Una tosca sociología, nacida por generación espontánea, y que desde

hace mucho tiempo domina las opiniones circulantes, tergiversa estos

conceptos de masa y minoría selecta, entendiendo por aquélla el

conjunto de las clases económicamente inferiores, la plebe, y por ésta

las clases más elevadas socialmente. Mientras no corrijamos este _quid

pro quo_ no adelantaremos un paso en la inteligencia de lo social.

En toda clase, en todo grupo que no padezcan graves anomalías, existe

siempre una masa vulgar y una minoría sobresaliente. Claro es que

dentro de una sociedad saludable las clases superiores, si lo son

verdaderamente, contarán con una minoría más nutrida y más selecta que

las clases inferiores. Pero esto no quiere decir que falte en aquéllas

la masa. Precisamente lo que acarrea la decadencia social es que las

clases próceres han degenerado y se han convertido casi íntegramente en

masa vulgar.

Nada se halla, pues, más lejos de mi intención, cuando hablo de

aristocracia, que referirme a lo que por descuido suele aún llamarse

así.

Procuremos, pues, trasponiendo los tópicos al uso, adquirir una

intuición clara sobre la acción recíproca entre masa y minoría selecta,

que es, a mi juicio, el hecho básico de toda sociedad y el agente de su

evolución hacia el bien como hacia el mal.

Cuando varios hombres se hallan juntos, acaece que uno de ellos hace

un gesto más gracioso, más expresivo, más exacto que los habituales, o

bien pronuncia una palabra más bella, más reverberante de sentido, o

bien emite un pensamiento más agudo, más luminoso, o bien manifiesta

un modo de reacción sentimental ante un caso de la vida que parece más

acertado, más gallardo, más elegante o más justo. Si los presentes

tienen un temperamento normal sentirán que, automáticamente, brota en

su ánimo el deseo de hacer aquel gesto, de pronunciar aquella palabra,

de vibrar en pareja emoción. No se trata, sin embargo, de un movimiento

de imitación. Cuando imitamos a otra persona nos damos cuenta de que

no somos como ella, sino que estamos fingiendo serlo. El fenómeno a

que yo me refiero es muy distinto de este mimetismo. Al hallar otro

hombre que es mejor, o que hace algo mejor que nosotros, si gozamos

de una sensibilidad normal, desearemos llegar a ser de verdad, y no

ficticiamente, como él es, y hacer las cosas como él las hace. En

la imitación actuamos, por decirlo así, fuera de nuestra auténtica

personalidad, nos creamos una máscara exterior. Por el contrario, en

la asimilación al hombre ejemplar que ante nosotros pasa, toda nuestra

persona se polariza y orienta hacia su modo de ser, nos disponemos a

reformar verídicamente nuestra esencia, según la pauta admirada. En

suma: percibimos como tal la _ejemplaridad_ de aquel hombre y sentimos

_docilidad_ ante su ejemplo.

He aquí el mecanismo elemental creador de toda sociedad: la

ejemplaridad de unos pocos se articula en la docilidad de otros

muchos. El resultado es que el ejemplo cunde y que los inferiores se

perfeccionan en el sentido de los mejores.

Esta capacidad de entusiasmarse con lo óptimo, de dejarse arrebatar

por una perfección transeunte, de ser dócil a un arquetipo o forma

ejemplar, es la función psíquica que el hombre añade al animal, y

que dota de progresividad a nuestra especie frente a la estabilidad

relativa de los demás seres vivos.

No es este lugar oportuno para rebatir las interpretaciones

materialistas, y, en general, utilitarias de la historia, arcaicos

armatostes, cien veces descalificados, que aportan soluciones

metafísicas a problemas de hecho como son los históricos. Y el hecho

es que los miembros de toda sociedad humana, aun la más primitiva,

se han dado siempre cuenta de que todo acto puede ejecutarse de

dos maneras, una mejor y otra peor; de que existen normas o modos

ejemplares de vivir y ser. Precisamente la docilidad a esas normas crea

la continuidad de convivencia, que es la sociedad. La indocilidad,

esto es, la insumisión a ciertos tipos normativos de las acciones,

trae consigo la dispersión de los individuos, la disociación. Ahora

bien: esas normas fueron originariamente acciones ejemplares de algún

individuo.

