Nada de esto es construcción mía; no es orla de mandarín que

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original —que difiere ligeramente

de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* En la p. 158, y de acuerdo con ediciones más recientes, el adjetivo

«superabundo» ha sido cambiado por «superabundante».

* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final

del libro.

* Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al

cuerpo principal del texto.

ESPAÑA INVERTEBRADA

_OBRAS DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET_

Pesetas.

MEDITACIONES DEL QUIJOTE. Vol. I; 2.ª edición. 5

PERSONAS, OBRAS, COSAS. 3,50

EL ESPECTADOR. Núm. 1. 1916. 5

_Contenido_: Verdad y perspectiva.--Nada «moderno» y muy siglo

XX.--Leyendo el «Adolfo», libro de amor.--Estética en el

tranvía.--Tierras de Castilla.--Tres cuadros del vino.--Ideas

sobre Pío Baroja.--El genio de la guerra y la guerra alemana. I.

EL ESPECTADOR. Núm. II. 1917; 2.ª edición. 5

_Contenido_: Democracia morbosa.--Para la cultura del

amor.--Muerte y resurrección.--Azorín: Primores de lo vulgar.--El

genio de la guerra y la guerra alemana.

EL ESPECTADOR. Núm. III. 1921. 5

_Contenido_: Sobre Anatole France.--Musicalia.--De Madrid a

Asturias o los dos paisajes.--Biología y Pedagogía o el «Quijote»

en la escuela.--Meditación del marco.

MEDITACIÓN DE DON JUAN. 1921. 6

ESPAÑA INVERTEBRADA. 3,50

VIEJA Y NUEVA POLÍTICA. 1,50

_EN PRENSA_

ESTUDIOS FILOSÓFICOS: _La superación del subjetivismo._

INTRODUCCIÓN A LA ESTIMATIVA O CIENCIA DE LOS VALORES.

EL ESPECTADOR. Núm. IV.

EL REVERSO DEL MOVIMIENTO OBRERO Y OTROS ENSAYOS DE SOCIOLOGÍA.

ESPAÑA

INVERTEBRADA

BOSQUEJO DE ALGUNOS

PENSAMIENTOS HISTÓRICOS

CALPE

MADRID

1921

Es propiedad.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

ARTES DE LA ILUSTRACIÓN, PROVISIONES, 12.--MADRID

No creo que sea completamente inútil para contribuír a la solución de

los problemas políticos distanciarse de ellos por algunos momentos

situándolos en una perspectiva histórica. En esta virtual lejanía

parecen los hechos esclarecerse por sí mismos y adoptar espontáneamente

la postura en que mejor se revela su profunda realidad.

En este ensayo de ensayo es, pues, el tema histórico y no político.

Los juicios sobre grupos y tendencias de la actualidad española que en

él van insertos no han de tomarse como actitudes de un combatiente.

Intentan más bien expresar mansas contemplaciones del hecho nacional,

dirigidas por una aspiración puramente teórica y, en consecuencia,

inofensiva.

INCORPORACIÓN Y DESINTEGRACIÓN

En la _Historia Romana_ de Mommsen hay, sobre todos, un instante

solemne. Es aquel en que, tras ciertos capítulos preparatorios, toma

la pluma el autor para comenzar la narración de los destinos de Roma.

Constituye el pueblo romano un caso único en el conjunto de los

conocimientos históricos: es el único pueblo que desarrolla entero el

ciclo de su vida delante de nuestra contemplación. Podemos asistir

a su nacimiento y a su extinción. De los demás, el espectáculo es

fragmentario: o no los hemos visto nacer, o no los hemos visto aún

morir. Roma es, pues, la única trayectoria completa de organismo

nacional que conocemos. Nuestra mirada puede acompañar a la ruda Roma

_quadrata_ en su expansión gloriosa por todo el mundo ecuménico, y

luego verla contraerse en unas ruinas que no por ser ingentes dejan de

ser míseras. Esto explica que hasta ahora sólo se haya podido construír

una historia en todo el rigor científico del vocablo: la de Roma.

Mommsen fué el gigantesco arquitecto de tal edificio.

Pues bien: hay un instante solemne en que Mommsen va a comenzar la

relación de las vicisitudes de este pueblo ejemplar. La pluma en el

aire, frente al blanco papel, Mommsen se reconcentra para elegir la

primera frase, el compás inicial de su hercúlea sinfonía. En rauda

procesión transcurre ante su mente la fila multicolor de los hechos

romanos. Como en la agonía suele la vida entera del moribundo desfilar

ante su conciencia, Mommsen, que había vivido mejor que ningún romano

la existencia del Imperio latino, ve una vez más desarrollarse

vertiginosa la dramática película. Todo aquel tesoro de intuiciones

da el precipitado de un pensamiento sintético. La pluma suculenta

desciende sobre el papel y escribe estas palabras: _La historia de

toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de

incorporación_.[1]

Esta frase expresa un principio del mismo valor para la Historia que

en la Física tiene este otro: la realidad física consiste últimamente

en ecuaciones de movimientos. Calor, luz, resistencia, cuanto en

la Naturaleza no parece ser movimiento, lo es en realidad. Hemos

entendido o explicado un fenómeno cuando hemos descubierto su expresión

foronómica, su fórmula de movimiento.

Si el papel que hace en Física el movimiento lo hacen en Historia los

procesos de incorporación, todo dependerá de que poseamos una noción

clara de lo que es la incorporación.

