poco. ¿Qué género de «hombría» gozaban aquellos que eran «hombres»
y hoy falta a los pseudo-hombres vivientes? ¿Eran más inteligentes,
más capaces en sus personas? ¿Había mejores médicos o ingenieros que
ahora? ¿Conocía Echegaray la matemática mejor que Rey Pastor? ¿Era
más enérgico y perspicaz Ruiz Zorrilla que Lerroux? ¿Se encerraba más
agudeza en Sagasta que en el conde de Romanones? ¿Había más ciencia en
la obra de Menéndez y Pelayo que en la de Menéndez Pidal? ¿Valían más
los estremecimientos poéticos de Núñez de Arce que los de Rubén Darío?
¿Escribía mejor castellano Valera que Pérez de Ayala? Para todo el que
juzgue con imparcialidad y alguna competencia, no es dudoso que en casi
todas las disciplinas y ejercicios hay hoy españoles tan buenos, si no
mejores, que los de ayer, aunque tan pocos hoy como ayer.
Sin embargo, tiene razón el tópico: ayer había «hombres» y hoy no. La
«hombría», que, sin darse cuenta de ello, echa hoy la gente de menos,
no consiste en las dotes que la persona tiene, sino precisamente
en las que el público, la muchedumbre, la masa, pone sobre ciertas
personas elegidas. En estos años han ido muriendo los últimos
representantes de aquella edad de «hombres». Los hemos conocido y
tratado. ¿Quién podría en serio atribuírles calidades de inteligencia
y eficacia que no fueran superlativamente modestas? No obstante, a
nosotros mismos nos parecían «hombres». La «hombría» estaba, no en sus
personas, sino en torno a ellas: era una mística aureola, un nimbo
patético que los circundaba proveniente de su representación colectiva.
Las masas habían creído en ellos, los habían exaltado, y esta fe, este
respeto multitudinarios aparecían condensados en el dintorno de su
mediocre personalidad.
Tal vez no haya cosa que califique más certeramente a un pueblo y a
cada época de su historia como el estado de las relaciones entre la
masa y la minoría directora. La acción pública --política, intelectual
o educativa-- es, según su nombre indica, de tal carácter, que el
individuo por sí solo, cualquiera que sea el grado de su genialidad, no
puede ejercerla eficazmente. La influencia pública o, si se prefiere
llamarla así, la influencia social, emana de energías muy diferentes
de las que actúan en la influencia privada que cada persona puede
ejercer sobre la vecina. Un hombre no es nunca socialmente eficaz por
sus cualidades individuales, sino por la energía social que la masa
ha depositado en él. Sus talentos personales fueron sólo el motivo,
ocasión o pretexto para que se condensase en él ese dinamismo social.
Así, un político irradiará tanto de influjo público cuanto sea el
entusiasmo y confianza que su partido haya concentrado en él. Un
escritor logrará saturar la conciencia colectiva en la medida que el
público sienta hacia él devoción. En cambio, sería falso decir que un
individuo influye en la proporción de su talento o de su laboriosidad.
La razón es clara: cuanto más hondo, sabio y agudo sea un escritor,
mayor distancia habrá entre sus ideas y las del vulgo, y más difícil su
asimilación por el público. Sólo cuando el lector vulgar tiene fe en el
escritor y le reconoce una gran superioridad sobre sí mismo, pondrá el
esfuerzo necesario para elevarse a su comprensión. En un país donde la
masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se
dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes
sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es
decir, los más rematadamente imbéciles.
Lo propio acontece con el público. Si la masa no abre, «ex abundantia
cordis», por fervorosa impulsión, un largo margen de fe entusiasta a
un hombre público, antes bien, creyéndose tan lista como él, pone en
crisis cada uno de sus actos y gestos; cuanto más fino sea el político,
más irremediables serán las malas inteligencias, menos sólida su
postura, más escaso estará de verdadera representación colectiva. ¿Y
cómo podrá vencer al enemigo un político que se ve obligado cada día a
conquistar humildemente su propio partido?
