que es verdad, es, sin embargo, injusto, porque parece atribuír
exclusivamente a los políticos pareja despreocupación. La verdad es
que si para los políticos no existe el resto del país, para el resto
del país existen mucho menos los políticos. ¿Y qué acontece dentro de
ese resto no político de la nación? ¿Es que el militar se preocupa del
industrial, del intelectual, del agricultor, del obrero? Y lo mismo
debe decirse del aristócrata, del industrial o del obrero respecto a
las demás clases sociales. Vive cada gremio herméticamente cerrado
dentro de sí mismo. No siente la menor curiosidad por lo que acaece en
el recinto de los demás. Ruedan los unos sobre los otros como orbes
estelares que se ignoran mutuamente. Polarizado cada cual en sus
tópicos gremiales, no tiene ni noticia de los que rigen el alma del
grupo vecino. Ideas, emociones, valores creados dentro de un núcleo
profesional o de una clase, no transcienden lo más mínimo a las
restantes. El esfuerzo titánico que se ejerce en un punto del volumen
social no es transmitido, no obtiene repercusión unos metros más allá,
y muere donde nace. Difícil será imaginar una sociedad menos elástica
que la nuestra; es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano
que sea menos una sociedad. Podemos decir de toda España lo que
Calderón decía de Madrid en una de sus comedias:
Está una pared aquí
de la otra más distante
que Valladolid de Gante.
EL CASO DEL GRUPO MILITAR
Para no seguir moviéndome entre fórmulas generales y abstractas,
intentaré describir someramente un ejemplo concreto de compartimento
estanco: el que ofrece la clase profesional de los militares. Casi todo
lo que de éstos diga vale, con leves mudanzas, para los demás grupos y
gremios.
Después de las guerras colonial e hispano-yanqui, quedó nuestro
Ejército profundamente deprimido, moralmente desarticulado; por
decirlo así, disuelto en la gran masa nacional. Nadie se ocupó de él
ni siquiera para exigirle en forma elevada, justiciera y competente
las debidas responsabilidades. Al mismo tiempo, la voluntad colectiva
de España, con rara e inconcebible unanimidad, adoptó sumariamente,
radicalmente, la inquebrantable resolución de no volver a entrar en
bélicas empresas. Los militares mismos se sintieron en el fondo de su
ánima contaminados por esta decisión, y D. Joaquín Costa, tomando una
vez más el rábano por las hojas, mandó que se sellase el arca del Cid.
He aquí un caso preciso en que resplandece la necesidad de interpretar
dinámicamente la convivencia nacional, de comprender que sólo la
acción, la empresa, el proyecto de ejecutar un día grandes cosas, son
capaces de dar regulación, estructura y cohesión al cuerpo colectivo.
Un ejército no puede existir cuando se elimina de su horizonte la
posibilidad de una guerra. La imagen, siquiera el fantasma de una
contienda posible, debe levantarse en los confines de la perspectiva
y ejercer su mística, espiritual gravitación sobre el presente del
ejército. La idea de que el útil va a ser un día usado es necesaria
para cuidarlo y mantenerlo a punto. Sin guerra posible no hay manera de
moralizar un ejército, de sustentar en él la disciplina y tener alguna
garantía de su eficacia.
Comprendo las ideas de los antimilitaristas, aunque no las comparto.
Enemigos de la guerra, piden la supresión de los ejércitos.