Y al punto tropezamos con una propensión errónea, sumamente extendida,

que lleva a representarse la formación de un pueblo como el crecimiento

por dilatación de un núcleo inicial. Procede este error de otro más

elemental que cree hallar el origen de la sociedad política, del

Estado, en una expansión de la familia. La idea de que la familia

es la célula social y el Estado algo así como una familia que ha

engordado, es una rémora para el progreso de la ciencia histórica, de

la sociología, de la política y de otras muchas cosas.[2]

No; incorporación histórica no es dilatación de un núcleo inicial.

Recuérdense a este propósito las etapas decisivas de la evolución

romana. Roma es primero una comuna asentada en el monte Palatino y

las siete alturas inmediatas: es la Roma Palatina, _Septimontium_, o

Roma de la montaña. Luego, esta Roma se une con otra comuna frontera

asentada sobre la colina del Quirinal, y desde entonces hay dos Roma:

la de la montaña y la de la colina. Ya esta primera escena de la

incorporación romana excluye la imagen de dilatación. La Roma total

no es una expansión de la Roma Palatina, sino la articulación de dos

colectividades distintas en una unidad superior.

Esta Roma palatino-quirinal vive entre otras muchas poblaciones

análogas, de su misma raza latina, con las cuales no posee conexión

política alguna. La identidad de raza no trae consigo la incorporación

en un organismo nacional, aunque a veces favorezca y facilite este

proceso. Roma tuvo que someter a las comunas del Lacio, sus hermanas

de raza, por los mismos procedimientos que siglos más tarde había de

emplear para integrar en el Imperio a gentes tan distintas de ella

étnicamente como celtíberos y galos, germanos y griegos, escitas y

sirios. Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad

de sangre, y viceversa. La diferencia racial, lejos de excluír la

incorporación histórica, subraya lo que hay de específico en la

génesis de todo gran Estado.

Ello es que Roma obliga a sus hermanas del Lacio a constituír un cuerpo

social, una articulación unitaria, que fué la _fœdus latinum_, la

federación latina, segunda etapa de la progresiva incorporación.

El paso inmediato fué dominar a etruscos y samnitas, las dos

colectividades de raza distinta limítrofes del territorio latino.

Logrado esto, el mundo italiota es ya una unidad históricamente

orgánica. Poco después, en rápido, prodigioso _crescendo_, el resto

de la humanidad conocido se agrega al torso italiano, formando la

estructura gigante del Imperio. Esta última etapa puede denominarse de

colonización.

Los estadios del proceso incorporativo forman, pues, una admirable

línea ascendente: Roma inicial, Roma doble, federación latina, unidad

italiota, Imperio colonial. Este esquema es suficiente para mostrarnos

que la incorporación histórica no es la dilatación de un núcleo

inicial, sino más bien la organización de muchas unidades sociales

preexistentes en una nueva estructura. El núcleo inicial, ni se traga

los pueblos que va sometiendo, ni anula el carácter de unidades vitales

propias que antes tenían. Roma somete las Galias; esto no quiere

decir que los galos dejen de sentirse como una entidad social distinta

de Roma, y que se disuelvan en una gigantesca masa homogénea llamada

Imperio romano. No; la cohesión gala perdura, pero queda articulada

como una parte en un todo más amplio. Roma misma, núcleo inicial de la

incorporación, no es sino otra parte del colosal organismo, que goza de

un rango privilegiado por ser el agente de la totalización.

Entorpece sobremanera la inteligencia de lo histórico suponer que

cuando de los núcleos inferiores se ha formado la unidad superior

nacional, dejan aquéllos de existir como elementos activamente

diferenciados. Lleva esta errónea idea a presumir, por ejemplo,

que cuando Castilla reduce a unidad española a Aragón, Cataluña y

Vasconia, pierden estos pueblos su carácter de pueblos distintos entre

sí y del todo que forman. Nada de esto: sometimiento, unificación,

incorporación, no significan muerte de los grupos como tales grupos; la

fuerza de independencia que hay en ellos perdura, bien que sometida;

esto es, contenido su poder centrífugo por la energía central que los

obliga a vivir como partes de un todo y no como todos aparte. Basta con

que la fuerza central, escultora, de la nación --Roma en el Imperio,

Castilla en España, la Isla de Francia en Francia-- amengüe, para que

se vea automáticamente reaparecer la energía secesionista de los grupos

adheridos.

Pero la frase de Mommsen es incompleta. La historia de una nación no es

sólo la de su período formativo y ascendente: es también la historia

de su decadencia. Y si aquélla consistía en una incorporación, ésta

describiría el proceso inverso. La historia de la decadencia de una

nación es la historia de una vasta desintegración.

Es preciso, pues, que nos acostumbremos a entender toda unidad

nacional, no como una coexistencia inerte, sino como un sistema

dinámico. Tan esencial es para su mantenimiento la fuerza central como

la fuerza de dispersión. El peso de la techumbre gravitando sobre las

pilastras no es menos esencial al edificio que el empuje contrario

ejercido por las pilastras para sostener la techumbre.

La fatiga de un órgano parece a primera vista un mal que éste sufre.

Pensamos, acaso, que en un ideal de salud la fatiga no existiría.

No obstante, la fisiología ha notado que sin un minimum de fatiga

el órgano se atrofia. Hace falta que su función sea excitada, que

trabaje y se canse para que pueda nutrirse. Es preciso que el órgano

reciba frecuentemente pequeñas heridas que lo mantengan alerta. Estas

pequeñas heridas han sido llamadas «estímulos funcionales»: sin ellas,

el organismo no funciona, no vive.