No fué, pues, la fuerza, ni la utilidad[17] lo que juntó a los

hombres en agrupaciones permanentes, sino el poder atractivo de

que automáticamente goza sobre los individuos de nuestra especie

el que en cada caso es más perfecto. Educados en un tiempo de

relativa disociación, nos cuesta, como es natural, algún esfuerzo

representarnos el estado de espíritu que lleva a la formación de una

sociedad, porque es justamente opuesto al nuestro.

Las más primitivas leyendas y mitos sobre creación de pueblos,

tribus, hordas, aluden patéticamente a personajes sublimes, dotados

de prodigiosas facultades, padres del grupo social. Con un torpe

evemerismo muy siglo XIX, se ha explicado esto siempre diciendo que

los hombres reales, un tiempo influyentes en el grupo, fueron luego

idealizados, ejemplarizados por la posteridad. Pero sería inverosímil

esta idealización _a posteriori_ si aquellos personajes no hubiesen,

en vida, suscitado ese ideal entusiasmo, si no hubiesen sido de hecho

ideales o arquetipos. No se hizo de ellos modelos porque en vida fueron

influyentes, sino, al revés: fueron influyentes, socializadores, porque

fueron, desde luego, modelos.

En la misma angostura de las paredes donde se desarrolla la sociedad

familiar, padre y madre son modelos natos de los hijos, y además,

ideales el uno del otro. Cuando este influjo se aniquila la familia se

desarticula.

No se debe olvidar nunca, si se quiere llegar a una idea clara sobre

las fuerzas radicales productoras de socialización, el hecho, cada

vez más comprobado, de que las asociaciones primarias no fueron de

carácter político y económico. El Poder, con sus medios violentos, y

la utilidad, con su mecanismo de intereses, no han podido engendrar

sociedades sino dentro de una asociación previa. Estas primigenias

sociedades tuvieron un carácter festival, deportivo o religioso. La

ejemplaridad estética, mágica o simplemente vital de unos pocos atrajo

a los dóciles. Todo otro influjo o _cracia_ de un hombre sobre los

demás, que no sea esa automática emoción suscitada por el arquetipo o

ejemplar en los entusiastas que le rodean, son efímeros y secundarios.

No hay, ni ha habido jamás, otra _aristocracia_ que la fundada en ese

poder de atracción psíquica, especie de ley de gravitación espiritual,

que arrastra a los dóciles en pos de un modelo.

Se dice que la sociedad se divide en gente que manda y gente que

obedece; pero esta obediencia no podrá ser normal y permanente sino en

la medida en que el obediente ha otorgado con íntimo homenaje al que

manda el derecho a mandar.

Un hombre eminente, en vista de su ejemplaridad, fué dotado por la

muchedumbre dócil de cierta autoridad pública. Muere aquel hombre y su

autoridad queda como un hueco social, especie de forma anónima, que

otros individuos vendrán a ocupar, unas veces con mérito bastante,

otras sin él. A la postre, el prestigio de la autoridad durará lo que

dure el recuerdo de las personas ejemplares que la ejercieron.

La obediencia supone, pues, docilidad. No confundamos, por tanto, la

una con la otra. Se obedece a un mandato, se es dócil a un ejemplo, y

el derecho a mandar no es sino un anejo de la ejemplaridad.

Todas las demás formas de sociedad, con su complicación y

especificación inextricables, suponen esa gravitación originaria de las

almas vulgares, pero sanas, hacia las fisonomías egregias.