Tal actitud, errónea en su punto de partida, es lógica en sus
consecuencias. Pero tener un ejército y no admitir la posibilidad
de que actúe, es una contradicción gravísima que, a despecho de
insinceras palabras oficiales, han cometido en el secreto de sus
corazones casi todos los españoles desde 1900. La única guerra que
hubiera parecido concebible, la de independencia, era tan inverosímil,
que, prácticamente, no influía en la conciencia pública. Una vez
resuelto que no habría guerras, era inevitable que las demás clases
se desentendieran del ejército, perdiendo toda sensibilidad para el
mundo militar. Quedó éste aislado, desnacionalizado, sin trabazón con
el resto de la sociedad e interiormente disperso. La reciprocidad se
hacía inevitable; el grupo social que se siente desatendido reacciona
automáticamente con una secesión sentimental. En los individuos de
nuestro Ejército germinó una funesta suspicacia hacia políticos,
intelectuales, obreros (la lista podía seguir y aun elevarse mucho);
fermentó en el grupo armado el resentimiento y la antipatía respecto
a las demás clases sociales, y su periferia gremial se fué haciendo
cada vez más hermética, menos porosa al ambiente de la sociedad
circundante. Entonces comienza el Ejército a vivir --en ideas,
propósitos, sentimientos-- del fondo de sí mismo, sin recepción ni
canje de influencias ambientes. Se fué obliterando, cerrando sobre
su propio corazón, dentro del cual quedaban en cultivo los gérmenes
particularistas.[10]
En 1909, una operación colonial lleva a Marruecos parte de nuestro
Ejército. El pueblo acude a las estaciones para impedir su partida,
movido por la susodicha resolución de pacifismo. No era lo que se
llamó «operación de policía», empresa de tamaño bastante para templar
el ánimo de una milicia como la nuestra. Sin embargo, aquel reducido
empeño bastó para que despertase el espíritu profesional de nuestro
Ejército. Entonces volvió a formarse plenamente su conciencia de grupo,
se concentró en sí mismo, se unió consigo mismo; mas no por esto se
reunió al resto de las clases sociales. Al contrario: la cohesión
gremial se produjo en torno a aquellos sentimientos acerbos que
antes he mentado. De todas suertes, Marruecos hizo del alma dispersa
de nuestro Ejército un puño cerrado, moralmente dispuesto para el
ataque.[11]
Desde aquel momento viene a ser el grupo militar una escopeta cargada
que no tiene blanco a que disparar. Desarticulada de las demás clases
nacionales --como éstas, a su vez, lo están entre sí--, sin respeto
hacia ellas ni sentir su presión refrenadora, vive el Ejército en
perpetua inquietud, queriendo gastar la espiritual pólvora acumulada
y sin hallar empresa cóngrua en que hacerlo. ¿No era la inevitable
consecuencia de todo este proceso que el Ejército cayese sobre la
nación misma y aspirase a conquistarla? ¿Cómo evitar que su afán de
campañas quedara reprimido y renunciase a tomar algún presidente del
Consejo como si fuese una cota?
Todo tenía que concluir en aquellas jornadas famosas de julio de
1917. En ellas, el Ejército perdió un instante por completo la
conciencia de que era una parte, y sólo una parte, del todo español. El
particularismo que padece, como los demás gremios y clases, y de que
no es más responsable que lo somos todos los demás, le hizo sufrir el
espejismo de creerse solo y todo.
He aquí una historia que, «mutatis mutandis», puede contarse de casi
todos los trozos orgánicos de España. Cada uno ha pasado por cierta
hora en que, perdida la fe en la organización nacional y embotada su
sensibilidad para los demás grupos fraternos, ha creído que su misión
consistía en imponer directamente su voluntad. Dicho de otra manera:
todo particularismo conduce por fin, inexorablemente, a la acción
directa.
ACCIÓN DIRECTA
La psicología del particularismo que he intentado delinear podría
resumirse diciendo que el particularismo se presenta siempre que
en una clase o gremio, por una u otra causa, se produce la ilusión
intelectual de creer que las demás clases no existen como plenas
realidades sociales o, cuando menos, que no merecen existir. Dicho aún
más simplemente: particularismo es aquel estado de espíritu en que
creemos no tener por qué contar con los demás. Unas veces por excesiva
estimación de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del
prójimo, perdemos la noción de nuestros propios límites y comenzamos
a sentirnos, como todos independientes. Contar con los demás supone
percibir, si no nuestra subordinación a ellos, por lo menos la mutua
dependencia y coordinación en que con ellos vivimos. Ahora bien: una
nación es a la postre una ingente comunidad de individuos y grupos que
cuentan los unos con los otros. Este contar con el prójimo no implica
necesariamente simpatía hacia él. Luchar con alguien, ¿no es una de
las más claras formas en que demostramos que existe para nosotros? Nada
se parece tanto al abrazo como el combate cuerpo a cuerpo.
