Pues bien: en la creación de formas sociales el rasgo más

característico de los germanos fué el feudalismo. La palabra es

impropia y da ocasión a confusiones, pero el uso la ha impuesto.

En rigor, sólo debiera llamarse feudalismo al conjunto de fórmulas

jurídicas que desde el siglo XI se emplean para definir las

relaciones entre los «señores» o «nobles». Pero lo importante no es

el esquematismo de esas fórmulas, sino el espíritu que preexistía a

ellas y que luego de arrumbadas continuó operando. A ese espíritu llamo

feudalismo. El espíritu romano, para organizar un pueblo, lo primero

que hace es fundar un Estado. No concibe la existencia y la actuación

de los individuos sino como miembros sumisos de ese Estado, de la

«Civitas». El espíritu germano tiene un estilo contrapuesto. El pueblo

consiste para él en unos cuantos hombres enérgicos que con el vigor

de su puño y la amplitud de su ánimo saben imponerse a los demás, y

haciéndose seguir de ellos, conquistar territorios, hacerse «señores»

de tierras. El romano no es «señor» de su gleba: es, en cierto modo,

su siervo. El romano es agricultor. Opuestamente, el germano tardó

mucho en aprender y aceptar el oficio agrícola. Mientras tuvo ante

sí en Germania vastas campiñas y anchos bosques donde cazar desdeñó

el arado. Cuando la población creció y cada tribu o nación se sintió

apretada por las confinantes tuvo que resignarse un momento y poner la

mano hecha a la espada en la curva mancera. Poco duró su sujeción a la

pacífica faena. Tan pronto como el valladar de las legiones imperiales

se debilitó, los germanos resolvieron ganar los feraces campos del Sur

y el Oeste y encargar a los pueblos vencidos de cultivárselos. Este

dominio sobre la tierra, fundado precisamente en que no se la labra, es

el «señorío».

Los «señores» van a ser el poder organizador de las nuevas naciones. No

se parte, como en Roma, de un Estado municipal, de una idea colectiva e

impersonal, sino de unas personas de carne y hueso. El Estado germánico

consiste en una serie de relaciones personales y privadas entre los

señores. Para la conciencia contemporánea es evidente que el derecho

es anterior a la persona, y, como el derecho supone sanción, el Estado

será también anterior a la persona. Hoy un individuo que no pertenezca

a ningún Estado no tiene derechos. Para el germano, lo justo es lo

inverso. El derecho sólo existe como atributo de la persona. El Cid,

cuando es arrojado de Castilla, no es ciudadano de ningún Estado y, sin

embargo, posee todos sus derechos. Lo único que perdió fué su relación

privada con el rey y las prebendas que de ella se derivaban.

Esta acción personal de los señores germanos ha sido el cincel que

esculpió las nacionalidades occidentales. Cada cual organizaba su

señorío, lo saturaba de su influjo individual. Luchas, amistades,

enlaces con los señores colindantes, fueron produciendo unidades

territoriales cada vez más extensas, hasta formarse los grandes

ducados. El rey, que originariamente no era sino el primero entre

los iguales, «primus inter pares», aspira de continuo a debilitar

esta minoría poderosa. Para ello se apoya en el «pueblo» y en las

ideas romanas. En ciertas épocas parecen los «señores» vencidos y el

unitarismo monárquico-plebeyo-sacerdotal triunfa. Pero el vigor de los

señores francos se recupera y reaparece a poco la estructura feudal.

Quien crea que la fuerza de una nación consiste sólo en su

unidad juzgará pernicioso el feudalismo. Pero la unidad sólo es

definitivamente buena cuando unifica grandes fuerzas preexistentes. Hay

una unidad muerta, lograda merced a la falta de vigor en los elementos

que son unificados.