Venimos, pues, a la conclusión de que los «hombres» cuya ausencia
deplora el susodicho tópico son propiamente creación efusiva de las
masas entusiastas y, en el mejor sentido del vocablo, mitos colectivos.
En las horas de historia ascendente, de apasionada instauración
nacional, las masas se sienten masas, colectividad anónima que, amando
su propia unidad, la simboliza y concreta en ciertas personas elegidas,
sobre las cuales decanta el tesoro de su entusiasmo vital. Entonces se
dice que «hay hombres». En las horas decadentes, cuando una nación se
desmorona, víctima del particularismo, las masas no quieren ser masas,
cada miembro de ellas se cree personalidad directora, y, revolviéndose
contra todo el que sobresale, descarga sobre él su odio, su necedad y
su envidia. Entonces, para justificar su inepcia y acallar un íntimo
remordimiento, la masa dice que no «hay hombres».
Es completamente erróneo suponer que el entusiasmo de las masas depende
del valer de los hombres directores. La verdad es estrictamente lo
contrario: el valor social de los hombres directores depende de la
capacidad de entusiasmo que posea la masa. En ciertas épocas parece
congelarse el alma popular; se vuelve sórdida, envidiosa, petulante,
y se atrofia en ella el poder de crear mitos sociales. En tiempo
de Sócrates había hombres tan fuertes como pudo ser Hércules; pero
el alma de Grecia se había enfriado, e incapaz de segregar míticas
fosforescencias, no acertaba ya a imaginar en torno al forzudo un
radiante zodíaco de doce trabajos.
Atiéndase a la vida íntima de cualquier partido actual. En todos,
incluso en los de la derecha, presenciamos el lamentable espectáculo
de que, en vez de seguir al jefe el partido, es la masa de éste
quien gravita sobre su jefe. Existe en la muchedumbre un plebeyo
resentimiento contra toda posible excelencia, y luego de haber negado
a los hombres mejores todo fervor y social consagración, se vuelve a
ellos y les dice: «No hay hombres.»
¡Curioso ejemplo de la sólita incongruencia entre lo que la opinión
pública dice y lo que más en lo hondo siente! Cuando oigáis decir: «Hoy
no hay hombres», entended: «Hoy no hay masas.»
IMPERIO DE LAS MASAS
Una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría
de individuos selectos. Cualquiera que sea nuestro credo político,
nos es forzoso reconocer esta verdad, que se refiere a un estrato de
la realidad histórica mucho más profundo que aquel donde se agitan
los problemas políticos. La forma jurídica que adopte una sociedad
nacional podrá ser todo lo democrática y aun comunista que quepa
imaginar; no obstante, su constitución viva, transjurídica, consistirá
siempre en la acción dinámica de una minoría sobre una masa. Se
trata de una ineludible ley natural que representa en la biología de
las sociedades un papel semejante al de la ley de las densidades en
física. Cuando en un líquido se arrojan cuerpos sólidos de diferente
densidad, acaban éstos siempre por quedar situados a la altura que a
su densidad corresponde. Del mismo modo, en toda agrupación humana se
produce espontáneamente una articulación de sus miembros, según la
diferente densidad vital que poseen. Esto se advierte ya en la forma
más simple de sociedad, en la conversación. Cuando seis hombres se
reunen para conversar, la masa indiferenciada de interlocutores, que al
principio son, queda, poco después, articulada en dos partes, una de
las cuales dirige en la conversación a la otra, influye en ella, regala
más que recibe. Cuando esto no acontece, es que la parte inferior del
grupo se resiste anómalamente a ser dirigida, influída por la porción
superior, y entonces la conversación se hace imposible. Así, cuando
en una nación la masa se niega a ser masa --esto es, a seguir a la
minoría directora--, la nación se deshace, la sociedad se desmembra, y
sobreviene el caos social, la invertebración histórica.
Un caso extremo de esta invertebración histórica estamos ahora viviendo
en España.
Todas las páginas de este rápido ensayo tienden a corregir la miopia
que usualmente se padece en la percepción de los fenómenos sociales.