Pues bien: en estados normales de nacionalización, cuando una clase
desea algo para sí, trata de alcanzarlo buscando previamente un acuerdo
con las demás. En lugar de proceder inmediatamente a la satisfacción
de su deseo, se cree obligada a obtenerlo al través de la voluntad
general. Hace, pues, seguir a su privada voluntad una larga ruta que
pasa por las demás voluntades integrantes de la nación y recibe de
ellas la consagración de la legalidad. Tal esfuerzo para convencer
a los prójimos y obtener de ellos que acepten nuestra particular
aspiración es la acción legal.
Esta función de contar con los demás tiene sus órganos peculiares: son
las instituciones públicas que están tendidas entre individuos y grupos
como resortes y muelles de la solidaridad nacional.
Pero una clase atacada de particularismo se siente humillada
cuando piensa que para lograr sus deseos necesita recurrir a esas
instituciones u órganos del contar con los demás. ¿Quiénes son los
demás para el particularista? En fin de cuentas, y tras uno u otro
rodeo, nadie. De aquí la íntima repugnancia y humillación que siente
entre nosotros el militar, o el aristócrata, o el industrial, o el
obrero cuando tiene que impetrar del Parlamento la satisfacción de
sus aspiraciones y necesidades. Esta repugnancia suele disfrazarse de
desprecio hacia los políticos; pero un psicólogo atento no se deja
desorientar por esta apariencia.
Pica, a la verdad, en historia la unanimidad con que todas las clases
españolas ostentan su repugnancia hacia los políticos. Diríase que los
políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber ni gozan
de las cualidades para su menester imprescindibles. Diríase que nuestra
aristocracia, nuestra Universidad, nuestra industria, nuestro ejército,
nuestra ingeniería, son gremios maravillosamente bien dotados que
encuentran siempre anuladas sus virtudes y talentos por la intervención
fatal de los políticos. Si esto fuera verdad, ¿cómo se explica que
España, pueblo de tan perfectos electores, se obstine en no sustituir a
esos perversos elegidos?
Hay aquí una insinceridad, una hipocresía. Poco más o menos, ningún
gremio nacional puede echar nada en cara a los demás. Allá se van unos
y otros en ineptitud, falta de generosidad, incultura y ambiciones
fantásticas. Los políticos actuales son fiel reflejo de los vicios
étnicos de España, y aún --a juicio de las personas más reflexivas y
clarovidentes que conozco-- son un punto menos malos que el resto de
nuestra sociedad.[12] No niego que existan otras muy justificadas; pero
_la causa decisiva de la repugnancia que las demás clases sienten hacia
el gremio político me parece ser que éste simboliza la necesidad en que
está toda clase de contar con las demás_. Por esto se odia al político
más que como gobernante como parlamentario. El Parlamento es el órgano
de la convivencia nacional demostrativo de trato y acuerdo entre
iguales. Ahora bien: esto es lo que en el secreto de las conciencias
gremiales y de clase produce hoy irritación y frenesí: tener que contar
con los demás, a quienes en el fondo se desprecia o se odia. _La única
forma de actividad pública que al presente, por debajo de palabras
convencionales, satisface a cada clase, es la imposición inmediata de
su señera voluntad_; en suma, la acción directa.
Este vocablo fué acuñado para denominar cierta táctica de la clase
obrera: pero, en rigor, habría que llamar así cuanto hoy se hace en
asuntos públicos. La intensidad y desnudez con que este carácter de
acción directa se presenta depende sólo de la fuerza material con que
cada gremio cuente. Los obreros llegaron a la idea de semejante táctica
por un lógico desarrollo de su actitud particularista. Insolidarios de
la sociedad actual, consideran que las demás clases sociales no tienen
derecho a existir por ser parasitarias, esto es, antisociales. Ellos,
los obreros, son, no una parte de la sociedad, sino el verdadero todo
social, el único que tiene derecho a una legítima existencia política.
Dueños de la realidad pública, nadie puede impedirles que se apoderen
directamente de lo que es suyo. La acción indirecta o parlamentarismo
equivale a pactar con los usurpadores, es decir, con quienes no tienen
legítima existencia social.