De esta manera vendremos a definir la sociedad, en última instancia,

como la unidad dinámica espiritual que forman un ejemplar y sus

dóciles. _Esto indica que la sociedad es ya de suyo y nativamente un

aparato de perfeccionamiento._ Sentirse dócil a otro lleva a convivir

con él, y, simultáneamente, a vivir como él; por tanto, a mejorar en el

sentido del modelo. El impulso de entrenamiento hacia ciertos modelos

que quede vivo en una sociedad será lo que ésta tenga verdaderamente de

tal.

Una raza humana que no haya degenerado, produce normalmente, en

proporción con la cifra total de sus miembros, cierto número de

individuos eminentes, donde las capacidades intelectuales, morales

y, en general, vitales, se presentan con máxima potencialidad. En las

razas más finas, este coeficiente de eminencias es mayor que en las

razas bastas, o, dicho al revés, una raza es superior a otra cuando

consigue poseer mayor número de individuos egregios.

La excelencia de estas personalidades óptimas es de tipo muy diverso.

Dentro de cada clase o grupo se destacan ciertos individuos en quienes

las calidades propias a la clase o grupo aparecen extremadas. Una

nación no podría nutrir sus necesidades históricas si estuviese atenida

a un solo tipo de excelencia. Hace falta, junto a los eminentes

sabios y artistas, el militar ejemplar, el industrial perfecto, el

obrero modelo y aun el genial hombre de mundo. Y tanto o más que todo

esto necesita una nación de mujeres sublimes. La carencia perdurable

de algunos de esos tipos cardinales de perfección concluirá por

hacerse sentir en el desarrollo multisecular de la vida nacional.

La raza cojeará de algún lado, y esta claudicación acarreará, a la

postre, su total decadencia. Porque hay un cierto mínimo de funciones

vitales superiores que todo pueblo necesita ejercer cumplidamente,

so pena de muerte. A este fin, es necesario que en el pueblo existan

siempre individuos dotados ejemplarmente para el ejercicio de

aquellas funciones. De otra suerte, el nivel de ese ejercicio irá

descendiendo hasta caer bajo la línea que marca el mínimo de perfección

imprescindible. Tómese como ejemplo la actividad intelectual. Es

evidente que una nación contemporánea no puede vivir con alguna

plenitud, si no sabe ejercer sus funciones intelectivas --concepción

de la realidad, ciencias, técnicas, administración-- con elevación,

complejidad y sutileza. Ahora bien: si durante varias generaciones

faltan o escasean hombres de vigorosa inteligencia, que sirvan de

diapasón y norma a los demás, que marquen el tono de intensidad mental

exigido por los problemas del tiempo, la masa tenderá, según la ley del

mínimo esfuerzo, a pensar con menos rigor cada vez; el repertorio de

curiosidades, ideas, puntos de vista, menguará progresivamente hasta

caer bajo el nivel impuesto por las necesidades de la época. Tendremos

el caso de una raza entontecida, intelectualmente degenerada.

Este mecanismo de _ejemplaridad-docilidad_, tomado como principio de la

coexistencia social, tiene la ventaja, no sólo de sugerir cuál es la

fuerza espiritual que crea y mantiene las sociedades, sino que, a la

vez, aclara el fenómeno de las decadencias e ilustra la patología de

las naciones. Cuando un pueblo se arrastra por los siglos gravemente

valetudinario, es siempre, o porque faltan en él hombres ejemplares, o

porque las masas son indóciles. La coyuntura extrema consistirá en que

ocurran ambas cosas.

Véase hasta qué punto la cuestión de las relaciones entre aristocracia

y masa es previa a todos los formalismos éticos y jurídicos, puesto que

nos aparece como la raíz misma del hecho social.

Si ahora tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente

descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad

y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica

perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo

español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando

menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja

conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún

personaje ruin e inferior.

El dato que mejor define la peculiaridad de una raza es el perfil de

los modelos que elige, como nada revela mejor la radical condición

de un hombre que los tipos femeninos de que es capaz de enamorarse.