Por esto es un grandísimo error suponer que fué un bien para España

la debilidad de su feudalismo. Cuando oigo lo contrario me produce la

misma impresión que si oyese decir: es bueno que en la España actual

haya pocos sabios, pocos artistas, y, en general, pocos hombres de

mucho talento, porque el vigor intelectual promueve grandes discusiones

y lleva a contiendas y trapatiestas. Pues bien: lo que en la sociedad

actual representa la minoría de superior intelecto, fué en la hora

germinal de nuestras naciones la minoría de los feudales. En Francia

hubo muchos y poderosos; lograron plasmar históricamente, saturar

de nacionalización hasta el último átomo de masa popular. Para esto

fué preciso que viviese largos siglos dislocado el cuerpo francés en

moléculas innumerables, las cuales, conforme llegaban a madurez de

cohesión interior, se trababan en texturas más complejas y amplias

hasta formar las provincias, los condados, los ducados. El poder de

los «señores» defendió ese necesario pluralismo territorial contra una

prematura unificación en reinos.

Pero los visigodos, que arriban ya extenuados, degenerados, no

poseen esa minoría selecta. Un soplo de aire africano los barre de

la península y cuando luego la marea musulmana cede, se forman desde

luego reinos, con monarca y plebe, pero sin suficiente minoría de

nobles. Se me dirá que, a pesar de esto, supimos dar cima a nuestros

gloriosos ocho siglos de Reconquista. Y a ello respondo ingenuamente

que yo no entiendo cómo se puede llamar Reconquista a una cosa que dura

ocho siglos. Si hubiera habido feudalismo probablemente habría habido

verdadera Reconquista, como hubo en otras partes Cruzadas, ejemplos

maravillosos de lujo vital, de energía superabundante, de sublime

deportismo histórico.

La anormalidad de la historia española ha sido demasiado permanente

para que obedezca a causas accidentales. Hace cincuenta años se pensaba

que la decadencia nacional venía sólo de unos lustros atrás. Costa y

su generación comenzaron a entrever que la decadencia tenía dos siglos

de fecha. Va para quince años, cuando yo comenzaba a meditar sobre

estos asuntos, intenté mostrar que la decadencia se extendía a toda

la edad moderna de nuestra historia. Razones de método, que no es útil

reiterar ahora, me aconsejaban limitar el problema a ese período, el

mejor conocido de la historia europea, a fin de precisar más fácilmente

el diagnóstico de nuestra debilidad. Luego, mayor estudio y reflexión

me han enseñado que la decadencia española no fué menor en la Edad

Media que en la Moderna y contemporánea. Ha habido algún momento de

suficiente salud; hasta hubo horas de esplendor y de gloria universal;

pero siempre salta a los ojos el hecho evidente de que en nuestro

pasado la anormalidad ha sido lo normal. Venimos, pues, a la conclusión

de que la historia de España entera, y salvas fugaces jornadas, ha sido

la historia de una decadencia.

Esto, claro está, es absurdo. La decadencia es un concepto relativo a

un estado de salud; y como España no ha tenido nunca salud --ya veremos

que su hora mejor tampoco fué saludable--, no cabe decir que ha decaído.

¿No es esto un juego de palabras? Yo creo que no. Si se habla de

decadencia, como si se habla de enfermedad, tenderemos a buscar las

causas de ella en acontecimientos, en desventuras sobrevenidas a quien

las padece. Buscaremos el origen del mal fuera del sujeto paciente.

Pero si nos convencemos de que éste no fué nunca sano, renunciaremos

a hablar de decadencia y a inquirir sus causas; en vez de ello,

hablaremos de defectos de constitución, de insuficiencias originarias,

nativas, y este nuevo diagnóstico nos llevará a buscar causas de

muy otra índole, a saber: no externas al sujeto, sino íntimas,

constitucionales.

Este es el valor que tiene para mí transferir toda la cuestión de la

Edad Moderna a la Edad Media, época en que España se constituye. Y si

yo gozase de alguna autoridad sobre los jóvenes capaces de dedicarse

a la investigación histórica, me permitiría recomendarles que dejasen

de andar por las ramas y estudiasen los siglos medios y la generación

de España. Todas las explicaciones que se han dado de su decadencia no

resisten cinco minutos del más tosco análisis. Y es natural, porque mal

puede darse con la causa de una decadencia cuando esta decadencia no ha

existido.