Quítese a esto cuanto tiene de claridad conceptual propia de
una teoría;[13] tradúzcase al lenguaje difuso e ilógico de los
sentimientos, y se hallará el estado de conciencia que hoy actúa en el
subsuelo espiritual de casi todas las clases españolas.
«PRONUNCIAMIENTOS»
He mostrado la acción directa como una táctica que se deriva
inevitablemente del particularismo, del no querer contar con los demás.
A su vez, el no contar con los demás tiene su causa inmediata en una
falta de perspicacia, de vigilancia intelectual. Cuanto más torpes
seamos y más angosto nuestro horizonte de curiosidades e intuiciones,
menos cosas habitarán nuestro paisaje y con mayor facilidad nos
olvidaremos de que el prójimo existe.
La acción directa y la cerrazón mental de que proviene se presentan ya
en nuestra Historia del siglo XIX con carácter incipiente. Al menos,
yo no puedo acordarme de los castizos «pronunciamientos» sin pensar
que ellos fueron en pequeño lo que ahora se hace en grande. Algún
día publicaré ciertas notas compuestas tiempo hace sobre la curiosa
psicología de los «pronunciamientos». Ahora me interesa sólo destacar
un par de rasgos.
Aquellos coroneles y generales, tan atractivos por su temple heroico
y su sublime ingenuidad, pero tan cerrados de cabeza, estaban
convencidos de su «idea», no como está convencido un hombre normal,
sino como suelen los locos y los imbéciles. Cuando un loco o un
imbécil se convence de algo, no se da por convencido él solo, sino
que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás
mortales. No consideran, pues, necesario esforzarse en persuadir a
los demás poniendo los medios oportunos; les basta con proclamar,
con «pronunciar» la opinión de que se trata: en todo el que no sea
miserable o perverso repercutirá la incontrastable verdad. Así,
aquellos generales y coroneles creían que con dar ellos el «grito» en
un cuartel toda la anchura de España iba a resonar en ecos coincidentes.
Consecuencia de esto era que los conspiradores no solían preocuparse
de preparar a tiempo grandes núcleos auxiliares, ni siquiera numerosas
fuerzas de combate. ¿Para qué? Los «pronunciados» no creían nunca que
fuese preciso luchar de firme para obtener el triunfo. Seguros de que
casi todo el mundo en secreto opinaba como ellos, tenían fe ciega en el
efecto mágico de «pronunciar» una frase. _No iban, pues, a luchar, sino
a tomar posesión del Poder público._
Yo creo que casi todos los movimientos políticos de los últimos años
reproducen esos dos caracteres de los «pronunciamientos».
Quedaría incompleto y aun tergiversado el análisis del estado presente
de España que estos artículos ensayan si se entendiera el régimen de
particularismo por mí descrito como un ambiente de feroz lucha entre
unas clases y otras. Parecerá vana sutileza, pero considero esencial
no confundir la disociación particularista con el temperamento
belicoso. ¡Ojalá que hubiese en España alguien con ansia de luchar! Por
desgracia, acontece lo contrario.
Es suficientemente notorio que para encender una vela hace falta a lo
menos que la vela esté apagada. Del mismo modo, para sentir afán de
combatir hace falta a lo menos no estar convencido de que se ha ganado
ya la batalla. No hay estados de espíritu más divergentes que el del
combatiente y el del victorioso. El que, en efecto, quiere luchar,
empieza por creer que el enemigo existe, que es poderoso; por tanto,
peligroso; por tanto, respetable. Procurará en vista de ello aunar
todas las colaboraciones posibles; empleará todos los resortes de la
gracia persuasiva, de la dialéctica, de la cordialidad y aun de la
astucia para enrolar bajo su bandera cuantas fuerzas pueda. El que
se cree victorioso procederá inversamente: tiene ya a su espalda e
inerte al enemigo. No necesita andar con contemplaciones ni halagar
a nadie para que le ayude, ni fingir actitudes amplias, generosas,
que arrastren en pos de sí los corazones. Por el contrario, tenderá a
reducir sus filas para repartir entre menos el botín de la victoria, y
marchando en vía recta, tomará posesión de lo conquistado. La acción
directa, en suma, es la táctica del victorioso, no la del luchador.