En la elección de amada, hacemos, sin saberlo, nuestra más verídica

confesión.

Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que

suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me

parece hallar el más cercano a la verdad en la _aristofobia_ u odio a

los mejores.

LA AUSENCIA DE LOS «MEJORES»

Lo primero que el historiador debiera hacer para definir el carácter

de una nación o de una época es fijar la ecuación peculiar en que las

relaciones de sus masas con las minorías selectas se desarrollan dentro

de ella. La fórmula que descubra será una clave secreta para sorprender

las más recónditas palpitaciones de aquel cuerpo histórico.

Hay razas que se han caracterizado por una abundancia casi monstruosa

de personalidades ejemplares, tras de las cuales sólo había una masa

exigua, insuficiente e indócil. Este fué el caso de Grecia, y éste

el origen de su inestabilidad histórica. Llegó un momento en que la

nación helénica vino a ser como una industria donde sólo se elaborasen

modelos, en vez de contentarse con fijar unos cuantos «standard» y

fabricar conforme a ellos abundante mercancía humana. Genial como

cultura, fué Grecia inconsistente como cuerpo social y como Estado.

Un caso inverso es el que ofrecen Rusia y España, los dos extremos de

la gran diagonal europea. Muy diferentes en otra porción de calidades,

coinciden Rusia y España en ser las dos razas «pueblo», esto es, en

padecer una evidente y perdurable escasez de individuos eminentes. La

nación eslava es una enorme masa popular sobre la cual tiembla una

cabeza minúscula. Ha habido siempre, es cierto, una exquisita minoría

que actuaba sobre la vida rusa, pero de dimensiones tan exiguas en

comparación con la vastedad de la raza, que no ha podido nunca saturar

de su influjo organizador el gigantesco plasma popular. De aquí el

aspecto protoplasmático, amorfo, persistentemente primitivo, que la

existencia rusa ofrece.

En cuanto a España.... Es extraño que de nuestra larga historia no

se haya espumado cien veces el rasgo más característico, que es, a

la vez, el más evidente y a la mano: la desproporción casi incesante

entre el valor de nuestro vulgo y el de nuestras minorías selectas. La

personalidad autónoma, que adopta ante la vida una actitud individual

y consciente, ha sido rarísima en nuestro país. Aquí lo ha hecho todo

el «pueblo», y lo que el «pueblo» no ha podido hacer se ha quedado sin

hacer. Ahora bien: el «pueblo» sólo puede ejercer funciones elementales

de vida; no puede hacer ciencia, ni arte superior, ni crear una

civilización pertrechada de complejas técnicas, ni organizar un estado

de prolongada consistencia, ni destilar de las emociones mágicas una

elevada religión.

Y, en efecto, el arte español es maravilloso en sus formas populares

y anónimas --cantos, danzas, cerámica-- y es muy pobre en sus formas

eruditas y personales. Alguna vez ha surgido un hombre genial, cuya

obra aislada y abrupta no ha conseguido elevar el nivel medio de la

producción. Entre él, solitario individuo, y la masa llana no había

intermediarios y, por lo mismo, no había comunicación. Y eso que aún

estos raros genios españoles han sido siempre medio «pueblo», sin que

su obra haya conseguido nunca libertarse por completo de una ganga

plebeya o vulgar.

La nota que diferencia la obra ejecutada por la masa de la que produce

el esfuerzo personal es la «anonimidad». Pues bien: compárese el

conjunto de la historia de Inglaterra o de Francia con nuestra historia

nacional, y saltará a la vista el carácter anónimo de nuestro pasado

frente a la pululación de personalidades sobre el escenario de aquellas

naciones.