El secreto de la desdicha española está en la Edad Media. Ensaye

quien quiera la lectura paralela de nuestras crónicas medievales y de

las francesas. El resultado será pavoroso por su misma evidencia y

luminosidad. Esa comparación revela que, poco más o menos, la misma

distancia hoy existente entre la vida española y la francesa existía

entonces.

Pero dejemos esto. En el índice de pensamientos que es este ensayo,

yo me proponía tan sólo subrayar uno de los defectos más graves y

permanentes de nuestra raza: la ausencia de una minoría selecta,

suficiente en número y calidad. La caquexia del feudalismo español nos

significa que esa ausencia fué inicial; que los «mejores» faltaron ya

en la hora augural de nuestra génesis; que nuestra nacionalidad, en

suma, tuvo una embriogenia defectuosa.

La mejor comprobación que puede recibir una idea es que sirva para

explicar, además de la regla, la excepción. La escasez y debilidad de

los «señores» explica la carencia de vigor que aqueja a nuestra Edad

Media. Pues bien, ella misma, sin añadidura, explica también nuestra

sobra de vigor de 1480 a 1600, el gran siglo de España.

Siempre ha sorprendido que del estado miserable en que nuestro pueblo

se hallaba hacia 1450 se pase, en cincuenta años o pocos más, a una

prepotencia desconocida en el mundo nuevo y sólo comparable a la de

Roma en el antiguo. ¿Brotó de súbito en España una poderosa floración

de cultura? ¿Se improvisó en tan breve período una nueva civilización

con técnicas poderosas e insospechadas? Nada de esto. Entre 1450 y 1500

sólo un hecho nuevo de importancia acontece: la unificación peninsular.

Tuvo España el honor de ser la primera nacionalidad que logra ser una,

que concentra en el puño de un rey todas sus energías y capacidades.

Esto basta para hacer comprensible su inmediato engrandecimiento. La

unidad es un aparato formidable que, por sí mismo y aun siendo muy

débil quien lo maneja, hace posibles las grandes empresas. Mientras

el pluralismo feudal mantenía desparramado el poder de Francia, de

Inglaterra, de Alemania, y un atomismo municipal disociaba a Italia,

España se convierte en un cuerpo compacto y elástico.

Mas con la misma subitaneidad que la ascensión de nuestro pueblo en

1500, se produce su descenso en 1600. La unidad obró como una inyección

de artificial plenitud, pero no fué un síntoma de vital poderío. Al

contrario: la unidad se hizo tan pronto porque España era débil, porque

faltaba un fuerte pluralismo sustentado por grandes personalidades

de estilo feudal. El hecho, en cambio, de que todavía en pleno siglo

XVII sacudan el cuerpo de Francia los magníficos estremecimientos de

la Fronda, lejos de ser un síntoma morboso, descubre los tesoros de

vitalidad aún intactos que el francés conservaba del franco.

Convendría, pues, invertir la valoración habitual. La falta de

feudalismo, que se estimó salud, fué una desgracia para España; y la

pronta unidad nacional, que parecía un glorioso signo, fué propiamente

la consecuencia del anterior desmedramiento.

Con el primer siglo de unidad peninsular coincide el comienzo de la

colonización americana. Aún no sabemos lo que propiamente fué este

maravilloso acontecimiento. Yo no conozco ni siquiera un intento de

reconstruír sus caracteres esenciales. La poca atención que se le ha

dedicado fué absorbida por la conquista, que es sólo su preludio.

