el infeliz
dominado por tal idea desconfía de los remedios y muere por consunción.
El fraile también simboliza para el indio al autor de la carestía
y hambre en los ranchos, porque supone que en las grandes alforjas
que lleva consigo, con el poder de la nigromancia que profesa recoge
cuantos víveres encuentra dejando al pobre indio que muera, por falta
de ellos, con la barriga pegada al espinazo.
V
Los sueños tienen influencia decisiva en las determinaciones de las
clases populares, las cuales creen que según son aquellos les sucederá
algo en la vida real, y con este motivo les dan interpretaciones varias.
Soñarse con llamas u ovejas es para que se frustre algún negocio que se
proyecta.
Con cóndor, es para que se tenga éxito en lo que se propone.
Soñarse con cadáver es para tener dinero.
Cocinando es para que alguien muera.
Cuando alguna mujer embarazada se sueña con víboras, es para tener hijo
varón; con sapos, para tener mujer; con cóndor, para que el hijo que
nazca sea un gran hombre.
Recibir en sueños dinero en el templo, es para tener aviso de la muerte
de un pariente o amigo.
Arrancarse un diente, es para recibir dinero, o que se le muera un
pariente próximo.
Incendiarse en sueños la casa en que se vive, es para romper con la
persona que nos protege.
Poseer a una mujer en sueños, es para no lograrla nunca en la realidad.
Soñarse con un negro o negra es para enfermarse.
Con perros que nos han mordido, para que nos roben.
Con una víbora ponzoñosa que nos ha picado, para que nos envenenen.
Con fuegos, para tener penas.
Con un niño gordo, para recibir dinero.
Con conejos, para ser embrujado.
Se sueña con una persona, cuando ésta piensa mucho en la que la sueña.
Ser arrastrado en sueños por una corriente de agua turbia es para que
muera el que ha soñado.
Igual cosa le ocurrirá si ha sido embarrancado por una bestia.
Por lo general, la carne en sueños denota muerte, el escremento
deshonra y los animales con astas infidelidad de la esposa, o concubina
que se tiene; y así, las interpretaciones son infinitas. Cada individuo
cuando sueña con determinada persona cree que le irá bien o mal según
el concepto que se ha formado de ella, a la que la considera su sombra
benéfica o fatal. Al siguiente día de un mal sueño, quien lo ha tenido
se encuentra inquieto, temeroso y esperando momento a momento le ocurra
alguna desgracia; al contrario si fué bueno, está contento y feliz.
Semejante proceder de las clases sociales no es excepcional ni
extraño. Las supersticiones y tradiciones se trasmiten de generación
en generación: ellas se heredan, forman el patrimonio que recibimos
de los antepasados; se modifican, varían y aún mejoran, pero no se
extinguen; son persistentes porque en la especie humana la memoria no
se borra y su existencia y desenvolvimiento se encuentra fuertemente
eslabonada al través de las edades. Para que ellas desapareciesen,
sería necesario que en la vida de la humanidad se produjese, una
solución de continuidad y como esto es imposible, las ideas y
sentimientos ancestrales forzosamente tienen que predominar en los
actos inconscientes. Se envanece nuestro siglo de haber dado muerte a
las supersticiones con los progresos de la ciencia, cuando nutre en sus
pechos la mayor parte de ellas y ostenta y da vida precisamente a la
superstición de no querer ser supersticioso.