Esa miopia consiste en creer que los fenómenos sociales, históricos,
son los fenómenos políticos, y que las enfermedades de un cuerpo
nacional son enfermedades políticas. Ahora bien: lo político es
ciertamente el escaparate, el dintorno o cutis de lo social. Por eso
es lo que salta primero a la vista. Y hay, en efecto, enfermedades
nacionales que son meramente perturbaciones políticas, erupciones o
infecciones de la piel social. Pero esos morbos externos no son nunca
graves. Cuando lo que está mal en un país es la política, puede decirse
que nada está muy mal. Ligero y transitorio el malestar, es seguro que
el cuerpo social se regulará a sí mismo un día u otro.
En España, por desgracia, la situación es inversa. El daño no está
tanto en la política como en la sociedad misma, en el corazón y en la
cabeza de casi todos los españoles.
¿Y en qué consiste esta enfermedad? Se oye hablar a menudo de la
«inmoralidad pública», y se entiende por ella la falta de justicia
en los tribunales, la simonía en los empleos, el latrocinio en los
negocios que dependen del Poder público. Prensa y Parlamento dirigen
la atención de los ciudadanos hacia esos delitos como a la causa de
nuestra progresiva descomposición. Yo no dudo que padezcamos una
abundante dosis de «inmoralidad pública»; pero al mismo tiempo creo
que un pueblo sin otra enfermedad más honda que esa podría pervivir
y aun engrosar. Nadie que haya deslizado la vista por la Historia
Universal puede desconocer esto: si se quiere un ejemplo escandaloso
y nada remoto, ahí está la historia de los Estados Unidos durante los
últimos cincuenta años. A lo largo de ellos ha corrido por la vida
norteamericana un Misisipí de «inmoralidad pública». Sin embargo, la
nación ha crecido gigantescamente, y las estrellas de la Unión son hoy
uno de los signos mayores del zodíaco internacional. Podrá irritar
nuestra conciencia ética este hecho escandaloso de que esas formas
de «inmoralidad» no aniquilen a un pueblo, antes bien, coincidan con
su encumbramiento; pero mientras nos irritamos, la realidad sigue
produciéndose según ella es, y no según nosotros pensamos que debía ser.
La enfermedad española es, por malaventura, más grave que la susodicha
«inmoralidad pública». Peor que tener una enfermedad es ser una
enfermedad. Que una sociedad sea inmoral, tenga o contenga inmoralidad,
es grave; pero que una sociedad no sea una sociedad, es mucho más
grave. Pues bien, este es nuestro caso. La sociedad española se está
disociando desde hace largo tiempo, porque tiene infeccionada la raíz
misma de la actividad socializadora.
El hecho primario social no es la mera reunión de unos cuantos hombres,
sino la articulación que en ese ayuntamiento se produce inmediatamente.
El hecho primario social es la organización en dirigidos y directores
de un montón humano. Esto supone en unos cierta capacidad para dirigir;
en otros, cierta facilidad íntima para dejarse dirigir.[15] En suma:
donde no hay una minoría que actúa sobre una masa colectiva, y una masa
que sabe aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad, o se está
muy cerca de que no la haya.
Pues bien: en España vivimos hoy entregados al imperio de las masas.
Los miopes no lo creen así porque, en efecto, no ven motines en las
calles ni asaltos a los Bancos y ministerios. Pero esa revolución
callejera significaría sólo el aspecto político que toma, a veces, el
imperio de una masa social determinada: la proletaria.
Yo me refiero a una forma de dominio mucho más radical que la algarada
en la plazuela, más profunda, difusa, omnipresente, y no de una sola
masa social, sino de todas, y en especie de las masas con mayor
poderío: las de clase media y superior.
En el capítulo anterior he aludido al extraño fenómeno de que, aun
en los partidos políticos de la extrema derecha, no son los jefes
quienes dirigen a sus masas, sino éstas quienes empujan violentamente
a sus jefes para que adopten tal o cual actitud. Así hemos visto que
los «jóvenes mauristas» no han aceptado la política internacional
que durante la guerra Maura proponía, sino, al revés, han pretendido
imponer a su jefe la política internacional que en sus cabezas livianas
y atropelladas --cabezas de «masa»-- se había instalado. Lo propio
aconteció con los carlistas, que han coceado en masa a su conductor,
obligándole a una retirada.
