Factores primordiales

I.--El alma de la raza.--La fe en objetos inanimados y en

Santiago.--El _layka, chamacani, thaliri, kamili, jampiri

y yatiri_.--La poca importancia de las mujeres en la

hechicería.--II.--Instrumentos y manera cómo actúan los

brujos.--III.--Influencia de éstos, sus artimañas para seducir

a las multitudes.--IV.--Causas para la persistencia de las

supersticiones.--Papel del sacerdote y confusión del fraile

con el mito del _kharisiri_.--V.--Influencia de los sueños.

I

Las supersticiones son inherentes a la naturaleza humana; ellas son

mayores y más dominantes según el estado de civilización de cada país.

En el nuestro se adquieren en la niñez y nos acompañan hasta la tumba.

A medida que los individuos descienden en escala social y disminuye su

instrucción, van aumentando en número y haciéndose imprescindibles en

el dominio de la vida. Tal sucede con los habitantes de escala inferior

de nuestras ciudades y pueblos de provincia, llámense blancos, mestizos

o indios, los cuales son orgánicamente supersticiosos. En el espíritu

de estos diversos componentes étnicos apenas han podido tener cabida

algunas ideas religiosas o principios de ciencia médica, que lejos

de amortiguar los impulsos naturales de su idiosincracia mediocre,

les han servido para disimularlos y encubrirlos. Continúan creyendo

indios y mestizos, en la eficacia de los sortilegios y maleficios, y

en el poder de los que los hacen; veneran aún las cuevas tétricas, los

cerros elevados, desiertos y desprovistos de vegetación, los lagos,

ríos, o figuras de barro toscamente trabajados, o piedras que tienen

venas atravesadas en cruz, o formando arabescos, que se aproximen a

figuras humanas, y a cuanta cosa encuentran con alguna particularidad

extraña, suponiendo, aunque confusamente, que tras de todo eso existe

una voluntad personal, que les da movimiento, les hace obrar, o se

manifiesta en ellos, o representa los desdobles de sus antepasados.

Sus antiguos mitos y leyendas siguen teniendo conturbada y esclavizada

su alma sencilla. En la mente de niño de aquellos, la religión y la

medicina, se confunden aún con la brujería; el hechicero con el médico

y el sacerdote, a quien con su segunda intención, se complacen en

llamarlo _tata-cura_.[1]

[1] «_Tata Auqui_: Padre o Señor. _Tata_: El Hechicero».

_Vocabulario de la Lengua Aymara_, compuesto por el P.

Ludovico Bertonio. Publicado de nuevo por Julio Platzman.

Parte segunda, página 339. El indio en este caso, le da

acepción de hechicero, al tratarse del cura.

Los párrocos tan ignorantes, como sus feligreses, son los que dan

pábulo a esas creencias, predicándoles, enseñándoles a menudo, que

los males son obra del diablo, venganzas de la divinidad; bendiciendo

los objetos presentados por los indios y cholos, colocándolos después

en los altares, junto a las efigies de los santos. Así al lado de una

Virgen, se ve un trozo de piedra, junto a un crucifijo, un retazo de

madera.

La ignorancia de las causas que motivan los fenómenos naturales, en

párrocos y feligreses, han influído, en forma decisiva, para que el

fetichismo y las supersticiones indígenas encuentren aceptación y

aliento en las costumbres del pueblo, dando lugar para que el remedio a

cualquiera desgracia o enfermedad, se busque, no en la ciencia, sino

en la hechicería.

Entre los santos del catolicismo, al que deveras adora el indio y en

quién tiene plena fe, es en Santiago, porque lo confunde con el rayo;

lo toma por su imagen.

Como los antiguos griegos, creían que Júpiter lo lanzaba, suponen los

indios que Santiago es el que lo forja y envía a la tierra; por eso se

llaman _Apu-illapu_, o sea, señor-rayo.

El indio se extasía al contemplar al santo montado a caballo, con aire

marcial y sañudo de fiero y apuesto capitán, cubierto la testa con

sombrero de plata, de ancha falda levantada, dejando al descubierto su

arrogante rostro; manteo encarnado, con flecos de oro sobre la espalda,

armada su diestra de flamígera espada, en actitud de descargar el arma

sobre infieles que se le han puesto atrevidos al paso, y a quienes los

hace triturar con los pesados cascos de su brioso corcel.

Tal es la fe que la gente del pueblo tiene en Santiago, que cuando

alguien ha podido salvar de la descarga eléctrica del rayo, lo

conceptúan como su hijo, favorecido con un bautismo de fuego, en señal

de haberlo elegido el santo para revelarle los arcanos de lo venidero,

prevenir los males, descubrir las cosas ocultas y ahuyentar por su

intermedio al espíritu malo, al temible _auka_ escapado del centro

de la tierra, y la fractura o cicatriz producida por el rayo, la

considera, el que la tiene, como comprobante del papel sobrenatural

que debe desempeñar entre sus semejantes.