Vuélvase la vista a cualquiera de los movimientos políticos que se han
disparado en estos años, y se verá cómo la táctica seguida en ellos
revela que surgieron no para pelear, sino, al contrario, por creer que
tenían de antemano ganada la partida.
En 1917 intentan obreros y republicanos una revolucioncita. El
desmandamiento militar de julio les había hecho creer que era el
momento. ¿El momento de qué? ¿De batallar? No, al revés: el momento
de tomar posesión del Poder público, que parecía yacer en medio
del arroyo, como «res nullius». Por esto, aquellos socialistas y
republicanos no quisieron contar con nadie, no llamaron con palabras
fervorosas y de elevada liberalidad al resto de la nación. Supusieron
que casi todo el mundo deseaba lo mismo que ellos, y procedieron a dar
el «grito» en tres o cuatro barrios de otras tantas poblaciones.
Pocos años antes había surgido el «maurismo». D. Antonio Maura, en
medio de no pocos aciertos, cometió el error de «pronunciarse». Fué
un «pronunciado» de levita. Creyó que existía una masa de españoles,
la más importante en número y calidad, apartada de la vida pública
por asco hacia los usos políticos. Presumió que esta «masa neutra»,
ardiendo en convicciones idénticas a las suyas, gustaba del rígido
gesto autoritario, profesaba el más fervoroso y tradicional catolicismo
y se deleitaba con la prosa churrigueresca de nuestro siglo XVII.
Bastaba con dar el «grito» para que aquel torso de España despertase a
la vida pública. A lo sumo, convendría hostigar un poco su inveterada
inercia haciendo obligatorio el sufragio. ¿Y los demás, los que no
coincidían de antemano con él? ¡Ah!, esos no existían, y si existían,
eran unos precitos. En vez de atraerlos, persuadirlos o corregirlos, lo
urgente era excluírlos, eliminarlos, distanciarlos, trazando una mágica
línea entre los buenos y los malos. De aquí el famoso «Nosotros somos
nosotros». En su época culminante, don Antonio Maura no ha hecho el
menor ademán para convencer al que no estuviese ya convencido.
Años de soledad han enseñado al egregio espíritu del Sr. Maura que
para hacer grandes cosas es la peor una táctica de exclusiones.
Precisamente para que sean fecundas ciertas eliminaciones ejemplares es
necesario compensarlas con magnánimos apelativos de colaboración, con
llamamientos generosos hacia los cuatro puntos cardinales que permitan
a todos los ciudadanos sentirse aludidos. Las revoluciones y cambios
victoriosos han solido hacerse con ideas de amplísimo seno, al paso
que la revolución obrera va en derrota por su absurda pretensión de
triunfar a fuerza de exclusiones.
Es penoso observar que desde hace muchos años, en el periódico, en el
sermón y en el mitin, se renuncia desde luego a convencer al infiel y
se habla sólo al parroquiano ya convicto. A esto se debe el progresivo
encanijamiento de los grupos de opinión. Ninguno crece; todos se
contraen y disminuyen. Los «drusos» del Líbano son enemigos del
proselitismo por creer que el que es «drusita» ha de serlo desde toda
la eternidad. En tal sentido, somos bastante drusos todos los españoles.
Nos falta la cordial efusión del combatiente y nos sobra la arisca
soberbia del triunfante. No queremos luchar; queremos simplemente
vencer. Como esto no es posible, preferimos vivir de ilusiones y nos
contentamos con proclamarnos ilusamente vencedores en el parvo recinto
de nuestra tertulia de café, de nuestro casino, de nuestro cuarto de
banderas o simplemente de nuestra imaginación.
Quien desee que España entre en un período de consolidación, quien en
serio ambicione la victoria, deberá contar con los demás, aunar fuerzas
y, como Renan decía, «excluír toda exclusión».[14]
La insolidaridad actual produce un fenómeno muy característico de
nuestra vida pública --que debieran todos meditar--; _cualquiera tiene
fuerza para deshacer_ --el militar, el obrero, este o el otro político,
este o el otro grupo de periódicos--; _pero nadie tiene fuerza para
hacer, ni siquiera para asegurar sus propios derechos_.