Las Juntas de Defensa no son, a la postre, sino otro ejemplo de esta
subversión moral de las masas contra la minoría selecta. En los cuartos
de bandera se ha creído de buena fe --y esta buena fe es lo morboso
del hecho-- que allí se entendía de política más que en los lugares
donde, por obligación o por devoción, se viene desde hace muchos años
meditando sobre los asuntos públicos.
Este fenómeno mortal de insubordinación espiritual de las masas
contra toda minoría eminente se manifiesta con tanta mayor exquisitez
cuanto más nos alejemos de la zona política. Así, el público de
los espectáculos y conciertos se cree superior a todo dramaturgo,
compositor o crítico, y se complace en cocear a unos y otros. Por muy
escasa discreción y sabiduría que goce un crítico, siempre ocurrirá
que posee más de ambas calidades que la mayoría del público. Sería lo
natural que ese público sintiese la evidente superioridad del crítico,
y, reservándose toda la independencia definitiva que parece justa,
hubiese en él la tendencia a dejarse influír por las estimaciones del
entendido. Pero nuestro público parte de un estado de espíritu inverso
a éste: la sospecha de que alguien pretenda entender de algo un poco
más que él, le pone fuera de sí.
En la misma sociedad aristocrática acontece lo propio. No son las
damas mejor dotadas de espiritualidad y elegancia quienes imponen sus
gustos y maneras, sino, al revés, las damas más aburguesadas, toscas
e inelegantes, quienes aplastan con su necedad a aquellas criaturas
excepcionales.
Donde quiera, asistimos al deprimente espectáculo de que los peores,
que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores.
¿Cómo va a haber organización en la política española, si no la hay ni
siquiera en las conversaciones? España se arrastra invertebrada, no ya
en su política, sino, lo que es más hondo y sustantivo que la política,
en la convivencia social misma.
De esta manera no podrá funcionar mecanismo alguno de los que integran
la máquina pública. Hoy se parará una Institución; mañana, otra; hasta
que sobrevenga el definitivo colapso histórico.
Ni habrá ruta posible para salir de tal situación, porque, negándose la
masa a lo que es su biológica misión, esto es, a seguir a los mejores,
no aceptará ni escuchará las opiniones de éstos, y sólo triunfarán en
el ambiente colectivo las opiniones de la masa, siempre inconexas,
desacertadas y pueriles.
ÉPOCAS «KITRA» Y ÉPOCAS «KALI»
Cuando la masa nacional degenera hasta el punto de caer en un estado de
espíritu como el descrito, son inútiles razonamientos y predicación. Su
enfermedad consiste precisamente en que no quiere dejarse influír, en
que no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar. Cuanto más se
la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor
violencia pisoteará a los predicadores. Para sanar será preciso que
sufra en su propia carne las consecuencias de su desviación moral. Así
ha acontecido siempre.
Las épocas de decadencia son las épocas en que la minoría directora
de un pueblo --la aristocracia-- ha perdido sus cualidades de
excelencia, aquellas precisamente que ocasionaron su elevación. Contra
esa aristocracia ineficaz y corrompida se rebela la masa justamente.
Pero, confundiendo las cosas, generaliza las objeciones que aquella
determinada aristocracia inspira, y, en vez de sustituírla con
otra más virtuosa, tiende a eliminar todo intento aristocrático.