Pero lo importante, lo maravilloso, no fué la conquista --sin que

yo pretenda mermar a ésta su dramática gracia--; lo importante, lo

maravilloso, fué la colonización. A pesar de nuestra ignorancia sobre

ella, nadie puede negar sus dimensiones como hecho histórico de alta

cuantía. Para mí, es evidente que se trata de lo único verdadero,

sustantivamente grande, que ha hecho España. ¡Cosa peregrina! Basta

acercarse un poco al gigantesco suceso, aun renunciando a perescrutar

su fondo secreto, para advertir que _la colonización española de

América fué una obra popular_. La colonización inglesa es ejecutada por

minorías selectas y poderosas. Desde luego toman en su mano la empresa

grandes Compañías. Los «señores» ingleses habían sido los primeros

en abandonar el exclusivo oficio de la guerra, y aceptar como faenas

nobles el comercio y la industria. En Inglaterra, el espíritu audaz del

feudalismo acertó muy pronto a desplazarse hacia otras empresas menos

bélicas, y, como Sombart ha mostrado, contribuyó grandemente a crear

el moderno capitalismo. La empresa guerrera se transforma en empresa

industrial, y el paladín, en empresario. La mutación se comprende

fácilmente: durante la Edad Media era Inglaterra un país muy pobre. El

«señor» feudal tenía periódicamente que caer sobre el continente en

busca de botín. Cuando éste se consumía, a la hora de comer, la dama

del feudal le hacía servir en una bandeja una espuela. Ya sabía el

caballero lo que esto significaba: despensa vacía. Calzaba la espuela,

y saltaba a Francia, tierra ubérrima.

La colonización inglesa fué la acción reflexiva de minorías, bien en

consorcios económicos, bien por secesión de un grupo selecto, que busca

tierras donde servir mejor a Dios. En la española, es el «pueblo» quien

directamente, sin propósitos conscientes, sin directores, sin táctica

deliberada, engendra otros pueblos. La grandeza y la miseria de nuestra

colonización vienen ambas de aquí. Nuestro «pueblo» hizo todo lo que

tenía que hacer: pobló, cultivó, cantó, gimió, amó. Pero no podía dar

a las naciones que engendraba lo que no tenía: disciplina superior,

cultura vivaz, civilización progresiva.

Creo que ahora se entenderá mejor lo que más arriba he dicho: en España

lo ha hecho todo el «pueblo», y lo que no ha hecho el «pueblo», se ha

quedado sin hacer. Pero una nación no puede ser sólo «pueblo»; necesita

una minoría egregia, como un cuerpo vivo no es sólo músculo, sino,

además, ganglio nervioso y centro cerebral.

La ausencia de los «mejores», o, cuando menos, su escasez, actúa sobre

toda nuestra historia, y ha impedido que seamos nunca una nación

suficientemente normal, como lo han sido las demás nacidas de parejas

condiciones. Ni extrañe que yo atribuya a una ausencia, a una negación,

una actuación positiva. Nietzsche sostenía, con razón, que en nuestra

vida influyen, no sólo las cosas que nos pasan, sino también, y acaso

más, las que no nos pasan.

La ausencia de los «mejores» ha creado en la masa, en el «pueblo», una

centenaria ceguera para distinguir el hombre mejor del hombre peor; de

suerte que cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados,

la «masa» no sabe aprovecharlos, y a menudo los aniquila.

Somos un pueblo «pueblo», raza agrícola, temperamento rural. Es el

signo más característico de las sociedades sin minoría esto que llamo

ruralismo. Cuando se atraviesan los Pirineos y se ingresa en España, se

tiene siempre la impresión de que se llega a un pueblo de labriegos. La

figura, el gesto, el repertorio de ideas y sentimientos, las virtudes

y los vicios son típicamente rurales. En Sevilla, ciudad de tres mil

años, apenas si se encuentran por la calle más que fisonomías de

campesinos. Podréis distinguir entre el campesino rico y el campesino

pobre; pero echaréis de menos ese afinamiento de rasgos que la

urbanización, que la selección debía haber fijado en un tipo de hombre,

producto de una ciudad tres veces milenaria.

Hay pueblos que se quedan por siempre en ese estadio elemental de la

evolución, que es la aldea. Podrá ésta contener un enorme vecindario;

pero su espíritu será siempre labriego. Existen en el Sudán ciudades

--Kano, Bida, por ejemplo-- de doscientos mil y más habitantes, las

cuales arrastran inmutables su existencia rural desde cientos y cientos

de años.

