Despertó con las ideas aún más embrolladas y oscuras, dudando si lo
que veía era real o ficción de su mente. Le sacaban de la cárcel,
llevábanle tirando de él por una soga que le ataron al cuello. El
camino era áspero, todo malezas y guijarros cortantes. Los pies del
peregrino sangraban, y a cada instante tropezaba y caía, levantándose
con gran esfuerzo suyo, y despiadados tirones de los que llevaban la
cuerda. Delante, vio a Beatriz transfigurada. Su vulgar belleza era
ya celeste hermosura, que en ninguna hermosura de la tierra hallaría
su semejante, y un cerco de luz purísima rodeaba su rostro. Blancas
como la leche eran sus manos, blancos sus pies, que andaban sobre las
piedras como sobre nubes, y su vestidura resplandecía con suaves tintas
de aurora.
A las demás personas que le acompañaban no las veía. Oía sus voces,
ya compasivas, ya rugientes de odio y crueldad; pero los cuerpos se
perdían en una atmósfera caliginosa, espesa y sofocante, formada de
suspiros de angustia y de sudores de agonía... De súbito, un sol
ardiente la disipó, y pudo ver Nazarín que hacia él venía un grupo de
gente malvada, hombres a pie, hombres a caballo, blandiendo espadas,
y disparando armas de fuego. Tras el primer grupo, aparecieron otros,
y otros, hasta formar un ejército grande y terrible. El polvo que
levantaban las pisadas de hombres y brutos oscurecía el sol. Los que
conducían al preso se pasaron al bando enemigo, pues enemiga era
toda aquella tropa, y venía contra él, contra el santo, contra el
penitente, contra el oscuro mendigo, con furor sanguinario, ávida de
destruirle y aniquilarle. Lo acometieron con salvaje furor, y lo más
extraño fue que, habiendo descargado sobre su mísero cuerpo miles de
golpes, tajos y cuchilladas, no lograban matarle. Y aunque él no se
defendía ni con un arañazo infantil, la furia de tanta y tan aguerrida
gente no podía prevalecer contra él. Pasaron por encima de su cuerpo
miles de corceles, ruedas de carros bélicos, y aquel gran tumulto,
que habría bastado a destruir y hacer polvo a una población entera de
penitentes y ermitaños andantes o sedentarios, no le partió un cabello
al bendito Nazarín, ni le hizo perder una gota de sangre. Furiosos
le acuchillaban, aumentando a cada instante, pues del horizonte
tempestuoso venían hordas y más hordas de aquella bárbara y asoladora
humanidad.
Y no terminaba la feroz guerra, pues mientras mayor era la resistencia
de él y su inmunidad milagrosa contra los fieros golpes, con mayor
estrépito cerraba contra él la universal canalla. ¿Podría esta al fin
destruir al santo, al humilde, al inocente? No, mil veces no. Cuando
Nazarín empezó a temer que la muchedumbre de sus contrarios lograría,
si no matarle, reducirle a prisión, vio que de la parte de Oriente
venía Ándara, transfigurada en la más hermosa y brava mujer guerrera
que es posible imaginar. Vestida de armadura resplandeciente, en la
cabeza un casco como el de san Miguel, ornado de rayos de sol por
plumas, caballera en un corcel blanco, cuyas patadas sonaban como el
trueno, cuyas crines al viento parecían un chubasco asolador, y que en
su carrera se llevaba medio mundo por delante como huracán desatado,
la terrible amazona cayó en medio de la caterva, y con su espada de
fuego hendía y destrozaba las masas de hombres. Hermosísima estaba
la hembra varonil en aquel combate, peleando sin más ayuda que la
del _Sacrílego_, el cual, también transfigurado en mancebo militar y
divino, la seguía, machacando con su maza, y destruyendo de cada golpe
millares de enemigos. En corto tiempo dieron cuenta de las huestes
_antinazaristas_, y la guerrera celestial, radiante de coraje, de
inspiración bélica, gritaba: «Atrás, muchedumbre vil, ejército del
mal, de la envidia y del egoísmo. Seréis deshechos y aniquilados, si
en mi señor no reconocéis el santo, la única vía, la única verdad, la
única vida. Atrás, digo, que yo puedo más, y os convierto en polvo y
sangre cenagosa, y en despojos que servirán para fecundar las nuevas
tierras... En ellas, el que debe reinar, reinará, caraifa».
Diciéndolo, su espada y la maza del otro campeón limpiaban la tierra de
aquella plaga inmunda, y Nazarín empezó a caminar por entre charcos de
sangre y picadillo de carne y huesos que en gran extensión cubrían el
suelo. La angélica Beatriz miraba desde una torre celestial el campo de
muerte y castigo, y con divino acento imploraba el perdón de los malos.