Del mismo modo, la energía unificadora, central, de totalización

--llámesele como se quiera--, necesita, para no debilitarse, de la

fuerza contraria, de la dispersión, del impulso centrífugo perviviente

en los grupos. Sin este estimulante, la cohesión se atrofia, la unidad

nacional se disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen

que volver a vivir cada una como un todo independiente.

POTENCIA DE NACIONALIZACIÓN

El poder creador de naciones es un _quid divinum_, un genio o talento

tan peculiar como la Poesía, la Música y la invención religiosa.

Pueblos sobremanera inteligentes han carecido de esa dote, y, en

cambio, la han poseído en alto grado pueblos bastante torpes para

las faenas científicas o artísticas. Atenas, a pesar de su infinita

perspicacia, no supo nacionalizar el Oriente mediterráneo; en tanto que

Roma y Castilla, mal dotadas intelectualmente, forjaron las dos más

amplias estructuras nacionales.

Sería de gran interés analizar con alguna detención los ingredientes

de ese talento nacionalizador. En la presente coyuntura basta, sin

embargo, con que notemos que es un talento de carácter imperativo, no

un saber teórico, ni una rica fantasía, ni una profunda y contagiosa

emotividad de tipo religioso. Es un saber querer y un saber mandar.

Ahora bien: mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar,

sino una exquisita mixtura de ambas cosas. La sugestión moral y la

imposición material van íntimamente fundidas en todo acto de imperar.

Yo siento mucho no coincidir con el pacifismo contemporáneo en su

antipatía hacia la fuerza; sin ella no habría habido nada de lo que más

nos importa en el pasado, y si la excluímos del porvenir sólo podremos

imaginar una humanidad caótica. Pero también es cierto que con sólo la

fuerza no se ha hecho nunca cosa que merezca la pena.

Solitaria, la violencia fragua pseudoincorporaciones que duran breve

tiempo y fenecen sin dejar rastro histórico apreciable. ¿No salta a la

vista la diferencia entre esos efímeros conglomerados de pueblos y las

verdaderas, sustanciales incorporaciones? Compárense los formidables

imperios mongólicos de Chengis-Jan o Timur con la Roma antigua y las

modernas naciones de Occidente. En la jerarquía de la violencia, una

figura como la de Chengis-Jan es insuperable. ¿Qué son Alejandro,

César o Napoleón emparejados con el terrible genio de Tartaria, el

sobrehumano nómada, domador de medio mundo, que lleva su _yurta_ cosida

en la estepa desde el extremo Oriente a los contrafuertes del Cáucaso?

Frente al Jan tremebundo, que no sabe leer ni escribir, que ignora

todas las religiones y desconoce todas las ideas, Alejandro, César,

Napoleón son propagandistas de la _Salvation Army_. Mas el Imperio

tártaro dura cuanto la vida del herrero que lo lañó con el hierro de

su espada; la obra de César, en cambio, duró siglos y repercutió en

milenios.

En toda verdadera incorporación, la fuerza tiene un carácter adjetivo:

la potencia sustantiva consiste siempre en un dogma nacional, _un

proyecto sugestivo de vida en común_. Repudiemos toda interpretación

estática de la convivencia nacional y sepamos entenderla dinámicamente.

No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión _a

priori_ sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado

viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de

grandes utilidades. No conviven _por estar_ juntos, sino _para hacer_

juntos algo. Cuando los pueblos que rodean a Roma son sometidos, más

que por las legiones, se sienten injertados en el árbol latino por

una ilusión. Roma les sonaba a nombre de una gran empresa vital donde

todos podían colaborar; Roma era un proyecto de organización universal;

era una tradición jurídica superior, una admirable administración, un

tesoro de ideas recibidas de Grecia que prestaban un brillo superior

a la vida, un repertorio de nuevas fiestas y mejores placeres. El

día que Roma dejó de ser este proyecto de cosas por hacer mañana, el

Imperio se desarticuló.

No es el ayer, el pretérito, la tradición, lo decisivo para una nación.

Este error nace, como ya he indicado, de buscar en la familia, en la

comunidad nativa, previa, ancestral, en el pretérito, en suma, el

origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa

para el mañana.

En cuanto a la fuerza, no es difícil determinar su misión. Por muy

profunda que sea la necesidad histórica de la unión entre dos pueblos,

se oponen a ella intereses particulares, caprichos, vilezas, pasiones,

y, más que todo esto, prejuicios colectivos instalados en la superficie

del alma popular que va a aparecer como sometida. Nada de eso es hondo

históricamente, ni siquiera humanamente; son lo patológico del hombre,

los estorbos para la historia. Contra ello sólo es eficaz el poder de

la fuerza, la gran cirugía política.

Desde estos pensamientos, como desde un observatorio, miremos ahora en

la lejanía de una perspectiva casi astronómica el presente de España.

¿POR QUÉ HAY SEPARATISMO?

Uno de los fenómenos más característicos de la vida política española,

en los últimos veinte años, ha sido la aparición de regionalismos,

nacionalismos, separatismos; esto es, movimientos de secesión étnica

y territorial. ¿Son muchos los españoles que hayan llegado a hacerse

cargo de cuál es la verdadera realidad histórica de tales movimientos?

Me temo que no.

Para la mayor parte de la gente, el «nacionalismo» catalán y vasco es

un movimiento artificioso que, inventado, por decirlo así, «a nihilo»,

sin causas ni motivos profundos, empieza de pronto unos cuantos años

hace. Según esta manera de pensar, Cataluña y Vasconia no eran antes

de ese movimiento unidades sociales distintas de Castilla o Andalucía.