Mientras la historia de Francia o de Inglaterra es una historia

hecha principalmente por minorías, todo lo ha hecho aquí la masa,

directamente o por medio de su condensación virtual en el Poder

público, político o eclesiástico. Cuando entramos en nuestras villas

milenarias vemos iglesias y edificios públicos. La creación individual

falta casi por completo. ¿No se advierte la pobreza de nuestra

arquitectura civil privada? Los «palacios» de las viejas ciudades

son, en rigor, modestísimas habitaciones en cuya fachada gesticula

pretenciosamente la vanidad de unos blasones. Si se quita a Toledo, a

la imperial Toledo, el Alcázar y la Catedral, queda una mísera aldea.

De suerte que, así como han escaseado los hombres de sensibilidad

artística poderosa, capaces de crearse un estilo personal, han faltado

también los fuertes temperamentos que logran concentrar en su propia

persona una gran energía social y merced a ello pueden realizar grandes

obras de orden material o moral.

Mírese por donde plazca, el hecho español de hoy, de ayer o de

anteayer, y siempre sorprenderá la anómala ausencia de una minoría

suficiente. Este fenómeno explica toda nuestra historia, inclusive

aquellos momentos de fugaz plenitud.

Pero hablar de la historia de España es hablar de lo desconocido.

Puede afirmarse que casi todas las ideas sobre el pasado nacional

que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y, a

menudo, grotescas. Ese repertorio de concepciones, no sólo falsas,

sino intelectualmente monstruosas, es precisamente una de las grandes

rémoras que impiden el mejoramiento de nuestra vida.

Yo no quisiera aventurarme a exponer ahora con excesiva abreviatura

lo que, a mi juicio, constituye el perfil esencial de la historia

española. Son de tal modo heterodoxos mis pensamientos; dan de tal modo

en rostro al canon usual, que parecería lo que dijese una historia de

España vuelta del revés.

Pero hay un punto que me es forzoso tocar. Hemos oído constantemente

decir que una de las virtudes preclaras de nuestro pasado consiste en

que no hubo en España feudalismo. Por esta vez, la opinión reiterada

es, en parte, exacta: en España no ha habido apenas feudalismo; sólo

que esto, lejos de ser una virtud, fué nuestra primera gran desgracia y

la causa de todas las más.

España es un organismo social, por decirlo así; un animal histórico

que pertenece a una especie determinada, a un tipo de sociedades

o «naciones» germinadas en el centro y occidente de Europa cuando

el Imperio romano sucumbe. Esto quiere decir que España posee una

estructura específica idéntica a la de Francia, Inglaterra e Italia.

Las cuatro naciones se forman por la conjunción de tres elementos,

dos de los cuales son comunes a todas y sólo uno varía. Estos

tres elementos son: la raza relativamente autóctona, el sedimento

civilizatorio romano y la inmigración germánica. El factor romano,

idéntico en todas partes, representa un elemento neutro en la evolución

de las naciones europeas. A primera vista parece lógico buscar el

principio decisivo de diferenciación entre ellas en la base autóctona,

de modo que Francia se diferenció de España lo que la raza gala se

diferenciase de la ibérica. Pero esto es un error. No pretendo,

claro está, negar la influencia diferenciadora de galos e iberos en

el desarrollo de Francia y España; lo que niego es que sea ella la

decisiva. Y no lo es, por una razón sencilla. Ha habido naciones que se

formaron por fusión de varios elementos en un mismo plano. A este tipo

pertenecen casi todas las naciones asiáticas. El pueblo A y el pueblo

B se funden sin que en el mecanismo de esa fusión corresponda a uno

de ellos un rango dinámico superior. Pero nuestras naciones europeas

tienen una anatomía y una fisiología históricas muy diferentes de las

de esos cuerpos orientales. Como antes decía, pertenecen a una especie

zoológica distinta y tienen su peculiar biología. Son sociedades

nacidas de la conquista de un pueblo por otro --no de un pueblo por un

ejército, como aconteció en Roma--. Los germanos conquistadores no se

funden con los autóctonos vencidos, en un mismo plano, horizontalmente,

sino verticalmente. Podrán recibir influjos del vencido, como los

recibieron de la disciplina romana; pero en lo esencial son ellos

quienes imponen su estilo social a la masa sometida; son el poder

plasmante y organizador; son la «forma», mientras los autóctonos son

la «materia». Son el ingrediente decisivo; son los que «deciden». El

carácter vertical de las estructuras nacionales europeas que, mientras

se van formando, las mantiene articuladas en dos pisos o estratos, me

parece ser el rasgo típico de su biología histórica.