Hay muy escasas energías en España: si no las atamos unas con otras,
no juntaremos lo bastante para mandar cantar a un ciego. Alguna vez
he dicho que la mejor política va sugerida en el humilde apotegma de
Sancho: «En trayéndote la vaquilla, corre con la soguilla.»
Pero en lugar de correr con la soguilla, parecemos resueltos a ir
trucidando todas las vaquillas.
¿NO HAY HOMBRES, O NO HAY MASAS?
Me interesa que las curvas impuestas por el desarrollo de toda idea
un poco compleja no despojen de claridad a la trayectoria seguida en
este ensayo. He intentado en él sugerir que la actualidad pública de
España se caracteriza por un imperio casi exclusivo del particularismo
y la táctica de acción directa que le es aneja. A este fin convenía
partir, como del hecho más notorio, del separatismo catalán y vasco.
Pero la opinión vulgar ve en él no más que una especie de tumor
inesperado y casual sobrevenido a la carne española, y cree descubrir
su más grave malignidad en lo que, a mi juicio, es solamente adjetivo
y mero pretexto que una desazón más profunda busca para airearse.
Catalanismo y bizcaitarrismo no son síntomas alarmantes por lo que en
ellos hay de positivo y peculiar --la afirmación «nacionalista»--,
sino por lo que en ellos hay de negativo y común al gran movimiento de
desintegración que empuja la vida toda de España. Por esta razón, era
interesante mostrar primero que estos separatismos de ahora no hacen
sino continuar el progresivo desprendimiento territorial sufrido por
España durante tres siglos. Luego convenía hacer patente la identidad
que, bajo muecas diversas, existe entre el particularismo regional y el
de las clases, grupos y gremios. Si se advierte que un mismo rodaje de
últimas tendencias y emociones mueve el catalanismo y la actuación del
Ejército --dos cosas a primera vista antagónicas--, se evitará el error
de localizar el mal donde no está. La realidad histórica es, a menudo,
como la urraca de la pampa,
«que en un _lao_ pega los gritos
y en otro pone los huevos».
De esta manera puede contribuír este estudio a dirigir la atención
hacia estratos más hondos y extensos de la existencia española, donde
en verdad anidan los dolores que luego dan sus gritos en Barcelona o en
Bilbao.
Se trata de una extremada atrofia en que han caído aquellas funciones
espirituales cuya misión consiste precisamente en superar el
aislamiento, la limitación del individuo, del grupo o de la región. Me
refiero a la múltiple actividad que en los pueblos sanos suele emplear
el alma individual en la creación o recepción de grandes proyectos,
ideas y valores colectivos.
Como ejemplo curioso de esta atrofia, puede servir el tópico, en
apariencia inocente, de que «hoy no hay hombres» en España. Yo creo que
si un Cuvier de la Historia encontrase el hueso de esta sencilla frase,
tan repetida hoy entre nosotros, podría reconstruír el esqueleto entero
del espíritu público español durante los años corrientes.
Cuando se dice «que hoy no hay hombres», se sobredice que ayer sí
los había. Aquella frase no pretende significar nada absoluto, sino
meramente una evaluación comparativa entre el hoy y el ayer. Ayer es,
para estos efectos, la época feliz de la Restauración y la Regencia, en
que aún había «hombres».
Si fuésemos herederos de una edad tan favorable que durante ella
hubiesen florecido en España un Bismarck o un Cavour, un Víctor Hugo
o un Dostoyewsky, un Faraday o un Pasteur, el reconocimiento de que
hoy no había tales hombres sería la cosa más natural del mundo. Pero
Restauración y Regencia no sólo transcurrieron exentas de tamañas
figuras, sino que representan la hora de mayor declinación en los
destinos étnicos de España. Nadie puede dudar de que el contenido
vital de nuestro pueblo es hoy muy superior al de aquel tiempo.
En ciencia como en riqueza, ha crecido de entonces acá España en
proporciones considerables.