Era España una masa homogénea, sin discontinuidades cualitativas, sin

confines interiores de unas partes con otras. Hablar ahora de regiones,

de pueblos diferentes, de Cataluña, de Euzkadi, es cortar con un

cuchillo una masa homogénea y tajar cuerpos distintos en lo que era un

compacto volumen.

Unos cuantos hombres, movidos por codicias económicas, por soberbias

personales, por envidias más o menos privadas, van ejecutando

deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que sin ellos y

su caprichosa labor no existiría. Los que tienen de estos movimientos

secesionistas pareja idea, piensan, con lógica consecuencia, que la

única manera de combatirlos es ahogarlos por directa estrangulación:

persiguiendo sus ideas, sus organizaciones y sus hombres. La forma

concreta de hacer esto es, por ejemplo, la siguiente: En Barcelona

y Bilbao luchan «nacionalistas» y «unitarios»; pues bien: el Poder

central deberá prestar la incontrastable fuerza de que como Poder total

goza, a una de las partes contendientes; naturalmente, la unitaria.

Esto es, al menos, lo que piden los centralistas vascos y catalanes, y

no es raro oír de sus labios frases como éstas: «Los separatistas no

deben ser tratados como españoles»; «todo se arreglará con que el Poder

central nos envíe un gobernador que se ponga a nuestras órdenes».

Yo no sabría decir hasta qué extremado punto discrepan de las

referidas mis opiniones sobre el origen, carácter, transcendencia y

tratamiento de esas inquietudes secesionistas. Tengo la impresión

de que el unitarismo, que hasta ahora se ha opuesto a catalanistas

y bizcaitarras, es un producto de cabezas catalanas y vizcaínas

nativamente incapaces --hablo en general y respeto todas las

individualidades-- para comprender la historia de España. Porque, no

se le dé vueltas: España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones

para ir sospechando que, en general, sólo cabezas castellanas tienen

órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral.

Más de una vez me he entretenido imaginando qué habría acontecido

si, en lugar de hombres de Castilla, hubiesen sido encargados, mil

años hace, los unitarios de ahora, catalanes y vascos, de forjar

esta enorme cosa que llamamos España. Yo sospecho que, aplicando sus

métodos y dando con sus testas en el yunque, lejos de arribar a la

España una, habrían dejado la península convertida en una pululación de

mil cantones. Porque, como luego veremos, en el fondo, esa manera de

entender los «nacionalismos» y ese sistema de dominarlos es, a su vez,

separatismo y particularismo; es catalanismo y bizcaitarrismo, bien que

de signo contrario.

TANTO MONTA

Para quien ha nacido en esta cruda altiplanicie que se despereza del

Ebro al Tajo, nada hay tan conmovedor como reconstruír el proceso

incorporativo que Castilla impone a la periferia peninsular. Desde un

principio, se advierte que Castilla sabe mandar. No hay más que ver

la energía con que acierta a mandarse a sí misma. Ser emperador de

sí mismo es la primera condición para imperar a los demás. Castilla

se afana por superar en su propio corazón la tendencia al hermetismo

aldeano, a la visión angosta de los intereses inmediatos que reina en

los demás pueblos ibéricos. Desde luego se orienta su ánimo hacia las

grandes empresas, que requieren amplia colaboración. Es la primera en

iniciar largas, complicadas trayectorias de política internacional;

otro síntoma de genio nacionalizador. Las grandes naciones no se han

hecho desde dentro, sino desde fuera; sólo una acertada política

internacional, política de magnas empresas, hace posible una fecunda

política interior, que es siempre, a la postre, política de poco

calado. Sólo en Aragón existía, como en Castilla, sensibilidad

internacional, pero contrarrestada por el defecto más opuesto a esa

virtud: una feroz suspicacia rural aquejaba a Aragón, un irreductible

apego a sus peculiaridades étnicas y tradicionales. La continuada lucha

fronteriza que mantienen los castellanos con la Media Luna, con otra

civilización, permite a éstos descubrir su histórica afinidad con las

demás Monarquías ibéricas, a despecho de las diferencias sensibles:

rostro, acento, humor, paisaje. La «España una» nace así en la mente

de Castilla, no como una intuición de algo real --España no era, en

realidad, una--, sino como una idea abstracta de algo _realizable_,

un proyecto incitador de voluntades, «un mañana imaginario capaz de

disciplinar el hoy», a la manera que el blanco atrae la flecha y tiende

el arco. No de otra suerte, los codos en su mesa de hombre de negocios,

inventa Cecil Rhodes la idea de la Rhodesia: un Imperio que podía

ser creado en la entraña salvaje del África. Cuando la tradicional

política de Castilla logra conquistar para sus fines el espíritu claro,

penetrante de Fernando el Católico, todo se hizo posible. La genial

vulpeja aragonesa comprendió que Castilla tenía razón, que era preciso

domeñar la hosquedad de sus paisanos e incorporarse a una España

mayor. Sus pensamientos de alto vuelo sólo podían ser ejecutados desde

Castilla, porque sólo en ella encontraban nativa resonancia. Entonces

se logra la unidad española; mas ¿para qué, con qué fin, bajo qué ideas

ondeadas como banderas incitantes? ¿Para vivir juntas, para sentarse

en torno al fuego central, a la vera unos de otros, como viejas

sibilantes en invierno? Todo lo contrario. La unión se hace para lanzar

la energía española a los cuatro vientos, para inundar el planeta,

para crear un Imperio aún más amplio. La unidad de España se hace para

esto y por esto. La vaga imagen de tales empresas es una palpitación

de horizontes que atrae, sugestiona e incita a la unión, que funde los

temperamentos antagónicos en un bloque compacto. Para quien tiene buen

oído histórico, no es dudoso que «la unidad española fué, ante todo y

sobre todo, la unificación de las dos grandes políticas internacionales

que a la sazón había en la península»: la de Castilla, hacia África y

el centro de Europa; la de Aragón, hacia el Mediterráneo. El resultado

fué que, por vez primera en la Historia, se idea una «Weltpolitik»: la

unidad española fué hecha para intentarla.