Siendo, pues, los germanos el ingrediente decisivo, también lo

será para los efectos de la diferenciación, con lo cual llego a un

pensamiento que parecerá escandaloso, pero que me interesa dejar aquí

someramente formulado, a saber: la diferencia entre Francia y España

se deriva, no tanto de la diferencia entre galos e iberos, como de

la diferente calidad de los pueblos germánicos que invadieron ambos

territorios. Va de Francia a España lo que va del franco al visigodo.

Por desgracia, del franco al visigodo va una larga distancia. Si

cupiese acomodar los pueblos germánicos inmigrantes en una escala de

mayor a menor vitalidad histórica, el franco ocuparía el grado más

alto, el visigodo un grado muy inferior. ¿Esta diferente potencialidad

de uno y otro era originaria, nativa? No es ello cosa que ahora podamos

averiguar ni importa para nuestra cuestión. El hecho es que al entrar

el franco en las Galias y el visigodo en España representan ya dos

niveles distintos de energía humana. El visigodo era el pueblo más

viejo de Germania: había convivido con el Imperio romano en su hora

más corrupta: había recibido su influjo directo y envolvente. Por lo

mismo, era el más «civilizado», esto es, el más reformado, deformado

y anquilosado. Toda «civilización» recibida es fácilmente mortal

para quien la recibe. Porque la «civilización» --a diferencia de la

cultura-- es un conjunto de técnicas mecanizadas, de excitaciones

artificiales, de lujos o «luxuria» que se va formando por decantación

en la vida de un pueblo. Inoculado a otro organismo popular es siempre

tóxico, y en altas dosis es mortal. Un ejemplo: el alcohol fué una

«luxuria» aparecida en las civilizaciones de raza blanca, que, aunque

sufran daños con su uso, se han mostrado capaces de soportarlo. En

cambio, transmitido a Oceanía y al África negra, el alcohol aniquila

razas enteras.

Eran, pues, los visigodos germanos alcoholizados de romanismo, un

pueblo decadente que venía dando tumbos por el espacio y por el tiempo

cuando llega a España, último rincón de Europa, donde encuentra algún

reposo. Por el contrario, el franco irrumpe intacto en la gentil tierra

de Galia vertiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad.

Hay personas que cuando oyen hablar de vitalidad se representan una

figura humana dotada de enormes músculos, capaz de comerse un oso y de

trasegar una arroba de vino. Para estas personas vitalidad es sinónimo

de brutalidad. Yo quisiera que mis lectores entendiesen por vitalidad

simplemente el poder de creación orgánica en que la vida consiste,

cualquiera que sea su misterioso origen. Vitalidad es el poder que la

célula sana tiene de engendrar otra célula, y es igualmente vitalidad

la fuerza arcana que crea un gran imperio histórico. En cada especie y

variedad de seres vivos la vitalidad o poder de creación orgánica toma

una dirección o estilo peculiar.

Como el semita y el romano tuvieron su estilo propio de vitalidad,

también lo tiene el germano. Creó arte, ciencia, sociedad de una cierta

manera, y sólo de ella, según un determinado módulo, y sólo según él.

Cuando en la historia de un pueblo se advierte la ausencia o escasez de

ciertos fenómenos típicos, puede asegurarse que es un pueblo enfermo,

decadente, desvitalizado. Un pueblo no puede elegir entre varios

estilos de vida: o vive conforme al suyo, o no vive. De un avestruz

que no puede correr es inútil esperar que, en cambio, vuele como las

águilas.

España invertebrada: Bosquejo de algunos pensamientos históricos · 第 4 / 5 段