Asimismo, cuando un niño nace el momento en que estallan chispas en el

cielo, lo llaman hijo de Santiago. También tienen igual condición los

mellizos, o el hijo que la madre hubiese afirmado estar concebido para

el santo, cierto día que la sorprendió la tempestad en el campo, o la

cubrió el sol con sus rayos ardientes hasta haberla dejado desmayada.

El lugar en que ha caído el rayo lo consideran como digno de respeto,

por haber sido visitado por el santo, _tatitun-purita_, como dicen, y

le llevan ofrendas y lo veneran, creyendo que aun se encuentra presente

allí Santiago, y con objeto de despedirlo, se visten con sus mejores

trajes, se adornan de blanco y junto con sus mujeres, igualmente

ataviadas, al son de alegre música, se dirigen al sitio, hacen reventar

cohetes y después de sacrificar una llama blanca, y realizar otras

ceremonias, cual si realmente estuvieran despidiendo a una persona,

regresan bailando a sus casas. Desde entonces, el lugar es tenido por

sagrado, y le denominan, unas veces, _ajatha_, atravesado, y otras

_illapujatha_, o herido por el rayo.

El momento en que cae averiada o muerta una persona, a consecuencia

del rayo, es imposible que nadie la auxilie; todos los presentes

inmediatamente vuelven la vista y ninguno se atreve a mirarla

siquiera. Mantienen la idea de que viéndola, se muere definitivamente,

porque al santo no le agrada ser sorprendido el momento en que

desciende a caballo sobre un individuo quien puede regresar en sí

cuando no lo han visto.

_Laikas_ es el nombre genérico de los brujos; pero, cuando tratan de

diferenciar cierta categoría de éstos dan tal denominación al que

se encarga de hechizar, de descubrir e inutilizar los maleficios y

de echar suertes en todas circunstancias de la vida. _Cchamacani_

(tenebroso) es una especie de nigromanta, que ejerce la magia,

aplicando sus poderes al daño y a lo malo, a quien se atribuye por

ello, estar en contacto con los espíritus perversos, evocando a los

muertos, particularmente los manes de los ajusticiados y de los

malvados. El _Thaliri_ (que sacude) es el que la da principalmente de

adivino, y se distingue por ejecutar sus operaciones cubierto de un

poncho grueso, de burdo tejido, y de color negro, puesto en cuclillas,

con los ojos cerrados aparentando dormitar o hallarse realmente

dormido, o tal vez, en estado cataléptico. Sus respuestas son en

voz débil, queda, cual si alguien les inspiraba sílaba por sílaba,

palabra por palabra, hasta formular su pensamiento. Las tres clases se

titulan hijos de Santiago y reconocen entre ellos ciertas jerarquías y

preeminencias. Cuando el consultado o funcionante no puede absolver la

pregunta o la cree de suma gravedad, se declara impotente y recomienda

al cliente otro colega, según él de conocimientos superiores a los que

tiene, y éste, si duda, lo manda al que lo supone de mayor jerarquía.

Ha llegado el caso de reconocer todos ellos a un solo brujo supremo,

que era quien salvaba, y en definitiva resolvía, consultas difíciles y

consideradas de mucha importancia. Los lugares en que habitan éstos,

que probablemente han debido ser afamados desde tiempos inmemoriales, o

tal vez residencias conocidas de prestigiosos brujo, influyen para que

se les tenga como a tales.

Se singularizan los pertenecientes a cada una de esas categorías, sólo

en los asuntos de trascendencia o ante ofertas lucrativas con aparatos

y solemnidades especiales; en la generalidad de los casos siguen

procedimientos comunes.

_Kamilis_ o _Jampiris_, llaman los pueblos del centro y sud de

la República a los Gallahuayas, o a los que ejercen la medicina

y hechicería a la vez, a quienes se les conoce también con la

denominación de _Yatiris_ o sabios. Este nombre lo emplean

con preferencia a los de _amaota_, _tocapu_, _chuymani_,

_achancara-chuymani_, _apincoya_, _musani_, _chuymkihtara_, que

significan lo mismo. El _Yatiri_ es siempre un hombre viejo, de

experiencia, de consejo y de venerable aspecto: es el mago indígena.

Los indios, al revés de lo que ocurre entre los blancos, consideran a

las mujeres incapaces de adivinar el porvenir, ni de descubrir los

secretos de alguna importancia referentes a los hombres. El aymara

tiene un profundo desprecio por la mujer y, en los únicos casos que la

toma en cuenta es cuando se trata de asuntos relacionados con el amor

sexual, o necesita de venenos, maleficios abortivos, o de remedios

que produzcan la esterilidad. La hechicera no se entiende sino con

esas consultas y cuando falla en sus previsiones, es objeto de los

malos tratos de su cliente. Las que se dedican, son comúnmente, viejas

andrajosas, de aspecto repugnante y entregadas al vicio de la coca o

del alcohol. En hechicería, la importancia de la mujer queda muy atrás

a la que se da al varón; en competencia con éste, es siempre vencida

aquella. Santiago dicen, huye de la mujer y jamás ha llegado el caso de

dotarla del don adivinatorio. Con semejante prejuicio su inferioridad

en la materia, queda ejecutoriada para el vulgo.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 6 / 69 题