Se llega a creer que es posible la existencia social sin minoría
excelente; más aún, se construyen teorías políticas e históricas que
presentan como ideal una sociedad exenta de aristocracia. Como esto
es positivamente imposible, la nación prosigue aceleradamente su
trayectoria de decadencia. Cada día están las cosas peor. Las masas de
los distintos grupos sociales --un día, la burguesía; otro, la milicia;
otro, el proletariado-- ensayan vanas panaceas de buen gobierno, que
en su simplicidad mental imaginaban poseer. Al fin, el fracaso de
sí mismas, experimentado al actuar, alumbra en sus cabezas, como un
descubrimiento, la sospecha de que las cosas son más complicadas de lo
que ellas suponían, y, consecuentemente, que no son ellas las llamadas
a regirlas. Paralelamente a este fracaso político padecen en su vida
privada los resultados de la desorganización. La seguridad pública
peligra; la economía privada se debilita; todo se vuelve angustioso y
desesperante; no hay donde tornar la mirada que busca socorro. Cuando
la sensibilidad colectiva llega a esta sazón, suele iniciarse una
nueva época histórica. El dolor y el fracaso crean en las masas una
nueva actitud de sincera humildad, que les hace volver la espalda a
todas aquellas ilusiones y teorías antiaristocráticas. Cesa el rencor
contra la minoría eminente. Se reconoce la necesidad de su intervención
específica en la convivencia social. De esta suerte, aquel ciclo
histórico se cierra y vuelve a abrirse otro. Comienza un período en que
se va a formar una nueva aristocracia.
Repito que todo este proceso se desarrolla, no sólo ni siquiera
principalmente, en el orden político. Las ideas de aristocracia y
masa han de entenderse referidas a todas las formas de relación
interindividual, y actúan en todos los puntos de la coexistencia
humana. Precisamente allí donde su acción pudiera juzgarse más
baladí, es donde ejercen su influjo más decisivo y primario. Cuando
la subversión moral de la masa contra la minoría mejor llega a la
política, ha recorrido ya todo el cuerpo social.
Hay en la historia una perenne sucesión alternada de dos clases de
épocas: épocas de formación de aristocracias, y con ellas de la
sociedad, y épocas de decadencia de esas aristocracias, y con ellas
disolución de la sociedad. En los _purana_ indios se las llama época
_Kitra_ y época _Kali_, que en ritmo perdurable se siguen una a otra.
En las épocas _Kali_, el régimen de castas degenera, los _sudra_, es
decir, los inferiores, se encumbran, porque Brahma ha caído en sopor.
Entonces Vishnú toma la forma terrible de Siva y destruye las formas
existentes: el crepúsculo de los dioses alumbra lívido el horizonte. Al
cabo, Brahma despierta, y bajo la fisonomía de Vishnú, el dios benigno,
recrea el Cosmos de nuevo y hace alborear la nueva época _Kitra_.
A los hombres de una época _Kali_, como es la nuestra, les irrita
sobremanera la idea de las castas. Y, sin embargo, se trata de un
pensamiento profundo y certero. Dos elementos muy distintos y de valor
desigual se unen en él.
Por un lado, la idea de la organización social en castas significa el
convencimiento de que la sociedad tiene una estructura propia, que
consiste objetivamente, queramos o no, en una jerarquía de funciones.
Tan absurdo como sería querer reformar el sistema de las órbitas
siderales, o negarse a reconocer que el hombre tiene cabeza y pies;
la tierra, norte y sur; la pirámide, cúspide y base, es ignorar la
existencia de una contextura esencial a toda sociedad, consistente en
un sistema de funciones colectivas de variado rango.
El otro elemento que, infiltrándose en el primero, forma el concepto
de casta, es la cuestión de cómo distinguiremos los individuos que
deben ejercer esas diferentes funciones. El indo, dominado por una
interpretación mágica de la Naturaleza, cree que la capacidad para
ejercer una función va adscrita, como mística gracia, a la sangre. Sólo
podrá ser buen guerrero el hijo de guerrero, y buen hortelano el hijo
de hortelano. Los individuos son, pues, repartidos en los diversos
rangos sociales en virtud de un principio genealógico, de herencia
sanguínea.