En el capítulo anterior he sostenido que la incorporación nacional, la

convivencia de pueblos y grupos sociales, exige alguna alta empresa

de colaboración y un proyecto sugestivo de vida en común. La historia

de España confirma esta opinión, que emana ya de la historia de Roma.

Los españoles nos juntamos hace cinco siglos para emprender una

«Weltpolitik» y para ensayar otras muchas faenas de gran velamen.

Nada de esto es construcción mía; no es orla de mandarín que yo,

literato ocioso, pongo al cabo de quinientos años a esperanzas y

dolores de una edad remota. Entre otros mil testimonios, me acojo a

dos excepcionales que me ofrecen insuperable garantía, y se completan

ambos. Uno es de Francesco Guicciardini, que muy joven vino de

embajador florentino a nuestra tierra. En su _Relazione di Espagna_,

cuenta que un día interrogó al rey Fernando: «¿Cómo es posible que un

pueblo tan belicoso como el español haya sido siempre conquistado, del

todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, vándalos, moros?»

A lo que el rey contestó: «La nación es bastante apta para las armas;

pero desordenada, de suerte que sólo puede hacer con ella grandes

cosas el que sepa mantenerla unida y en orden.» Y esto es --añade

Guicciardini-- lo que, en efecto, hicieron Fernando e Isabel; merced a

ello pudieron lanzar a España a las grandes empresas militares.[3]

Aquí, sin embargo, parece que la unidad es la causa y la condición para

hacer grandes cosas. ¿Quién lo duda? Pero es más interesante y más

honda, y con verdad de más quilates, la relación inversa: la idea de

grandes cosas por hacer engendra la unificación nacional.

Guicciardini no era muy inteligente. La mente más clara del tiempo

era Maquiavelo. Nadie en aquella época pensó más sobre política ni

conoció mejor el doctrinal íntimo de las cancillerías. Sobre todo,

a nadie preocupó tanto la obra de Fernando como al sagaz secretario

de la Señoría. Su «Príncipe» es, en rigor, una meditación sobre lo

que hicieron Fernando el Católico y César Borgia. Maquiavelismo es

puramente el comentario intelectual de un italiano a los hechos de dos

españoles.

Pues bien: existe una carta muy curiosa que Maquiavelo escribe a su

amigo Francesco Vettori, otro embajador florentino, a propósito de la

tregua inesperada que Fernando el Católico concedió al rey de Francia

en 1513. Vettori no acierta a comprender la política del «astuto Re»;

pero Maquiavelo le da una explicación sutilísima que resultó profética.

Con este motivo resume la táctica de Fernando de España en esas

palabras maravillosamente agudas:

«Si hubieseis advertido los designios y procedimientos de este católico

rey, no os maravillaríais tanto de esta tregua. Este rey, como sabéis,

desde poca y débil fortuna, ha llegado a esta grandeza, y ha tenido

siempre que combatir con Estados nuevos y súbditos dudosos,[4] y uno de

los modos como los Estados nuevos se sostienen y los ánimos vacilantes

se afirman o se mantienen suspensos e irresolutos, «é dare di se grande

espettazione», teniendo siempre a las gentes con el ánimo arrebatado

por la consideracion del fin que alcanzaran las resoluciones y las

empresas nuevas. Esta necesidad, este rey la ha conocido y usado bien:

«de aquí han nacido» los asaltos de África, la division del Reino[5] y

todas estas variadas empresas, y sin atender a la finalidad de ellas,

«perché il fine suo non é tanto quello o questo, o quella vittoria,

cuanto é darsi reputazione né popoli» y tenerlos suspensos con la

multiplicidad de las hazañas. Y por esto «fu sempre animoso datore di

principii», fué un gran iniciador de empresas a las cuales da el fin

que la suerte le permite y la necesidad le muestra».[6]

No puede pedirse mayor claridad y precisión en un contemporáneo. El

suceso posterior hizo patente lo que acertó a descubrir el zahorí de

Florencia. Mientras España tuvo empresas a que dar cima y se cernía

un sentido de vida en común sobre la convivencia peninsular, la

incorporación nacional no sufrió quebranto.

Pero hemos quedado en que durante estos años hay un rumor incesante de

nacionalismos, regionalismos, separatismos...

Volvamos al comienzo de este artículo, y preguntémonos: ¿Por qué?

PARTICULARISMO

Entre las nuevas emociones suscitadas por el cinematógrafo, hay una

que hubiera entusiasmado a Goethe. Me refiero a esas películas que

condensan en breves momentos todo el proceso generativo de una planta.