Hay pueblos labriegos, «felahs»,[18] «muyiks»...; es decir, pueblos sin

«aristocracia».

IMPERATIVO DE SELECCIÓN

Que nuestra raza no haya conseguido superar el ruralismo es una

maldición para España. Pero que no habiéndolo logrado finjamos, con la

fantasmagoría de unas cuantas ciudades pseudomodernas, ser una nación

normal, es mucho peor. Toda reforma profunda de nuestro organismo

colectivo tiene que partir del reconocimiento de que somos un pueblo

_felah_, una humanidad campesina, y que es preciso volver la atención a

la gleba y al soto para ensayar de nuevo su organización.[19]

La gran desdicha de la historia española ha sido la carencia de

minorías egregias y el imperio imperturbado de las masas. Por lo mismo,

de hoy en adelante, un imperativo debiera gobernar los espíritus y

orientar las voluntades: el imperativo de selección.

Porque no existe otro medio de purificación y mejoramiento étnicos

que este eterno instrumento de una voluntad que opera selectivamente.

Usando de ella como de un cincel es preciso forjar un nuevo tipo de

hombre español.

Mas este asunto debe quedar aquí intacto para que lo meditemos en otro

ensayo de ensayo.

FE DE ERRATAS

Pág. Línea. DICE DEBE DECIR

---- ------- ------------------------ -----------------------

14 1 la de Roma, Mommsen la de Roma. Mommsen

14 6 frente al blanco papel. frente al blanco papel,

Mommsen Mommsen

17 6 _fœdus latina_ _fœdus latinum_

18 19 pueblos, distintos pueblos distintos

25 8 un carácter, un adjetivo un carácter adjetivo

48 4 madurez desnudez

50 1 (nota) coms como

ÍNDICE

Págs.

Incorporación y desintegración. 13

Potencia de nacionalización. 23

¿Por qué hay separatismo? 29

Tanto monta. 35

Particularismo. 45

Compartimentos estancos. 59

El caso del grupo militar. 69

Acción directa. 77

Pronunciamientos. 85

¿No hay hombres o no hay masas? 95

Imperio de las masas. 105

Épocas «Kitra» y épocas «Kali». 115

La magia del «debe ser». 123

Ejemplaridad y docilidad. 129

La ausencia de los «mejores». 143

Imperativo de selección. 167

NOTAS

[1] En la edición alemana no se habla de «incorporación» sino de

«synoikismos». La Idea es la misma: synoiquismo es literalmente

convivencia, ayuntamiento de moradas. Al revisar la traducción francesa

prefirió Mommsen una palabra menos técnica.

[2] En mi estudio, aún no recogido en volumen. _El Estado, la juventud

y el Carnaval_, expongo la situación actual de las investigaciones

etnográficas sobre el origen de la sociedad civil. Lejos de ser la

familia germen del Estado, es, en varios sentidos, todo lo contrario:

en primer lugar, representa una formación posterior al Estado, y, en

segundo lugar, tiene el carácter de una reacción contra el Estado.

[3] «Opere inedite», vol. VI.

[4] Esto es, ensaya la unificación en un Estado de pueblos por

tradición independientes, de hombres que no son sus vasallos y súbditos

de antiguo.

[5] Se refiere al de Nápoles.

[6] Machiavelli, «Opere», vol. VIII. Existe otro texto de esta carta

con algunas variantes, que subrayan más el mismo pensamiento. Por

ejemplo: «Cosi fece il Re nelle imprese di Granata, di Africa é di

Napoli; giacché il suo vero acopo no fu mai questa o quella vittoria.»

[7] Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a

vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos «oprimidos» por el

resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente,

que, a primera vista, esa queja habrá de parecer grotesca. Pero a quien

le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa

más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que

se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre

condenado a vivir con una mujer que no ama siente las caricias de ésta

como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión,

injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es

síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se

hallan.

