VI

Despertó con las ideas aún más embrolladas y oscuras, dudando si lo

que veía era real o ficción de su mente. Le sacaban de la cárcel,

llevábanle tirando de él por una soga que le ataron al cuello. El

camino era áspero, todo malezas y guijarros cortantes. Los pies del

peregrino sangraban, y a cada instante tropezaba y caía, levantándose

con gran esfuerzo suyo, y despiadados tirones de los que llevaban la

cuerda. Delante, vio a Beatriz transfigurada. Su vulgar belleza era

ya celeste hermosura, que en ninguna hermosura de la tierra hallaría

su semejante, y un cerco de luz purísima rodeaba su rostro. Blancas

como la leche eran sus manos, blancos sus pies, que andaban sobre las

piedras como sobre nubes, y su vestidura resplandecía con suaves tintas

de aurora.

A las demás personas que le acompañaban no las veía. Oía sus voces,

ya compasivas, ya rugientes de odio y crueldad; pero los cuerpos se

perdían en una atmósfera caliginosa, espesa y sofocante, formada de

suspiros de angustia y de sudores de agonía... De súbito, un sol

ardiente la disipó, y pudo ver Nazarín que hacia él venía un grupo de

gente malvada, hombres a pie, hombres a caballo, blandiendo espadas,

y disparando armas de fuego. Tras el primer grupo, aparecieron otros,

y otros, hasta formar un ejército grande y terrible. El polvo que

levantaban las pisadas de hombres y brutos oscurecía el sol. Los que

conducían al preso se pasaron al bando enemigo, pues enemiga era

toda aquella tropa, y venía contra él, contra el santo, contra el

penitente, contra el oscuro mendigo, con furor sanguinario, ávida de

destruirle y aniquilarle. Lo acometieron con salvaje furor, y lo más

extraño fue que, habiendo descargado sobre su mísero cuerpo miles de

golpes, tajos y cuchilladas, no lograban matarle. Y aunque él no se

defendía ni con un arañazo infantil, la furia de tanta y tan aguerrida

gente no podía prevalecer contra él. Pasaron por encima de su cuerpo

miles de corceles, ruedas de carros bélicos, y aquel gran tumulto,

que habría bastado a destruir y hacer polvo a una población entera de

penitentes y ermitaños andantes o sedentarios, no le partió un cabello

al bendito Nazarín, ni le hizo perder una gota de sangre. Furiosos

le acuchillaban, aumentando a cada instante, pues del horizonte

tempestuoso venían hordas y más hordas de aquella bárbara y asoladora

humanidad.

Y no terminaba la feroz guerra, pues mientras mayor era la resistencia

de él y su inmunidad milagrosa contra los fieros golpes, con mayor

estrépito cerraba contra él la universal canalla. ¿Podría esta al fin

destruir al santo, al humilde, al inocente? No, mil veces no. Cuando

Nazarín empezó a temer que la muchedumbre de sus contrarios lograría,

si no matarle, reducirle a prisión, vio que de la parte de Oriente

venía Ándara, transfigurada en la más hermosa y brava mujer guerrera

que es posible imaginar. Vestida de armadura resplandeciente, en la

cabeza un casco como el de san Miguel, ornado de rayos de sol por

plumas, caballera en un corcel blanco, cuyas patadas sonaban como el

trueno, cuyas crines al viento parecían un chubasco asolador, y que en

su carrera se llevaba medio mundo por delante como huracán desatado,

la terrible amazona cayó en medio de la caterva, y con su espada de

fuego hendía y destrozaba las masas de hombres. Hermosísima estaba

la hembra varonil en aquel combate, peleando sin más ayuda que la

del _Sacrílego_, el cual, también transfigurado en mancebo militar y

divino, la seguía, machacando con su maza, y destruyendo de cada golpe

millares de enemigos. En corto tiempo dieron cuenta de las huestes

_antinazaristas_, y la guerrera celestial, radiante de coraje, de

inspiración bélica, gritaba: «Atrás, muchedumbre vil, ejército del

mal, de la envidia y del egoísmo. Seréis deshechos y aniquilados, si

en mi señor no reconocéis el santo, la única vía, la única verdad, la

única vida. Atrás, digo, que yo puedo más, y os convierto en polvo y

sangre cenagosa, y en despojos que servirán para fecundar las nuevas

tierras... En ellas, el que debe reinar, reinará, caraifa».

Diciéndolo, su espada y la maza del otro campeón limpiaban la tierra de

aquella plaga inmunda, y Nazarín empezó a caminar por entre charcos de

sangre y picadillo de carne y huesos que en gran extensión cubrían el

suelo. La angélica Beatriz miraba desde una torre celestial el campo de

muerte y castigo, y con divino acento imploraba el perdón de los malos.

Nazarín · 第 33 / 35 题