Entre la semilla que germina y la flor que se abre sobre el tallo, como

corona de la perfección vegetal, transcurre en la Naturaleza demasiado

tiempo. No vemos emanar la una de la otra: los estadios del crecimiento

se nos presentan como una serie de formas inmóviles, encerrada y

cristalizada cada cual en sí misma y sin hacer la menor referencia a la

anterior ni a la subsecuente. No obstante, sospechamos que la verdadera

realidad de la vida vegetal no es esa serie de perfiles estáticos y

rígidos, sino el movimiento latente en que van saliendo unos de otros,

transformándose unos en otros. De ordinario, el «tempo» que la batuta

de la Naturaleza impone al crecimiento de las plantas, es más lento que

el exigido por nuestra retina para fundir dos imágenes quietas en la

unidad de un movimiento. En algunos casos, tan raros como favorables,

el «tempo» de la planta y el de nuestra retina coinciden, y entonces

el misterio de su vida se hace patente a nuestros ojos. Esto aconteció

a Goethe cuando baja del Norte a Italia: sus pupilas intensas y

avizoras, habituadas al ritmo germinal de la flora germánica, quedan

sorprendidas por el «andante» de la vegetación meridional. Y descubren

la ley botánica de la metamorfosis, genial contribución de un poeta a

la ciencia natural.

Para entender bien una cosa es preciso ponerse a su compás. De otra

manera, la melodía de su existencia no logra articularse en nuestra

percepción y se desgrana en una secuencia de sonidos inconexos que

carecen de sentido. Si nos hablan demasiado de prisa o demasiado

despacio, las sílabas no se traban en palabras ni las palabras en

frases. ¿Cómo podrán entenderse dos almas de «tempo» melódico distinto?

Si queremos intimar con algo o con alguien, tomemos primero el pulso

de su vital melodía y, según él exija, galopemos un rato a su vera o

pongamos al paso nuestro corazón.

Ello es que el cinematógrafo empareja nuestra visión con el lento

crecer de la planta y consigue que el desarrollo de ésta adquiera a

nuestros ojos la continuidad de un gesto. Entonces la entendemos con

la evidencia misma que a una persona familiar, y nos parece la eclosión

de la flor el término claro de un ademán.

Pues bien: yo imagino que el cinematógrafo pudiera aplicarse a la

Historia y, condensados en breves minutos, corriesen ante nosotros

los cuatro últimos siglos de vida española. Apretados unos contra

otros los hechos innumerables, fundidos en una curva sin poros ni

discontinuidades, la historia de España adquiriría la claridad

expresiva de un gesto, y los sucesos contemporáneos en que concluye el

vasto ademán se explicarían por sí mismos como unas mejillas que la

angustia contrae o una mano que desciende rendida.

Entonces veríamos que de 1580 hasta el día cuanto en España acontece

es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo va en

crecimiento hasta Felipe II. El año vigésimo de su reinado puede

considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su

cima, la historia de España es ascendente y acumulativa; desde ella

hacia nosotros, la historia de España es decadente y dispersiva. El

proceso de desintegración avanza en riguroso orden de la periferia

al centro. Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado;

luego, Nápoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes

provincias ultramarinas, y a fines de él, las colonias menores de

América y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo español ha vuelto a

su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con ésto la desintegración?

Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones

ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión

intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos,

nacionalismos, separatismos... Es el triste espectáculo de un

larguísimo, multisecular otoño laborado periódicamente por ráfagas

adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.

El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización:

grupos sociales que eran todos aparte, quedaban integrados como partes

de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del

todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenómeno de la vida

histórica llamo particularismo, y si alguien me preguntase cuál es

el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo

contestaría con esa palabra.

Pensando de esta suerte, claro es que me parece una frivolidad juzgar

el catalanismo y el bizcaitarrismo como movimientos artificiosos

nacidos del capricho privado de unos cuantos. Lejos de esto, son

ambos no otra cosa que la manifestación más acusada del estado de

descomposición en que ha caído nuestro pueblo; en ellos se prolonga

el gesto de dispersión que hace tres siglos fué iniciado. Las teorías

nacionalistas, los programas políticos del regionalismo, las frases de

sus hombres carecen de interés y son, en gran parte, artificios. Pero

en estos movimientos históricos, que son mecánica de masas, lo que se

dice es siempre mero pretexto, elaboración superficial, transitoria y

ficticia, que tiene sólo un valor simbólico como expresión convencional

y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables y

obscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva. Todo el

que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará

lamentablemente. Ni el programa del Tívoli expresa adecuadamente el

impulso centrífugo que siente el pueblo catalán, ni la ausencia de esos

programas secesionistas prueba que Galicia, Asturias, Aragón, Valencia

no sientan exactamente el mismo instinto de particularismo.

Lo que la gente piensa y dice --la opinión pública-- es siempre

respetable; pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos

sentimientos. La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad.

El cardíaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su víscera

cordial. A lo mejor nos duele la cabeza, y lo que tienen que curarnos

es el hígado. Medicina y política, cuanto mejores son más se parecen al

método de Ollendorf.

«La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentir a sí

mismo como parte y, en consecuencia, deja de compartir los sentimientos

de los demás.» No le importan las esperanzas o necesidades de los otros

y no se solidarizará con ellos para auxiliarlos en su afán. Como el

vejamen que acaso sufre el vecino no irrita por simpática transmisión

a los demás núcleos nacionales, queda abandonado a su desventura y

debilidad. En cambio, es característica de este estado social la

hipersensibilidad para los propios males. Enojos o dificultades que en

tiempos de cohesión son fácilmente soportados, parecen intolerables

cuando el alma del grupo se ha desintegrado de la convivencia

nacional.[7]

En este esencial sentido podemos decir que el particularismo existe hoy

en toda España, bien que modulado diversamente según las condiciones

de cada región. En Bilbao y Barcelona, que se sentían como las fuerzas

económicas mayores de la península, ha tomado el particularismo un

cariz agresivo, expreso y de amplia musculatura retórica. En Galicia,

tierra pobre, habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza

en sí mismas, el particularismo será reentrado, como erupción que

no puede brotar, y adoptará la fisonomía de un sordo y humillado

resentimiento, de una inerte entrega a la voluntad ajena, en que

se libra sin protestas el cuerpo para reservar tanto más la íntima

adhesión.