Elimínese este principio mágico del régimen de castas, y quedará
una concepción de la sociedad más honda y transcendente que las hoy
prestigiosas. Después de todo, la ideología política moderna ha estado
dirigida por una inspiración no menos mágica que la asiática, aunque de
signo inverso. Se pretende que la sociedad sea según a nosotros se nos
antoja que _debe ser_. ¡Como si ella no tuviese su inmutable estructura
o esperase a recibirla de nuestro deseo! Todo el utopismo moderno es
magia. No pasará mucho tiempo sin que el gesto de Kant, decretando cómo
_debe ser_ la sociedad, parezca a todos un torpe ademán mágico.
LA MAGIA DEL «DEBE SER»
La cuestión de las relaciones entre aristocracia y masa suele
plantearse desde hace dos siglos bajo una perspectiva ética o jurídica.
No se habla más que de si la constitución política, desde un punto de
vista moral o de justicia, _debe ser_ o _no debe ser_ aristocrática. En
vez de analizar previamente lo que _es_, las condiciones ineludibles
de una realidad, se procede desde luego a dictaminar sobre cómo
_deben ser_ las cosas. Este ha sido el vicio característico de los
«progresistas», de los «radicales», y, más o menos, de todo el
espíritu llamado «liberal» y «democrático». Se trata de una actitud
mental sobremanera cómoda. Es muy fácil, en efecto, dibujar una
organización social esquemática que presente una faz atractiva. Basta
para ello que supongamos imaginariamente realizados nuestros deseos
o que, abandonando nuestro intelecto a su puro movimiento dialéctico,
construyamos _more geometrico_ un cuerpo social dotado de todas las
perfecciones formales que tienen un polígono o un dodecaedro. Pero
esta suplantación de lo real por lo abstractamente deseable es un
síntoma de puerilidad.[16] No basta que algo sea deseable para que sea
realizable, y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se
nos antoje deseable para que sea la más deseable. Sometido al influjo
de las inclinaciones dominantes en nuestro tiempo, yo he vivido también
durante algunos años ocupado en resolver esquemáticamente cómo _deben
ser_ las cosas. Cuando luego he entrado de lleno en el estudio y
meditación del pasado histórico, me sorprendió superlativamente hallar
que la realidad social había sido en ocasiones mucho más deseable, más
rica en valores, más próxima a una verdadera perfección, que todos mis
sórdidos y parciales esquemas.
Sólo _debe ser_ lo que _puede ser_, y sólo puede ser lo que se mueve
dentro de las condiciones de lo que _es_. Fuera deseable que el cuerpo
humano tuviese alas como el pájaro; pero como no puede tenerlas, porque
su estructura zoológica se lo impide, sería falso decir que _debe_
tener alas.
El ideal de una cosa, o, dicho de otro modo, lo que una cosa _debe
ser_, no puede consistir en la suplantación de su contextura real,
sino, por el contrario, en el perfeccionamiento de ésta. Por lo tanto,
toda sentencia sobre cómo deben ser las cosas presupone la devota
observación de su realidad.
Desde el punto de vista ético o jurídico no se puede construír el ideal
de una sociedad. Esta fué la aberración de los siglos XVIII y XIX. Con
la moral y el derecho no se llega ni siquiera a asegurar que nuestra
utopía social sea plenamente justa; no hablemos de otras calidades más
perentorias aún que la justicia para una sociedad.
¿Cómo? ¿Cabe exigir de una sociedad que sea alguna otra cosa antes que
justa? Evidentemente, antes que ser justa una sociedad tiene que ser
sana, es decir, tiene que ser una sociedad. Por tanto, antes que la
ética y el derecho, con sus esquemas de lo que _debe ser_, tiene que
hablar el buen sentido, con su intuición de lo que _es_.
Resulta completamente ocioso discutir si una sociedad debe ser o no
debe ser constituída con la intervención de una aristocracia. La
cuestión está resuelta desde el primer día de la historia humana: una
sociedad sin aristocracia, sin minoría egregia, no es una sociedad.
Volvamos la espalda a las éticas mágicas y quedémonos con la única
aceptable, que hace veintiséis siglos resumió Píndaro en su ilustre
imperativo: «Llega a ser lo que eres.»
EJEMPLARIDAD Y DOCILIDAD