[8] El caso de Carlos III constituye a primera vista una excepción,

que, a la postre, vendría, como toda excepción, a confirmar la regla.

Pero en la estimación que hace treinta años sentían los «progresistas»

españoles por Carlos III, hay una mala inteligencia. Podrá una parte de

su política ser simpática desde el punto de vista de la cultura general

humana, pero el conjunto es acaso el más particularista y antiespañol

que ofrece la historia de la Monarquía.

[9] Imagínese el entusiasmo con que el pueblo alemán habrá visto en

las horas crueles destacarse el gremio glorioso de sus químicos, de la

humilde obscuridad en que solía vivir y dar en proporciones geniales

el patriótico rendimiento que ha asombrado al mundo. De seguro que

en tales momentos habrá bendecido la nación entera el cuidado, en

apariencia superfluo, que otro tiempo puso en fomentar los estudios

químicos. En cambio, ese mismo pueblo ha maldecido cien veces su torpe

desdén hacia la política interior y exterior, que le impidió preparar

para el día de las urgencias un selecto cuerpo de diplomáticos y

políticos.

[10] Este esquema de la trayectoria psicológica seguida por el alma

del grupo militar español es muy posiblemente un puro error. Espero,

sin embargo, que se vea en ella el leal ensayo que un extraño hace de

entender el espíritu de los militares. Permítaseme recordar que en una

conferencia dada en abril de 1914, varios meses antes de la guerra

mundial, hablé ya de la desnacionalización del Ejército y anticipé no

poco de lo que, por desgracia, luego ha acontecido. Véase el folleto

«Vieja y nueva política», 1914. El sugestivo libro que acaba de

publicar el conde de Romanones --acaso el más inteligente de nuestros

políticos-- confirma con testimonio de mayor excepción cuanto voy

diciendo.

[11] Que material y técnicamente no estuviese ni esté aún dispuesto,

es punto que nada tiene que ver con esta historia psicológica que voy

haciendo.

[12] Estos días asistimos a la catástrofe sobrevenida en la economía

española por la torpeza y la inmoralidad de nuestros industriales y

financieros. Por grandes que sean la incompetencia y desaprensión de

los políticos, ¿quién puede dudar que los banqueros, negociantes y

productores les ganan el campeonato?

[13] El particularismo obrerista procede de una teoría, y, por lo

tanto, es un fenómeno histórico muy distinto del particularismo

espontáneo y emotivo que yo atribuyo a las clases sociales de España.

Por ser aquél teórico, de orden racional como la geometría o el

darwinismo, puede existir en todos los pueblos, cualquiera que sea la

densidad de su cohesión. El particularismo obrerista no es, pues, un

fenómeno peculiar de España; lo es, en cambio, el particularismo del

industrial, del militar, del aristócrata, del empleado.

[14] En 1915 me ocurría escribir: «No somos de ningún partido actual

porque las diferencias que separan unos de otros responden, cuando más,

a palabras y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir

los partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos

vigorosos.» _España_, número 1.

[15] Como luego verá el lector, no se trata exclusivamente, ni siquiera

principalmente, de directores y dirigidos en el sentido político; esto

es, de gobernantes y gobernados. Lo político, repito, es sólo una

faceta de lo social.

[16] Véase sobre psicología infantil mi ensayo «Biología y Pedagogía»,

publicado en el tomo tercero de «El Espectador».

[17] Fuerza y utilidad son como corrientes inducidas que se producen

dentro del circuito social, una vez que se ha formado.

[18] Con error se usa la palabra «felah» para designar exclusivamente

las clases humildes de Egipto. «Felah» significa en árabe «labriego»,

que es lo que significa «muyik».

[19] En el tomo III de «El Espectador» he publicado un ensayo escrito

en 1918, donde hablo del ruralismo español desde un punto de vista

complementario del que las páginas presentes procuran utilizar.

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España invertebrada: Bosquejo de algunos pensamientos históricos · 第 5 / 5 段