No he comprendido nunca por qué preocupa el nacionalismo afirmativo de

Cataluña y Vasconia y, en cambio, no causa pavor el nihilismo nacional

de Galicia o Sevilla. Esto indica que no se ha percibido aún toda la

profundidad del mal y que los patriotas con cabeza de cartón creen

resuelto el formidable problema nacional si son derrotados en unas

elecciones los Sres. Sota o Cambó.

El propósito de este ensayo es corregir la desviación en la puntería

del pensamiento político al uso, que busca el mal radical de

catalanismo y bizcaitarrismo en Cataluña y en Vizcaya, cuando no es

allí donde se encuentra. ¿Dónde, pues?

Para mí esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume víctima del

particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse

particularista fué precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha

pasado en España.

Castilla ha hecho a España, y Castilla la ha deshecho.

Núcleo inicial de la incorporación ibérica, Castilla acertó a superar

su propio particularismo e invitó a los demás pueblos peninsulares

para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Inventa

Castilla grandes empresas incitantes, se pone al servicio de altas

ideas jurídicas, morales, religiosas; dibuja un sugestivo plan de orden

social; impone la norma de que todo hombre mejor debe ser preferido a

su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil.

Todas estas aspiraciones, normas, hábitos, ideas, se mantienen durante

algún tiempo vivaces. Las gentes alientan influídas eficazmente por

ellas, creen en ellas, las respetan o las temen. Pero si nos asomamos

a la España de Felipe III, advertimos una terrible mudanza. A primera

vista nada ha cambiado, pero todo se ha vuelto de cartón y suena a

falso. Las palabras vivaces de antaño siguen repitiéndose, pero ya no

influyen en los corazones: las ideas incitantes se han tornado tópicos.

No se emprende nada nuevo ni en lo político, ni en lo científico, ni

en lo moral. Toda la actividad que resta se emplea precisamente «en no

hacer nada nuevo», en conservar el pasado --instituciones y dogmas--,

en sofocar toda iniciación, todo fermento innovador. Castilla se

transforma en lo más opuesto a sí misma: se vuelve suspicaz, angosta,

sórdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras

regiones; celosa de ellas, las abandona a sí mismas y empieza a no

enterarse de lo que en ellas pasa.

Si Cataluña o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se

imaginan ser, habrían dado un terrible tirón de Castilla cuando ésta

comenzó a hacerse particularista, es decir, a no contar debidamente

con ellas. La sacudida en la periferia hubiera acaso despertado las

antiguas virtudes del centro y no habría, por ventura, caído en la

perdurable modorra de idiotez y egoísmo que ha sido durante tres siglos

nuestra historia.

Analícense las fuerzas diversas que actuaban en la política española

durante todas esas centurias, y se advertirá claramente su atroz

particularismo. Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia,

ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido

el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de

la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se

sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario: «se han obstinado en hacer

adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales»;[8]

han fomentado, generación tras generación, una selección inversa en

la raza española. Sería curioso y científicamente fecundo hacer una

historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en

la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada

perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente

a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a

los irreprochables. Ahora bien: el error habitual, inveterado, en la

elección de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto,

es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada,

emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo. Cuando se

tiene el corazón lleno de un alto empeño, se acaba siempre por buscar

los hombres más capaces de ejecutarlo.

En vez de renovar periódicamente el tesoro de ideas vitales, de

modos de coexistencia, de empresas unitivas, el Poder público ha ido

triturando la convivencia española y ha usado de su fuerza nacional

casi exclusivamente para fines privados.

¿Es extraño que, al cabo del tiempo, la mayor parte de los españoles,

y desde luego la mejor, se pregunte: para qué vivimos juntos? Porque

vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va

de este segundo al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir la

resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Por eso decía Renan

que una nación es un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de

los corazones se hace todos los días un fatal sufragio que decide si

una nación puede de verdad seguir siéndolo. ¿Qué nos invita el Poder

público a hacer mañana en entusiasta colaboración? Desde hace mucho

tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles

existamos no más que para que él se dé el gusto de existir. Como

el pretexto es excesivamente menguado, España se va deshaciendo,

deshaciendo... Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que

queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran

pueblo...

Así, pues, yo encuentro que lo más importante en el catalanismo y el

bizcaitarrismo, es precisamente lo que menos suele advertirse en él; a

saber: lo que tienen de común, por una parte, con el largo proceso de

secular desintegración que ha segado los dominios de España; por otra

parte, con el particularismo latente o variamente modulado que existe

hoy en el resto del país. Lo demás, la afirmación de la diferencia

étnica, el entusiasmo por sus idiomas, la crítica de la política

central, me parece que, o no tiene importancia, o si la tiene, podría

aprovecharse en sentido favorable.

Pero esta interpretación del secesionismo vascocatalán como mero

caso específico de un particularismo más general existente en toda

España queda mejor probada si nos fijamos en otro fenómeno agudísimo,

característico de la hora presente y que nada tiene que ver con

provincias, regiones ni razas: el particularismo de las clases

sociales.

COMPARTIMENTOS ESTANCOS

La incorporación en que se crea un gran pueblo es principalmente

una articulación de grupos étnicos o políticos diversos; pero no es

esto sólo: a medida que el cuerpo nacional crece y se complican sus

necesidades, origínase un movimiento diferenciador en las funciones

sociales y, consecuentemente, en los órganos que las ejercen. Dentro

de la sociedad unitaria van apareciendo e hinchiéndose pequeños orbes

inclusos, cada cual con su peculiar atmósfera, con sus principios,

intereses y hábitos sentimentales e ideológicos distintos: son el mundo

militar, el mundo político, el mundo industrial, el mundo científico y

artístico, el mundo obrero, etc. En suma: el proceso de unificación en

que se organiza una gran sociedad lleva el contrapunto de un proceso

diferenciador que divide aquélla en clases, grupos profesionales,

oficios, gremios.

Los núcleos étnicos incorporados, antes de su incorporación existían ya

como todos independientes. Las clases y los grupos profesionales, en

cambio, nacen desde luego como partes. Aquéllos, mejor o peor, pueden

volver a vivir solitarios y por sí; pero éstos, aislados y aparte cada

uno, no podrían subsistir. ¡Hasta tal punto les es esencial ser partes

y sólo partes de una estructura que los envuelve y lleva! El industrial

necesita del productor de primeras materias, del comprador de sus

productos, del gobernante que pone un orden en el tráfico, del militar

que defiende ese orden. A su vez, el mundo militar, «de los defensores»

--decía D. Juan Manuel--, necesita del industrial, del agrícola, del

técnico.

Habrá, por tanto, salud nacional en la medida que cada una de estas

clases y gremios tenga viva conciencia de que es ella meramente un

trozo inseparable, un miembro del cuerpo público. Todo oficio u

ocupación continuada arrastra consigo un principio de inercia que

induce al profesional a irse encerrando cada vez más en el reducido

horizonte de sus preocupaciones y hábitos gremiales. Abandonado a su

propia inclinación, el grupo acabaría por perder toda sensibilidad

para la interdependencia social, toda noción de sus propios límites y

aquella disciplina que mutuamente se imponen los gremios al ejercer

presión los unos sobre los otros y sentirse vivir juntos.

Es preciso, pues, mantener vivaz en cada clase o profesión la

conciencia de que existen en torno a ella otras muchas clases y

profesiones, de cuya cooperación necesitan, que son tan respetables

como ella, tienen modos y aun manías gremiales que deben ser en parte

tolerados y, cuando menos, conocidos.

¿Cómo se mantiene despierta esta corriente profunda de solidaridad?

Vuelvo una vez más al tema que es «leitmotiv» de este ensayo: la

convivencia nacional es una realidad activa y dinámica, no una

coexistencia pasiva y estática como el montón de piedras al borde de

un camino. La nacionalización se produce en torno a fuertes empresas

incitadoras que exigen de todos un máximum de rendimiento, y, en

consecuencia, de disciplina y mutuo aprovechamiento. La reacción

primera que en el hombre origina una coyuntura difícil o peligrosa es

la concentración de todo su organismo, un apretar las filas de las

energías vitales, que quedan alerta y en pronta disponibilidad para

ser lanzadas contra la hostil situación. Algo semejante acontece en

un pueblo cuando necesita o quiere en serio hacer algo. En tiempo de

guerra, por ejemplo, cada ciudadano parece quebrar el recinto hermético

de sus preocupaciones exclusivistas, y agudizada su sensibilidad para

el todo social, emplea no poco esfuerzo mental en pasar revista, una

vez y otra, a lo que puede esperarse de las demás clases y profesiones.

Advierte entonces con dramática evidencia la angostura de su gremio, la

escasez de sus posibilidades y la radical dependencia de los restantes

en que, sin notarlo, se hallaba. Recibe ansiosamente las noticias que

le llegan del estado material y moral de otros oficios, de los hombres

que en ellos son eminentes y en cuya capacidad puede confiarse.[9] Cada

profesión, por decirlo así, vive en tales agudas circunstancias la vida

entera de las demás. Nada acontece en un grupo social que no llegue a

conocimiento del resto y deje en él su huella. La sociedad se hace más

compacta y vibra integralmente de polo a polo. A esta cualidad, que en

los casos bélicos se manifiesta superlativamente, pero que en medida

bastante es poseída por todo pueblo saludable, llamo «elasticidad

social». Es en el orden psicológico la misma condición que en el

físico permite a la bola de billar transmitir, casi sin pérdida, la

acción ejercida sobre uno de sus puntos a todos los demás de su esfera.

Merced a esta elasticidad social, la vida de cada individuo queda en

cierta manera multiplicada por la de todos los demás; ninguna energía

se despilfarra; todo esfuerzo repercute en amplias ondas de transmisión

psicológica, y de este modo se aprovecha y acumula. Sólo una nación

de esta suerte elástica podrá en su día y en su hora ser cargada

prontamente de la electricidad histórica que proporciona los grandes

triunfos y asegura las decisivas y salvadoras reacciones.

_No es necesario ni importante que las partes de un todo social

coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario e importante es que

conozca cada una, y en cierto modo viva, los de las otras._ Cuando esto

falta, pierde la clase o gremio, como ciertos enfermos de la médula,

la sensibilidad táctil: no siente en su periferia el contacto y la

presión de las demás clases y gremios; llega consecuentemente a creer

que sólo ella existe, que ella es todo, que ella es un todo. Tal es el

particularismo de clase, síntoma mucho más grave de descomposición que

los movimientos de secesión étnica y territorial; porque, según ya he

dicho, las clases y gremios son partes en un sentido más radical que

los núcleos étnicos y políticos.

Pues bien; la vida social española ofrece en nuestros días un extremado

ejemplo de este atroz particularismo. _Hoy es España, más bien que una

nación, una serie de compartimentos estancos._

España invertebrada: Bosquejo de algunos pensamientos históricos · 第 1 / 5 段